La experiencia analítica desde el punto de vista del analizando. Profilaxis. Etica y psicoanálisis. Psicología y poder. Terapias adictivas. La sociedad psicologizada. Mala praxis. Una denuncia
anaclisis [anaclisis] f. (Fisiol. hum.) Decúbito, especialmente el supino. (Estar acostado hacia arriba.) aná ἀνά (gr. ‘hacia arriba’, ‘por completo’, ‘de nuevo’, ‘por partes’) + klī‑ κλῑ‑ (gr. ‘inclinarse, tumbarse’; κρεβάτι, κλίνη ‘lecho’) + ‑sis (gr.) [Leng. base: gr. Antiguo.
En gr. anáklisis ἀνάκλισις con el mismo significado desde Hipócrates, s. V a.C., reintroducido] // En psiquiatría, dependencia emocional, inclinación hacia el ser de quien se depende o que domina, en particular la primera relación objetal que establece el niño, caracterizada por la completa dependencia de éste respecto de su madre.
“–Si yo lo inquieto tanto mejor. Desde el punto de vista del público, lo que yo considero como más deseable, es lanzar un grito de alarma y que tenga, en el terreno científico, una significación muy precisa: que sea un llamado, una exigencia primera concerniente a la formación del analista.” J. Lacan

sábado, 19 de octubre de 2013

La realización simbólica y Diario de una esquizofrénica, Sechehaye, M.A.


El libro de Sechehaye que comento hoy es quizás uno de los últimamente que más me han impresionado tanto humana como intelectualmente. La obra consta de dos partes diferenciadas en la primera parte, “La realización simbólica” la doctora Sechehaye narra el desarrollo patológico de una esquizofrenia en una joven llamada Renée, desde sus inicios en la pubertad hasta la edad adulta, terminando con la curación de la enferma gracias a la terapia de realización simbólica. En la segunda parte la propia enferma en “Diario de una esquizofrénica” expone sus experiencias con la enfermedad, el trato degradante que sufre como enferma mental, el terror que le acompaña en cada una de sus vivencias y su paulatino restablecimiento. Este artículo se divide en estas dos partes.

PRIMERA PARTE: LA REALIZACIÓN SIMBÓLICA

Sechehaye propone una terapia novedosa que hoy por hoy parece rechazada por la psiquiatría oficial. Para la doctora las alucinaciones o las conductas alteradas del esquizofrénico no son simples afloramientos sin sentido de una mente trastornada sino que son plasmaciones de necesidades psíquicas insatisfechas. Desde la perspectiva psicoanalítica esta idea no debe resultar extraña ya que los síntomas neuróticos también son considerados en el psicoanálisis como intentos de restablecer la economía psíquica del paciente. Renée había sido desahuciada por la psiquiatría de su época y todo apuntaba a que “se trata de una esquizofrénica en sus comienzos (está en la edad en que a menudo se desarrolla una hebefrenia), no es posible ayudarla mucho, pues está en el camino de la desintegración mental, común en estos casos” (La realización simbólica cap. II) sin embargo, el método de Sechehaye logró el total restablecimiento de Renée.

La clave del método de Sechehaye es que considera que la patología del enfermo mental “habla” de sus necesidades psíquicas, de nuevo, esto no debería resultar chocante desde el psicoanálisis toda vez que uno de los elementos de la terapia psicoanalítica original era la interpretación de los sueños del paciente como manifestación de su vida psíquica profunda. Lo novedoso del método de Sechehaye es que no sólo ve las alucinaciones o conductas anómalas de Renée como “síntomas” de su patología sino también como intentos simbólicos de superar el estado esquizofrénico. De este modo la patología “habla” a la enferma de la enferma misma; la alucinación, las visiones del “Otro Mundo” no son afloramientos de las cloacas de lo irracional sino exhibiciones simbólica de necesidades profundas de la enferma. El camino de la enfermedad es también el camino del restablecimiento psíquico, el camino que transcurre por el “Otro Mundo” es también el que llevará a Renée hacia esta alucinación socialmente admitida llamada “Mundo Real”.

Aunque no estoy del todo de acuerdo con la perspectiva terapéutica del método de realización simbólica me interesa el tratamiento de Sechehaye porque, consciente o inconscientemente recuerda a los sistemas arcaicos de iniciación cuya estructura básica “muerte y resurrección” es una constante obvia en todo el método de la doctora: las voces que hablan a Renée, las visiones, su hablar caótico y sin aparente sentido son una puerta del “Otro Mundo”, que es un cielo y un infierno, en donde la enferma se sumerge (como Hércules descendiendo al Hades) para quedar atrapada en él o para salir victoriosa de la lucha con el Cancerbero.

Leyendo a Sechehaye quizás podamos comprender la ineficacia de la psiquiatría oficial que impera en la actualidad. La depresión, la esquizofrenia o la ansiedad son llamadas desde el otro lado del espejo, llamadas terribles, no lo ignoro, pero llamadas que nos invitan a la “muerte y resurrección” de una estructura psíquica que, por las razones que sea, se ha vuelto ya inoperante. Hoy en día las drogas (medicinas aturdidoras de la conciencia) o las ficciones colectivas han sustituido a la iniciación; nos quedamos temerosos en las puertas del Averno y llamamos a nuestra cobardía “sensatez”. Con una pastilla queremos olvidar lo que nuestra alma grita pero no podemos olvidar que olvidamos y así sucede que esa llamada pasa sobre nosotros como una estrella fugaz, sin dejar rastro en nuestro espíritu, desapareciendo en el horizonte y abandonándonos en nuestras tristes seguridades a la espera de la siguiente crisis que nos dejará, de nuevo, tan vacíos de vida como nos encontró.

SEGUNDA PARTE: DIARIO DE UNA ESQUIZOFRÉNICA

Aún a riesgo de parecer exagerado creo que he leído pocos relatos tan extraordinariamente dramáticos como el diario de Renée, con el agravante de que cuenta hechos verídicos que se repiten día a día en ciento de miles de personas con alguna patología mental. La paulatina desconexión de la enferma con el mundo real es narrado con un inexorable fatalismo y un profundo sentimiento de angustia y soledad. La certeza de que al final Renée fue reintegrada a la realidad hace que la lectura de esta tragedia sea algo más soportable.

El primer capítulo del diario de Renée se titula “Aparición de los primeros sentimientos de irrealidad”, un título muy oportuno con el que comenzar ya que la lucha de Renée contra esta invasión de irrealidad en su vida será el motivo principal del diario. Lo terrible de la irrealidad no es lo que la irrealidad misma representa sino el sentimiento de soledad y de desligazón con el mundo “normal” que experimenta la enferma. Las visiones no son en sí mismas terribles, puede que algunas tengan hasta cierto encanto onírico, lo que las hace terrible es la fractura con el mundo humano “normal” que rodea a Renée.

“[...] pero a pesar del juego y de la conversación, no lograba volver a la realidad: todo me parecía artificial, mecánico, eléctrico; o también me excitaba voluntariamente: reía, saltaba, movía las cosas a mi alrededor, las sacudía para intentar hacerlas volver a la vida. ¡Eran miembros terriblemente penosos!

¡Cuán feliz era cuando las cosas permanecían en su cuadro habitual, cuando la gente estaba viva, normal y, sobre todo, cuando yo tenía contacto con ella!”

M.-A. Sechehaye; La realización simbólica. Diario de una esquizofrénica; FCE, primera reimpresión 1973; p. 134

Esto viene a corroborar la idea de que el enfermo que sufre algún tipo de psicosis no teme tanto las alucinaciones en sí sino el sentimiento de soledad y de desligazón con la realidad socialmente admitida que le rodea. La irrealidad, conforme avanza el deterioro mental de Renée, se asocia cada vez más al aislamiento y la ruptura de los lazos que unen a la enferma con el mundo de lo humano, entonces las alucinaciones sí se tornan terroríficas. No puedo dejar de preguntarme sobre lo que ocurriría si el entorno social del enfermo mental en vez de rechazar lo visionario lo asumiera como otro modo de acceso a la realidad; de hecho, como creo que he comentado en alguna otra ocasión, esto es lo que ocurre en algunas sociedades arcaicas en donde las “alucinaciones” del chamán no son entendidas como síntomas patológicos sino como visiones complementarias de lo real.

Renée continúa su diario explicando el clima de irrealidad que la rodea y el terror que le produce estos encuentros inesperados con lo irreal. El encuentro con la doctora Sechehaye parece apaciguar en algo la desesperación de Renée, la misma doctora admite en su trabajo que el hecho de escuchar a la enferma le ayuda a salir de la vorágine de aislamiento en la que parece sumirse. Sin embargo, el contacto de Renée con la doctora retrasa su ruptura con el mundo real pero no lo frena. Al final Renée se autoagrede obedeciendo a un omnipresente “Sistema” y debe ser ingresada. Por mucho que se haya teorizado sobre lo espantoso que puede ser para un enfermo mental su ingreso en un centro psiquiátrico estas líneas del diario de Renée nos hacen enmudecer:

“La idea de entrar a una “Casa de iluminados” [nota: por iluminados Renée se refiere a enfermos mentales con síntomas alucinatorios] me angustió mucho. Fue como si se hubiera sellado mi definitiva entrada en el país de la Iluminación. Supliqué que se me retuviera en la clínica, lloré y prometí no obedecer más al Sistema, pero nada valió: debía ser trasladada. Mis promesas, por lo demás, no eran válidas, puesto que era incapaz de sostenerlas. Sin embargo, yo sabía que si no requería una vigilancia permanente, me retendrían en la clínica. A pesar de esta certidumbre y a pesar, sobre todo, de mi intenso deseo de permanecer cerca de Ginebra, en un lugar en el que “mamá” pudiese verme todos los días, y de mi terrible miedo de sentirme encerrada en la “Casa de Iluminados”, no logré desobedecer a los impulsos del Sistema: por el contrario, éstos parecían aumentar bajo la influencia de mi deseo de verlos disminuir.

Y llegó el terrible día: vinieron a buscarme en un automóvil y mi enfermera me acompañó. Según se había resuelto, debía entrar a la clínica privada dependiente de un asilo de un cantón alejado de Ginebra; desgraciadamente hubo un error y no fui llevada a esta clínica, sino al asilo, a un pabellón para mujeres agitadas. Cuando me metieron a la sala de observación y pude ver esos enormes barrotes en las ventanas, esas mujeres que aullaban vociferando injurias y en las más extrañas posturas, creí que iba a morirme de angustia. Mi enfermera desapareció sin despedirse de mí. Enloquecida de terror permanecí sola en medio de este decorado alucinante, sumida en la desesperación. Una enfermera me condujo al baño, me ayudó a desvestirme, me puso una enorme camisa de tela burda y me bañó con agua casi helada. Temblaba de frío, de fatiga y de miedo. Me sentía como un pájaro caído del nido y rodeado de peligros mortales.”

op. cit. ; pp.155-156

Como es lógico el deterioro mental de la enferma se agudiza y los contactos con el mundo real se vuelven escasos o nulos, el título del octavo capítulo del diario “Me hundo en la irrealidad” de fe da lo triste de este proceso. La enferma habla inarticuladamente y parece no reconocer nada ni a nadie, a penas a la doctora Sechehaye, pero lo más horrible de esta situación es que según el diario de Renée en este estado ella era plenamente consciente de su situación y de su soledad. Es más que probable que cuando consideremos que un enfermo mental “ha perdido el juicio” estemos expresando el deseo de que el enfermo no sea consciente de su situación más que una realidad objetiva. Incluso más adelante cuando Renée cae en un estado de estupor e indiferencia vegetativa admite que “Los médicos se imaginaban que no comprendía las órdenes y sus indicaciones, pero yo comprendía perfectamente todo lo que pasaba a mi alrededor” (op. cit. p. 184). Todos estos testimonios de Renée vienen a mostrar como el enfermo mental es más consciente de su situación de lo que nos gustaría imaginar.

Tras la grave recaída de Renée la doctora Sechehaye descubre el método que permitirá a la enferma recuperar el contacto con la realidad. La doctora se esfuerza en interpretar el significado simbólico de las alucinaciones de Renée y desentrañar las necesidades psíquicas que estos “síntomas” manifiestan. De este modo se establece un puente simbólico entre la doctora y Renée que paulatinamente se hace extensivo al resto de la humanidad. La interpretación de lo simbólico se hace a través del psicoanálisis lo mismo que podría haberse hecho a través de otro sistema de interpretación simbólica, eso es lo de menos, lo importante es que al final la enferma oye y entiende la llamada de la Iluminación y restablece el lazo con el mundo real. La última frase del diario de Renée viene a abundar en la idea de que lo terrorífico de la Iluminación no era la Iluminación misma sino la soledad en la que sume a la enferma mental; la última frase de Renée en su diario viene a abundar en la idea de que la “enfermedad mental” posee una importante faceta social que no debería ser desdeñada.

“Sólo quienes han perdido la realidad y vivido por años en el país inhumano y cruel de la Iluminación, pueden saborear el goce de vivir y medir el inestimable valor de ser parte de la humanidad”

op. cit. p.193


FRAGMENTOS DEL LIBRO

“Estas crisis, lejos de espaciarse, aumentaron. En una ocasión me encontraba en el Patronato y súbitamente vi que la sala se hacía inmensa y que la iluminaba una terrible luz eléctrica que no producía verdaderas sombras. Todo era claro, liso. artificial, tenso hasta el extremo; las sillas y las mesas me parecieron maquetas puestas aquí y allá, las alumnas y las maestras, marionetas que se movían sin razón, sin meta. No reconocí ya nada ni a nadie. Parecía que la realidad se había disuelto, evadido de todos esos objetos y aquellas personas. Me invadió una angustia espantosa; buscaba perdidamente un auxilio cualquiera. Escuchaba las conversaciones, pero no comprendía el significado de las palabras. Las voces me parecían metálicas, sin timbre ni calor. De tiempo en tiempo, una palabra se destacaba del conjunto. Se repetía en mi cerebro como cortada con cuchillo, absurda. Y cuando una de mis compañeras se me aproximaba, la veía crecer, crecer, igual que la piedra del molino. Me encaminé entonces hacia mi profesora y le dije: `¡Tengo miedo, porque todos tienen una pequeña cabeza de cuervo puesta sobre la cabeza!´ Ella me respondió amablemente y me respondió alguna cosa que ya no recuerdo. Pero su sonrisa, en lugar de tranquilizarme, aumentó mi angustia y desazón, pues advertí sus dientes blancos y regulares que, al brillo de la luz, llenaron todo mi campo de visión, como si la sala entera fuese sólo dientes bajo una luz implacable. Un miedo atroz me invadió. El movimiento me salvó aquel día. Era la hora de ir a la capilla para la bendición y, con los otros niños, tuve que incorporarme a la fila; moverme, cambiar de horizontes, hacer algo preciso y habitual, me ayudó mucho. Sin embargo, llevé mi estado de irrealidad a la capilla, aunque en grado menor. Aquel día quedé agotada.”

M.-A. Sechehaye; La realización simbólica. Diario de una esquizofrénica; FCE, primera reimpresión 1973; pp. 130-131.


Esperando el milagro que hará surgir lo real:

“Tenía dos o tres amigas, diez años mayores que yo, a quienes veía semanalmente, pero se quejaban que yo era latosa, exigente, puesto que cuando salía de paseo con una de ellas por un rato, en el momento de la separación le suplicaba quedarse más tiempo conmigo, que me acompañara de regreso. Y cuando había accedido a mi deseo, no estaba aún satisfecha y le decía: “Todavía, todavía, por favor quédese más”. Estas súplicas incesantes, que me hacían pasar por desagradable y exigente, provenían únicamente del estado de irrealidad en el que me encontraba. Durante toda la visita de mi amiga intentaba desesperadamente entrar en contacto con ella, sentir que estaba verdaderamente allí, que era una persona viva y sensible. Pero no era nada. Formaba parte de ese mundo irreal. Sin embargo, la reconocía, sabía su nombre y todo lo que le concernía, pero me parecía extraña irreal, como una estatua; veía sus ojos, su nariz, su boca que hablaba, oía el sonido de su voz, comprendía perfectamente el sentido de sus palabras, y, sin embargo, me sentía frente a una extraña. Hacía esfuerzos desesperados por romper este muro invisible que nos separaba y por llegar establecer un contacto entre nosotras; pero cuanto más me esforzaba, menos lo lograba y mi angustia aumentaba. Caminábamos por una vereda, platicando como lo hacen dos amigas; le contaba lo que me sucedía en la escuela: mis éxitos, mis fracasos; le hablaba de mis hermanos y hermanas, a veces de mis problemas. Y bajo esta máscara de tranquilidad, de normalidad, vivía un verdadero drama. A nuestro alrededor se extendía los campos cortados por vallados o por bosquecillos; el camino blanco se prolongaba frente a nosotras, y el sol en el cielo azul brillaba y calentaba nuestras espaldas. Y yo veía una llanura inmensa, sin límites, de infinito horizonte; los árboles y los vallados eran de cartón, puestos aquí y allá como accesorios de teatro, y el camino, ¡ah! el camino infinito, blanco, brillante bajo los rayos del sol, brillante como una aguja. Arriba, el implacable sol con sus rayos eléctricos que agobiaban los árboles y las casas. En esta inmensidad reinaba un silencio aterrador que los ruidos no rompían sino para hacerlo aún más silencioso, aún más aterrador. ¡Y yo, perdida en este espacio sin límites con una amiga!

Pero ¿es ella? Una mujer que habla, que hace gestos. Percibo sus dientes blancos que brillan, miro sus ojos castaños que me miran y veo que tengo una estatua a mi lado, una maqueta que forma parte del decorado de cartón. ¡Ah! ¡Qué miedo, qué angustia! Entonces, comienzo: “¿Es usted, Juana?” “¿Pero quién quiere que sea? ¿Usted sabe que soy yo, no es cierto?” responde ella extrañada. “Sí, sí, sé bien que es usted”. Pero yo me digo: “Ella, sí, es ella, pero disfrazada”. Y continúo: “Usted actúa como una autómata, ¿por qué?” “¡Ah! A usted le parece que yo camino sin gracia; no es mi culpa” contesta ella ofendida. Mi amida no comprende la pregunta. Me callo, más sola y aislada que nunca. Pero he aquí que llega el momento de separarse; entonces la angustia me exacerba. A toda costa, por cualquier medio quiero vencer la irrealidad, quiero sentir un instante que tengo a alguien vivo frente a mí; quiero experimentar un segundo el contacto bienhechor que nos llena en un momento la soledad de una jornada; me aferro al brazo de mi amiga y le suplico que permanezca unos minutos más; si accede a mi ruego, hablo, pregunto, digo, con el único fin de romper el obstáculo que me separa de ella. Pero los minutos han pasado y yo estoy siempre en el mismo punto. Entonces la acompaño una parte del camino, esperando, esperando siempre el milagro que hará surgir lo real, la vida, la sensibilidad. La miro, la escudriño intentando percibir la vida dentro de ella, más allá de su envoltura irreal; pero me parece más estatua que nunca, es un maniquí movido por un mecanismo, que actúa y que habla como un autómata. Es espantoso, inhumano, grotesco. Vencida, me despido con las palabras convencionales y me voy, deshecha de fatiga, triste a más no poder, y regreso a la casa con el corazón vacío, desesperadamente vacío. Allí, encuentro una casa de cartón, hermanos y hermanas robots, una luz eléctrica, y me hundo en la pesadilla de la aguja en el pajar. En este estado me pongo a preparar la cena, explico las lecciones a mis hermanos menores y hago mis propias tareas.”
op. cit. pp. 136-138

Las palabras-imágenes. Descomposición de los estímulos perceptivos:

“A menudo se asociaban imágenes a las frases: por ejemplo, si quería contar que mi profesor de alemán había hecho una afirmación, o que mi hermana menor había armado escándalo para no ir a la escuela, veía al maestro de alemán gesticulando en su pupitre, como un muñeco, separado de todo, bajo una luz cegadora, moviéndose como un loco; y a mi hermana la veía en la cocina revolcándose de ira, pero también movida por un mecanismo, sin ningún sentido. Estas personas, que en la realidad habían actuado de acuerdo con fines, con motivos precisos, ahora estaban como vacías, despojadas de su alma, y no les quedaba sino un cuerpo que se movía como un autómata y sus movimientos carecían por completo de emoción y sentimientos. Esto era lo terrible. Para desembarazarme de estas visiones y de estas voces interiores miraba a mamá [se refiere a la doctora Sechehaye], pero sólo veía una estatua o una figura de hielo que me sonreía. Y esta sonrisa que mostraba los dientes blancos me aterrorizaba porque percibía todas las partes de su rostro separadas unas de otras, independientes: los dientes, la nariz, las mejillas, un ojo, después otro. Probablemente a causa de esta independencia de las partes sentía miedo y ya no la reconocía aun cuando al mismo tiempo la reconocía.”
op. cit. pp. 144-145

El animismo y las palabras encantadas:

“Desde un tiempo atrás sentía que las cosas me molestaban y esto me hacía sufrir mucho; no quiero decir que me hacían algo en especial, no me atacaban directamente ni me hablaban: me molestaban por su presencia; veía los objetos tan recortados, tan separados los unos de los otros, tan pulidos (como minerales), tan iluminados que me daban un miedo intenso. Cuando miraba, por ejemplo, una silla o un jarro que servía para contener agua o leche, o una silla hecha para sentarse. ¡No! ¡Habían perdido su nombre, su función, su significado y se habían convertido en cosas!

Y estas cosas se animaban. Dentro del decorado irreal, dentro del silencio opaco de mi percepción, de pronto surgía “la cosa”: este jarro de barro, decorado con flores azules, estaba allí, frente a mí, desafiándome con su presencia, con su existencia; entonces retiraba de él mi mirada para tener menos miedo, pero encontraba una silla, después una mesa, que también existían, manifestaban su presencia. Intentaba escaparme de su dominio pronunciando su nombre: “silla”, “jarro”, “mesa”, “es una silla”, pero la palabra había sido como desencantada, despojada de todo significado, había abandonado el objeto, se había separado de él, y de un lado estaba la “cosa viva, burlona”, y, por otro, su nombre, desprovisto de sentido, como un recipiente sin contenido. ¡Ya no lograba reunirlos!

Me quedaba allí, frente a las cosas, llena de miedo y de horror, y me quejaba diciendo: “las cosas me molestan. ¡Tengo miedo!” Cuando me pedían detalles planteándome esta pregunta: “Este jarro, esta silla, ¿las ve usted vivas?”, respondía: “Sí, están vivas.” Y la gente, incluso los médicos, creían que yo percibía los objetos como personas, que los oía hablar. No había tal: su vida era únicamente su presencia, su existencia; para huir de ellos me escondía, cubría mi cabeza con los brazos, o me metía en un rincón.”
op. cit. pag. 148

¿Precognisción?

“El ingreso en una clínica para enfermos nerviosos o simplemente en una clínica, me provocaba una terrible angustia. Pero, por lo menos, debía agradecer que no me habían internado por la fuerza como estuvo a punto de suceder.

A este respecto, me aconteció algo extraordinario, único en mi vida. Desde que recibía órdenes del Sistema, temía constantemente mi entrada definitiva en el País de la Iluminación. En teoría, esto significaba permanecer para siempre en la irrealidad, sin ningún contacto posible con “mamá”; prácticamente significaba: ser internada en un hospital para enfermos mentales. Había establecido perfectamente el lazo entre el país de la Iluminación y el estado de locura: los enfermos mentales eran “iluminados” y entrar en una clínica psiquiátrica era ser definitivamente iluminada.

Varias veces le dije a “mamá”: “Tengo miedo de que vengan a buscarme para llevarme donde están los iluminados”. En efecto, diez días después de la visita del médico del Consejo de Vigilancia, vinieron a buscarme a mi casa para internarme legalmente; iban un enfermero, un asistente social o una asistente de la policía, ya no lo recuerdo. Afortunadamente, yo estaba fuera y mi familia ignoraba dónde me hallaba. Fue un sábado hacia las seis de la tarde. Este día, después de mi sesión, acompañé a “mamá” a una conferencia y estando en ella me sorprendió una terrible angustia en medio de la cuál dije a “mamá”: “El guardián de Bel Air (así se llamaba el asilo del cantón) viene a buscarme, está aquí. ¡Tengo miedo, tengo miedo! ¡Protéjame, se lo suplico!” Repetí estas mismas palabras varias veces, pero aunque no veía ningún guardián, tenía el sentimiento de que amenazaba un peligro inminente. En realidad, ignoraba todo lo que se tramaba a mis espaldas y no sospechaba siquiera que se me quería internar ese mismo día.

“Mamá” me tranquilizó y me separé de ella sin temor. Emprendí a pie el camino a mi domicilio, que se encontraba a una media hora del lugar de la conferencia y del domicilio de “mamá”. Iba a buen paso, puesto que aún tenía que hacer las compras del sábado. Súbitamente, me detuve. Y sin angustia, sin ninguna idea representativa, movida por una fuerza invisible di la vuelta y regresé a casa de “mamá”. Cuando abrió la puerta se asombró mucho de verme allí, pues era la primera vez que esto me sucedía: nunca antes me había acongojado a mitad del camino y agregué estas palabras: “Vengo para que me proteja del guardián. Quiere aprehenderme.” Me apenaba un poco molestar a “mamá” sin un motivo real muy urgente, tanto más cuanto que la angustia que sentí en la conferencia había ya desaparecido. “Mamá”, naturalmente, me recibió muy bien y me detuvo con ella alrededor de una hora y cuarto. Después me fui y cuando llegué a la casa, me sorprendió una atmósfera extremadamente tensa. Pregunté de qué se trataba y ante mi insistencia mis hermanos me contaron lo sucedido: un enfermero (el guardián) y una asistente social vinieron para buscarme en la ambulancia del asilo para internarme según las órdenes del Consejo de Vigilancia. La hora de su llegada coincidió con el final de la conferencia, o sea exactamente con el momento en que tuve el agudo sentimiento de que un guardián del país de la Iluminación había venido a buscarme y que se lo dije a “mamá”. Parece que me esperaron una hora y media. Si no hubiera tenido esa maravillosa intuición a la mitad del camino de regreso, habría llegado a la casa demasiado pronto y me habrían llevado por la fuerza. Gracias a esta intuición, escapé de un shock del cual me hubiera sido muy difícil reponerme. Fatigados de esperarme y sin saber a qué hora regresaría, se fueron.”

op. cit. pp. 152-153

El desprecio moral hacia el enfermo mental:

“Además, temía de tal modo a las enfermas, que la primera noche no cerré los ojos y las siguientes me despertaba a cada instante. Por lo demás, era bien difícil dormir con los gritos de las dos enfermas que ocupaban las celdas que daban a la sala.

La enfermera de guardia vino a tranquilizarme diciéndome que no tenía nada qué temer de las enfermas; pero cuando se ausentó un momento, la mujer que ocupaba la cama de enfrente se levantó bruscamente y se precipitó hacia mí y me robó las frutas –peras y manzanas- que tenía sobre mi mesa de noche y se llevó el botín para comérselo apresuradamente dentro de su cama.

La conducta de esta enferma me dio mucho miedo y cuando la enfermera volvió le conté lo que había pasado, pero me miró severamente y me dijo: “Señorita, no hay que comenzar con mentiras, eso no se hace aquí. Lo que usted me cuenta es imposible. La mujer de enfrente hace tres años que rechaza el alimento y hay que nutrirla artificialmente.” Ni ante mi sincera insistencia cambió su actitud: “Vamos, vamos, déjese de mentiras; se lo diré al médico”, y salió de la habitación.

Aterrada, me preguntaba si había soñado esta historia del robo de las frutas, pues era la primera vez en mi vida que me acusaban de mentirosa: pero, por la tarde, al atender a la mujer, la enfermera descubrió restos de las peras y una manzana apenas mordida. Como si nada hubiera pasado y riéndose, se volvió hacia mí y sin una palabra de excusa, exclamó: ¡Era cierto!”

op. cit. p. 157

Hundimiento en la irrealidad:

“Padecía menos con la irrealidad, pues ya no luchaba contra ella; vivía en una atmósfera de vacío, de indiferencia, de artificialidad. Un muro infranqueable me separaba de las personas y de las cosas; veía a muy poca gente y no me sentía contenta sino sola, y para esto me refugiaba en el sótano; allí, sentada sobre una pila de carbón, permanecía tranquila, inmóvil, con la mirada fija en una mancha o un rayo de luz.

Pero, a veces, de este muro de indiferencia surgía de pronto la angustia de la irrealidad; era como si mi percepción del mundo me hiciese sentir agudamente el absurdo de las cosas: en silencio y en la inmensidad cada objeto se separaba, cortado con cuchillo, aislado en el vacío, en la infinitud; y como consecuencia de esta separación, de esta soledad en que se encontraba, se ponía a existir. Allí estaba, frente a mí, aterrándome. Era entonces cuando decía: “La silla se burla de mí, me molesta”; esto no era exacto, pero no tenía otras palabras para expresar el miedo y el agudo sentimiento de que la silla existía sin tener ningún otro significado.

Otras veces las crisis de irrealidad sobrevenían en la calle: todo parecía entonces inanimado, muerto, mineral, absurdo; y en este silencio, un grito infantil despertaba mi angustia: me sentía expulsada del mundo, separada de la vida, espectadora de un film caótico que se desarrollaba sin cesar delante de mis ojos y del cual no lograba ser partícipe nunca; espantosos momentos en los que sentía un malestar y una sensación de indefensa tales, que no tenía más remedio que sufrirlos sin esperanzas.”
op. cit. pp. 163-164

Sentimientos de autodestrucción y culpa:

“[...] todo el mundo que me rodeaba me pareció ser un sueño. Posteriormente vinieron órdenes, o más bien impulsos de destruirme y me mordía cruelmente las manos y los brazos; golpeaba con la cabeza contra la pared y me daba puñetazos en el pecho hasta el punto de amoratarme; no paraba con ellos hasta que me defendían de mi misma.

Una increíble fuerza de destrucción crecía en mí y buscaba aniquilarme a toda costa; me sentía espantosamente culpable, con tal culpabilidad que era la culpabilidad misma en toda su extensión y en todo su horror: “Soy culpable”. No sabía de qué era culpable, sino que era inmensa y profundamente culpable, y ese sentimiento me era intolerable, insoportable: por esa razón dejaba de comer e intentaba destruirme por todos los medios, hasta el punto de que sólo “mamá” conseguía en ocasiones impedirme el hacerme daño y esto cuando me mostraba alguna cosa blanca, como mi sábana o mi camisa al tiempo que decía: “¿Ves? este hermoso blanco quiere decir que tú no eres culpable: es una prueba.” Esto me consolaba mucho, pero desgraciadamente mi estado de agitación casi no me permitía escuchar ni siquiera a “mamá”: demasiado ruido, demasiado movimiento, demasiadas sensaciones se debatían en mi interior y, además, había perdido todo verdadero contacto con “mamá”: cierto que la veía llegar con mucho gusto siempre, pero me parecía irreal, artificial.”
op. cit. pp. 169-170

Estado de catatonia:

“De tanto sentirme criminal, ya no resistía más. Un pecado inaudito, infinito, me agobiaba como una hercúlea carga y desataba contra mí todas las fuerzas de la destrucción. No sabía dónde estaba ni tenía idea alguna de mí; sólo una cosa me interesaba: destruirme, asesinar a este vil ser al que odiaba a muerte. Las voces se habían desencadenado de nuevo y una tempestad me sacudía. Se me transportó a una clínica psiquiátrica y poco después caí en un estado de estupor e indiferencia completos. Todo me parecía un sueño desolado, todo me daba lo mismo. Por eso no era posible ninguna reacción. Los médicos se imaginaban que no comprendía las órdenes y sus indicaciones, pero yo comprendía perfectamente todo lo que pasaba a mi alrededor: simplemente, algunas cosas me eran tan indiferentes, tan vacías de emotividad y de afectividad, que me parecía que no tenían ninguna relación conmigo, que no se dirigían a mí. No podía reaccionar porque se había detenido el motor vital. Notaba que las imágenes se alejaban o se acercaban a mi cama, pero yo estaba alejadas de ellas, yo misma no era ya sino una imagen sin vida”
op. cit. pp. 183-184

Curación de Renée, vuelta a la realidad:

“La realidad se convertía cada vez, podría decir, en algo más real, y yo me volvía más independiente y sociable. En la actualidad acepto toda la personalidad de la señora Sechehaye y la quiero por ella misma, le debo infinita gratitud por el tesoro que me otorgó al devolverme la realidad y el contacto con la vida.
Sólo quienes han perdido la realidad y vivido por años en el país inhumano y cruel de la Iluminación, pueden saborear el goce de vivir y medir el inestimable valor de ser parte de la humanidad.”
op. cit. p. 193

LA TERAPIA DE REALIZACIÓN SIMBÓLICA

La esquizofrenia (del griego, schizo: "división" o "escisión" y phrenos: "mente") es definida como una patología psiquiátrica caracterizada por un pensamiento desestructurado, delirios, alucinaciones y alteraciones afectivas y conductuales. El paciente esquizofrénico percibe la realidad profundamente distorsionada y tiene significativos problemas para mantener conductas motivadas y de interacción social normal. (Wikipedia)

Desde el psicoanálisis de Freud la esquizofrenia, como todas las psicosis, es una ruptura del inconsciente con la realidad. Es decir, el sujeto esquizofrénico rechaza el principio de realidad del Super-Yo y crea una realidad imaginaria que le permita satisfacer aquellos impulsos inconscientes imposibles de satisfacer en la realidad. Esta realidad esquizofrénica choca con la realidad social y de ahí provienen la mayoría de los conflictos del paciente con el mundo: se siente en soledad desconectado del mundo real que le rodea. Esta ruptura con el mundo real surge usualmente debido a un trastorno primitivo durante la formación del Yo en la infancia.

Dado la desconexión del esquizofrénico con la realidad la terapia lingüística del psicoanálisis clásico no es efectiva ya que el enfermo no es capaz de una comunicación completa con su terapeuta pues ha cortado los vínculos simbólicos que permitirían una comunicación. Esta ruptura es precisamente el problema central del esquizofrénico. En todo caso, hay que decir que la terapia psicoanalítica clásica aunque no fuese del todo eficiente, según la propia Sechehaye, sí alivia al enfermo al intentar reforzar sus vínculos lingüísticos con lo Real. A pesar de esto cuando progresa la enfermedad y aumenta la desligazón del enfermo con el mundo la terapia psicoanalítica clásica se torna inviable.

EL CASO RENÉE

Con estos antecedentes teóricos se encontraba Sechehaye cuando conoció a Renée a la que al menos quince psiquiatras analizaron dando un diagnóstico parecido: esquizofrenia, hebefrenia en desarrollo, demencia precoz, paranoia esquizofrénica... Sin ninguna excepción los psiquiatras consideraron el caso como perdido, se esperaba una desintegración esquizofrénica total que acabaría en la idiotez. A pesar de este negro panorama Sechehaye emprendió la larga terapia que daría como fruto la curación de la enferma.

Renée sufrió en su primera infancia cierta falta de delicadeza afectiva por parte de sus padres. Las bromas de su padre sobre la desnudez de Renée o las burlas cuando la niña solicita comida hace que se desarrolle en ella un violento sentimiento de venganza. Por otra parte a la edad de cinco años la niña tiene que soportar continuas peleas de los padres motivadas porque el padre sale a menudo con una amiga. Renée decide vigilar al padre con un miedo horrible. La madre amenaza a la niña con abandonarla y el padre para “consolarla” le dice que en lugar de su madre vendrá una negra con grandes dientes que morderá tanto a la madre como a Renée o bien que la niña tendrá que ir a una hacienda donde unas grandes vacas se la comerán.

Otra broma del padre es proponerle cierto día a Renée alquilar una lancha para ahogarse juntos lo que genera en la niña miedo a la par que ira hacia su padre.

Cuando Renée tiene diez años el padre desaparece con su amiga y todos los ahorros efectivos de la familia con él. La pobreza e incluso la miseria hacen acto de presencia en casa y Renée se siente en la responsabilidad de tomar el papel de su padre al ser la hermana mayor. Continuos cambios de domicilio dificultan la aclimatación de la niña.

“ Más o menos al cumplir los doce años, la niña tiene ocasionalmente ilusiones ópticas, pero sin resultados afectivos dignos de mención. Al entrar en un zaguán cree ver gente que, rodeada de coches-cuna, toma el té. No osa acercarse por temor a molestar esta reunión. En otra ocasión se le aparece en la iglesia el sacerdote como muñequito movido por hilos. El sacerdote le parece ser también personaje de película, que se mueve en la pantalla sin vivir en la realidad. En una reunión de niños se asombra sobremanera al observar que todos los presentes tienen cabecita de cuervo.”

M.-A. Sechehaye; La realización simbólica. Diario de una esquizofrénica; FCE primera reimpresión 1973. pp. 23-24.

A partir de estas alucinaciones el estado de Renée empeora tanto mental como físicamente sufriendo una regresión que la empuja a jugar con muñecas a la edad de diecisiete años. El contacto con la realidad de Renée es ya mínimo y superficial; en este estado de “desintegración mental” según palabras del médico que la remite a Sechehaye llega a la consulta de la psicoanalítica. Es Julio de 1930 y Renée está apunto de cumplir dieciocho años.

EL PSICOANÁLISIS CLÁSICO 

Se inicia el psicoanálisis clásico con la charla entre paciente y doctor en el que Renée descubre sus traumas infantiles como raíces de sus sentimientos de culpa. Se observa en este periodo una leve mejoría: es más paciente con sus hermanos, ha aumentado su confianza en sí misma e incluso trabaja algo mejor para la escuela. Una muestra más de su mejoría es que Renée obtiene sus calificaciones finales y encuentra trabajo en una oficina. Sin embargo Sechehaye observa que el mero hecho de encontrar las causas del sentimiento de culpa no hacen que el Yo deje de autocastigarse... como se esperaba la enfermedad de Renée sigue avanzando inexorablemente debajo de la superficie.

¿Cómo abrir la llave que abre la protegida puerta del autocastigo? Sechehaye altera un poco el tratamiento clásico del psicoanálisis y en vez de sentarse a la espalda de la paciente, lo que genera una evidente sensación de soledad, se sienta junto a ella en el sofá para que la enferma compruebe que alguien la ve y la escucha. De este modo la enferma se siente apoyada contra sus miedos. Pero ni siquiera esto es suficiente para detener la enfermedad de Renée que sigue avanzando sin remisión.

La enferma empieza a escuchar voces absurdas: “Mediterráneo, batalla de Trafalgar...” o trozos de canciones religiosas. Siente el impulso de encender un fuego y arrojarse a él o al menos quemar su mano derecha; en un primer momento podía contener estos impulsos autodestructivos pero en la oficina en la que trabajaba con perfecta lucidez sigue el impulso morboso de quemarse la mano derecha y es observada por su jefe. Esto conllevará su internamiento psiquiátrico que a su vez provocará un shock en la enferma que acelerará su deterioro mental.

En 1932 Renée tiene 20 años y su deterioro mental es agudo, casi no come, cree ser una gata hambrienta que se alimenta de los huesos de muertos o que disminuye paulatinamente de edad dándole pavor llegar a los cero años. De este periodo son este fragmento:

“Mi querida mamá, me empeño mucho –para darte gusto-. Deseo tanto ir hacia tu cuerpo. Odio esta vida. Tómame. Me alegro de entrar nuevamente en tu cuerpo. Nunca más oiría gritar. Mamá, me esfuerzo por comer y vestirme, pero es tan difícil. Si lo logro, estarás feliz, y trabajaremos juntas para las personas iluminadas. Aun para aquellas que se iluminaron por una perversión, pero principalmente para las que tienen una gran pena.

“Viene el circo. Odio el circo. Pero en lo que se refiere a la comida cumpliré con mi deber. Las flores no deben vivir, por eso las destruyo. Es antropofagia comerse las verduras, ¿verdad, mamá? Recibe un gran beso de tu pequeña Renée, sí: de Renée –no de una ortiga-. Renée volverá al cuerpo de mamá. Mamá, está oscuro en el bosque. Cubrir las paredes con paja. No abrirse. Los malos. Defiéndeme contra Antipiol.”

Ed. cit. p. 44.

Pero afortunadamente en esta fase Sechehaye descubrió su terapia de realización simbólica. Después de escuchar los desvaríos de la enferma la psicoanalítica descubrió el sentido de algunos símbolos que Renée usaba para a continuación explicárselos a la convaleciente. Sin embargo la respuesta de Renée esa una comprensión intelectual pasajera e incluso un rechazo a separarse de sus símbolos. En este momento Sechehaye empezó a responder a la enferma con su propio lenguaje simbólico... pero aún esto, a pesar de ser un paso adelante, resultó insuficiente. Tuvo que llegar algo más allá en el uso de los símbolos.

LA REALIZACIÓN SIMBÓLICA 

En este apartado vamos a explicar como Sechehaye llegó a descubrir la terapia de la realización simbólica y en qué consiste esta terapia.

Es Octubre de 1933 y Renée tiene 21 años; vive en una pensión y la terapia de la doctora choca incesantemente con el sentimiento de culpa de la enferma. El mayor problema es que Renée se niega a ingerir cualquier otro alimento que no sean espinacas, ya que no poseen valor alimenticio y comerlas no le provoca sentimientos de culpa, o manzanas. Renée robaba las manzanas de un huerto hasta que fue sorprendida por la campesina dueña, lo que provocó un profundo sufrimiento en la enferma. Cuando Sechehaye le ofrecía manzanas compradas en la frutería también las rechazaba diciendo, aparentemente de modo contradictorio, que no le estaba permitido comer otra cosa que no fuesen manzanas. En esta tesitura Renée con un miedo terrible fruto de un conflicto con la hospedera de la pensión visitó a Sechehaye y esta se propuso desentrañar el sentido simbólico de las manzanas. Le dijo a Renée que le daría todas las manzanas que quisiera a lo que ella respondió que “[...] esas son manzanas compradas, manzanas para adultos. ¡Yo quiero manzanas de la madre, como estas!” señalando el pecho de la doctora.

Este gesto de la paciente mostró a Sechehaye el simbolismo de las manzanas: representaban el alimento materno, la leche materna (manzano=madre=tierra) que le había sido negado en su primera infancia de lactante. Esta frustración de un deseo lógico en la infancia provocó que la niña se quedase atascada en el estado de “realismo moral” que generó la imposibilidad de un desarrollo correcto de su psiquismo adulto. Renée había permanecido psíquicamente ligada a su madre sin poder llegar a una vida de independencia hasta que en su desarrollo su espíritu se truncó. Esta fractura de su desarrollo provocó que la agresividad tomase posesión de ella dirigiéndola, principalmente, hacia ella misma: le estaba prohibido nutrirse.

“Por fin comprendí lo que debía hacer. Las manzanas representan la leche de la madre, tengo que dárselas como una madre que da el pecho a su hijo: tengo que darle yo misma el símbolo, directamente y sin intermediario, y a horas fijas. Para probar mi hipótesis, decidí poner inmediatamente manos a la obra. Traje una manzana, corté un pedazo para dárselo, y le dije: “Es tiempo de beber la buena leche de las manzanas de la madre. Mamá te la dará.” Renée se apoyó en mi hombro, colocó la manzana sobre mi pecho y comió con los ojos cerrados, ceremoniosamente y con expresión de felicidad”
Ed. cit. p. 47.

De este modo la psicoanalista empezó a suministrar las manzanas a Renée como una madre da el pecho a su hijo: a horas fijas, con su presencia inmediata y alentando a la enferma a que comiese. No podía dársele a Renée leche de vaca o cualquier otro alimento que casase más con lo que estos alimentos sustituían, la leche materna, ya que el sentimiento de culpa sobre el deseo reprimido exige que se encubra la satisfacción con un símbolo. El enfermo esquizofrénico busca con su creación delirante la satisfacción de algún deseo infantil frustrado que no le ha permitido desarrollarse psíquicamente con normalidad; la creación delirante es una creación simbólica y por lo tanto la satisfacción se produce al nivel del símbolo, una vez desentrañado lo que el símbolo representa podemos hacer pasar al paciente al siguiente estadio de desarrollo hasta acompañarlo al final de su evolución psíquica, es decir, hasta su curación.

Empezando con las manzanas progresivamente Sechehaye logró que Renée fuese tomando alimentos más variados y sobre todo lo más importante fue que Renée volvió a vivir una vez más en la realidad aún cuando fuera fragmentariamente. La alegría de Renée por esta mejoría fue la misma que la de un ciego de nacimiento al ver la luz por primera vez.

El método simbólico continuó con ciertas vicisitudes en las que no me voy a detener ya que lo fundamental era la exposición del método de realización simbólica; aún así es preciso apuntar que si la terapia de realización simbólica funcionó fue porque para Renée, según la doctora, los símbolos no son tales sino que corresponden a realidades; Renée se sitúa debido a su enfermedad en una participación presimbólica, mágica con la realidad.

El rasgo principal de la disposición mágica de la mente de Renée se muestra en que el Yo no está bien separado del no-Yo. Por ejemplo, cuando la enferma necesita algún objeto que está fuera de su alcance le hace un gesto para que se aproxime o si tropieza con un mueble y se hace daño Renée le sacaba la lengua en señal de burla.

Renée también cae en el animismo en la relación con las partes de su propio cuerpo: cuando le dolió un diente le dijo a la doctora Sechehaye “¡Mamá, mi diente se porta mal, habla con él!”, acto seguido la doctora reprendió al diente y le conmino a que se comportase bien sintiendo la enferma, a continuación, una mejoría que le permitió reconciliar el sueño.

Estos pensamientos mágicos que aparecieron en los últimos estadios de la curación de Renée fueron desapareciendo mediante la aplicación de la terapia de realización simbólica.

En Abril de 1940 tras ocho años de terapia se confirma la curación total de la paciente sin recaídas. Comenzó estudios biológicos y una serie de investigaciones que le hicieron merecedora de un premio universitario.

Sechehaye siempre se mostró crítica con aquellos que consideraron que la fuente de la curación de Renée fue su afecto hacia la enferma y no la terapia en sí. La doctora expone datos clínicos esclarecedores que muestran que su afecto por la enferma y su curación no fueron en paralelo como sí lo fueron la utilización de símbolos y la recuperación final de Renée. Por otro lado, cualquier persona que conozca lo que representa una enfermedad tan compleja como la esquizofrenia comprenderá la imposibilidad de curarla con mero “amor maternal”.

COMENTARIO FINAL 

Me gustaría apuntar ciertas reflexiones tras esta exposición de la terapia de realización simbólica de Marguerite Sechehaye. En primer lugar, es interesante como la psicoanalítica rompe con la relación paciente-enfermo del psicoanálisis clásico, en vez de una posición de distante superioridad con respecto al enfermo la doctora Sechehaye opta por un posicionamiento de mayor cercanía con respecto a su paciente. Este cambio de posición, sin embargo, no implica que la paciente deje de ver a la doctora como apoyo o incluso guía; el psicoanalista sigue actuando como “conductor” de la terapia pero desde una actitud de guía cercano al enfermo. Esta posición, por supuesto, incrementa los peligros de trasferencia no sólo en sentido enfermo-psiquiatra sino también en sentido psiquiatra-enfermo.

La lectura del libro de Sechehaye y sobre todo el diario de Renée en donde narra como va progresando su enfermedad me han reafirmado en el planteamiento de que la enfermedad mental es más una perspectiva social sobre un individuo concreto (el llamado enfermo) que una patología objetiva. Los trastornos por los que pasa Renée bien podrían considerarse en otras culturas como visualizaciones de otras realidades colindantes, superiores o superpuestas a la nuestra. Una persona que escucha voces ¿qué es un enfermo o un visionario? A mi juicio lo que produce tanto sufrimiento en los enfermos esquizofrénicos de las sociedades occidentales es principalmente la perspectiva monosimbolista sobre la realidad: sólo un juego de símbolos, el racionalismo, es el válido para captar el mundo real, fuera de este juego simbólico de lo racional no cabe más que la irracionalidad, la locura y la patología.

En España de vez en cuando sigue surgiendo el debate de si la homosexualidad es una enfermedad ¿lo es? Desde la perspectiva monosimbolista lo ha sido en el pasado y lo sigue siendo pero ¿desde la perspectiva de un lacedemonio del siglo V a.C. lo sería? La enfermedad mental no es tanto un modo concreto de comportarse de la persona estigmatizada, el llamado “enfermo”, sino un modo de ver ese comportarse por parte de la sociedad. En este sentido muchas de las sociedades llamadas primitivas integran al sujeto que nosotros denominaríamos esquizofrénico dentro de una interpretación del mundo polisimbolista en donde pueden convivir diversos accesos a la realidad. Mientras que en el racional occidente el llamado esquizofrénico es considerado un paria y más o menos estigmatizados en algunas culturas primitivas se integra en la sociedad en la figura del chamán:

“En el capítulo precedente hemos citado muchos ejemplos de vocación chamánica manifestada adoptando la forma de una enfermedad. A veces no se trata exactamente de una enfermedad propiamente dicha, sino más bien un cambio progresivo de la conducta. El candidato se trueca en un hombre meditativo, busca la soledad, duerme mucho, parece ausente, tiene sueños proféticos y, a veces, ataques. Todo estos síntomas no son más que el preludio de la nueva vida que espera, sin saberlo, al candidato. Su proceder recuerda, por otra parte, las primeras señales de la vocación mística, que son las mismas en todas las religiones y harto conocidas para que estimemos necesario insistir en ellas.

Pero se dan también “enfermedades”, ataques, sueños y alucinaciones que deciden en poco tiempo la carrera de un chamán.”

Mircea Eliade; El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis; FCE séptima reimpresión 2003; p. 47.

Otra cuestión que me planteé al leer la obra de Sechehaye fue la relación del pensamiento mágico con la evolución de nuestro psiquismo. Ya Piaget había advertido que el niño pasa en su infancia por una especie de animismo que dota de vida a todos los objetos de su mundo incluso personificándolos. Sechehaye comprueba rastros de este animismo en Renée cuando los más graves síntomas de la esquizofrenia parecen haber remitido. Piaget y Sechehaye, el primero en el desarrollo del niño y la segunda en la enferma esquizofrénica, hayan vestigios de pensamiento mágico en la mente humana que vemos aflorar en la vida adulta. Desde una perspectiva racionalista este afloramiento de elementos mágicos-animistas es una regresión o una falla en el desarrollo psíquico; desde otra perspectiva los elementos mágico-animistas suponen los cimientos en donde está anclada nuestra vida psíquica consciente. La negación de estos elementos mágico-animistas traen la inestabilidad psíquica del mismo modo que un edificio con cimientos debilitados se tambalea y cae. El símbolo como realidad es el lenguaje profundo de nuestro espíritu, las abstracciones racionales que olvidan su origen simbólico son como árboles que han olvidado que se mantienen firmes hacia el sol sólo gracias a sus profundas raíces que penetran la obscura tierra.

La terapia de Sechehaye, si se ha entendido correctamente, es acompañar al enfermo en un desarrollo psíquico frustrado que no pudo tener lugar en la infancia; el desarrollo psíquico insuficiente fue lo que creó en el paciente la patología así que para sanar esa frustración deben satisfacerse esas necesidades del desarrollo a través de símbolos, en tanto que la satisfacción real no es ya posible. El paciente, junto con el terapeuta, rehace el camino del desarrollo del psiquismo no de un modo literal sino imaginal, simbólico. Cuando comprendí el método de Sechehaye no pude evitar pensar en los ritos de iniciación de algunas sociedades llamadas primitivas e incluso en algunos ritos iniciáticos de sociedades secretas occidentales en donde el leit motiv es el “renacimiento” del iniciado. Veamos a continuación dos textos que tratan de este renacimiento, el primero de Sechehaye en donde explica una fase de la terapia que finalizó con la curación de Renée, y el segundo de Mircea Eliade en donde narra un rito de iniciación de la antigua India:

“Retirarse al autismo significa negarse a toda responsabilidad frente a la vida y producía un violento sentimiento de culpabilidad. Y este sentimiento de culpabilidad respecto del autismo era la causa, como en todo sentimiento de culpabilidad inconsciente, por la que quedaba fija e este estado. Para liberar a alguien de ese sentimiento, hay que darle permiso para que satisfaga un deseo. Debe tener la autoridad para poder retirarse al autismo con el fin de perder tal sentimiento y apenas después deshacerse de él. La causa es obvia: el deseo de retirarse al vientre materno despierta el sentimiento de culpabilidad, ya que la madre quiere obligar al niño a que viva; no desea guardarlo en su vientre.

Tuve que acompañar a Renée hasta la última regresión hasta el autismo, y otorgarle de este modo el derecho de poder retirarse al vientre materno cuando sufría demasiado.”
Sechehaye, op. cit. pp. 66-67

“Por el momento, permítanseme citar algunos ejemplos ilustrativos acerca del tipo no peligroso de regreso al estado embrionario. Empecemos con las iniciaciones brahmánicas. No intentaré presentarlas en su totalidad; nos limitaremos al tema de la gestación y el nuevo nacimiento. En la antigua India, la ceremonia upanayana –es decir, la presentación del muchacho a su maestro- es el homólogo de las primitivas iniciaciones de la pubertad. En realidad, en la antigua India están presentes algunos de los comportamientos de los novicios entre los pueblos primitivos. El brahmacharin vive en casa de su maestro, se viste con la piel de un antílope negro, no come nada excepto la comida que mendiga, y está ligado a un voto de castidad absoluta [...]. Desconocida para el Rig-veda, la upanayana aparece documentada por primera vez en el Atharva-veda (XI, 5, 3), expresando claramente el tema gestación y renacimiento; se dice que el maestro transforma al muchacho en un embrión y le mantiene en su vientre durante tres noches. El Shatapatha-brahmana (XI, 5, 4, 12-13) ofrece los siguientes detalles: el maestro concibe cuando deposita su mano en el hombro del muchacho, y al tercer día el muchacho renace como brahmán. El Atharva-veda (XIX, 17) llama “dos veces nacido” (dvi-ja) a quienes han pasado por el upanayana”.
Mircea Eliade; Nacimiento y renacimiento; Ed. Kairós, primera edición 2001, pp. 85-86.

Realmente parece que las propuestas de algunos psicoanalistas e historiadores de las religiones herederos de Jung parecen acertadas cuando interpretan el mito, la iniciación o el hecho religioso en general como una psicoterapia social. Quizás Sechehaye se adelantó en su praxis psicoanalítica a teorizaciones posteriores sobre la economía psíquica del acto iniciático.

Como colofón a estas reflexiones me gustaría hacer la más arriesgada consideración: ¿realmente los estados alterados de conciencia nos transportan a otras realidades? ¿son factibles fenómenos psíquicos en esos estados alterados que en los estados normales son sólo quimeras? Voy a citar un texto del diario de Renée que ni ella ni su psicoanalista consideraron relevante, dejo al lector la explicación del mismo ya como mera coincidencia ya como guste:

“El ingreso en una clínica para enfermos nerviosos o simplemente en una clínica, me provocaba una terrible angustia. Pero, por lo menos, debía agradecer que no me habían internado por la fuerza como estuvo a punto de suceder.

A este respecto, me aconteció algo extraordinario, único en mi vida. Desde que recibía órdenes del Sistema, temía constantemente mi entrada definitiva en el País de la Iluminación. En teoría, esto significaba permanecer para siempre en la irrealidad, sin ningún contacto posible con “mamá” [se refiere a la doctora Sechehaye]; prácticamente significaba: ser internada en un hospital para enfermos mentales. Había establecido perfectamente el lazo entre el país de la Iluminación y el estado de locura: los enfermos mentales eran “iluminados” y entrar en una clínica psiquiátrica era ser definitivamente iluminada.

Varias veces le dije a “mamá”: “Tengo miedo de que vengan a buscarme para llevarme donde están los iluminados”. En efecto, diez días después de la visita del médico del Consejo de Vigilancia, vinieron a buscarme a mi casa para internarme legalmente; iban un enfermero, un asistente social o una asistente de la policía, ya no lo recuerdo. Afortunadamente, yo estaba fuera y mi familia ignoraba dónde me hallaba. Fue un sábado hacia las seis de la tarde. Este día, después de mi sesión, acompañé a “mamá” a una conferencia y estando en ella me sorprendió una terrible angustia en medio de la cuál dije a “mamá”: “El guardián de Bel Air (así se llamaba el asilo del cantón) viene a buscarme, está aquí. ¡Tengo miedo, tengo miedo! ¡Protéjame, se lo suplico!” Repetí estas mismas palabras varias veces, pero aunque no veía ningún guardián, tenía el sentimiento de que amenazaba un peligro inminente. En realidad, ignoraba todo lo que se tramaba a mis espaldas y no sospechaba siquiera que se me quería internar ese mismo día.

“Mamá” me tranquilizó y me separé de ella sin temor. Emprendí a pie el camino a mi domicilio, que se encontraba a una media hora del lugar de la conferencia y del domicilio de “mamá”. Iba a buen paso, puesto que aún tenía que hacer las compras del sábado. Súbitamente, me detuve. Y sin angustia, sin ninguna idea representativa, movida por una fuerza invisible di la vuelta y regresé a casa de “mamá”. Cuando abrió la puerta se asombró mucho de verme allí, pues era la primera vez que esto me sucedía: nunca antes me había acongojado a mitad del camino y agregué estas palabras: “Vengo para que me proteja del guardián. Quiere aprehenderme.” Me apenaba un poco molestar a “mamá” sin un motivo real muy urgente, tanto más cuanto que la angustia que sentí en la conferencia había ya desaparecido. “Mamá”, naturalmente, me recibió muy bien y me detuvo con ella alrededor de una hora y cuarto. Después me fui y cuando llegué a la casa, me sorprendió una atmósfera extremadamente tensa. Pregunté de qué se trataba y ante mi insistencia mis hermanos me contaron lo sucedido: un enfermero (el guardián) y una asistente social vinieron para buscarme en la ambulancia del asilo para internarme según las órdenes del Consejo de Vigilancia. La hora de su llegada coincidió con el final de la conferencia, o sea exactamente con el momento en que tuve el agudo sentimiento de que un guardián del país de la Iluminación había venido a buscarme y que se lo dije a “mamá”. Parece que me esperaron una hora y media. Si no hubiera tenido esa marabillosa intuición a la mitad del camino de regreso, habría llegado a la casa demasiado pronto y me habrían llevado por la fuerza. Gracias a esta intuición, escapé de un shock del cual me hubiera sido muy difícil reponerme. Fatigados de esperarme y sin saber a qué hora regresaría, se fueron.”

Sechehaye, op. cit. pp. 152-153

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Marcel Proust

... Entre los intervalos de los instrumentos musicales, cuando la mar estaba muy llena, se oía, continuo y ligado, el resbalar del agua de una ola que envolvía los trazos del violín en sus volutas de cristal y parecía lanzar su espuma por encima de los ecos intermitentes de una música submarina. Yo me impacientaba porque no me habían traído aun las cosas para empezar a vestirme. Daban las doce, y Francisca aparecía. Y durante varios meses seguidos, en ese Balbec que tanto codicié, porque me lo imaginaba batido por las tempestades y perdido entre brumas, hizo un tiempo tan seguro y tan brillante que cuando venía a descorrer las cortinas nunca me vi defraudado en mi esperanza de encontrar ese mismo lienzo de sol pegado al rincón de la pared de afuera y de un inmutable color, que impresionaba, más aun que por ser signo del estío, por su colorido melancólico, cual el de un esmalte inerte y ficticio. Y mientras que Francisca iba quitando los alfileres de las impostas, arrancaba telas y descorría cortinas, el día de verano que descubría ella parecía tan muerto, tan inmemorial como una momia suntuosa y milenaria que nuestra vieja criada despojaba cuidadosamente de toda su lencería antes de mostrarla embalsamada en su túnica de oro. ... Marcel Proust


R.D. Laing

--- Knots (Nudos) R.D. Laing (extracto) People can act very strange. At least ... I think they act very strange. And maybe other people think that I am the one who’s acting very strange. Do you know the feeling? Effective comunication is difficult to construct. There are some many knots in human understanding ... Can you unite these ones? There must be something the matter with him because he would not be acting as he does unless there was therefore he is acting as he is because there is something the matter with him. He does not think there is anything the matter with him because one of the things that is the matter with him is that he does not think that there is anything the matter with him therefore we have to help him to realize that the fact that he does not think that there is anythingthe matter with him is one of the things that is the matter with him. There is something I don’t know that I am suposed to know. I don’t know what it is I don’t know,and yet I am suposed to know,and I feel I look stupidif I seem both not to know it and not to know what it is I don´t know. Therefore I pretend I know it. This is nerve-ranking since I don’t know what I must pretend to know. Therefore I pretend to know everything. I feel you know what I am supposed to know. But you can’t tell me what it is. Because you don’t know that I don’t know what it is. You may know what I don’t know, but not that I don’t know it, and I can’t tell you. So you will have to tell me everything. Absurd, isn’t it? But very real as well. I’m sure you have had similar experiences. What can we do to better our communications? How can we avoid to feel bad? How can we avoid that other persons feel bad? if ( "true" == "false" )... R D Laing

Ronald Laing, the radical psychiatrist, psychoanalyst and psychotherapist who profoundly altered our understanding of mental illness, was the founder of just one organisation - the Philadelphia Association.

Born in Glasgow in 1927 R D Laing studied medicine at the University of Glasgow and went on to become a psychiatrist. His first experiment in changing the way people designated the mentally ill took place at Glasgow’s Gartnavel Hospital where he and colleagues radically altered the treatment regime in a long-term women's ward.

Laing moved to London to work at the Tavistock Clinic and trained as a psychoanalyst at the Institute of Psychoanalysis. Laing had for many years been engaged with continental philosophy and in a series of books published in the course of the 1960s he sought to develop what he called ‘an existential-phenomenological foundation for a science of persons’ and sought to set out a description of the experience of those labelled schizophrenic. Such people, Laing argued, suffered from ontological insecurity, a lack of faith in their own and others' reality which led them to create false self systems to fend off psychological and emotional catastrophe. Laing wanted to make madness and the process of going mad comprehensible, and to a great many people, including many of those afflicted, he did so convincingly. The discourse of the 'mad', he showed, if listened to in the right spirit could make a sense of its own. This was to be the line of thought that Laing would pursue for many years in The Divided Self (1960), Self and Others (1961), Sanity, Madness and the Family (1964) and The Politics of Experience (1967). (After this his writings became more diffuse, sometimes arguably self indulgent, but still capable of great insight). (Leer+)


Explicando a Laing

... Como libro pionero en su consideración de la esquizofrenia, y también por su carácter revolucionario y sus afirmaciones heterodoxas (pese a basarse completamente en análisis clínicos y emplear Esterson y Laing un lenguaje cuidadosamente clínico y objetivo, una tendencia no siempre presente en otros libros de Laing, como The Politics of Experience, de 1967 o Knots, de 1970). Sanity, Madness and the Family fue un libro polémico que recibió numerosas críticas. La primera y más obvia - y algo de lo que Esterson y Laing eran conscientes tras su publicación - es que, como apuntamos previamente, no se publicaron los datos del grupo de control formado por familias no esquizofrenogénicas, donde las interacciones y comunicación no estuvieran basadas enel uso de dobles vínculos y comunicaciones de doble sentido. Pese a que un grupo de control es absolutamente imprescindible para un estudio científico serio, el tiempo ha jugado a favor de las afirmaciones de Laing y Esterson en su obra, puesto que en investigaciones empíricas recientes sobre la influencia del factor familiar en la esquizofrenia, como las de Nevid, Rathus y Greene, se ha demostrado el papel fundamental de la familia en el desarrollo de una personalidad independiente.Objetividad y estilo que se repetirían en el estudio sobre comunicación y patología conjunto con Phillipson y Lee en 1966, Interpersonal Perception, un análisis de los modos de comunicación en parejas.(ontológicamente segura, diría Laing) o el recurso, por presión familiar, a defensas esquizofrenogénicas.La publicación de este libro tuvo, sin embargo, consecuencias más a largo plazo, y no sólo dentro del contexto médico, para la carrera y reputación de Laing. Algunas críticas no bien documentadas llegaron a afirmar que Laing se oponía al concepto mismo de familia, y que lo consideraba una célula de organización social enferma que aliena y destruye al individuo. A esta percepción errónea de las afirmaciones de Laing no ayudó, precisamente, su estrecha relación con David Cooper, pensador radical en lo tocante a la familia (suyos son libros con títulos tan reveladores como The Death of the Family (1971) o The Language of Madness (1978) , en los que la familia se compara a una granja donde los adolescentes son cebados como cochinillos para luego ser“sacrificados” al dios de la cruel y homogeneizadora sociedad). Así, a raíz de la publicación casi simultánea de estas obras de Cooper (que Laing consideraba radicales ya en ese momento), se identificó a Laing con las ideas extremadamente violentas y revolucionarias de su colega. La misión que Cooper se impuso en sus publicaciones eraincitar a la revolución y a la destrucción de la organización social tradicional, cargando las tintas en la familia, como origen de los males sociales, incluso en individuos aparentemente sanos y adaptados. En la obra conjunta de Laing y Cooper, Reason and Violence (1964), las partes escritas por Laing nunca son tan radicales en sus planteamientos como las de su colega, que se aproxima en ocasiones al marxismo puromás que a la práctica psiquiátrica. Así, se ha criticado a Laing por culpar a los padres de los pacientes esquizofrénicos de la aparición de síntomas en sus hijos, sin embargo, su intención en este libro con Esterson, y en otras obras posteriores, no era rechazar y demonizar la familia en sí, sino mostrar cómo la locura no es algo que surjaespontáneamente del paciente mismo, sino, más bien, como el resultado de un mecanismo de presión social. Las familias de este estudio son familias disfuncionales (lo que no significa que todas lo sean), que producen en el individuo que es tratado por locura una serie de condiciones patológicas (llamados síntomas esquizofrénicos), queno son sino una expresión patológica de la disfunción de toda la familia. Tampoco negó Laing que los esquizofrénicos tuvieran problemas para operar en su vida diaria; Laing reconoce la dura y traumática experiencia de la locura, si bien disiente en la interpretación más “clásica” de los orígenes de ésta, y prefiere buscarlos en el ámbito de la interexperiencia, es decir, en el campo de los intercambios sociales. La locura tienesu origen no en trastornos dentro de uno mismo, sino que surge de la relación entre personas (véanse Laing y Esterson 1964; y Laing, H. Phillipson y A.R. Lee 1966). ... Méndez García, Carmen (2004)



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