La experiencia analítica desde el punto de vista del analizando. Profilaxis. Etica y psicoanálisis. Psicología y poder. Terapias adictivas. La sociedad psicologizada. Mala praxis. Una denuncia
anaclisis [anaclisis] f. (Fisiol. hum.) Decúbito, especialmente el supino. (Estar acostado hacia arriba.) aná ἀνά (gr. ‘hacia arriba’, ‘por completo’, ‘de nuevo’, ‘por partes’) + klī‑ κλῑ‑ (gr. ‘inclinarse, tumbarse’; κρεβάτι, κλίνη ‘lecho’) + ‑sis (gr.) [Leng. base: gr. Antiguo.
En gr. anáklisis ἀνάκλισις con el mismo significado desde Hipócrates, s. V a.C., reintroducido] // En psiquiatría, dependencia emocional, inclinación hacia el ser de quien se depende o que domina, en particular la primera relación objetal que establece el niño, caracterizada por la completa dependencia de éste respecto de su madre.
“–Si yo lo inquieto tanto mejor. Desde el punto de vista del público, lo que yo considero como más deseable, es lanzar un grito de alarma y que tenga, en el terreno científico, una significación muy precisa: que sea un llamado, una exigencia primera concerniente a la formación del analista.” J. Lacan

jueves, 9 de agosto de 2012

Violencia como síntoma social

Por Luciana Chairo
lucianachairo@elpsicoanalitico.com.ar
 

Lo que en cada sociedad se presenta como violento no es otra cosa que lo que ella instituye, delineando así sus cercos, como intolerable, no deseable, negativo e, incluso, anormal. A cada momento histórico le corresponde, entonces, un modo particular, un dispositivo sociocultural de expresión e institución de lo connotado como violento.

Actualmente, en nuestra sociedad,  la violencia como tópico social ocupa un lugar central tanto en la agenda política de los gobiernos (en términos de “seguridad”) como en aquello que define una noticia “de tapa” para los medios de comunicación. Cotidianamente se escucha y se observa en la TV una intensa escalada de violencia que tiene como protagonistas a niños, jóvenes y adultos; a mujeres y  hombres; a los sectores más pudientes y a los más vulnerables, sin distinción. En escuelas, en la calle, en hogares y en otras instituciones de nuestra sociedad. Me pregunto, entonces: ¿ha crecido en la actualidad el número de actos violentos? ¿o tal vez sólo se ha puesto una lente de aumento sobre dichos fenómenos? Teniendo en cuenta que  la violencia, en muchos casos, produce un punto de fascinación y, como tal, vende: ¿Acaso se ha convertido ella en uno más de los “espectáculos sociales”, oficiando de marioneta mediática para captar al espectador? Y si a fin de cuentas pudiéramos afirmar que efectivamente ha aumentado el número de casos donde la violencia es el modo de relación predominante: ¿cuáles serían las causas de tal aumento?; ¿cuáles serían las ‘condiciones del Otro’ que habilitan dichos actos?; ¿qué de la respuesta subjetiva en todo este asunto? Interrogantes ambiciosos que nos pueden servir de puntales para comenzar la reflexión.

Decido recortar la violencia en la escuela como un campo de problemas que ha cobrado gran visibilidad en nuestra sociedad actual; a mi entender, no sólo porque efectivamente ocurren, de modo más frecuente, situaciones de maltrato entre sus actores institucionales, sino porque la cobertura mediática de tal asunto parece ser mucho más manifiesta que en otros tiempos históricos, reproduciendo y produciendo así condiciones de posibilidad para su puesta en forma.

Del bullying a la violencia como síntoma social
Bullying, acoso escolar, hostigamiento, definen cualquier tipo de maltrato verbal, físico o psicológico producido entre escolares de forma sistemática y reiterada en el tiempo. Es decir, da cuenta de la violencia entre pares o maltrato entre iguales enmarcado en la institución escuela. Dicho concepto es utilizado para hacer referencia a la intimidación ejercida sobre alguien con el fin de acobardarlo y reducirlo a la pasividad, produciéndole temor. Los autores de referencia en este tema agregan que es un tipo de violencia difícil de identificar y de diagnosticar, por lo tanto también, difícil de eliminar. Su eficacia reside en el silencio del niño agredido ante sus padres o maestros, porque se siente descalificado y ridiculizado por quien lo intimida, lo que bloquea la posibilidad de manifestar su padecer. El bullying plantea siempre un ternario formado por el agresor, la víctima y el grupo de espectadores que sostiene y legitima con la mirada, y su paradojal indiferencia, toda una situación de vulneración y crueldad.

Intentemos imaginarizar el pasaje de la categoría de bullying como diagnóstico estanco e individualizante (a pesar de que nos habla de un vínculo patológico), a la violencia escolar como síntoma social. Pensar en estos términos nos invita a ampliar la lectura de dicho fenómeno, para elucidar las condiciones de posibilidad que en su trama lo originan, y reflexionar acerca de sus posibles consecuencias.
El filósofo y psicoanalista Slavoj Žižek, deslinda diversos modos en que la violencia se inscribe y desde donde puede ser leída. Sigamos a este autor en su planteo sin con esto pretender la captura de un hecho que, por histórico social, escapa siempre a las categorías cerradas en las que se lo intente apresar. Por un lado nos habla de la violencia subjetiva“…aquella que aparece de un modo visible y ejecutada por un agente que podemos definir al instante.” [1] Se percibe como tal en contraste con un nivel cero de violencia; es decir, viene a perturbar un estado de cosas pacífico y conservado. Ahora bien, Žižek nos dirá que si procuramos realizar una lectura lúcida de tal fenómeno, deberíamos producir una distancia operativa de la violencia subjetiva como punta de iceberg visible y explosivo, para adentrarnos en el análisis de aquella violencia que opera en la trama configurada por la estructura social y que condiciona, en gran medida, aquello que se muestra de modo más evidente. La violencia objetiva, entonces, es invisible y se define como la violencia inherente al estado de cosas normal; “son las consecuencias del funcionamiento homogéneo de los sistemas económicos, políticos, culturales” [2] las más sutiles formas de coerción, que imponen relaciones de dominación y explotación, incluyendo la amenaza de violencia. Es decir, es la contraparte de la violencia subjetiva y es ella la que puede dar cuenta de aquello que se presenta como acto manifiesto de violencia. Podemos pensar, entonces, que los efectos devastadores de agresividad que vivimos cotidianamente en nuestra sociedad, quizá respondan en gran medida al modo de ser que ésta se da  para sí en nuestra época; a la reacción producida ante cierta estrategia capitalista que procura, entre otras cosas, borrar las diferencias, homogeneizar y universalizar los modos subjetivos que en su particularidad son profundamente diversos.

Entonces, violencia como síntoma social. Si recortamos la escena de una niña asesinada por sus compañeras por el solo hecho de ser bonita; o jóvenes que destruyen a golpes su aula, filman este acto y luego suben el video a internet;  si sólo focalizamos nuestra atención en el niño que asesina a decenas de personas en el contexto escolar, o en aquel otro que golpea a su maestra porque no lo ha aprobado en el examen… Si decidiéramos recortar de su contexto estas escenas y reducir nuestro análisis a las mismas, creo que lo único que conseguiríamos es redoblar y reforzar la violencia ya instalada. Por un lado, evadimos el hecho de que se trata de “violencias escolares” y no violencia en un único sentido.  Universalizamos y patologizamos un vínculo, o a un joven, quien con su acto en realidad está saturando aquellos instituidos que producen su padecer. ¿Esta lectura es ingenua? Claro que no; considero que se trata de una decisión, toda una estrategia de poder que opera y que sostenemos como sociedad.  El categorizar, nominar y reducir la violencia como síntoma social a la expresión de bullying responsabiliza (incluso judicialmente) a miles de niños y jóvenes de nuestra sociedad, renegando de toda una trama de responsabilidades de las que la violencia en la escuela es sólo un efecto. No sólo eso, sino que esto se reproduce a través de juicios públicos: los medios de comunicación inflan y precipitan dichos actos. La denuncia mediática y masiva de lo impune, es una marca de nuestra sociedad actual.  Se apunta a un debate televisivo  que tiende a un juicio público que banaliza sus causas y consecuencias. Ya hemos mencionado que las noticias sobre violencia venden. El tratamiento de la cobertura mediática en nuestra sociedad actual, hace de la violencia en las escuelas un espectáculo que no invita a una discusión seria sobre el asunto. Hoy es el amo mediático el que administra y regula la información. Decide qué decir y qué mostrar. La violencia, entonces, se fogonea en relaciones mediatizadas por la imagen y sostenidas por pantomimas más bien siniestras.

La crueldad como escenario
Si bien sabemos que la violencia primaria, como la ha denominado Piera Aulagnier, es constitutiva e imprescindible para el advenimiento de un sujeto, la persistencia y consecución de la violencia más allá de ciertos límites, denominada también secundaria, malestar sobrante o “penar de más”, es consecuencia de ciertos dispositivos históricos sociales que construyen y se han sofisticado en la puesta en marcha de un tratamiento del sujeto y de los lazos que facilita el despliegue de la violencia, de lo cruel, como una de sus manifestaciones más extremas. Fernando Ulloa define a la crueldad como aquel flagelo que acompaña al hombre desde el inicio de la civilización. Agrega que se trata de un acompañamiento paradojal, ya que a lo largo de la historia las sociedades han intentado acotar algo de esta expresión pulsional más agresiva. Siguiendo a Freud, pulsión de vida y pulsión de muerte requieren en el sujeto de cierto equilibrio que permita su bienestar y, por ende, la capacidad sublimatoria para el despliegue en sociedad. Esta regulación, dirá Freud, es mediatizada por el superyó, el cual se instituye como una instancia “civilizadora” e impide que la pulsión de muerte lo destruya todo. La profundización de la violencia obedece, entonces, para este autor, a un orden de descomposición y desmezcla pulsional.

Hoy palpitamos una profunda fragmentación de los lazos, la crisis de ciertos ideales y sentidos, la fuerte apatía y la gran paranoia que produce el encuentro con el otro; crisis de los apuntalamientos identificatorios, de las instituciones que amarraban algo de lo más tanático constitutivo del ser humano. Todo esto produce condición de posibilidad para la violencia actual, produciendo así, además, nuevas subjetividades ¿Cómo afecta esto a los niños en edad escolar? Teniendo en cuenta que la mayor parte de su tiempo la transitan en dicha institución ¿qué  estrategias puede darse la escuela para paliar estas situaciones estando actualmente tan instrumentalizada y desprovista de recursos?

Diversos autores, cada cual a su modo, nos hablan de la crisis del sentido y de los valores por la que atraviesa nuestra sociedad. Esto se expresaría en la declinación de ciertas figuras de autoridad como la parental, el docente y la suposición de un saber allí, etc. En función de esta crisis, y teniendo en cuenta los planteos de Freud esbozados más arriba, ¿qué ocurre, entonces, en la actualidad, con la regulación que ejercía la institución de la sociedad, como un todo coherente, sobre las pulsiones más destructivas del ser humano? ¿Qué ha sido en la actualidad del superyó que podía civilizar la pulsión de muerte, que podía lograr que Eros se impusiera sobre Tánatos amarrando algunos de sus efectos? Tradicionalmente, las culturas han localizado modos de tránsito ritualizado para el devenir de la agresión, donde su eficacia resultaba de la conjunción - hecha ceremonia - de lo pulsional y ciertos baluartes identificatorios que están a la mano en el proceso de fabricarse un mundo y una identidad acordes. ¿Qué de los mitos de pasaje para nuestros jóvenes hoy?

Es el amor, dirá Freud, el que inhibe la agresividad. En una educación sin amor, la agresividad tiende a desplegarse libremente al exterior. La declinación de las instancias parentales y la ausencia del amor harían que esta agresividad se desplegara casi por completo hacia el semejante, hacia los objetos.

Ulloa refiere que uno de los dispositivos, núcleo central para el avance de la crueldad, es el de "encerrona trágica”. Esta encerrona cruel es una escena en la que se ponen en forma sólo dos lugares, sin tercero de apelación - tercero de la ley - sólo la víctima y el victimario. La encerrona trágica se da cada vez que alguien, para dejar de sufrir o para cubrir sus necesidades elementales de alimentos, de salud, de trabajo, de lazo, etc. depende de alguien o algo que lo maltrata, sin que exista un terceridad que imponga la ley. En ella prevalece el “dolor psíquico”, un sufrimiento que produce desesperanza de que las condiciones de intimidación alguna vez se transformen.

Lo complejo de este asunto, dirá Ulloa, es que lo esencial de la crueldad aparece velado por el acostumbramiento. “Se convive cotidianamente con lo cruel y muchas veces en connivencia, sobre todo cuando esta palabra, alude a ojos cerrados y a un guiño cómplice.” [3] Vemos algo de esto en nuestras escuelas, donde "la cultura de la mortificación", cultura del acostumbramiento, de lo mortecino, apagado, es el escenario consolidado para el despliegue de lo violento. Se enfrentan niños, pares, unos contra otros en un contexto donde prima la indiferencia y donde no existe la figura de un mediador que regule la crudeza de lo especular.

El silenciamiento y el no miramiento dan cuenta de cierta renegación de lo cruel. Se normaliza la intimidación como modalidad de lazo al otro, normalizando sus efectos. Considero que esto es lo que opera a la base de lo que se denomina bullying, acoso escolar… un modo de lazo instalado socialmente, que se infiltra, de una u otra manera, en todas las instituciones, en todos los vínculos, en los más íntimos, en los más formales, en lo “amigo”, en los pares…

La ternura como libreto
La ternura para Ulloa es “(…) el escenario formidable donde el sujeto no sólo adquiere estado pulsional, sino condición ética.” [4] Si la crueldad excluye al tercero de la ley, en la ternura, este tercero siempre resulta esencial.

La ternura se nutre de dos fuentes: la "empatía" como garantía del suministro de lo “necesario” para la constitución de un sujeto,  y la producción del "miramiento", ese “mirar con considerado interés, con afecto amoroso,” que instituye el  reconocimiento del sujeto y su deseo. La empatía, entonces, garantiza el primer alojamiento que necesita un sujeto para advenir como tal. El miramiento, por su parte, promueve su condición autónoma evitando los abusos que puedan instalarse en dicho proceso.

Teniendo en cuenta lo anterior, considero que necesitamos construir dispositivos, tecnologías, que apunten a la constitución de lazos más tiernos, que operen tanto sobre la queja, la intimidación, la infracción, lo mortecino hecho cultura, como sobre la naturalización de la crueldad a la que los nuevos procesos segregativos parecen acostumbrarnos.

No se pretende con esto realizar una lectura nostálgica de aquello que se ha perdido, ni apostar a recuperar los mismos lazos que operaron en otros momentos históricos (de hecho, ellos han sido, en gran medida, condición de posibilidad para lo que hoy se presenta tan fragmentado.) La propuesta es echar luz sobre las significaciones vigentes de nuestra época, para en ellas advertir la gran mortificación de la que somos protagonistas y padecemos día a día. En función de ello, entonces, inventar nuevos modos de relación al Otro y al semejante, nuevas tramas discursivas, nuevas instancias de mediación, nuevas prácticas, que nos convoquen a habitar lazos animados por el deseo y su ética. 

Notas
[1] Žižek, S. “Sobre la violencia: seis reflexiones marginales”, Bs. As, Paidós, 2009. Pág. 9
[2] Žižek, S., ob. cit.
[3] Ulloa, F. “Sociedad y crueldad”. Entrevista en diciembre de 1999. www.psicomundo.com/foros/egp/sociedad.htm
[4] Ulloa, F. “Sociedad y crueldad”, ob. cit.

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Marcel Proust

... Entre los intervalos de los instrumentos musicales, cuando la mar estaba muy llena, se oía, continuo y ligado, el resbalar del agua de una ola que envolvía los trazos del violín en sus volutas de cristal y parecía lanzar su espuma por encima de los ecos intermitentes de una música submarina. Yo me impacientaba porque no me habían traído aun las cosas para empezar a vestirme. Daban las doce, y Francisca aparecía. Y durante varios meses seguidos, en ese Balbec que tanto codicié, porque me lo imaginaba batido por las tempestades y perdido entre brumas, hizo un tiempo tan seguro y tan brillante que cuando venía a descorrer las cortinas nunca me vi defraudado en mi esperanza de encontrar ese mismo lienzo de sol pegado al rincón de la pared de afuera y de un inmutable color, que impresionaba, más aun que por ser signo del estío, por su colorido melancólico, cual el de un esmalte inerte y ficticio. Y mientras que Francisca iba quitando los alfileres de las impostas, arrancaba telas y descorría cortinas, el día de verano que descubría ella parecía tan muerto, tan inmemorial como una momia suntuosa y milenaria que nuestra vieja criada despojaba cuidadosamente de toda su lencería antes de mostrarla embalsamada en su túnica de oro. ... Marcel Proust


R.D. Laing

--- Knots (Nudos) R.D. Laing (extracto) People can act very strange. At least ... I think they act very strange. And maybe other people think that I am the one who’s acting very strange. Do you know the feeling? Effective comunication is difficult to construct. There are some many knots in human understanding ... Can you unite these ones? There must be something the matter with him because he would not be acting as he does unless there was therefore he is acting as he is because there is something the matter with him. He does not think there is anything the matter with him because one of the things that is the matter with him is that he does not think that there is anything the matter with him therefore we have to help him to realize that the fact that he does not think that there is anythingthe matter with him is one of the things that is the matter with him. There is something I don’t know that I am suposed to know. I don’t know what it is I don’t know,and yet I am suposed to know,and I feel I look stupidif I seem both not to know it and not to know what it is I don´t know. Therefore I pretend I know it. This is nerve-ranking since I don’t know what I must pretend to know. Therefore I pretend to know everything. I feel you know what I am supposed to know. But you can’t tell me what it is. Because you don’t know that I don’t know what it is. You may know what I don’t know, but not that I don’t know it, and I can’t tell you. So you will have to tell me everything. Absurd, isn’t it? But very real as well. I’m sure you have had similar experiences. What can we do to better our communications? How can we avoid to feel bad? How can we avoid that other persons feel bad? if ( "true" == "false" )... R D Laing

Ronald Laing, the radical psychiatrist, psychoanalyst and psychotherapist who profoundly altered our understanding of mental illness, was the founder of just one organisation - the Philadelphia Association.

Born in Glasgow in 1927 R D Laing studied medicine at the University of Glasgow and went on to become a psychiatrist. His first experiment in changing the way people designated the mentally ill took place at Glasgow’s Gartnavel Hospital where he and colleagues radically altered the treatment regime in a long-term women's ward.

Laing moved to London to work at the Tavistock Clinic and trained as a psychoanalyst at the Institute of Psychoanalysis. Laing had for many years been engaged with continental philosophy and in a series of books published in the course of the 1960s he sought to develop what he called ‘an existential-phenomenological foundation for a science of persons’ and sought to set out a description of the experience of those labelled schizophrenic. Such people, Laing argued, suffered from ontological insecurity, a lack of faith in their own and others' reality which led them to create false self systems to fend off psychological and emotional catastrophe. Laing wanted to make madness and the process of going mad comprehensible, and to a great many people, including many of those afflicted, he did so convincingly. The discourse of the 'mad', he showed, if listened to in the right spirit could make a sense of its own. This was to be the line of thought that Laing would pursue for many years in The Divided Self (1960), Self and Others (1961), Sanity, Madness and the Family (1964) and The Politics of Experience (1967). (After this his writings became more diffuse, sometimes arguably self indulgent, but still capable of great insight). (Leer+)


Explicando a Laing

... Como libro pionero en su consideración de la esquizofrenia, y también por su carácter revolucionario y sus afirmaciones heterodoxas (pese a basarse completamente en análisis clínicos y emplear Esterson y Laing un lenguaje cuidadosamente clínico y objetivo, una tendencia no siempre presente en otros libros de Laing, como The Politics of Experience, de 1967 o Knots, de 1970). Sanity, Madness and the Family fue un libro polémico que recibió numerosas críticas. La primera y más obvia - y algo de lo que Esterson y Laing eran conscientes tras su publicación - es que, como apuntamos previamente, no se publicaron los datos del grupo de control formado por familias no esquizofrenogénicas, donde las interacciones y comunicación no estuvieran basadas enel uso de dobles vínculos y comunicaciones de doble sentido. Pese a que un grupo de control es absolutamente imprescindible para un estudio científico serio, el tiempo ha jugado a favor de las afirmaciones de Laing y Esterson en su obra, puesto que en investigaciones empíricas recientes sobre la influencia del factor familiar en la esquizofrenia, como las de Nevid, Rathus y Greene, se ha demostrado el papel fundamental de la familia en el desarrollo de una personalidad independiente.Objetividad y estilo que se repetirían en el estudio sobre comunicación y patología conjunto con Phillipson y Lee en 1966, Interpersonal Perception, un análisis de los modos de comunicación en parejas.(ontológicamente segura, diría Laing) o el recurso, por presión familiar, a defensas esquizofrenogénicas.La publicación de este libro tuvo, sin embargo, consecuencias más a largo plazo, y no sólo dentro del contexto médico, para la carrera y reputación de Laing. Algunas críticas no bien documentadas llegaron a afirmar que Laing se oponía al concepto mismo de familia, y que lo consideraba una célula de organización social enferma que aliena y destruye al individuo. A esta percepción errónea de las afirmaciones de Laing no ayudó, precisamente, su estrecha relación con David Cooper, pensador radical en lo tocante a la familia (suyos son libros con títulos tan reveladores como The Death of the Family (1971) o The Language of Madness (1978) , en los que la familia se compara a una granja donde los adolescentes son cebados como cochinillos para luego ser“sacrificados” al dios de la cruel y homogeneizadora sociedad). Así, a raíz de la publicación casi simultánea de estas obras de Cooper (que Laing consideraba radicales ya en ese momento), se identificó a Laing con las ideas extremadamente violentas y revolucionarias de su colega. La misión que Cooper se impuso en sus publicaciones eraincitar a la revolución y a la destrucción de la organización social tradicional, cargando las tintas en la familia, como origen de los males sociales, incluso en individuos aparentemente sanos y adaptados. En la obra conjunta de Laing y Cooper, Reason and Violence (1964), las partes escritas por Laing nunca son tan radicales en sus planteamientos como las de su colega, que se aproxima en ocasiones al marxismo puromás que a la práctica psiquiátrica. Así, se ha criticado a Laing por culpar a los padres de los pacientes esquizofrénicos de la aparición de síntomas en sus hijos, sin embargo, su intención en este libro con Esterson, y en otras obras posteriores, no era rechazar y demonizar la familia en sí, sino mostrar cómo la locura no es algo que surjaespontáneamente del paciente mismo, sino, más bien, como el resultado de un mecanismo de presión social. Las familias de este estudio son familias disfuncionales (lo que no significa que todas lo sean), que producen en el individuo que es tratado por locura una serie de condiciones patológicas (llamados síntomas esquizofrénicos), queno son sino una expresión patológica de la disfunción de toda la familia. Tampoco negó Laing que los esquizofrénicos tuvieran problemas para operar en su vida diaria; Laing reconoce la dura y traumática experiencia de la locura, si bien disiente en la interpretación más “clásica” de los orígenes de ésta, y prefiere buscarlos en el ámbito de la interexperiencia, es decir, en el campo de los intercambios sociales. La locura tienesu origen no en trastornos dentro de uno mismo, sino que surge de la relación entre personas (véanse Laing y Esterson 1964; y Laing, H. Phillipson y A.R. Lee 1966). ... Méndez García, Carmen (2004)



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