La experiencia analítica desde el punto de vista del analizando. Profilaxis. Etica y psicoanálisis. Psicología y poder. Terapias adictivas. La sociedad psicologizada. Mala praxis. Una denuncia
anaclisis [anaclisis] f. (Fisiol. hum.) Decúbito, especialmente el supino. (Estar acostado hacia arriba.) aná ἀνά (gr. ‘hacia arriba’, ‘por completo’, ‘de nuevo’, ‘por partes’) + klī‑ κλῑ‑ (gr. ‘inclinarse, tumbarse’; κρεβάτι, κλίνη ‘lecho’) + ‑sis (gr.) [Leng. base: gr. Antiguo.
En gr. anáklisis ἀνάκλισις con el mismo significado desde Hipócrates, s. V a.C., reintroducido] // En psiquiatría, dependencia emocional, inclinación hacia el ser de quien se depende o que domina, en particular la primera relación objetal que establece el niño, caracterizada por la completa dependencia de éste respecto de su madre.
“–Si yo lo inquieto tanto mejor. Desde el punto de vista del público, lo que yo considero como más deseable, es lanzar un grito de alarma y que tenga, en el terreno científico, una significación muy precisa: que sea un llamado, una exigencia primera concerniente a la formación del analista.” J. Lacan

domingo, 13 de febrero de 2011

La evolución de la infancia


Fuente original:

The evolution of childhood" (Chapter 1)
(The Psychohistory Press, Ney York, 1974)
www.psychohistory.com



Oís llorar a los niños
Oh, hermanos míos...
The cry of the children (Elizabeth Barrett Browning)


La historia de la infancia es una pesadilla de la que hemos empezado a despertar hace muy poco. Cuanto más se retrocede en el pasado, más bajo es el nivel de la puericultura y más expuestos están los niños a la muerte violenta, el abandono, los golpes, el terror y los abusos sexuales. Nos proponemos aquí recuperar cuanto podamos de la historia de la infancia a partir de los testimonios que han llegado hasta nosotros.

Si los historiadores no han reparado hasta ahora en estos hechos es porque durante mucho tiempo se ha considerado que la historia seria debía estudiar los acontecimientos públicos, no privados. Los historiadores se han centrado tanto en el ruidoso escenario de la historia, con sus fantásticos castillos y sus grandes batallas, que por lo general no han prestado atención a lo que sucedía en los hogares y en el patio de recreo. Y mientras los historiadores suelen buscar en las batallas de ayer las causas de las de hoy, nosotros en cambio nos preguntamos cómo crea cada generación de padres e hijos los problemas que después se plantean en la vida pública.

A primera vista esta falta de interés por la vida de los niños resulta extraña. Los historiadores se han dedicado tradicionalmente a explicar la continuidad y el cambio en el transcurso del tiempo, y desde Platón se ha sabido que la infancia es una de las claves para ello. No se puede decir que fuese Freud quien descubrió la importancia de las relaciones padre-hijo para el cambio social; la frase de san Agustín, “Dadme otras madres y os daré otro mundo”, ha sido repetida por grandes pensadores durante quince siglos sin influir en la historiografía. Por supuesto, a partir de Freud nuestra visión de la infancia ha adquirido una nueva dimensión, y en los últimos cincuenta años el estudio de la infancia ha sido habitual para el psicólogo, el sociólogo y el antropólogo. Sólo está empezando a serlo para el historiador. Esta deliberada evitación exige una explicación.

Los historiadores atribuyen a la escasez de fuentes la falta de estudios serios sobre la infancia. Peter Laslett se pregunta por qué las “masas y masas de niños pequeños están extrañamente ausentes de los testimonios escritos... Hay algo misterioso en el silencio de esas multitudes de niños en brazos, de niños que empiezan a andar y de adolescentes en los relatos que los hombres escribían en la época sobre su propia experiencia... No podemos saber si los padres ayudaban a cuidar a los niños... Nada se sabe aún de lo que los psicólogos llaman control de esfínteres... En realidad, hay que hacer un esfuerzo mental para recordar continuamente que los niños estaban siempre presentes en gran número en el mundo tradicional; casi la mitad de la comunidad viviendo en una situación de semisupresión”. [1] Como señala James Bossard, sociólogo de la familia: “Por desgracia, la historia de la infancia no se ha escrito nunca, y es dudoso que se pueda escribir algún día, debido a la escasez de datos históricos acerca de la infancia”. [2]

Esta convicción es tan firme entre los historiadores que no es de extrañar que el presente libro se iniciara no en la esfera de la historia, sino en la del psicoanálisis aplicado. Hace cinco años yo estaba escribiendo un libro sobre una teoría psicoanalítica del cambio histórico y, al examinar los resultados de medio siglo de psicoanálisis aplicado, me pareció que éste no había llegado a ser una ciencia sobre todo porque no había adquirido carácter evolutivo. Dado que la repetición compulsiva, por definición, no puede explicar el cambio histórico, todos los intentos realizados por Freud, Roheim, Kardiner y otros autores para desarrollar una teoría del cambio acabaron en una estéril polémica del huevo o la gallina sobre si la educación de los niños depende de los rasgos culturales o a la inversa. Se demostró una y otra vez que las prácticas de crianza de los niños son la base de la personalidad adulta; el origen de las mismas sumió en la perplejidad a todos los psicoanalistas que se plantearon la cuestión. [3]

En una comunicación presentada en 1968 a la Association for Applied Psychoanalysis (Asociación de Psicoanálisis Aplicado) esbocé una teoría evolutiva del cambio histórico en las relaciones paternofiliales y propuse que, puesto que los historiadores no habían abordado todavía la tarea de escribir la historia de la infancia, la Asociación patrocinara la labor de un grupo de historiadores que estudiara las fuentes para descubrir las principales etapas de la crianza de los niños en Occidente desde la Antigüedad. Este libro es el resultado de ese proyecto.

La “teoría psicogénica de la historia” esbozada en mi propuesta de proyecto comenzaba con una teoría general del cambio histórico. Su postulado era que la fuerza central del cambio histórico no es la tecnología ni la economía, sino los cambios “psicogénicos” de la personalidad resultantes de interacciones de padres e hijos en sucesivas generaciones. Esta teoría entrañaba varias hipótesis, sujetas cada una de ellas a confirmación o refutación con arreglo a los datos históricos empíricos:

  1. La evolución de las relaciones paternofiliales constituye una causa independiente del cambio histórico. El origen de esta evolución se halla en la capacidad de sucesivas generaciones de padres para regresar a la edad psíquica de sus hijos y pasar por las ansiedades de esa edad en mejores condiciones esta segunda vez que en su propia infancia. Este proceso es similar al del psicoanálisis, que implica también un regreso y una segunda oportunidad de afrontar las ansiedades de la infancia.
  2. Esta presión generacional” a favor del cambio psíquico no sólo es espontánea, originándose en la necesidad del adulto de regresar y en el esfuerzo del niño por establecer relaciones, sino que además se produce independientemente del cambio social y tecnológico. Por lo tanto, puede darse incluso en periodos de estancamiento social y tecnológico.
  3. La historia de la infancia es una serie de aproximaciones entre adulto y niño en la que cada acortamiento de la distancia psíquica provoca nueva ansiedad. La reducción de esta ansiedad del adulto es la fuente principal de las prácticas de crianza de los niños de cada época.
  4. El complemento de la hipótesis de que la historia supone una mejora general de la puericultura es que cuanto más se retrocede en el tiempo menos eficacia muestran los padres en la satisfacción de las necesidades de desarrollo del niño. Esto quiere decir por ejemplo, que si en Estados Unidos hay actualmente menos de un millón de niños maltratados, [4] habría un momento histórico en que la mayoría de los niños eran maltratados, según el significado que hoy damos a este término.
  5. Dado que la estructura psíquica ha de transmitirse siempre de generación en generación a través del estrecho conducto de la infancia, las prácticas de crianza de los niños de una sociedad no son simplemente uno entre otros rasgos culturales. Son la condición misma de la transmisión y desarrollo de todos los demás elementos culturales e imponen límites concretos a lo que se puede lograr en todas las demás esferas de la historia. Para que se mantengan determinados rasgos culturales se han de dar determinadas experiencias infantiles, y una vez que esa experiencia ya no se dan, los rasgos desaparecen.

Ahora bien, es evidente que una teoría psicológica evolutiva tan ambiciosa como ésta no puede someterse a prueba realmente en un solo libro, y en éste nos hemos fijado el objetivo, más modesto, de reconstruir a partir de los datos disponibles la situación de un hijo y de un padre en otras épocas. Los testimonios que pueda haber de la existencia de pautas evolutivas reales de la infancia en el pasado sólo aparecerán cuando expongamos la historia fragmentaria y a menudo confusa que hemos descubierto de la vida de los niños en Occidente durante los últimos 2,000 años.

OBRAS ANTERIORES SOBRE LOS NIÑOS EN LA HISTORIA

Aunque yo creo que éste es el primer libro en que se examina seriamente la historia de la infancia en Occidente, es innegable que los historiadores vienen escribiendo desde hace algún tiempo sobre los niños en épocas pasadas. [5] Pero, aún así, pienso que el estudio de la historia de la infancia está en sus comienzos, pues la mayor parte de esas obras dan una visión deformada de los hechos de la infancia en los periodos que abarcan. Los biógrafos oficiales son los peores enemigos; la infancia resulta generalmente idealizada y son muy pocos los biógrafos que dan información útil acerca de los primeros años de la vida del personaje de que se trate. Los sociólogos de la historia se las arreglan para formular teorías explicativas de los cambios en la infancia sin molestarse jamás en estudiar una sola familia, del pasado o del presente. [6] Los historiadores de la literatura, tomando los libros por la vida, pintan un cuadro novelesco de la infancia, como si se pudiera saber lo que realmente ocurría en el hogar norteamericano leyendo Tom Sawyer. [7]

Pero es el historiador de la sociedad, cuya tarea consiste en desentrañar la realidad de las condiciones sociales de otras épocas, el que más enérgicamente se defiende contra los hechos que pone de manifiesto. [8] Cuando un historiador de la sociedad comprueba la existencia del infanticidio generalizado lo declara “admirable y humano”. [9] Cuando otro habla de las madres que pegaban sistemáticamente con palos a sus hijos cuando aún estaban en la cuna, comenta, sin prueba alguna, que “si su disciplina era dura, también era regular y justa y estaba informada por la bondad”. [10] Cuando un tercero se tropieza con madres que metían a sus hijos en agua helada cada mañana para “fortalecerlos”, práctica que ocasionaba la muerte de los niños, dice que “su crueldad no era intencional” sino que simplemente “habían leído a Rousseau y a Locke”. [11] Al historiador de la sociedad todas las prácticas de otras épocas le parecen buenas. Cuando Laslett comprueba que había padres que enviaban normalmente a sus hijos, a la edad de siete años, a otras casas para servir en ellas como criados, tomando a su vez otros sirvientes-niños, dice que en realidad lo que les movía era el afecto, pues ello “indica que quizá los padres no quisieran someter a sus propios hijos a la disciplina del trabajo en el hogar”. [12] Tras reconocer que la costumbre de azotar a los niños con diversos instrumentos “en la escuela y en el hogar parece haber sido tan común en el siglo XVII como lo fue posteriormente” William Sloan se siente obligado a añadir que “los niños, entonces como después, a veces merecen ser azotados”. [13] Cuando Philippe Ariès acumulaba tantos testimonios de abusos sexuales manifiestos cometidos con los niños que admite que “jugar con los genitales de los niños formaba parte de una tradición generalizada”, [14] pasa a describir una escena “tradicional”, en un tren, en la que un extraño se lanza sobre un niño “hurgando brutalmente con la mano dentro de la bragueta del niño” mientras el padre sonríe, y termina diciendo: “Se trataba únicamente de un juego cuyo carácter escabroso debemos cuidar de no exagerar”. [15] Hay masas de datos ocultos, deformados, suavizados u olvidados. Se resta importancia a los primeros años del niño, se estudia interminablemente el contenido formal de la educación y se elude el contenido emocional haciendo hincapié en la legislación sobre los niños y dejando a un lado el hogar. Y si, por naturaleza del libro, es imposible pasar por alto hechos desagradables que aparecen por todas partes, se inventa la teoría de que “los padres buenos no dejan huellas en los testimonios escritos”. Cuando, por ejemplo, Alan Valentine examina 600 años de cartas de padres a hijos y entre 126 padres no puede hallar uno solo que no sea insensible, moralista y absolutamente egocéntrico, llega a la siguiente conclusión:

“Sin duda, un número infinito de padres habrán escrito a sus hijos cartas que nos alentarían y conmoverán si pudiéramos encontrarlas. Los padres más felices no dejan historia, y son los hombres que no se comportan demasiado bien con sus hijos los que suelen escribir las desconsoladoras cartas que han llegado hasta nosotros”. [16] De igual modo, Anna Burr, que ha estudiado 250 autobiografías, señala que no hay recuerdos felices de la infancia, pero evita cuidadosamente extraer conclusiones. [17]

De todos los libros sobre la infancia en otras épocas, el mejor conocido es quizá el de Philippe Ariès, Centuries of Childbood (Siglos de infancia). Un historiador ha señalado la frecuencia con que es “citado como las Sagradas Escrituras”. [18] La tesis central de Ariès es la opuesta a la mía: él sostiene que el niño tradicional era feliz porque podía mezclarse libremente con personas de diversas clases y edades y que en los comienzos de la época moderna se “inventó” un estado especial llamado infancia que dio origen a una concepción tiránica de la familia que destruyó la amistad y sociabilidad y privó a los niños de libertad, imponiéndoles por vez primera la férula y la celda carcelaria.

Para demostrar esta tesis Ariès utiliza dos argumentos principales. Dice primero que en la Alta Edad Media no existía el concepto de infancia. “El arte medieval anterior al siglo XII desconocía la infancia o no intentaba representarla” porque los artistas eran “incapaces de pintar un niño salvo como hombre en menor escala”. [19] Esto supone no sólo dejar en el limbo el arte de la Antigüedad sino hacer caso omiso de abundantes pruebas de que los artistas medievales sabían ciertamente pintar niños con realismo. [20] El argumento etimológico que emplea Ariès para demostrar el desconocimiento del concepto de infancia en cuanto tal es igualmente insostenible. [21] En todo caso, la idea de la invención de la infancia es tan confusa que resulta extraño que la hayan recogido últimamente tantos historiadores. [22] El segundo argumento de Ariès a saber, que la familia moderna limita la libertad del niño y aumenta la severidad de los castigos, está en contradicción con todos los datos.

Mucho más fiables que el de Ariès son cuatro libros, de los cuales sólo uno ha sido escrito por un historiador profesional: The Child in Human Progress (El niño en el progreso de la humanidad) de George Payne, The Angel Makers (Los creadores de ángeles) de G. Rattray Taylor, Parents and Children in History (Padres e hijos en la historia) de David Hunt, y The Emotionally Disturbed Child: Then and Now (El niño con problemas afectivos, entonces y ahora) de Louise Despert. Payne, cuyo libro, publicado en 1916, fue el primero que estudió la frecuencia del infanticidio y de la brutalidad con respecto a los niños en la historia, en particular en la Antigüedad. El libro de Taylor, muy documentado, es una interpretación psicoanalítica compleja del tema de la infancia y la personalidad en la Inglaterra del siglo XVII. Hunt, al igual que Ariès, se centró fundamentalmente en ese documento del siglo XVII, único en su género, que es el diario de Héroard sobre la infancia de Luis XIII, pero lo hace con gran sensibilidad psicológica y con conciencia de las implicaciones psicohistóricas de sus conclusiones. Y Despert compara, desde el punto de vista psiquiátrico, los malos tratos infligidos a los niños en el pasado y en el presente, estudiando la gama de actitudes emocionales hacia los niños desde la Antigüedad, y expresa su creciente horror a medida que va descubriendo pruebas de una implacable “crueldad y dureza de corazón”. [23]

Sin embargo, pese a estos cuatro libros, la cuestiones fundamentales de la historia comparada de la infancia no se han planteado todavía, y mucho menos resuelto. En las dos secciones siguientes de este capítulo examinaré algunos de los principios psicológicos que se aplicaban a las relaciones adulto-niño en el pasado. Los ejemplos que utilizo, aunque no dejan de ser típicos de la vida del niño en otros tiempos, no están tomados por igual de todas las épocas, sino elegidos como manifestaciones más claras de los principios psicológicos descritos. Será en las tres secciones ulteriores, en las que ofreceré una visión general de la historia del infanticidio, el abandono, enviar niños a amas de cría, la envoltura de bebés con fajas, las palizas y los abusos sexuales, donde empezaré a examinar hasta qué punto estaban generalizadas tales prácticas en cada periodo.

PRINCIPIOS PSICOLÓGICOS DE LA HISTORIA DE LA INFANCIA:
REACCIONES PROYECTIVAS Y DE INVERSIÓN

Al estudiar la infancia a través de muchas generaciones, es de suma importancia centrarse en los momentos que más influyen en la psique de la siguiente generación. Esto significa, ante todo, lo que sucede cuando un adulto se halla ante un niño que necesita algo. El adulto dispone, a mi juicio, de tres reacciones: (1) Puede utilizar al niño como vehículo para la proyección de los contenidos de su propio inconsciente: reacción proyectiva; (2) puede utilizar al niño como sustituto de una figura adulta importante en su propia infancia: reacción de inversión; o (3) puede experimentar empatía respecto a las necesidades del niño y actuar para satisfacerlas: reacción empática.

La reacción proyectiva es bien conocida por los psicoanalistas, que le aplican términos que van desde “proyección” a “identificación proyectiva”: una forma más concreta e incisiva de descargar sentimientos en otros. El psicoanalista, por ejemplo, está muy acostumbrado a que se le utilice como “recipiente” [24] de las proyecciones masivas del paciente. Este ser usados como vehículos de proyecciones era lo que les solía ocurrir a los niños en otras épocas.

De igual modo, la reacción de inversión es conocida por quienes han estudiado a los padres que pegan a sus hijos. [25] Los hijos existen únicamente para satisfacer las necesidades de los padres, y es casi siempre el hecho de que el niño-como-padre no demuestre cariño lo que provoca la paliza. Con palabras de una madre que pegaba a sus hijos: “Nunca me he sentido amada en toda mi vida. Cuando el niño nació pensé que me querría. Cuando lloraba, su llanto indicaba que no me quería. Por eso le pegaba”.

La tercera expresión, reacción empática, se emplea aquí en un sentido más restringido que el que tiene en el diccionario. Es la capacidad del adulto para situarse en el nivel de la necesidad de un niño e identificarla correctamente sin mezclar las proyecciones propias del adulto. Este ha de ser capaz de mantenerse a distancia suficiente de la necesidad para poder satisfacerla. Es una capacidad idéntica al uso del inconsciente del psicoanalista llamado “atención flotante” o, como lo llama Theodor Reik, “el tercer oído”. [26]

Las reacciones proyectiva y de inversión se daban a veces simultáneamente en los padres, produciendo un efecto que yo denomino “doble imagen”: se veía al niño como un ser lleno de los deseos, hostilidades y pensamientos sexuales proyectados del adulto y al mismo tiempo como figura del padre o de la madre, esto es, malo y bueno a la vez. Además cuanto más se retrocede en la historia, más “concreción” o reificación se halla en estas reacciones proyectivas y de inversión, lo que origina actitudes cada vez más extrañas hacia los niños, semejantes a las de los padres contemporáneos de niños apaleados y esquizofrénicos.

La primera expresión de estos conceptos estrechamente entrelazados que vamos a examinar corresponde a una escena del pasado entre niño y adulto. La escena se desarrolla en el año 1739 y el niño, Nicholas, tiene cuatro años. Se trata de un incidente que él recuerda y que le ha sido confirmado por su madre. Su abuelo, que le ha prestado mucha atención durante los últimos días, decide que tiene que “probarlo” y le dice: “Nicholas, hijo mío, tienes muchos defectos que afligen a tu madre. Ella es mi hija y siempre me ha complacido; obedéceme tú también y corrígelos o te azotaré como se azota a un perro para que aprenda”. Nicholas, furioso ante la traición de “una persona que ha sido tan buena conmigo”, arroja sus juguetes al fuego. El abuelo parece contento.

“Nicholas... Lo dije para probarte. ¿Crees de verdad que un abuelo, que ha sido tan bondadoso contigo ayer y anteayer podría tratarte hoy como a un perro? Yo pensaba que tú eras inteligente...” “No soy un animal como un perro.” “No, pero no eres tan listo como yo creía; de lo contrario habrías comprendido que estaba bromeando. No era más que una broma... Ven acá” Me eché en sus brazos. “Eso no es todo”, continuó él, “quiero que hagas las paces con tu madre; está apenada, profundamente apenada por tu culpa... Nicholas, tu padre te quiere, ¿le quieres tú a él?” “¡Sí abuelo!” “Suponte que estuviera en peligro y que para salvarle fuera necesario que pusieras la mano en el fuego, ¿lo harías? ¡La pondrías... allí, si fuera necesario?” “¡Sí, abuelo!” “¿Y por mí?” “¿Por ti?... Sí, sí” “¿Y por tu madre?” “¿Por mamá? ¡Las dos manos, las dos!” “¡Ya veremos si dices la verdad, pues tu madre está muy necesitada de tu ayuda! Si la quieres, tienes que demostrarlo.” Yo no dije nada, pero pensando en todo lo que se había dicho, me dirigí a la chimenea y, mientras ellos se hacían señas, puse la mano derecha en el fuego. El dolor me arrancó un quejido. [27]

Lo que hace que esta escena sea tan típica de la interacción adulto-niño en otras épocas es la existencia de tantas actitudes contradictorias por parte del adulto sin la menor resolución. El niño es amado y odiado, recompensado y castigado, malo y bueno, todo al mismo tiempo. Huelga decir que esto pone al niño en un “doble enlace” de señales contradictorias (que según Bateson y otros autores son la base de la esquizofrenia). [28] Pero las propias señales contradictorias provienen de los adultos que se esfuerzan en demostrar que el niño es a la vez muy malo (reacción proyectiva) y muy bueno (reacción de inversión). Es función del niño reducir las ansiedades apremiantes del adulto; el niño actúa como defensa del adulto.

Son también las reacciones proyectivas y de inversión las que hacen imposible la culpabilidad en los casos de fuertes palizas tan frecuentes en los testimonios históricos. No es el niño real el objeto de los golpes. Es más bien la proyección del adulto (“¡Mírala, qué ojos pone! ¡Así es como se gana a los hombres, es una perfecta coqueta!, dice una madre de su hija de dos años después de zurrarle). O un producto de la inversión (“Se crece el amo, todo el tiempo tratando de imponerse. ¡Pero le he demostrado quién es el que manda aquí!” dice un padre de su hijo de nueve meses al que le ha roto la cabeza). [29] Muchas veces se puede captar en las fuentes históricas la fusión de golpeador y golpeado, y por consiguiente la falta de sentimiento de culpabilidad. Un padre norteamericano (1830) cuenta como dio azotes a su hijo de cuatro años porque no supo leer algo. El niño es atado, desnudo, en el sótano:

"Con él en ese estado, y yo, mi querida esposa y señora de mi familia, todos acongojados y con el corazón en un puño, empecé a dar azotes... Durante esta tarea sumamente desagradable, sacrificada y enojosa, hice frecuentes interrupciones, mandando y tratando de persuadir, silenciando excusas, respondiendo a objeciones... Sentía toda la fuerza de la autoridad divina y orden expresa como no la he sentido en ninguna circunstancia en toda mi vida... Pero bajo la poderosa influencia del grado de airada pasión y obstinación que mi hijo había manifestado no es extraño que él pensara que “había de ganarme la partida”, débil y trémulo como yo estaba, y sabiendo como sabía él que pegarle me hacía sufrir. En aquellos momentos no podía compadecerse de mí ni de sí mismo”. [30]

Es este cuadro que refleja la fusión de padre e hijo, en la que el padre se queja de que es él el que sufre y merece compasión, el que encontramos cuando nos preguntamos cómo podían estar tan generalizadas las palizas en otros tiempos. Cuando un pedagogo del Renacimiento dice que al pegar al niño hay que decirle que “aplicáis el castigo en contra de vuestro sentir, por imperativos de la conciencia, y requerirle que no os vuelva a causar tanto dolor y esfuerzo; pues si lo hace debe compartir el dolor con vosotros y tener así experiencias y prueba de que es doloroso para ambos”, no es fácil dejar de advertir la fusión y considerar equivocadamente que se trata de hipocresía. [31]

En realidad, el padre ve al niño tan lleno de porciones de sí mismo que incluso los accidentes reales que sufre el niño son considerados como daños para el padre. La hija de Corton Mather, Nanny, cae en el fuego sufriendo graves quemaduras, y el padre exclama: “¡Ay, por mis pecados el justo Dios arroja a mi hija al fuego!” [32] Trata de recordar las malas acciones que haya podido cometer últimamente, pero como cree que es él el castigado no puede sentir culpabilidad con respecto a su hija (por ejemplo, por dejarla sola) ni tomar medidas correctivas. Poco después otras dos hijas sufren también graves quemaduras. Su reacción consiste en predicar un sermón sobre “El uso que los padre deben hacer de los desastres que les ocurren a sus hijos”.

Este asunto de los “accidentes” de los niños no debe tomarse a la ligera pues encierra la clave de las deficiencias del comportamiento de los adultos como padres. Dejando aparte los deseos de muerte, de los que hablaremos más adelante, si ocurrían muchos accidentes era porque a los niños se les dejaba solos muy a menudos. Nibby, la hija de Mather, habría muerto abrasada de no ser por “una persona que pasaba en ese momento por delante de la ventana”, pues no había allí nadie que pudiera oír sus gritos. [33] También es típico este suceso acaecido en Boston en la época colonial:

"Después de cenar, la madre acostó a los dos niños en el cuarto donde ellos mismos dormían y fueron a visitar a un vecino. Cuando regresaron... la madre se acercó a la cama, viendo que su hija menor, una niña de unos cinco años, no estaba allí; y después de mucho buscarla la encontró ahogada en un pozo en el sótano". [34]

El padre atribuye el accidente al hecho de que él había trabajado en un día de fiesta. Lo importante no es únicamente que fuera común hasta el siglo XX la costumbre de dejar solos a los niños. Más importante aún es que los padres no puedan ocuparse de prevenir los accidentes al no haber sentimiento de culpa, dado que consideran que el objeto del castigo son sus propias proyecciones de adultos. Quienes así manejan sus proyecciones no inventan sistemas de seguridad y en muchos casos ni siquiera se cuidan de que sus hijos reciban la más mínima atención. Su proyección, por desgracia, asegura la repetición.

La utilización del niño como “recipiente” para las proyecciones del adulto subyace a la idea del pecado original, y durante ochocientos años los adultos estuvieron generalmente de acuerdo en que, como dice Richard Allestre (1676): “el recién nacido está mancillado y corrompido por el pecado que hereda de nuestros primeros padres a través de nuestra carne”. [35] El bautismo solía incluir el exorcismo del demonio, y la creencia de que el niño que lloraba al ser bautizado dejaba salir de sí al demonio persistió durante mucho tiempo después de la supresión formal del exorcismo en la Reforma. [36] Incluso cuando la religión formal no hacía hincapié en el demonio, estaba allí. He aquí una escena del siglo XIX en la que un judío polaco imparte su enseñanza:

"Los sufrimientos de la pequeña víctima que temblaba y solía administrar los azotes fríamente, despacio, pausadamente... ordenaba al muchacho que se desnudara y se echara en el banco... y empezaba a manejar vigorosamente la correas de cuero... “En toda persona hay un espíritu bueno y un espíritu malo. El espíritu bueno tiene su propia morada, que es la cabeza. También la tiene el espíritu malo, y ahí es donde recibes los azotes”. [37]

El niño estaba tan cargado de proyecciones que muchas veces se exponía a ser considerado un engendro si lloraba demasiado o tenía otras exigencias. Hay una abundante literatura sobre el robo de niños y su sustitución por engendros. [38] Pero no siempre se advierte que no sólo se mataba a los niños deformes considerados suplantadores de los niños normales robados; sino también a los que, como dice san Agustín, “están poseídos por un demonio... sometidos al poder del Diablo... algunos niños mueren en esa situación”. [39] Algunos Padres de la Iglesia declararon que si un niño pequeño simplemente lloraba cometía un pecado. [40] Sprenger y Krämer, en su biblia de la caza de brujas, Malleus Maleficarum (1487), sostienen que esos engendros con que los espíritus sustituyen a los niños robados se reconocen porque “siempre gritan en la forma más lastimera, y aunque se pongan a amamantarlos cuatro o cinco mujeres nunca crecen”. Lutero está de acuerdo: “Es cierto: es frecuente que tomen a los niños recién nacidos y se pongan en su lugar, y son más aborrecibles que diez niños con sus excrementos, su avidez y sus gritos”. [41] Guibert de Nogent, autor del siglo XII, considera santa a su madre porque soporta el llanto de un niño que ha adoptado:

"El niño molestaba tanto a mi padre y a todos sus sirvientes con la intensidad de su llanto y sus gemidos durante la noche —aunque de día era muy bueno, jugando unos ratos y otros durmiendo—, que cualquiera que durmiera en la misma habitación difícilmente podía conciliar el sueño. He oído decir a la niñeras que tomaba mi madre que, noche tras noche, no podían dejar de mover el sonajero del niño, tan malo era, y no por su culpa, sino por el demonio que tenía en su interior y que las artes de una mujer no lograron sacarle. La santa señora padecía fuertes dolores, en medio de sus agudos chillidos, no había ningún remedio que aliviara su dolor de cabeza... Sin embargo, nunca echó de su casa al niño". [42]

La creencia de que los niños estaban a punto de convertirse en seres absolutamente malvados es una de las razones por las que se les ataba o se les empañaba, bien apretados en fajas, por tanto tiempo. Se percibe la idea latente en ese pasaje de Bartholomaeus Anglicus (alrededor de 1230): “Y por su blandura las piernas del niño pueden fácilmente y muy pronto arquearse y curvarse y tomar diversas formas. Y por ello los miembros y piernas de los niños se sujetan con vendas y otras trabas adecuadas a fin de que no se tuerzan ni se deformen”. [43] Se faja al niño por estar lleno de las proyecciones peligrosas y perniciosas de los padres. Las razones dadas para justificar la envoltura en vendas o fajas en otras épocas son las mismas que dan hoy quienes la practican en Europa oriental: Hay que sujetar al niño porque si no se arrancaría las orejas, se sacaría los ojos, se rompería la piernas o se tocaría los genitales. [44] Como veremos enseguida en la sección relativa al fajado y a las restricciones, esto supone en muchos casos ponerle al niño toda clase de fajas y corsés, fijarle tablas de sujeción y cuerda e incluso atarle a sillas para impedir que se arrastre por el suelo “como un animal”.

Ahora bien, si los adultos proyectan todos sus sentimientos inadmisibles en el niño, es evidente que se han de tomar medidas radicales para mantener controlado a este peligroso “niño-recipiente” cuando la bandas y ataduras ya no sirven. Más adelante examinaré diversos métodos de control utilizados por los padres a lo largo de los siglos, pero quiero hablar aquí de uno de esos procedimientos —asustar al niño con los espíritus o fantasmas— para analizar su carácter proyectivo.

Las figuras fantasmales utilizadas para asustar a los niños a lo largo de la historia son legión y los adultos recurrían a ellas sistemáticamente hasta hace muy poco. Los antiguos tenían a Lamia y Striga, quienes, al igual que su prototipo hebreo Lilith, se comían a los niños crudos y que, junto con Mormo, Canida, Poine, Sybaris, Acco, Empusa, Gorgona y Efialtes, fueron “inventados en beneficio de un niño, para que fuera menos imprudente e ingobernable” según Dión Crisóstomo. [45] La mayoría de los antiguos estaban de acuerdo en que era muy conveniente mantener siempre presentes las imágenes de estas brujas ante los niños para hacerles sentir el terror de que por la noche acudieran los espíritus para raptarlos, comérselos, hacerlos pedazos y chuparles la sangre o la médula de los huesos. En la Edad Media, naturalmente pasaron a primer plano las brujas y los demonios, y, de cuando en cuando, aparecía algún judío que cortaba el cuello a los niños, junto con multitud de monstruos y fantasmas “como aquellos con que las niñeras se complacen en aterrorizarlos”. [46] Después de la Reforma, el propio Dios “que te sostiene sobre el abismo del infierno, como se sostiene a una araña o a un insecto repulsivo sobre el fuego”, [47] fue la principal figura utilizada como fantasma para asustar a los niños, y se escribieron opúsculos en lenguaje infantil en los que se describían las torturas que Dios les tenía en el infierno: “El niño está en ese horno al rojo. Escucha cómo grita queriendo salir... Patalea con sus piececitos en el suelo”. [48]

Cuando la religión dejó de ser el foco de atracción de la campaña de terror, se utilizaron figuras más próximas al hogar: el hombre lobo te tragará, Barba Azul te hará picadillo, Boney (Bonaparte) te comerá, el coco o el deshollinador te llevará por la noche. [49] Estas prácticas no empezaron a cuestionarse hasta el siglo XIX. Un padre inglés decía en 1810 que “la costumbre otrora frecuente de aterrorizar a los niños con cuentos de fantasmas es hoy universalmente reprobada, a consecuencia del aumento del buen sentido nacional. Pero para muchas personas que aún viven, el miedo a los seres sobrenaturales o a la oscuridad figuran entre los verdaderos sufrimientos de la infancia”. [50] No obstante, incluso hoy, en muchas aldeas de Europa, los padres siguen amenazando a sus hijos con el loup-garou (hombre lobo), el barbu (el barbudo) o el ramoneur (el deshollinador), o les dicen que les llevarán al sótano para que se los coman las ratas. [51]

Esta necesidad de personificar figuras punitivas era tan poderosa que en base al principio de “concreción” los adultos llegaban a confeccionar máscaras para asustar a los niños. Un autor inglés, en 1748, explicando cómo el terror tenía su origen en las niñeras que asustaban a los niños con cuentos de “cabezas pelada y huesos ensangrentados”, decía así:

"La niñera quiere aquietar al irritante niño y con tal fin compone una figura extraña, la hace entrar y rugir y chillarle al niño en un tono áspero y desagradable que hiere los tiernos órganos del oído, dando la impresión al mismo tiempo, por sus gestos y su proximidad de que fuera a tragárselo." [52]

Estas figuras alarmantes eran también las preferidas de las niñeras que deseaban mantener a los niños en la cama mientras ellas salían de noche. Susan Sibbald recordaba a los fantasmas como un elemento real de su infancia, en el siglo XVIII:

"Los fantasmas haciendo su aparición eran un suceso muy frecuente... Recuerdo perfectamente una noche en que las dos niñeras de Fowey querían salir... nos quedamos callados al oír los más lúgubres quejidos y chirridos al otro lado del tabique, junto a la escalera. La puerta se abrió de par en par y, ¡oh, horror!, entró un personaje, alto y vestido de blanco, que parecía echar fuego por los ojos, la nariz y la boca. Nosotros estuvimos a punto de sufrir un ataque y nos sentimos mal durante varios días, pero no nos atrevíamos a contarlo". [53]

Los niños a los que se aterrorizaba no siempre eran tan mayores como Susan y Betsey. En 1882, una madre norteamericana cuenta el caso de una niña de dos años hija de una amiga suya, cuya niñera, queriendo divertirse por la tarde con las demás sirvientas mientras los padres estaban fuera, tomó medida para no ser molestada diciéndole a la niña que:

Un horrible fantasma estaba escondido en la habitación para cogerla en el momento en que se levantara de la cama o hiciera el menor ruido... para estar doblemente segura de no ser molestada durante la velada. Hizo un gran muñeco con aspecto de fantasma, con unos ojos de mirada aterradora y una boca enorme y lo colocó a los pies de la cama donde la inocente niña estaba profundamente dormida. Cuando acabó la velada en el cuarto de los sirvientes, la niñera volvió a su puesto. Abriendo la puerta silenciosamente vio a la niña sentada en la cama, los ojos clavados, en el paroxismo del terror, en el espantoso monstruo que se hallaba ante ella, y agarrándose con las manos crispadas sus rubios cabellos. ¡Estaba muerta! [54]

Hay algunas pruebas de que el uso de esas máscaras para asustar a los niños se remonta a la Antigüedad. [55] El tema del miedo de los niños a las máscaras es uno de los preferidos de los artistas, desde los frescos romanos hasta los grabados de Jacques Stella (1657). Pero, dado que estos acontecimientos traumáticos en épocas remotas eran sometidos a la más profunda represión, no he podido determinar sus formas antiguas precisas.



Ilustración 1
Niños jugando con máscaras de terror
(Jacques Stella, 1657}

Dión Crisóstomo decía que “mediante imágenes aterradoras se disuade a los niños cuando quieren comer o jugar o cualquier otra cosa inoportunamente”, y se discutían las teorías sobre su uso más eficaz: “Yo creo que cada muchacho tiene miedo de algún demonio o duende propio y suele asustarse cuando se le evoca; por supuesto, los niños que son naturalmente medrosos gritan sea cual sea el objeto utilizado para asustarlos”. [56]

Ahora bien, si se aterroriza a los niños con figuras enmascaradas cuando simplemente lloran, quieren comer o quieren jugar, la magnitud de la proyección y la necesidad de controlarla por parte del adulto ha alcanzado proporciones enormes que sólo se encuentran hoy en los adultos claramente psicóticos. Todavía no se puede determinar con exactitud la frecuencia del empleo de estas figuras concretas en otros tiempos, aunque se hablaba de ellas como de algo común. Se puede demostrar que muchas formas eran habituales. Por ejemplo, en Alemania hasta hace poco aparecían en las tiendas en vísperas de Navidad mazos de ramas de retama, atados en el centro, formando una escobilla rígida en ambos extremos. Estos mazos se utilizaban para azotar a los niños. Durante la primera semana de diciembre los adultos se ponían disfraces pavorosos y pretendían ser un mensajero de Cristo, llamado Pelz-nickel, que castigaba a los niños y les decía si iban a recibir regalos de Navidad o no. [57]

Sólo cuando se ve la lucha en que se debaten los padres para abandonar esta costumbre de concretar imágenes terroríficas se pone de manifiesto la fuerza de la necesidad de hacerlo así. Uno de los primeros defensores de la infancia en la Alemania del siglo XIX fue Jean Paul Richter. En su libro titulado levanna, que gozó de gran popularidad, censuró a los padres que dominaban a sus hijos mediante “imágenes de terror”, sosteniendo que la medicina aportaba pruebas de que “con frecuencia eran víctimas de la locura”. Sin embargo, el impulso de repetir los traumas de su propia infancia era tan fuerte que se vio obligado a inventar versiones más moderadas para su propio hijo:

"Como a una persona sólo se la puede atemorizar una vez con la misma cosa, yo creo que es posible dispensar a los niños de la realidad mediante representaciones fingidas de circunstancias alarmantes. Por ejemplo: voy a pasear con mi pequeño Paul, de nueve años de edad, por el corazón del bosque. De repente aparecen y caen sobre nosotros tres bandidos teñidos de negro y armados, a los que yo he contratado el día antes para la aventura mediante una recompensa. Nosotros dos sólo llevamos bastones, pero la banda de ladrones lleva espadas y una pistola descargada... Yo desvío la pistola para que no pueda alcanzarme y le quito el puñal de la mano a uno de los bandidos con mi bastón... Pero (añado en esta segunda edición) todos estos juegos son de dudosa utilidad... aunque puñales y disfraces similares... podrían emplearse provechosamente por la noche con el fin de sacar a la luz de la vida cotidiana las fantasías inspiradas por la creencia en los espíritus." [58]

Hay otro sector de concreción de esta necesidad de aterrorizar a los niños que implica el uso de cadáveres. Son conocidas de muchos las escenas de la novela de la Sra. Sherwood, History of the fairchild Family, [59] en las que se lleva a los niños a visitar el lugar donde se exponía a los ajusticiados para inspeccionar los cadáveres de los ahorcados que se pudrían allí mientras se les contaban relatos moralizantes. Lo que no siempre se tiene en cuenta es que esas escenas estaban tomadas de la vida real y constituían una importante parte de la infancia en la época. Era costumbre sacar a los niños de la escuela para llevarlos a presenciar ejecuciones y los padres solían llevarlos a tales espectáculos azotándolos después al regresar a casa para que recordaran lo que habían visto. [60] Incluso un educador humanista como Mafio Vegio, que escribió libros para protestar contra la práctica de apalear a los niños, hubo de admitir que “dejarles que presencien una ejecución pública, en ocasiones no es ni mucho menos una mala cosa”. [61]

El efecto que esta continua contemplación de cadáveres tenía sobre los niños era, naturalmente, muy grave. Una niña, a la que su madre le había mostrado como ejemplo el cadáver de un amiguito suyo de nueve años que acababa de morir, iba de un sitio a otro diciendo: “Pondrán a la hija en el agujero, y ¿qué hará mamá?” [62] Otro niño se despertaba por la noche gritando después de haber visto ejecuciones en la horca y “practicó ahorcando a su gato”. [63] Harriet Spencer, de once años, escribió en su diario que veía cadáveres por todas partes, en la picota y descoyuntados en el potro. Su padre le había llevado a ver centenares de cadáveres que habían sido desenterrados para hacer sitio para otros.

"Papá dice que es estúpido y supersticioso tener miedo de ver cadáveres, así que bajé detrás de él por una escalera oscura, estrecha y empinada que daba vueltas y más vueltas, hasta que abrieron una puerta que daba a una gran caverna. Estaba iluminada por una lámpara que colgaba del centro, y el fraile llevaba una antorcha en la mano. Al principio no veía nada y cuando pude ver apenas me atrevía a mirar, pues por todos lados había espantosas figuras negras, unas haciendo muecas, otras señalándonos a nosotros, o con gesto de dolor, en todas las posturas y tan horribles que o estaba a punto de gritar y creía que todas se movían. Cuando papá vio lo incómoda que me sentía no se enfadó, sino que estuvo muy cariñoso y dijo que debía dominarme y acercarme a tocar a uno de ellos, lo cual fue muy desagradable. Tenía la piel de color marrón oscuro y muy seca sobre los huesos, y dura al tacto, como de mármol". [64]

Esta escena del cariñoso padre ayudando a su hija a vencer el miedo a los cadáveres es un ejemplo de lo que llamo “atención proyectiva”, para distinguirla de la verdadera atención empática que es el resultado de la reacción empática. La atención proyectiva requiere siempre como primer paso la proyección del inconsciente del adulto en el niño, y puede distinguirse de la atención empática porque es inadecuada o insuficiente en relación con las necesidades reales del niño. La madre que responde a toda manifestación de incomodidad del niño amamantándolo; la que se ocupa mucho de las ropas de su hijo cuando se lo confía a una amas de cría fuera del hogar; así como la que dedica una hora completa a envolver a su hijo en fajas, son todas ejemplos de atención proyectiva.

No obstante, la atención proyectiva es suficiente para educar a los niños. En realidad es lo que los antropólogos que estudian la infancia en los pueblos primitivos suelen llamar “buena puericultura”, y hasta que un antropólogo con formación psicoanalítica vuelve a estudiar la misma tribu no se advierte que lo que se mide es la proyección y no la verdadera empatía. Por ejemplo, los estudios sobre los indios apaches [65] les dan siempre los rangos más altos de la escala de “satisfacción oral”, tan importante para el desarrollo de sentimientos de seguridad. Los apaches, al igual que muchas tribus primitivas, alimentan a los niños cuando estos lo piden durante dos años, y en eso es en lo que se basaba la clasificación. Pero cuando el antropólogo psicoanalítico I. Bryce Boyer los visitó se puso de manifiesto la verdadera base proyectiva de este hecho:

"La actitud de las madres apaches respecto de sus hijos es hoy asombrosamente inconsecuente. Suelen ser muy cariñosas y atentas en las relaciones físicas con sus hijos pequeños. Hay mucho contacto corporal. La hora de la alimentación viene determinada generalmente por el llanto del niño, y a toda señal de malestar se responde ante todo con el pecho o el biberón. Al mismo tiempo, la madres tienen muy poco sentido de la responsabilidad en lo que concierne al cuidado de los niños, y se tiene la impresión de que la ternura de la madre para con su hijo se basa en que le dispensa el trato que ella desea para sí como adulto. Hay muchas madres que abandonan o ceden a sus hijos, a niños pequeños a los que una semana antes amamantaban amorosamente. A esta práctica los apaches le dan acertadamente el nombre de “echar al niño”. No sólo se sienten muy poco culpables conscientemente de este comportamiento, sino que a veces están francamente encantadas de haber podido liberarse de la carga. En algunos casos, madres que han cedido a sus hijos “olvidan” que los han tenido. La madre apache típica cree que lo único que un niño requiere es el cuidado físico. No tiene escrúpulos, o si los tiene son muy leves en dejar a su hijo con cualquiera mientras ella impulsivamente sale para charlar, hacer compras, jugar o beber y tontear. Idealmente, la madre confía su hijo a una hermana o alguna parienta de más edad. Antiguamente casi siempre se disponía de este recurso." [66]

Incluso un acto tan simple como sentir empatía hacia los niños que sufrían golpes era difícil para los adultos en otras épocas. Los pocos educadores que antes de la época moderna aconsejaban que no se pegara a los niños, generalmente se valían del argumento de que ello tendría malas consecuencias, no que haría daño al niño. Sin embargo, sin este elemento de empatía, el consejo no surtía efecto alguno y los niños continuaban recibiendo golpes como antes. Las madres que confiaban sus hijos a amas de cría durante tres años se sentían verdaderamente afligidas cuando los niños no querían regresar a casa, y sin embargo no podían comprender por qué. Cien generaciones impasibles envolvieron a sus hijos en apretadas fajas y les vieron impasibles protestar a gritos porque carecían del mecanismo psíquico necesario para sentir empatía por ellos. Sólo cuando en el lento proceso histórico de la evolución padres-hijos se adquirió por fin esta facultad, a través de la interacción de sucesivas generaciones de padres e hijos, se advirtió que la envoltura en fajas era totalmente innecesaria. Richar Steele, en The Tatler, describe, en 1706, lo que a su modo de ver sentía un niño después de nacer:

"Estoy echado muy quieto; pero la bruja, sin la menor razón ni provocación me coge y me envuelve la cabeza apretando cuanto puede; después me ata las dos piernas y me hace tragar una horrible pócima. Considero que es una desagradable manera de llegar a la vida comenzando por tomar una purga. Una vez vestido así me llevaron junto a un lecho donde se hallaba una hermosa joven (mi madre) que hubiera querido estrecharme hasta sofocarme... y me echó en brazos de una niña que habían traído para que me cuidara. La niña estaba muy orgullosa de ocupar el puesto de nodriza propio de una mujer, y se empeñó en desnudarme y vestirme de nuevo, al hacer yo un ruido, para ver qué era lo que me molestaba; lo hizo clavando alfileres en todas y cada una de las articulaciones. Yo seguía llorando y entonces me puso en su regazo boca abajo y, para calmarme, empezó a fijar todos los alfileres, dándome golpecitos en la espalda y cantando a gritos una canción de cuna..." [67]

No he encontrado una descripción con tal grado de empatía en ninguna época anterior al siglo XVIII. Poco después se puso fin a dos mil años de envoltura en fajas.

Es de suponer que habrá multitud de fuentes de todo tipo donde se pueda hallar esta facultad empática infrecuente en otros tiempos. Por supuesto, la primera que se puede consultar es la Biblia: en ella se ha de hallar ciertamente empatía respecto de las necesidades de los niños, pues ¿no se representa siempre a Jesús rodeado de niños? Sin embargo, cuando se leen las más de dos mil referencias a los niños enumeradas en Complete Concordance to the Bible, esas apacibles imágenes no aparecen. Hay muchas sobre el sacrificio de niños, sobre la lapidación de niños, sobre la administración de azotes a los niños, sobre su obediencia estricta, sobre su amor a sus padres y sobre su papel como portadores del nombre de la familia, pero ni una sola que revele empatía alguna respecto de sus necesidades. Incluso la conocida frase: “Dejad que los niños se acerquen a mí” resulta ser la práctica habitual en el Oriente Medio de exorcizar por imposición de las manos, práctica que aplicaban muchos santones con el fin de erradicar el mal inherente a los niños: “Entonces le fueron presentados unos niños para que les impusiera las manos y orase... Y habiéndoles impuesto las manos, se fue de allí” (Mt. 19: 13).

Todo esto no quiere decir que los padres de otras épocas no amaran a sus hijos, pues sí que los amaban. Tampoco los padres de hoy que pegan a sus hijos son sádicos. Los quieren, en ocasiones y a su manera; y a veces son capaces de manifestar ternura, sobre todo cuando los niños no exigen demasiado de ellos. Lo mismo puede decirse de los padres de otras épocas; las manifestaciones de ternura con los hijos se dan con mayor frecuencia cuando el niño no pide nada, en especial cuando está dormido o muerto. La frase de Homero: “como una madre espanta una mosca para que no moleste a su hijo sumido en un dulce sueño”, corre parejas con el epitafio de Marcial:

Cubra sus tiernos huesos leve césped,
Y tú, tierra; no peses sobre ella
Que tan ligera ha sido para ti [68]

Es en el momento de la muerte cuando el padre, antes incapaz de empatía, se lamente, con Morell (1400): “Le amabas, pero nunca usaste de tu amor para hacerle feliz; le tratabas como a un extraño más que como a un hijo. Jamás le diste una hora de descanso... Jamás le besaste cuando él lo deseaba; le hacías soportar la escuela y muchos y duros golpes”. [69]

Ciertamente no era la capacidad de amar la que le faltaba al padre de otras épocas, sino más bien la madurez afectiva necesaria para ver al niño como una persona distinta de si mismo. Es difícil calcular la proporción de padres que alcanzan hoy con cierta coherencia el nivel empático. Una vez hice un sondeo entre una docena de psicoterapeutas preguntándoles cuántos de sus pacientes al comienzo del análisis eran capaces de mantener imágenes de sus hijos como individuos con independencia de sus propias necesidades proyectadas; todos ellos dijeron que eran muy pocos los que tenían esa capacidad. Con palabras de uno de ellos, Amos Gunsberg: “Eso no ocurre hasta que el análisis está ya algo avanzado, siempre en un momento concreto, cuando llegan a una imagen de sí mismos como entidades distintas de su propia madre omnipresente.”

Paralela a la reacción proyectiva es la reacción de inversión, en la que el niño y el padre invierten sus papeles, a menudo con unos resultados grotescos. La inversión comienza mucho antes de nacer el niño; es el origen del vivo deseo de tener hijos que se advierte en otras épocas y que se expresa siempre en función de lo que los hijos pueden deparar a los padres, nunca de lo que éstos les pueden dar a ellos. De lo que se queja Medea antes de cometer el infanticidio es que al matar a sus hijos no tendrá a nadie que cuide de ella:

"En vano, hijos, os he criado, en vano afronté fatigas y me consumí en esfuerzos, soportando los terribles dolores del parto. Y pensar que había depositado en vosotros muchas esperanzas —¡infeliz de mí!— de que me alimentaríais en mi vejez y de que, una vez muerta, me enterraríais con vuestras propias manos, acción deseada por los mortales. Y ahora ha muerto ese dulce pensamiento." [70]

Una vez nacido, el niño se convierte en el padre de su madre y de su padre, en el aspecto positivo o negativo, sin que se tenga en cuenta en absoluto su edad. Al niño, sea cual fuere su sexo, se le viste con ropas de estilo parecido a las que lleva la madre del padre, es decir no sólo con un vestido largo, sino anticuado: por lo menos de una generación anterior. [71] La madre renace literalmente en el hijo; no solo se viste a los niños como “adultos en miniatura”, sino visiblemente como mujeres en miniatura, a veces incluso son trajes escotados.

La idea de que el abuelo renace realmente en el niño era común en la Antigüedad, [72] y la semejanza entre las palabras inglesa baby (niño) y baba, Babe (abuela) apunta a creencias parecidas. [73] Pero existen testimonios de inversiones más concretas en otras épocas, inversiones que son prácticamente alucinatorias. Por ejemplo, los adultos solían besar o chupar los pechos de los niños pequeños. A Luis XIII, de pequeño, las personas que le rodeaban le besaban el pene y las tetillas. Aunque Héroard, su diarista, le hace desempeñar siempre el papel activo (a los trece meses “hace que M. De Souvré, M. De Termes, M. De Liancourt y M. Zanet le besen el pene”), [74] posteriormente resulta evidente que estaba siendo manipulado pasivamente: “Nunca quiere dejar que la Marquesa le toque las tetillas. Su nodriza le había dicho: ‘Señor, no dejéis que nadie os toque las tetillas ni el pene; os lo cortarán’”. [75] Pero los adultos no podían resistirse a poner sus manos y sus labios en el pene y las tetillas del niño. Ambos eran el pecho de la madre recuperado.

Otro ejemplo de la imagen del “niño como madre” era la creencia generalizada de que los niños llevaban en sus pechos leche que había que extraerles. A la balia (nodriza) italiana del siglo XIV se le ordenaba que “cuide de apretar los pechos del niño con frecuencia para sacar la leche que haya en ellos porque le molesta”. [76] En realidad esta creencia tiene una leve justificación en el hecho de que en ocasiones, rara, de los pechos de un recién nacido puede salir una gota de líquido lechoso, sobrante de hormonas femeninas de la madre. Pero hay una diferencia entre esto y “la práctica antinatural, pero común, de apretar con fuerza los delicados pechos de un niño recién nacido, con la áspera mano de la nodriza, que es la causa más general de inflamación de esas partes”, como hubo de señalar todavía en 1793 el pediatra norteamericano Alexander Hamilton. [77]

Besar o chupar y apretar los pechos no son más que algunos de los usos que se hacen del “niño como pecho”. Hay constancia de diversas prácticas, como aquella contra la cual puso en guardia este pediatra de comienzos del siglo XIX.

"Pero una práctica de naturaleza sumamente perjudicial y repulsiva es la de muchas nodrizas, tías y abuelas, que permiten que el niño les chupe los labios. Tuve oportunidad de observar cómo se debilitaba un hermoso niño a consecuencia de haber estado chupando los labios de su abuela enferma durante más de seis meses." [78]

He hallado incluso varia referencias a padres que “lamían a los niños”. Posiblemente era de esto de lo que hablaba George Du Maurier cuando decía de su hija recién nacida: “La nodriza me la trae cada mañana a la cama para que pueda lamerla con ‘la lengüeta de engrasar’. Me gusta tanto que seguiré haciéndolo hasta que llegue a la edad del juicio”. [79]

Da la impresión de que el niño perfecto sería el que literalmente amamantase al padre, y los antiguos estarían de acuerdo. Siempre que se hablaba de niños indefectiblemente se traía a colación el relato de Valerio Máximo en el que se describía al niño “perfecto”. Con palabras de Plinio:

De amor filial ha habido ciertamente infinitos ejemplos en todo el mundo, pero en Roma hubo uno con el que no pueden compararse todos los demás. Una mujer plebeya de baja condición que acababa de dar a luz un hijo tenía autorización para visitar a su madre que se hallaba en la cárcel cumpliendo una condena y el guardián le registraba siempre de antemano para impedir que llevase consigo alimento alguno. Fue sorprendida alimentando a su madre con leche de sus pechos. Ante ese hecho asombroso, el leal afecto de la hija fue recompensado con la puesta en libertad de la madre y se concedió a ambas el sustento vitalicio; y el lugar donde ocurrió fue consagrado a la diosa correspondiente como templo dedicado al “Amor filial”. [80]

El relato se repitió a lo largo de los siglos como ejemplo moralizador. Peter Charron (1596) dijo, refiriéndose a él, que “hacía volver el arroyo hasta el manantial”, [81] y el tema fue llevado a la pintura por Rubens, Vermeer y otros artistas.

A menudo, la necesidad de representar la imagen del “niño como madre” resulta imperiosa. He aquí, en un incidente típico, una “broma” gastada a una niña de seis años, en 1656, por el cardenal Mazarino y otros adultos:

"Un día, bromeando con ella acerca de un galanteador que ella decía que tenía, al final empezó a regañarla por estar encinta... Le estiraban las ropas de cuando en cuando y le hacían creer que estaba engordando. Esto continuó todo el tiempo que se juzgó necesario para convencerla de que estaba encinta... Llegado el momento del parto, ella se encontró una mañana al despertar con un niño recién nacido entre las sabanas. No puedes imaginar el asombro y el pesar que sintió al verlo. “Tal cosa”, dijo, “nunca le ocurrió a nadie más que a la Virgen María y a mí, pues no he sentido ningún dolor”. La reina acudió a consolarla y se ofreció a ser la madrina. Vinieron muchos a conversar con ella como recién parida." [82]

Los niños siempre han cuidado de los adultos en formas muy concretas. Desde la época romana, niños y niñas servían a sus padres a la mesa, y en la Edad Media todos los niños excepto los de sangre real, actuaban de sirvientes, en sus hogares o en casas ajenas, y muchas veces tenían que volver corriendo de la escuela a mediodía para atender a sus padres. [83] No voy a tratar aquí del tema del trabajo de los niños. Pero debe recordarse que los niños, por lo general desde cuatro a cinco años, trabajaron bastante; mucho antes de que el trabajo infantil se convirtiera en tema de discusión en el siglo XIX.

Ilustración 2.
Familia isabelina en una cena.
Nótese cómo los hijos más pequeños se encuentran de pie para comer; el hijo mayor sirve a la familia

Pero la reacción de inversión se manifiesta con la máxima claridad en la interacción emocional de niños y adultos. Los asistentes sociales de hoy que visitan a madres que pegan a sus hijos se sorprenden muchas veces al ver cómo responden los niños pequeños a las necesidades de sus padres:

Recuerdo haber visto a una niña de dieciocho meses calmar a su madre que estaba sumamente angustiada y llorando. Primero dejó el biberón que estaba chupando. Después fue dando vueltas para acercarse a su madre, tocarla y, finalmente, hacerla serenarse (cosa que yo no había podido ni empezar a hacer). Cuando vio que su madre se había tranquilizado, volvió a su sitio, se echó, cogió el biberón y siguió chupando. [84]

Este papel era asumido con frecuencia por los niños en otras épocas. Una niña “nunca lloraba ni estaba inquieta... muchas veces, siendo un bebé, en brazos de su madre alzaba su manita y enjugaba la lágrimas de las mejillas de su madre”. [85] Los médicos solían tratar de inducir a las madres a que amamantaran a sus hijos en lugar de entregarlos a una ama de cría fuera del hogar, prometiéndoles que “en recompensa por ello, el niño se esfuerza por regalarla con mil deleites... la besa, le acaricia el cabello, la nariz y la orejas, la halaga...” [86]

Ilustración 2.
El niño como el amante de la madre.
Los retratos medievales de Madonas, comúnmente mostrando rostros tiesos, se alternan con algunos como éstos, que muestran que el niño es un amante que apasionadamente abraza a la madre

En torno al mismo tema, he catalogado más de quinientos cuadros de madres e hijos de todos los países comprobando que los cuadros en que los niños miran, sonríen y acarician a las madres son anteriores a aquellos en que las madres miran, sonríen y acarician a los niños: actitudes raras en las madres en cualquier pintura.

La buena disposición del niño para cuidar de los adultos fue muchas veces su salvación. Madame de Sévigné decidió en 1670 no llevar con ella a su nieta de dieciocho meses en un viaje que pudo haber resultado fatal para la niña:

"Mme, du Py-du Fou no quiere que me lleve a mi nieta. Dice que la expondría a un peligro, y al final he cedido. No quisiera que la niña corriera ningún riesgo, le tengo gran afecto... Hace mil cosas: habla, hace fiestas a la gente, da golpes, se santigua, pide perdón, hace reverencias, besa la mano, encoge los hombros, baila, engatusa, hace la mamola; en suma, es un encanto, y paso horas divirtiéndome con ella. No quiero que muera." [87]

La necesidad de cariño maternal que sentían los padres suponía una enorme carga para el niño en pleno crecimiento. A veces incluso le ocasionaba la muerte. Una de las causas más frecuentes de la muerte de niños pequeños era la asfixia en la cama al echarse el adulto sobre el niño, y aunque a menudo esta causa era una excusa para ocultar el infanticidio, los pediatras admitían que cuando se trataba de un accidente, éste se producía porque la madre se negaba a acostar al niño en otra cama cuando ella iba a dormir. “No queriendo separarse del niño, le aprieta aún más fuerte cuando duerme. Su pecho oprime la nariz del niño”. [88] Esta imagen inversa del niño como cobijo era la realidad subyacente a la advertencia común en la Edad Media de que los padre debían cuidar de no mimar demasiado a sus hijos “como la hiedra que ciertamente mata al árbol en el que se enreda, y el mono que estrecha en sus brazos a sus crías hasta matarlas por mero cariño”. [89] Continuar leyendo en http://www.psicodinamicajlc.com/articulos/evolucion_infancia.html

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Marcel Proust

... Entre los intervalos de los instrumentos musicales, cuando la mar estaba muy llena, se oía, continuo y ligado, el resbalar del agua de una ola que envolvía los trazos del violín en sus volutas de cristal y parecía lanzar su espuma por encima de los ecos intermitentes de una música submarina. Yo me impacientaba porque no me habían traído aun las cosas para empezar a vestirme. Daban las doce, y Francisca aparecía. Y durante varios meses seguidos, en ese Balbec que tanto codicié, porque me lo imaginaba batido por las tempestades y perdido entre brumas, hizo un tiempo tan seguro y tan brillante que cuando venía a descorrer las cortinas nunca me vi defraudado en mi esperanza de encontrar ese mismo lienzo de sol pegado al rincón de la pared de afuera y de un inmutable color, que impresionaba, más aun que por ser signo del estío, por su colorido melancólico, cual el de un esmalte inerte y ficticio. Y mientras que Francisca iba quitando los alfileres de las impostas, arrancaba telas y descorría cortinas, el día de verano que descubría ella parecía tan muerto, tan inmemorial como una momia suntuosa y milenaria que nuestra vieja criada despojaba cuidadosamente de toda su lencería antes de mostrarla embalsamada en su túnica de oro. ... Marcel Proust


R.D. Laing

--- Knots (Nudos) R.D. Laing (extracto) People can act very strange. At least ... I think they act very strange. And maybe other people think that I am the one who’s acting very strange. Do you know the feeling? Effective comunication is difficult to construct. There are some many knots in human understanding ... Can you unite these ones? There must be something the matter with him because he would not be acting as he does unless there was therefore he is acting as he is because there is something the matter with him. He does not think there is anything the matter with him because one of the things that is the matter with him is that he does not think that there is anything the matter with him therefore we have to help him to realize that the fact that he does not think that there is anythingthe matter with him is one of the things that is the matter with him. There is something I don’t know that I am suposed to know. I don’t know what it is I don’t know,and yet I am suposed to know,and I feel I look stupidif I seem both not to know it and not to know what it is I don´t know. Therefore I pretend I know it. This is nerve-ranking since I don’t know what I must pretend to know. Therefore I pretend to know everything. I feel you know what I am supposed to know. But you can’t tell me what it is. Because you don’t know that I don’t know what it is. You may know what I don’t know, but not that I don’t know it, and I can’t tell you. So you will have to tell me everything. Absurd, isn’t it? But very real as well. I’m sure you have had similar experiences. What can we do to better our communications? How can we avoid to feel bad? How can we avoid that other persons feel bad? if ( "true" == "false" )... R D Laing

Ronald Laing, the radical psychiatrist, psychoanalyst and psychotherapist who profoundly altered our understanding of mental illness, was the founder of just one organisation - the Philadelphia Association.

Born in Glasgow in 1927 R D Laing studied medicine at the University of Glasgow and went on to become a psychiatrist. His first experiment in changing the way people designated the mentally ill took place at Glasgow’s Gartnavel Hospital where he and colleagues radically altered the treatment regime in a long-term women's ward.

Laing moved to London to work at the Tavistock Clinic and trained as a psychoanalyst at the Institute of Psychoanalysis. Laing had for many years been engaged with continental philosophy and in a series of books published in the course of the 1960s he sought to develop what he called ‘an existential-phenomenological foundation for a science of persons’ and sought to set out a description of the experience of those labelled schizophrenic. Such people, Laing argued, suffered from ontological insecurity, a lack of faith in their own and others' reality which led them to create false self systems to fend off psychological and emotional catastrophe. Laing wanted to make madness and the process of going mad comprehensible, and to a great many people, including many of those afflicted, he did so convincingly. The discourse of the 'mad', he showed, if listened to in the right spirit could make a sense of its own. This was to be the line of thought that Laing would pursue for many years in The Divided Self (1960), Self and Others (1961), Sanity, Madness and the Family (1964) and The Politics of Experience (1967). (After this his writings became more diffuse, sometimes arguably self indulgent, but still capable of great insight). (Leer+)


Explicando a Laing

... Como libro pionero en su consideración de la esquizofrenia, y también por su carácter revolucionario y sus afirmaciones heterodoxas (pese a basarse completamente en análisis clínicos y emplear Esterson y Laing un lenguaje cuidadosamente clínico y objetivo, una tendencia no siempre presente en otros libros de Laing, como The Politics of Experience, de 1967 o Knots, de 1970). Sanity, Madness and the Family fue un libro polémico que recibió numerosas críticas. La primera y más obvia - y algo de lo que Esterson y Laing eran conscientes tras su publicación - es que, como apuntamos previamente, no se publicaron los datos del grupo de control formado por familias no esquizofrenogénicas, donde las interacciones y comunicación no estuvieran basadas enel uso de dobles vínculos y comunicaciones de doble sentido. Pese a que un grupo de control es absolutamente imprescindible para un estudio científico serio, el tiempo ha jugado a favor de las afirmaciones de Laing y Esterson en su obra, puesto que en investigaciones empíricas recientes sobre la influencia del factor familiar en la esquizofrenia, como las de Nevid, Rathus y Greene, se ha demostrado el papel fundamental de la familia en el desarrollo de una personalidad independiente.Objetividad y estilo que se repetirían en el estudio sobre comunicación y patología conjunto con Phillipson y Lee en 1966, Interpersonal Perception, un análisis de los modos de comunicación en parejas.(ontológicamente segura, diría Laing) o el recurso, por presión familiar, a defensas esquizofrenogénicas.La publicación de este libro tuvo, sin embargo, consecuencias más a largo plazo, y no sólo dentro del contexto médico, para la carrera y reputación de Laing. Algunas críticas no bien documentadas llegaron a afirmar que Laing se oponía al concepto mismo de familia, y que lo consideraba una célula de organización social enferma que aliena y destruye al individuo. A esta percepción errónea de las afirmaciones de Laing no ayudó, precisamente, su estrecha relación con David Cooper, pensador radical en lo tocante a la familia (suyos son libros con títulos tan reveladores como The Death of the Family (1971) o The Language of Madness (1978) , en los que la familia se compara a una granja donde los adolescentes son cebados como cochinillos para luego ser“sacrificados” al dios de la cruel y homogeneizadora sociedad). Así, a raíz de la publicación casi simultánea de estas obras de Cooper (que Laing consideraba radicales ya en ese momento), se identificó a Laing con las ideas extremadamente violentas y revolucionarias de su colega. La misión que Cooper se impuso en sus publicaciones eraincitar a la revolución y a la destrucción de la organización social tradicional, cargando las tintas en la familia, como origen de los males sociales, incluso en individuos aparentemente sanos y adaptados. En la obra conjunta de Laing y Cooper, Reason and Violence (1964), las partes escritas por Laing nunca son tan radicales en sus planteamientos como las de su colega, que se aproxima en ocasiones al marxismo puromás que a la práctica psiquiátrica. Así, se ha criticado a Laing por culpar a los padres de los pacientes esquizofrénicos de la aparición de síntomas en sus hijos, sin embargo, su intención en este libro con Esterson, y en otras obras posteriores, no era rechazar y demonizar la familia en sí, sino mostrar cómo la locura no es algo que surjaespontáneamente del paciente mismo, sino, más bien, como el resultado de un mecanismo de presión social. Las familias de este estudio son familias disfuncionales (lo que no significa que todas lo sean), que producen en el individuo que es tratado por locura una serie de condiciones patológicas (llamados síntomas esquizofrénicos), queno son sino una expresión patológica de la disfunción de toda la familia. Tampoco negó Laing que los esquizofrénicos tuvieran problemas para operar en su vida diaria; Laing reconoce la dura y traumática experiencia de la locura, si bien disiente en la interpretación más “clásica” de los orígenes de ésta, y prefiere buscarlos en el ámbito de la interexperiencia, es decir, en el campo de los intercambios sociales. La locura tienesu origen no en trastornos dentro de uno mismo, sino que surge de la relación entre personas (véanse Laing y Esterson 1964; y Laing, H. Phillipson y A.R. Lee 1966). ... Méndez García, Carmen (2004)



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