La experiencia analítica desde el punto de vista del analizando. Profilaxis. Etica y psicoanálisis. Psicología y poder. Terapias adictivas. La sociedad psicologizada. Mala praxis. Una denuncia
anaclisis [anaclisis] f. (Fisiol. hum.) Decúbito, especialmente el supino. (Estar acostado hacia arriba.) aná ἀνά (gr. ‘hacia arriba’, ‘por completo’, ‘de nuevo’, ‘por partes’) + klī‑ κλῑ‑ (gr. ‘inclinarse, tumbarse’; κρεβάτι, κλίνη ‘lecho’) + ‑sis (gr.) [Leng. base: gr. Antiguo.
En gr. anáklisis ἀνάκλισις con el mismo significado desde Hipócrates, s. V a.C., reintroducido] // En psiquiatría, dependencia emocional, inclinación hacia el ser de quien se depende o que domina, en particular la primera relación objetal que establece el niño, caracterizada por la completa dependencia de éste respecto de su madre.
“–Si yo lo inquieto tanto mejor. Desde el punto de vista del público, lo que yo considero como más deseable, es lanzar un grito de alarma y que tenga, en el terreno científico, una significación muy precisa: que sea un llamado, una exigencia primera concerniente a la formación del analista.” J. Lacan

jueves, 22 de diciembre de 2011

lunes, 19 de diciembre de 2011

Enfermedad Mental y Voluntad

Si como afirmaba Henri Ey las enfermedades mentales son la patología de la Libertad, la voluntariedad de las decisiones de los pacientes psiquiátricos puede estar en entredicho.  Pero al margen de los factores propiamente intrapsíquicos derivados de la enfermedad, el paciente está expuesto a un riesgo especial de persuasión indebida, coacción o manipulación.  El psiquiatra detenta una autoridad, emanada aún en cierta medida de instancias políticas o administrativas, que puede convertir la relación con el paciente en una pugna particularmente desigual.  En otras ocasiones, las medidas terapéuticas se plantean de una manera coactiva.  En el caso de los internamientos, siempre planea la amenaza de la Autorización de Ingreso si el paciente no accede a ingresar.  Ahora bien, detrás de estas presiones sobre la voluntad del paciente no se encuentra la enfermedad, sino la manera de hacer del profesional o de la institución. Leer artículo completo Consentimiento informado y psiquiatría

lunes, 21 de noviembre de 2011

La histeria: teatro de la mente

Jean Marie Charcot fue un médico notable, un hombre de su tiempo como diriamos hoy. Hijo de un rico comerciante estudió medicina y se especializó en Neurologia, cambiando la faz del asilo de la Salpetrière que pasó de ser un antro manicomial a uno de las catedrales de la ciencia europea. Pero nada de esto hubiera sido posible sin la concurrencia de un determinado estado de cosas que hemos venido en llamar modernidad.

Allí acudieron a estudiar los grandes médicos de su tiempo, los que cambiarían nuestra comprensión de lo humano y de sus sufrimientos y todo gracias a una “epidemia” de casos clinicos que se onocian con el nombre de histeria, las grandes histéricas vivian allí en la Salpetriere. Allí fue donde Charcot hizo su principal aportación a la medicina: la histeria, una enfermedad incomprensible con sintomas mudables e inexplicables según los criterios anatómicos de la época, tenía una génesis psicológica. No era pues una enfermedad orgánica sino psicógena. Charcot lo demostró induciendo, provocando y deteniendo síntomas histéricos a través de la sugestión y la hipnosis. Los síntomas histéricos podían ser removidos a través de ciertas tecnologías puramente psicológicas y no sólo eso sino que se podían construir y modelar a través de la sugestión.

Pero Charcot pasó por alto lo más importante y seguramente fue porque su interés no estaba focalizado en las enfermas concretas sino en la histeria en sí misma, en la definición y nosotaxia de la misma; elaboró grandes listados de síntomas que catalogó como histéricos y puso a punto una propedéutica para su discriminación. En sus sesiones de los martes todo París acudía a la Salpetrière a observar como sus histéricas convulsionaban o dejaban de hacerlo siguiendo las instrucciones del maestro. Boquiabiertos, los espectadores de aquel teatro de la mente aplaudían, vociferaban o asistían impertérritos a aquellas sesiones precoces de “reality shows” en versión francesa ilustrada que daba a las asiladas cierta expectativa de fama y notoriedad.

Médicos venidos de todos los puntos de Europa como Freud o el propio Janet, sin embargo, se planteaban otra cuestión: ahora que ya sabíamos el carácter psicogenético de la histeria ¿cual era su causa?

A Charcot no le interesaba hallar la causa de la histeria y se alineaba con la tradición de pensar que era una enfermedad típicamente femenina, que estaba en la base de su misma condición: una tendencia al emotivismo, la falsificación, la manipulación y la fácil sugestionabilidad.

Pero a Freud y a Janet, médicos ambiciosos y de profundo intelecto no les bastaba con esa explicación y pretendieron ir más allá. Ambos fueron en la misma dirección durante cierto tiempo y ambos concluyeron y publicaron una teoría que con el tiempo resultaría muy controvertida: la causa de la histeria es traumática. Y más concretamente -según Freud- se debe a un trauma sexual. Continúa leyendo en La nodriza de las hadas y el rey carmesí

sábado, 19 de noviembre de 2011

PASIÓN DE TRANSFERENCIA. ALIENACIÓN Y ETICA DEL PSICOANALISIS

Extracto de una entrevista a Piera Aulagnier

Luis Hornstein. Desde hace tiempo usted enfatiza la importancia del proyecto terapéutico. ¿Cómo vincular esta reivindicación de la dimensión terapéutica del análisis con sus elaboraciones sobre la pasión de transferencia y la alineación? ¿Cómo se relaciona ello con la ética del psicoanálisis?

Piera Aulagnier. Para retomar la última parte de su pregunta no veo cómo la ética del psicoanalista puede olvidar su función terapéutica. El sujeto no viene a vernos porque forma parte de una intellegentsia, tampoco porque está movido por no sé qué deseo de saber, sino que viene porque sufre y para que lo ayudemos a superar su conflicto psicótico, neurótico u otro que es causa de su sufrimiento. Por ello es que pienso que la dimensión terapéutica es parte integrante de lo que hago cotidianamente cuando trabajo como analista.
Usted me pregunta cómo ligar esta reivindicación de la dimensión terapéutica con mi elaboración sobre la pasión transferencial y la alineación como consecuencia. Creo justamente que es el olvido de esta dimensión terapéutica el responsable mayor en convertir el amor de transferencia necesario en una pasión transferencial que no puede conducir sino a la alineación. Creo que la pasión transferencial tiene como principal responsable a un deseo inconsciente del analista. Es el analista quien induce en la mayor parte de los casos la pasión.

Luis Hornstein. Usted escribió que tanto el silencio abusivo como la interpretación a ultranza favorecen la pasión transferencial. El exceso de silencio, porque demuestra al analizando la insignificancia de su discurso y de todo discurso y porque el analista da cuerpo a una ilusión de que sabe todas las verdades universales que el discurso no hace otra cosa que velar y disfrazar. En dicha postura todo aquello que el analizando podría decir y pensar es entendido como confirmación de la mentira característica de todo discurso, como montaje artificioso, como señuelo. La interpretación prefabricada porque enfrenta al sujeto con un modelo generalizable. En ambos casos la creencia en la singularidad de la historia será implícitamente denunciada como una dimensión engañosa que es preciso perder para alcanzar la suprema sabiduría que lleva a proclamar que lo que el analizando puede elaborar de sus determinaciones históricas corresponde al registro de lo imaginario. Se pierden entonces las referencias freudianas mayores en cuanto al hacer consciente lo inconsciente, el lugar de las interpretaciones y construcciones y la función esencial que Freud le asignaba a la reelaboración.

Piera Aulagnier. No critiqué tanto la interpretación prefabricada por generar una pasión transferencial, sino más bien por otras razones. Pero sí el silencio a ultranza. Este genera en el analizando una idealización. Es fácil idealizar a un mudo.
Además creo que la pasión transferencial es favorecida por una serie de comportamientos y técnicas de moda en cierta práctica del análisis. Si uno atiende a un paciente cinco minutos, sólo puede esperar dos consecuencias: o bien la fuga del paciente -y por razones muy largas de explicar no es lo más frecuente- o bien, y eso es muy grave, lleva al analizando a renunciar a
juzgar lo que efectivamente pasa en la relación analítica por una idealización masiva del analista que conduce a una relación de alienación.
Cada vez estoy más convencida de que la modalidad técnica de conducir una cura es la responsable de la alienación y, en general, el analista es también víctima de su alienación en una teoría para la cual él es incapaz de asumir una posición crítica. Tomado de libroscolgados.blogspot.com

viernes, 4 de noviembre de 2011

Los olvidados de los olvidados: encadenados a la locura

Los Olvidados de los Olvidados from Aigua Films on Vimeo.


La historia de miles de enfermos mentales y un loco. Hombres, mujeres y niños, encadenados, la mayoría en la intemperie, privados de comida y agua o abandonados en las ciudades desde niños, por sus familias... Ésta es la situación en la que se encuentran la mayoría de enfermos mentales africanos y así lo refleja el documental Los olvidados de los olvidados, producido por Aigua Films, TVE y Canal Odisea, con la colaboración de TV3, y que ha sido seleccionado en la sección oficial del Globians World & Culture Documentary Film Festival de Berlín 2011. A partir de la impresionante historia de un hombre, Grégoire Ahongbonon, un reparador de neumáticos que un día decidió dedicarse por completo a una misión: rescatar, curar y reinsertar en la sociedad a Los olvidados de los olvidados, este documental dirigido por Carles Caparrós revela cómo en el continente más pobre del planeta, sin cobertura pública sanitaria, las familias recluyen a los enfermos mentales por vergüenza o superstición. Y lo hace narrando el día a día de Ahongbonon, que sin subvenciones oficiales, ha construido centros de acogida y de trabajo en los que más de 15 mil enfermos mentales se han recuperado y, posteriormente, reintegrado a sus familias.

viernes, 28 de octubre de 2011

Mala praxis en psicoterapia

PSICOLOGÍA DE CURSO LEGAL FRENTE A "FALSAS TERAPIAS", Y "TERAPIAS NOCIVAS"

Por Paz Torrabadella

¿Cómo saber si una terapia lo es?

Cuando un arquitecto diseña mal una casa hay una evidencia: el edificio se viene abajo. Pero si un psicólogo o psiquiatra, o cualquier tipo de "terapeuta espiritual" daña a su paciente, ¿cuál es la evidencia?

En tiempos en los que casi a cualquier cosa se le añade la terminación "terapia", conviene la aclaración. No todo lo que se llama terapia, ayuda. Y lo que es peor, las terapias que no lo son , muy frecuentemente perjudican.

Ya sabemos que existe una clase de pacientes damnificados por el efecto de terapias nocivas. Se trata de seres humanos "deshabilitados para beneficiarse de tratamiento psicológico alguno". Los signos clásicos de estas personas deterioradas por la mala praxis de un terapeuta son:

- Apego incoherente al tratamiento interrumpido aun y cuando los problemas psicológicos continúan intactos a efectos constatables. La fidelidad a una terapia inoperante carece de sentido a los ojos de los demás, pues solo es "lógica" desde un pensamiento irracional infiltrado. (Artículo 23 del código deontológico del COP: "El psicólogo ha de finalizar su intervención y no prolongarla innecesariamente, cuando haya conseguido el objetivo propuesto porque le faltan recursos para conseguirlos. En este caso informará desinteresadamente...")

- Transformación del medio en el objetivo: Observa su terapia no tanto como algo para obtener un beneficio como la salud y la calidad de vida sino más bien como algo imprescindible para él. Esta situación es provocada por el terapeuta que establece unos objetivos de terapia tan absolutamente inconcretos, que nunca se podrá demostrar si se han conseguido, y a veces ni siquiera si se ha acercado a ellos.

- Dependencia o sentimiento de inferioridad frente al terapeuta, y negación de ello. Padece lo que podría llamarse "Síndrome de Estocolmo terapéutico", cree que el terapeuta es el héroe que le tendría que salvar de una situación de impotencia y terror a la que es evidente que el mismo terapeuta le ha sometido.

- Creciente discapacidad afectiva: La persona está inhabilitada para mantener una relación íntima, bien sea de amistad, de pareja, o familiar satisfactoria, pues la dependencia hacia su terapeuta es tan fuerte que las eclipsa e interfiere dificultándolas y limitándolas. El terapeuta está utilizando su posición de poder para establecer una relación de superioridad que amarra al paciente a su terapia. (Artículo 12 del código deontológico del COP: "El psicólogo no usará su posición en la relación profesional como situación de poder o superioridad en beneficio propio.")

- Creciente aislamiento del mundo externo: El paciente dedica una cantidad de tiempo y dinero a su terapia desproporcionada respecto a la suma de lo que invierte en ningún otro medio alternativo para mejorar su calidad de vida, y no se aprecia tendencia a la mejora de esta situación. Normalmente sucede lo contrario: el transcurso de los años ha ido limitando sus relaciones íntimas, sus aficiones físicas, y sus recreos artísticos o intelectuales. El paciente ha optado por su terapia como alternativa a la realidad.

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jueves, 20 de octubre de 2011

Redefinición de "daño" en TEPT

Integrantes del Centro de Asistencia a Víctimas de Violaciones de Derechos Humanos Dr. Fernando Ulloa reexaminan el concepto de “daño”, y nociones como la de “estrés postraumático”, a partir de su experiencia de trabajo en la reparación y acompañamiento a víctimas del terrorismo de Estado.

Por Juliana Serritella *, Sabrina Balaña **, Federico Kaski Fullone *** y Javier Rodríguez ****

La representación de trabajo que defendemos desde el Centro Ulloa se basa en una mirada fundamentalmente reparatoria. Debe bregar por la presunción del daño que provocaron los delitos de lesa humanidad cometidos por el Estado terrorista, por la no revictimización de la persona asistida y por el rol protagónico del Estado en el reconocimiento de lo ocurrido, de sus consecuencias y en la responsabilidad de aportar las pruebas.

Desde una perspectiva objetiva, el daño se define como el menoscabo que, a consecuencia de un acaecimiento o evento determinado, sufre una persona, ya en sus bienes vitales naturales, ya en su propiedad, ya en su patrimonio. En la década de 1960, se introduce el concepto de daño a la persona: la persona es un proyecto de vida y todo lo que afecte a ese proyecto configura un daño a la persona. Se lo denomina también “daño no patrimonial”, “biológico”, “a la salud”, “extraeconómico”, “a la vida de relación”, “inmaterial”, “a la integridad psicosomática”, “no material”.

El ensayo de Fernández Sessarego “Daño moral y daño al proyecto de vida” advierte que éste constituye un daño radical en tanto lesiona “nada menos que la libertad del sujeto en cuanto se traduce objetivamente en la realización personal. El daño incide en el proyecto existencial por el cual optó la persona en tanto ser libre”.

En resumen, inicialmente el sistema clásico fue armado sobre la noción de patrimonio. Las normas jurídicas se preocuparon por su inviolabilidad. Pero en los últimos tiempos la noción de persona se ha situado en el eje del sistema de responsabilidad civil, considerándola por lo que ella es. Los estándares internacionales definen la reparación de un modo integral, poniendo el acento no sólo en el aspecto pecuniario, sino fundamentalmente en el aspecto simbólico. La reparación simbólica incluye las garantías de no repetición, la atención médica, psicológica, jurídica y social.

En este marco puede ubicarse el cuadro de “trastorno por estrés postraumático (TEPT). Ya en la Grecia clásica se registran descripciones compatibles con éste: Hipócrates menciona pesadillas relacionadas con los combates, en soldados sobrevivientes de batallas. Pero no fue sino hasta el siglo XIX cuando el trauma psíquico comenzó a atraer intensamente el interés científico. Las primeras descripciones en la literatura médica sobre las consecuencias de exposición a situaciones traumáticas datan de mediados del siglo XIX en Francia e Inglaterra, en el período posterior a la Primera Revolución Industrial, principalmente ligadas a accidentes ferroviarios.

Una constante, en la historia de la caracterización de este cuadro, ha sido su aparición asociada a diferentes conflictos bélicos. Alrededor de 1870 se describe lo que dio en llamarse “corazón de soldado” o “corazón irritable”. Pocos años después, en 1884, H. Oppenheim describe, en Alemania, un estado que llamó neurosis traumática, en víctimas de accidentes ferroviarios. Con la Primera Guerra Mundial, este cuadro se vuelve claramente visible, recibiendo la denominación de “neurosis de combate” o “fatiga de combate”. Luego de la Segunda Guerra Mundial, se creó el término “grave reacción al estrés de los veteranos de guerra”. Tras la guerra de Vietnam, esta problemática se hace aún más visible a través de la militancia de los ex combatientes, que motiva un nuevo impulso en la investigación médica sobre las consecuencias traumáticas de los conflictos bélicos. Esto terminará configurando, en 1980, el Trastorno por Estrés Postraumático.

Uno de los peligros que conlleva la falta de discriminación de las condiciones traumáticas es la tendencia a culpabilizar a la víctima: en lugar de interpretar las manifestaciones psicológicas de la persona afectada como respuesta a una situación traumática, frecuentemente se las atribuye a una presunta psicopatología subyacente, que la llevaría a buscar el encuentro con el hecho traumático: diagnósticos de personalidad dependiente, masoquista o autodestructiva llegan así a estigmatizar a quienes, en realidad, padecen las consecuencias de este tipo de hechos traumáticos.

Habría que señalar, primero, que el carácter traumático no es efecto sólo del hecho objetivo, sino del sentido que el mismo tiene para los sujetos. Por ejemplo, en su estudio sobre las condiciones subjetivas de los prisioneros de los campos de concentración alemanes, Bruno Bettelheim señala las distintas respuestas de los mismos según fueran militantes políticos, personas que habían estado detenidas previamente por actos delictivos, a simples ciudadanos de clase media. Dice: “...la gran mayoría de los prisioneros de clase media sin militancia política fueron menos capaces de resistir el choque inicial. Se sentían profundamente incapaces de comprender qué les había sucedido” (“Conducta individual y social en situaciones extremas”. En Psicología del torturador, Buenos Aires, Rodolfo Alonso Editor, 1973).

Segundo, a diferencia de la idea original de trauma, que refiere a un hecho o acontecimiento disruptivo, las situaciones padecidas por las víctimas de terror de Estado se han prolongado en el tiempo y contienen muchos episodios puntuales disruptivos. En el caso de los procesos de restitución de identidad de jóvenes que fueron niños apropiados durante la dictadura, el “episodio traumático” es en realidad un proceso en el cual ha transcurrido buena parte de su vida. En el caso de familiares de desaparecidos, o de familiares que buscan a los niños apropiados, el hecho tiene continuidad en el presente y no cesa de ocurrir; de allí que, en el ámbito jurídico, se los considere delitos imprescriptibles. Así como para la Justicia estos crímenes son imprescriptibles, también lo son para la salud mental, dado que el hecho traumático no cesa de ocurrir y que el padecimiento no se limita al hecho traumático.

En consonancia con el planteo anterior, vemos que el trastorno por estrés postraumático no da cuenta de las múltiples manifestaciones sintomatológicas del trauma prolongado ni de las profundas y persistentes alteraciones en la personalidad que éste provoca.

El concepto de trastorno por estrés postraumático, cuya historia está ligada principalmente a situaciones bélicas y de traumas puntuales, no parece suficiente para dar cuenta del daño sufrido por una persona víctima del terrorismo de Estado, entre otros motivos por las características de permanencia y continuidad en el tiempo de este trauma. Y una limitación de este concepto es su falta de consideración por el sentido que los hechos traumáticos tienen para la víctima. En el caso particular de los crímenes de lesa humanidad, afectan intensa y directamente la dignidad de la persona y su proyecto de vida, siendo de esta manera sus efectos duraderos en el tiempo.

La conceptualización de TEPT tiende a concebir al trauma como un evento único, siendo sus principales características clínicas la presencia del evento traumático, su reexperimentación, las conductas evitativas y los síntomas de activación. En cambio, aquí nos estamos refiriendo a situaciones de enorme intensidad y repercusión, que permanecen operando en el tiempo y que, pensamos, más que ser reexperimentadas, resultan cada vez en nuevas consecuencias.

Por último, en un dato que nos resulta importante destacar, el trauma desde la concepción del TEPT elude el contexto de producción del mismo, al tiempo que lo sitúa en un plano exclusivamente individual. Resulta fundamental, para una mirada que contemple el trauma, pero sobre todo el daño con fines reparatorios, el poder contextualizar su acaecimiento y los sentidos tanto individuales como sociales que tiene para las víctimas.

En este contexto cobra importancia el efecto reparatorio simbólico de las políticas que, desde el Estado, corran la problemática del plano puramente individual.

La dignidad del sujeto

El nacimiento de los derechos humanos se da en el contexto del final de la Segunda Guerra Mundial, a partir del genocidio provocado por el Holocausto nazi. Hasta ese momento, el derecho internacional reconocía derechos a los prisioneros de guerra (por ejemplo, a ser protegidos contra la tortura y a un trato digno), pero no así a los habitantes de cada Estado. Es a partir de este momento, entonces, que el derecho internacional comienza a regular las relaciones entre los Estados y sus ciudadanos y entre los ciudadanos entre sí. Si bien, en relación con su origen en el contexto del derecho internacional, el discurso de derechos humanos aparece ligado al discurso jurídico, pensamos que lo excede.

En la historia de nuestro país y en Latinoamérica, el concepto de derechos humanos ha cambiado su significación luego de las dictaduras militares, quedando ligado al terrorismo de Estado y los crímenes perpetrados durante ese período. En el caso particular de los delitos de lesa humanidad, la valoración del daño padecido por las víctimas de estos delitos implica una práctica subjetivante, que apunte a restablecer la dignidad del sujeto, como parte fundamental del proceso de reparación integral.

Uno de los instrumentos que la ONU ha recomendado para el abordaje de la evaluación de las víctimas de tortura es el Protocolo de Estambul. Este documento, en el apartado referido a la evaluación psicológica, afirma que las consecuencias psicológicas de la tortura hacen su aparición en el contexto del significado que personalmente se le dé, del desarrollo de la personalidad y de los factores sociales, políticos y culturales.

Se trata de ampliar la perspectiva de la evaluación a una posición ética fundamentada en el significado y sentido del vivir, quebrantado por efecto de las violaciones a los derechos humanos perpetradas por el Estado. El sufrimiento es componente esencial en el cambio experimentado en la esfera de la existencia; luego del evento violento adviene el sinsentido y la carga que representa vivir de acuerdo con ese nuevo sentido, dejando al sujeto librado a una sensación de vulnerabilidad, abandono, culpabilidad, impotencia, negación, miedo y falta de control de la situación (Díaz Colorado, F.: “Peritaje forense en delitos de lesa humanidad”, en http://www.psicologiacientifica.com; 2007). El crimen de lesa humanidad atenta contra la dignidad y el proyecto de vida, lo cual conduce a una existencia de dolor y sufrimiento, con efectos sobre las generaciones futuras. Se desprende la obligación del Estado de asumir la responsabilidad de lo ocurrido a través de una política pública reparatoria.

* Coordinadora del Area de Terrorismo de Estado del Centro de Asistencia a Víctimas de Violaciones de Derechos Humanos Dr. Fernando Ulloa, dependiente de la Secretaría de Derechos Humanos del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación.

** Médica generalista.

*** Médico psiquiatra.

**** Médico psiquiatra.

Texto extractado del trabajo Evolución y utilización del concepto de daño.

Fuente: Página 12


viernes, 14 de octubre de 2011

Carencia afectiva

Definición y generalidades

La carencia afectiva señala la situación en que se encuentra un niño que ha sufrido o sufre la privación de la relación con su madre, o de un sustituto materno, y que padece el déficit de atención afectiva necesaria en la edad temprana. La carencia afectiva o las alteraciones por carencia relacional se refieren a aquellas situaciones en que la maduración de la
personalidad del niño se interfiere por la falta grave de estimulación afectiva. En el ser humano no existe la posibilidad de una maduración correcta sin el calor afectivo del amor, en cualquier circunstancia cualquier persona puede sentir no haber amado lo suficiente o no haber sido amado de forma adecuada. Estos sentimientos de malestar, que generalmente son transitorios, no constituyen el tema de la carencia afectiva en su sentido estricto. La carencia puede manifestarse cualitativamente de distintas formas y a través de diversas modalidades, sea por negligencia y abandono o bien por situaciones de ruptura debido a sucesivas y repetidas hospitalizaciones, separación de los padres, etc.

La ausencia grave de estimulación afectiva por parte de los adultos que juegan un rol relacional afectivo importante provoca la aparición de trastornos no tan solo de la maduración sino también síntomas clínicos que se expresan en trastornos somáticos, afectivos y conductuales. La aparición de la clínica o bien la afectación madurativa del niño es lo que pone de manifiesto el carácter grave e intenso de la carencia afectiva. El término de "carencia afectiva", señala tanto la causa (déficit de estimulación afectivo-maternal) como la consecuencia (clínica somática, afectiva y conductual con retraso en la maduración afectiva del niño).

La carencia afectiva se caracteriza por producir en el niño un estado psicológico de avidez afectiva y miedo de pérdida o de ser abandonado, tanto si ha padecido en la realidad una
privación afectiva maternal como si lo ha sentido como tal. Permanece en un cierto estado de búsqueda afectiva, de necesidad de saturación, que se manifiesta por una actitud de reasegurarse de la existencia permanente del afecto del otro y así sentirse seguro.
Pueden considerarse distintas formas de carencia en cuidados maternos según las características relacionales entre la madre o el substituto maternal y el niño:

a) Discontinuidad: La carencia por discontinuidad aparece por la ruptura repetida de la relación establecida entre la madre o substituto materno y el niño, ligada a cambios cualitativos en esta relación, por motivos diversos y a pesar de que la misma persona sea la que sigue atendiendo al niño físicamente (enfermedad súbita de la madre, desviación de la atención afectiva por la irrupción de otras necesidades en el seno de la familia, etc.).
b) Insuficiencia: Aparece este tipo de carencia, en el caso de negligencia manifiesta, es más frecuente en instituciones de asistencia o en el hospital. El niño no encuentra un substituto maternal adecuado o recibe una modernización totalmente insuficiente y por ello no tiene posibilidades de interacción adecuada con una figura maternal.
c) Distorsión: El niño vive con su madre o un sustituto materno pero no tiene posibilidad de
interacción adecuada con ella. No recibe los cuidados adecuados.

Diversos factores actúan sobre la perturbación relacional favoreciéndola o modificando su
repercusión en el niño, en este sentido debe valorarse la existencia de:
a) Tiempo: La duración de la deprivación o de la perturbación relacional en meses o en años
b) Recuperación: La posibilidad de restablecer la relación correcta pasado el tiempo de
perturbación
c) Naturaleza: Según cuál sea el tipo de deprivación que ha padecido el niño (discontinuidad,
insuficiencia o distorsión)
d) Edad: Según la edad el efecto y las consecuencias serán distintas
e) Antecedentes: Según cuál sea el tipo de atención y cualidad de modernización previo a la
experiencia de alteración
relacional afectiva f) Intensidad: Si la alteración es parcial o total, fuerte o suave, se modificara también la respuesta
La valoración de estas variables permite conocer y evaluar la posible reversibilidad de la situación en que se encuentra el niño y las secuelas que de ello se puedan derivar...

La respuesta del niño oscila entre dos polos caracterizados por lo que podríamos llamar:
a) Respuesta "amante": Tiende a una relación de apego y dependencia hacia el otro y los demás. Esta en actitud de demanda afectiva continua.
b) Respuesta "agresiva": Reacciona en actitud de oposición-agresividad hacia el otro y los demás. Hay una necesidad constante de venganza.

Ambas reacciones pueden coexistir en un mismo individuo el cual presentará entonces una tendencia hacia la relación afectiva inestable e incoherente.

EPIDEMIOLOGIA
Es imposible determinar la prevalencia de la carencia afectiva en la infancia dado que encubre diferentes situaciones, yendo desde la más extrema a la más ligera, y porque
sistemáticamente no es el motivo de consulta, excepto cuando se acompaña de trastornos psíquicos o comportamentales. Solo es posible detectar los niños abandonados o con abusos físicos, los ubicados en familia de acogida o en centro de acogida, los hospitalizados de duración variable y en los de padres separados o fallecidos.

ETIOLOGIA
Las causas iniciales del síndrome de abandono pueden depender de la constitución psico-orgánica del niño, de la actitud afectiva de los padres o de abandonos traumáticos (Guex, 1973)

LA CONSTITUCIÓN DEL NIÑO
El niño puede presentar predisposiciones psíquicas u orgánicas.
Predisposiciones psíquicas: personalidad con una gran necesidad afectiva por encima de otras necesidades ("glotonería afectiva"); las personas próximas no perciben, a menudo, esta intensa posesividad del niño: intolerancia a la frustración, a la ausencia, al compartir; tendencia a la ansiedad, a la inseguridad afectiva.
Predisposiciones orgánicas: trastornos digestivos (vómitos, diarreas); fragilidad física general que justifican engancharse al entorno, de reclamarle compensaciones afectivas; la inseguridad física permite que se desarrolle la inseguridad afectiva...

LA ACTITUD AFECTIVA DE LOS PADRES
La relación con los padres puede ser la fuente de privación afectiva para el niño.
Privación de amor objetivamente motivado: El niño está en depravación afectiva por causas externas que no dependen de sus padres y que someten forzosamente (por ejemplo; trabajo, viaje, separación). Cuando los motivos de la separación se explican al niño, este no se resiente por el abandono porque sabe que el lazo afectivo que le une a sus padres no sufre ningún daño. El niño puede aceptar o revelarse, pero comprende que la vida y las circunstancias son la causa, y no la actitud de los padres.
Privación de amor objetivamente no motivada: el niño es víctima de una falta de amor, de incomprensión, de una falsa imagen materna; se siente solo no entiende y aparece la angustia. Esta particularmente sensible a todas las expresiones (incluso no verbales) de sentimientos hacia él; esta sensible al clima más o menos seguro y a todo lo referente al plano afectivo. Según la naturaleza y las tendencias profundas del niño, son posibles dos actitudes: la desvalorización (nadie me quiere) o la culpabilización (es mi culpa, no me quieren porque soy malo).

LOS ABANDONOS TRAUMATICOS
El niño padece abandonos reales y graves, que aparecen de forma brusca e imprevista (por ejemplo, muerte violenta de un padre, hospitalización prolongada del niño, encarcelamiento de un padre, emplazamiento del niño en institución, etc.) y no encuentra medios de hacer frente a esta situación psíquicamente.

La carencia por insuficiencia
Se trata de niños que padecen un emplazamiento institucional precoz, sin presencia materna suficiente. SPITZ ha estudiado grupos de niños que han vivido en condiciones difíciles en el aspecto afectivo; el propone diferenciar dos síndromes: el hospitalismo y la depresión anaclítica.

HOSPITALISMO: SPITZ ha comparado el desarrollo psicoafectivo de dos grupos de niños que vivían en dos instituciones distintas cuyas condiciones materiales eran similares: la vivienda era excelente y la higiene satisfactoria.
1) niños de madres residentes en instituciones penitenciarias: cada madre podía a pesar de todo ocuparse de su hijo durante el día, con la ayuda de una enfermera competente: SPITZ la denomina guardería (casa para niños) este tipo de institución.
2) niños ubicados en orfelinatos: estos habían vivido tres meses con su madre, después han sido confiados a una institución denominada "found-ling home" por Spitz. Las condiciones del lugar son las siguientes: habitáculo excelente, los cuidados higiénicos y dietéticos satisfactorios; una enfermera responsable de 8-12 niños, a los aporta el calor del contacto humano durante buena parte del día.

TIPOS DE CARENCIA AFECTIVA
1) desarrollo corporal (marcha)
2) habilidad manipulatoria (comer solo, vestirse solo)
3) adaptación al medio (control esfinterial)
4) el desarrollo del lenguaje.

Los niños de estos dos grupos se siguieron hasta la edad de cuatro años. Los resultados obtenidos son los siguientes: el (QD) cociente de desarrollo queda relativamente estable en la nursery; sin embargo, disminuye con la edad en el "foundling home": establecido en 130 al inicio, baja hasta 70 al final del primer año y desciende hasta 45 al final del segundo año. A los cuatro años de edad, los niños tienen un retardo en la talla y peso (retardo estato-ponderal); muchos no caminan, ni se mantienen en pie, ni hablan, y la tasa de mortalidad es alta; esto se debe a una vulnerabilidad a las afecciones somáticas. Sobre 91 niños controlados en el "found-
ling home", 26,67% murieron antes de finalizar el primer año, y 37,36% antes de
finalizar el segundo año.
SPITZ hizo el seguimiento de 21 niños hasta la edad de cuatro años (mientras estaban todavía en institución) y se dieron los siguientes resultados:
1) desarrollo corporal: 5 no son capaces de deambular.
2) capacidad manipuladora: 12 no son capaces de manejar solos una cuchara., 20 no pueden vestirse solos.
3) adaptación al medio . 6 no controlan esfínteres.
4) desarrollo del lenguaje: 6 no dicen ninguna palabra, 13 no disponen de un vocabulario de 2 a 5 palabras.

SPITZ denomina a estos trastornos síndrome de hospitalismo o carencia afectiva total; se trata del conjunto de síntomas derivados de la vida en una institución. Este estudio muestra la relación entre la presencia o ausencia de cuidados maternales y el desarrollo psico-afectivo del niño (en QD).

DEPRESIÓN ANACLITICA: SPITZ observo un grupo de 34 niños que presentaban las siguientes características:
a) relación afectiva normal hasta la separación.
b) separación de la madre después de los 6 mese
c) ausencia de madre sustituta durante la separación.
d) duración de la separación: de 2 a 6 meses;
e) retorno posterior de la madre o madre sustituta.

Mes tras mes, el cuadro clínico nos muestra la regresión de los niños en función de la duración de la separación...
-Primer mes: los niños se tornan llorosos, exigentes, y se cogen al observador que establece el contacto.
-Segundo mes: los lloros se trasforman; se produce una pérdida de peso y se detiene el desarrollo.
-Tercer mes: rechazan el contacto; posición patognomónica (los niños pasan la mayor parte del tiempo acostados boca arriba en su cuna); insomnio; continua la pérdida de peso; tendencia a padecer enfermedades intercurrentes; generalización del retardo motor; rigidez en la expresión facial.
-después del tercer mes: la rigidez facial se establece y persiste; los lloros desaparecen y son reemplazados por gesticulaciones raras; aumenta el retraso en el desarrollo y aparece el letargo.

SPITZ verifica si la regresión demostrada durante la separación puede repararse cuando el niño retorna a su medio adecuado. Constata que: si antes de un período crítico, que se sitúa entre el final del tercer mes y antes de que termine el quinto mes (de separación), si restituimos la figura materna a su hijo, o si conseguimos encontrar un sustituto parental aceptable para el bebe, el trastorno desaparece con una rapidez sorprendente. SPITZ da las cifras de QD registradas durante la separación y después al retorno con su madre o sustituto materno; constata que si la separación no es demasiado larga, los efectos nefastos desaparecen, mientras que si la separación es prolongada, el retorno con la madre no resuelve plenamente el retardo en el
desarrollo.

SPITZ denomina a estos trastornos depresión anaclítica o carencia afectiva parcial: el niño que ha estado atendido viviendo unas buenas relaciones con su madre, y luego ha sido emplazado en una institución donde se ha visto privado de afectos de manera aguda.
Tanto el síndrome de hospitalismo como la depresión anaclítica muestran la importancia en la relación madre-hijo para un buen desarrollo psico-afectivo: el período de vida que se sitúa entre 8 y 18 meses será, según SPITZ, el más crítico en cuanto a la vulnerabilidad del niño ante la pérdida del objeto (la madre). SPITZ denomina a este período fase objetal; se trata de una fase intermediaria que aparece después que el niño ha establecido una relación de dependencia estable y segura y antes que tenga suficiente edad para ser autónomo: esta se sitúa entre el
momento en que el niño se enfrenta a la angustia ante el extraño y la angustia de separación (hacia 6-8 meses) y aquel donde se adquiere la permanencia del objeto (hacia 15-18 meses).
Los trabajos de SPITZ se han cuestionado por su falta de rigor metodológico. Algunos autores se preguntan si , cuando se internaron, algunos niños no presentaban ya trastornos somáticos diversos, si estaban afectos de encefalopatía evolutiva (por ejemplo consecuencia de un hematoma subdural), si padecían déficits graves constitucionales, si eran portadores de una enfermedad infecciosa en el período de incubación /por ejemplo, infección pulmonar) o si sufrían infecciones cerebrales más o menos importantes. Las conclusiones de SPITZ
fueron criticadas dado que los exámenes físicos complementarios no se realizaron o eran incompletos.
Mientras, otros investigadores demuestran que el estado general de los niños hospitalizados o ubicados fuera del ámbito familiar se deteriora rápidamente si no se les aporta una atención especial, sino conlleva la pérdida de peso pudiendo abocar a la caquexia, así como la aparición de infecciones diversas debidas a la debilidad general de los mecanismos de defensa del organismo. Los resultados de los trabajos de SPITZ se han confirmado por la similitud con los de otros autores (Aubry, 1955; David, 1962; Ainsworth, 1961); en términos generales se concluye
que la privación afectiva influye en el desarrollo físico.

Según la asociación de psiquiatras americanos los criterios clínicos son los siguientes (DSM-3):
1) Aparición del síndrome antes de los ocho meses
2) Ausencia de los cuidados necesarios para el desarrollo de lazos afectivos (por ejemplo, carencia o "dejadez" afectiva severa, aislamiento social en una institución)
3) Ausencia de respuesta social, como las siguientes manifestaciones (los comportamientos que debemos buscar dependen de la edad del niño y se deben modificar en caso de prematuridad):
a) menos de dos meses: no mira los ojos ni los rostros;
b) después de dos meses. no responde con sonrisa a la máscara humana; no mira a la cuidadora;
c) no es sensible a la voz de la cuidadora ni se gira hacia ella.
d) a partir de cuatro meses: no reclama la presencia de la cuidadora;
4) Presencia al menos de tres de las manifestaciones siguientes:
a) grito débil,
b) sueño excesivo;
c) falta de interés por el entorno;
d) hipomobilidad;
e) hipotonía muscular,
f) débiles reflejos de rechazo y de aprensión después del alimento.
5) Pérdida de peso o retardo ponderal respecto a la edad, no explicable por una alteración física. En este caso, el retardo ponderal (pérdida de peso expresada en centiles es habitualmente más importante que el retardo de talla). El perímetro craneal es normal.
6) El síndrome no es debido a un trastorno físico, a un retardo mental o a un autismo infantil.
7) El diagnostico se confirma si el cuadro clínico varia rápidamente después del inicio de cuidados adecuados (por ejemplo, una hospitalización de corta duración).

Los trabajos de SPITZ y otros investigadores han obtenido importantes conclusiones practicas en lo que concierne a niños ubicados en institución (hospital, centro de acogida).
-interesa que el sustituto materno (enfermera, educador) tenga a su cargo un número limitado de niños a fin de que se puedan beneficiar de los cuidados necesarios, en función de su edad.
-conviene que el niño este a cargo de un número limitado de personas para que pueda desarrollar una relación estable y continua con sustitutos maternos significativos.
-conviene que el niño reciba los cuidados físicos elementales (alimentación, higiene, etc.) pero que también pueda beneficiarse de tratos maternales no estrictamente materiales (comunicación verbal, canciones, contacto corporal, masajes, mecimientos).

El peligro de la ubicación en un centro es que el niño este confiado a un gran número de personas y que ninguno se responsabiliza de él: por ello el niño no podrá desarrollar una relación correcta con el adulto.

LA CARENCIA POR DISCONTINUIDAD
La separación de la figura materna y del niño es un acontecimiento posible en las condiciones actuales de vida (hospitalización, divorcio, trabajo, viajes, etc.). La separación no es necesariamente generadora de carencia afectiva, pero puede eventualmente serlo si esta se repite o no está suficientemente prevista, pues el niño no puede no puede tener una relación satisfactoria con un sustituto materno a lo largo de una separación relativamente larga.
El período crítico de la separación es en el momento en que el niño distingue a su madre de los extraños y se une a ella (SPITZ: 8 meses) y en el momento en que mantiene la unión con su madre aun estando lejos de ella (SPITZ: 18 meses); algunos autores sitúan este período entre 6 meses y 2 o 3 años (BOWLBY) y, un límite de hasta 4 o 5 años.

La reacción del niño durante la separación muestra una secuencia precisa. BOWLBY (1962) observó un grupo de niños hospitalizados de edades entre 15 y 30 meses que presentaban angustia de separación en tres fases sucesivas: protesta, desesperanza y desinterés. Los niños vivían en unas condiciones relativamente adecuadas en cuanto al sustituto materno (personal de enfermería) condiciones menos extremas que aquellos niños observados por SPITZ.
La fase de protesta: El niño llora, sacude la cuna, se mece a derecha y a izquierda, busca a sus padres, los reclama (sobre todo en el momento de dormir); no se consuela. El niño se esfuerza para obtener la presencia de la madre y está atento a todo lo que ocurre. Al cabo de dos o tres días, los signos de angustia se atenúan. Es necesario notar que el desencadenante del lloro se producía igualmente mientras el sustituto materno los cuidados habituales de la madre (asearlo, vestirlo).
Fase de desesperanza: Los movimientos activos disminuyen, el niño llora de forma monótona e
intermitente; rechaza la comida y el vestirse; se vuelve pasivo y se replega en sí mismo; no hace ninguna demanda. Parece que el niño está tranquilo, parece que ha aceptado la situación como positiva, pero de hecho, esta en una situación de duelo: la madre se considera desaparecida para siempre...
Fase de desinterés: El niño acepta los cuidados ofrecidos por no importa cual sustituto maternal (las enfermeras); come bien, se divierte con los juegos, sonríe y se muestra sociable. Cuando su
madre lo visita el bebe puede estar apático, no la reconoce e incluso la rechaza; normalmente grita o llora al verla; el interés hacia la madre se pierde.

Bowlby señala que hay una similitud entre la fase de desesperanza en la reacción a la separación del niño pequeño, y las manifestaciones depresivas del adulto: humor disfórico, retraimiento social, falta de dinamismo, esto no quiere decir que exista una relación causal entre los dos.
Las observaciones de Bowlby en cuanto a las fases sucesivas han estado confirmadas posteriormente (Robertson 1962) otros estudios de niños de 6 meses a 4 años de edad demuestran que cuando la separación se prolonga, pueden manifestarse una serie de síntomas:
-un enlentecimiento del desarrollo afectivo y cognitivo con disminución, a veces importante del QD y del QI (WPPSI).
-enfermedades físicas, entre otras una gran vulnerabilidad a las infecciones y una morbilidad frecuente.
-trastornos psicosomáticos tales como la anorexia, la enuresis, los trastornos del sueño, etc.
-síntomas de la línea depresiva: humor disfórico, autodesvalorización, falta de energía e interés.

Las investigaciones han puesto de manifiesto los efectos de experiencias repetidas de separación de los padres y de cambios frecuentes de las figuras parentales. El niño se torna extremadamente sensible a las amenazas potenciales de separación y desarrolla un estado afectivo particular; esta entre el deseo de unirse y el temor de perder al adulto. Mientras él puede tener reacciones opuestas aparentemente: por una parte, distancia oposición, agresividad; por otra, dependencia, inseguridad, ansiedad; el niño presenta una reacción de apego ansioso (Bowlby, Robertson).
Rutter (1974) relativizó las conclusiones de Bowlby y de Robertson señalando que no todos los niños se perturban en este momento. Reconoce que la total restitución de las personas responsables del los cuidados de los niños y del cambio de su entorno familiar en medio institucional pueden producir reacciones emotivas intensas, a corto o largo plazo. Pero después de haber observado niños que habían sufrido separaciones provisionales de diferentes tipos y de duración variable, Rutter concluyó que se puede separar a los niños durante períodos tiempo en la infancia sin que se produzcan aparentemente efectos nocivos a largo plazo, si el niño se puede beneficiar de sustitutos parentales satisfactorios durante la separación. Los niños separados de uno de sus padres al menos durante cuatro semanas consecutivas no tienen más riesgo de presentar trastornos del comportamiento o psiquiátricos que aquellos que no se han separado nunca; sin embargo, separados de sus dos padres tienen más riesgo de padecer las consecuencias.

Rutter señala que no solo es la separación en sí misma, sino la razón de esta separación que tiene importancia. Cuando esta es la consecuencia de conflictos o problemas familiares, los niños son cuatro veces más susceptibles de librarse de comportamientos antisociales que aquellos en que la separación es debida a vacaciones o a una enfermedad física. Los niños separados de sus dos padres tienen el riesgo de padecer efectos más nocivos si la relación de sus padres es considerada "muy mala" más que si es considerada "buena" o "bastante buena".
Algunas experiencias de separación pueden ser beneficiosas, puesto que niños habituados a breves separaciones de naturaleza agradable (por ejemplo las vacaciones) tendrán menos problemas por separaciones desagradables como la hospitalización.

Ainswrth (1961) señala que el desarrollo del niño, después del retorno a las condiciones normales, depende de la edad en el momento de la separación y de la duración de la misma... y será necesario añadir: si ha habido un sustituto maternal durante la separación, si ha mantenido contacto con los padres, de la cualidad adaptativa y de las relaciones antes del episodio de separación. Lemay (1979) concluye, a propósito de factores que pueden generar carencia afectiva: reactividad propia del sujeto, edad del primer abandono, repetición de rupturas relacionales, inestabilidad de las secuencias espacio-temporales parecen ser los factores más
traumatizantes en la génesis de un estado carencial grave.

AINSWORTH (1961) indica igualmente que ciertas funciones afectivas o cognitivas pueden estar más dañadas que otras: ciertas alteraciones parecen ser menos fácilmente reversibles que otras: este es el caso de aquellas que afectan la función verbal, la función de abstracción y la aptitud para establecer lazos interpersonales profundos y durables. Los sectores más vulnerables son pues el desarrollo del lenguaje, la capacidad de generalización y las relaciones sociales.

BOWLBY (1962) se cuestiona las consecuencias a largo plazo de las separaciones y de las pérdidas sufridas durante la infancia; él cree que están en relación directa con el desencadenamiento de trastornos psiquiátricos en la edad adulta: él hace una doble constatación a partir de un grupo de personas adultas.
-La pérdida de la madre por defunción, principalmente durante los cinco primeros años, y eventualmente durante los cinco años siguientes, es un antecedente significativamente frecuente en los pacientes de hospitales psiquiátricos y en las personas atendidas por neurosis (y sobretodo de depresión o trastornos psicosomáticos).
-La pérdida del padre por defunción es igualmente un acontecimiento que se encuentra en la anamnesis de personas que presentan trastornos psiquiátricos, pero en este caso, el período crítico se sitúa entre los cinco y diez años.

BOWLBY considera que hay una correlación entre los duelos sufridos en la infancia (a consecuencia de la defunción de uno de los padres) y los estados depresivos presentes en la edad adulta, pero esta tesis general está cuestionada actualmente; en efecto, todos los autores admiten la correlación entre la pérdida de los padres y la aparición de un estado depresivo en la infancia, los investigadores no son concluyentes en lo concerniente a la relación existente entre la pérdida vivida durante la infancia y el desarrollo de la depresión en la edad adulta. Solo es posible afirmar que la pérdida precoz de los padres torna eventualmente al sujeto más
sensible y más frágil; y que entrañan sentimientos de insatisfacción, de fatiga y de aburrimiento, falta de dinamismo y de confianza en sí mismo. Pero ello no significa necesariamente que la persona adulta hará una recaída de tipo depresivo ante una nueva pérdida o que presentara un cuadro clínico de depresión franca.

LA CARENCIA POR DISTORSIÓN
Se trata de la carencia afectiva que el niño padece en el ámbito familiar, debido a condiciones socio-económicas difíciles o por falta de estimulación socio-cultural. El perfil de las familias presenta a menudo ciertas características asociadas a la pobreza afectiva:
-Las relaciones interparentales son conflictivas o incoherentes (violencia, alcoholismo)
-La pareja parental se separa y retorna en repetidas y transitorias ocasiones
-La inserción laboral es problemática para los padres, y particularmente para la manutención familiar
-La familia vive en unas condiciones materiales precarias (paro, ayuda social) y luego ruina promiscuidad
-La familia esta normalmente disociada: la madre se ocupa solo de los niños, el padre está ausente (separación, prisión)
-La familia vive en un barrio desfavorecido y con una relación social restringida (ocio, amigos)
-La fratría es, a menudo, numerosa; muchos nacimientos ( los abortos espontáneos son más frecuentes que en otros medios)
-Las normas de funcionamiento familiar son relajadas o incoherentes; los niños se espabilan y crecen solos
-Los cuidados físicos y afectivos dados a los niños son justo suficientes, corresponden al mínimo vital
-Los niños en función de la edad son, a veces, victimas de negligencia física grave, o incluso de violencia o abusos físicos
La carencia por distorsión no es debida necesariamente a la ausencia o separación de los padres, sino por un investimiento afectivo superficial y por una alternancia de dependencia extrema y hostilidad abierta e intensa. Las investigaciones empíricas y la observación cínica han permitido identificar las consecuencias de la carencia por distorsión sobre el desarrollo de sujetos nacidos de tales familias.
-En la primera infancia: la tasa de mortalidad infantil y de enfermedades físicas es más elevada que la media de la población
-En la edad preescolar y escolar: el niño presenta trastornos del lenguaje, y otros retardos importantes: problemas de elocución, pobreza de vocabulario, dificultades gramaticales y sintácticas.
-En la edad escolar: muchos niños presentan un retraso intelectual y trastornos de aprendizaje: el CI se sitúa, a menudo, en un nivel de inteligencia limite o de debilidad ligera (CI entre 55 y 85) el niño tiene frecuentes fracasos escolares.
-En la edad escolar y adolescencia: el sujeto presenta trastornos del comportamiento, actitudes de inhibición, de retraimiento, actitudes de oposición y de hostilidad
-En la adolescencia: los comportamientos antisociales y los actos impulsivos son frecuentes; en cambio los trastornos psicóticos o las organizaciones neuróticos son raras; el paso al acto es la única expresión posible de oposición a la verbalización y a la mentalización; estos síntomas del estado limite se pueden observar.
-En la edad adulta: la marginalidad, la dificultad adaptativa, la inestabilidad en las relaciones personales, los conflictos conyugales y la pobreza de la competencia parental son los aspectos más significativos; el cuadro clínico expone con claridad el estado limite.

CARACTERÍSTICAS DE LA CARENCIA POR DISTORSIÓN
Las situaciones de carencia por distorsión presentan diferentes características.
1) El niño que crece en una familia con problemas, no es nunca investido por los demás como objeto distinto, pero es, a menudo, la proyección narcisista de los padres; sirve de soporte afectivo a los padres que lo necesitan para definirse como individuos. El niño responde a las necesidades cambiantes y pasajeras de los padres: tanto es reabsorbido y apropiado, como dejado y abandonado. El no pude desarrollar, pues, una autoestima, un sentimiento de validación personal. Cuando el niño se convierta en adulto tendrá una capacidad parental limitada porque no habrá interiorizado una imagen parental valida, ya que nunca ha sido hijo.
2) El niño vive en un universo sin puntos de referencia precisos ni estables; el sentido de las cosas es fluctuante, vago, incoherente. Como el niño no ha sido un objeto de deseo significativo para los demás, los acontecimientos no tienen una significación continua. Los términos opuestos tales como amor/odio, presencia/ausencia, falta/satisfacción se confunden (clivaje): los adultos se quieren y se pelean, día a día, sin razón aparente. Los puntos de referencia fallan y la función psíquica, sobretodo se afecta la capacidad de simbolización.
3) Los niños y los adolescentes muestran , a menudo, un funcionamiento que en algunos aspectos recuerda al del niño limite (Bergeret, Kernberg). El fallo en el investimiento narcisista está escondido por una adaptación aparente, un aparente conformismo social (personalidad "as if"; anonimato: ser como todo el mundo), produciéndose el paso al acto agresivo o depresión (trastornos del comportamiento, delincuencia, violencia verbal, amenazas suicidas). La personalidad del niño carencial no se estructura realmente en la línea neurótica o psicótica, pero la vida interior es pobre, las relaciones interpersonales son superficiales; los procesos
mentales están mal organizados, mal definidos.

FACTORES PARENTALES
El concepto de carencia afectiva debe contemplar complementariamente la competencia o la capacidad parental. La literatura define la parentalidad a partir de una serie de componentes que pueden ser evaluados para saber si los padres son más o menos aptos para responder a los cuidados del niño.
1) Los cuidados directos: suministrar al niño los aportes necesarios en cuanto a alimentación, hábitat, vestido, higiene corporal y salud física.
2) La protección: vigilar y proteger al niño de las heridas, accidentes y peligros del mundo exterior en el ámbito físico y social.
3) La estimulación: facilitar al niño la vigencia de experiencias y de aprendizajes; juegos y libros, contactos sociales, salidas, etc.
4) La empatía: comprender las necesidades propias del niño y de su universo afectivo; estar atento a sus preguntas, demandas.
5) La autoridad: dar al niño unas normas de conducta propias de la realidad y sociedad en la que está inmerso.
6) El afecto: manifestar a través de palabras y gestos el afecto al niño, interesándose por lo que le ocurre y compartiendo las actividades y el tiempo con él.
7) La aceptación: aceptarlo tal cual es, como un ser inmaduro y en desarrollo; ser tolerante con sus comportamientos infantiles.
8) La valorización: dejar al niño realizar sus adquisiciones y progresos; destacar y apoyar sus éxitos.

CUADRO CLÍNICO
La carencia afectiva conlleva una serie de síntomas que aparecen durante la infancia y pueden mantenerse en la edad adulta si no hay una intervención terapéutica. Guex (1973) y Lamay (1979) dieron una descripción detallada de esta patología diferenciando los síntomas afectivos, somáticos y cognitivos.
1) Síntomas afectivos: la relación con los demás está alterada
a) Angustia de separación o por abandono: el niño con carencia afectiva teme que los otros le retiren su afecto; tiene la impresión de que le falta algo fundamental, indefinible: no quiere establecer lazos afectivos por temor a perder de nuevo el objeto de amor; él es sensible a cualquier situación susceptible de abandono. El sujeto toma medidas de protección ante el abandono, ya sea sometiéndose al otro (evita cualquier desacuerdo o reafirmación de sí mismo), ya sea rehusando el afecto o separándose prematuramente (el abandona para no ser abandonado, el destruye para no ser destruido)
b) Avidez afectiva: el niño carencial exige sin límites: el no estima plenamente, pero reivindica constantemente, incluso tiraniza; exige no solo ser entendido sino también adivinado; duda de las intenciones de los demás y entiende siempre los hechos de manera ambigua; exige pruebas tangibles de afecto (regalos, gestos, palabras, etc.). No puede creer en el afecto de alguien que no lo manifieste constantemente: no se lo cree, no perdona la espera, la ausencia. Todo tiene un
sentido, no existe el azar; no concibe que el otro pueda existir fuera de la relación con él: siempre siente una falta, un vacío importante.
c) Agresividad reactiva: la avidez afectiva es tan masiva, el temor a la pérdida del objeto amoroso es tan intenso que todo se presta a la reivindicación que todo le parece una amenaza de frustración. El sujeto hace pagar a los demás sus sufrimientos pasados (reales o imaginarios) de mil maneras. Somete constantemente a prueba el afecto de los demás: lo rechaza esperando que el insistirá, actitudes de dureza, palabras o gestos hirientes para saber hasta qué punto es estimado. La carencia afectiva somete a prueba hasta provocar la ruptura.
d) Actitud pasiva: el niño carencial se deja querer (como un niño por su madre), pero él no quiere; él es incapaz de darse. Se ha quedado en el estadio receptivo y captativo que recuerda la pasividad afectiva; es egocéntrico y quiere ser querido; es pasivo y dependiente, esperando recibir de los demás.
e) Sentimientos de desvalorización o baja autoestima: el niño carencial niega su valía, se considera como un fracasado, se destruye psíquicamente, se desprecia a sí mismo; se complace en el masoquismo de considerarse desgraciado, es una forma de culpabilizar a la madre o padre de su falta de afecto. Su autoestima es baja: el niño duda de si mismo en cuanto a despertar afecto o simpatía (nadie me quiere; no soy amable, lo que me ocurra no le preocupa a nadie), por lo que tiene una importante inseguridad: sentimiento obsesivo de exclusión, de no estar en
ningún lugar, de molestar o estar de más a mas.
f) Intolerancia a las frustraciones: Las prohibiciones o las privaciones impuestas por los demás son vividas como agresiones, injusticias. El niño carencial tiene dificultades para aceptar que en la realidad hay límites. Ciertas frustraciones son particularmente mal toleradas, tales como la ausencia temporal del ser amado, la privación de un plato deseado o el rechazo de permisos o libertades; el sujeto establece una equivalencia entre la persona amada, la comida y los regalos, a partir de su relación oral. Las prohibiciones son intolerables ya que son vividas como algo
pasajero en un universo globalmente gratificante, pero que atenta a la integridad del
sujeto, como signo evidente de ser rechazado.

Lemay (1979) resume los principales rasgos caracterológicos de la carencia afectiva: angustia de separación o abandono, deseo de relación exclusiva, intolerancia a toda situación que recuerde el abandono, nostalgia de una madre total, sentimientos de pérdida y falta, temor al afecto y a su pérdida.
2) Síntomas somáticos: diversos trastornos somáticos pueden aparecer sobretodo en el cuadro de carencia afectiva severa.
a) Retardo estato-ponderal: el niño carencial puede presentar, sobretodo en el caso de una importante hipo estimulación afectiva, un retardo en el crecimiento físico que lo sitúa significativamente por debajo de la media de su edad. El sentimiento de abandono y tristeza explica que el niño tenga menor interés por la comida y que esté insuficientemente alimentado, no sintiéndose investido afectivamente por los padres nutridores. El retardo estato-ponderal no se explica solo por una carencia alimentaria sino por la pobreza afectiva en la relación durante la alimentación.
b) Propensión a enfermedades y accidentes: el niño carencial puede presentar menores resistencias a las infecciones dado que los mecanismos de defensa inmunológicos están menos desarrollados debido a la débil pulsión de vida. Por ello, el sentimiento de responsabilidad hacia su cuerpo no está muy desarrollado, es más negligente y puede, pues, contraer más fácilmente ciertas enfermedades o ser víctima de pequeños accidentes.
c) Alteración del esquema corporal : la integración de las diversas sensaciones corporales (cenestésicas) son defectuosas en general; la carencia afectiva no permite desarrollar una imagen corporal armónicamente organizada, integrada; se observan principalmente dificultades de la coordinación motora (por ejemplo en los deportes), una torpeza motriz global, síntomas de hiperactividad. La integración sensorio-motriz es insuficiente dado que el cuerpo no está investido en el estadio narcisista.

3) Síntomas cognitivos: las perturbaciones cognitivas aparecen en diferentes áreas.
a) Retardo intelectual: el niño carencial muestra normalmente un retardo intelectual con un CI inferior a la media. Este retardo intelectual es debido a la falta de estimulación socio-cultural durante la primera infancia (antes de los seis años). La inteligencia lenta o limite conlleva normalmente trastornos en el aprendizaje o déficit de rendimiento escolar.
b) Trastornos del lenguaje: el niño carencial muestra normalmente un retardo en el desarrollo del lenguaje, así como trastornos más específicos (trastornos en la articulación, retardo en el inicio de la palabra (del lenguaje)). El sujeto descuida la esfera de la verbalización en beneficio de la esfera de la acción; el vocabulario y la comunicación son pobres. Por ello, la prueba de inteligencia muestra un decalage entre la parte verbal (CIV) en la que demuestran las bajas capacidades de generalización y abstracción, y la parte no verbal (CINV) en la que demuestran un pensamiento concreto y practico suficiente. Las capacidades de mentalización están restringidas, mientras que el paso al acto esta facilitado.
c) Desorientación temporal: el niño carencial difícilmente puede valorar el tiempo de una forma objetiva: considera los momentos agradables como demasiado cortos y los momentos desagradables como muy largos. Por ello, no puede llegar a construir una historia con un pasado y un futuro; tiene dificultades en situar en el tiempo las fechas importantes de su vida, o de acordarse de acontecimientos significativos que lo han marcado; también tiene dificultades en anticiparse al devenir y hacer proyectos realistas.

TRATAMIENTO
Es posible considerar diversas medidas de intervención para ayudar a los niños y adolescentes que viven en situaciones de depravación afectiva o en riesgo de desarrollar una carencia afectiva. La intervención debe de estar adaptada a cada situación especifica y responder a las necesidades del niño o adolescente.
a) Preparación a la separación: si el niño sufre separaciones normales en la vida (vacaciones, hospitalización, separación de los padres), es necesario que los padres adviertan y preparen al niño, y que se mantenga el contacto durante el período de separación (visitas, cartas, contactos telefónicos).
b) Medio sustituto adecuado: si el niño tiene que estar ubicado en un medio institucional (hospital, centro de acogida) por cualquier motivo (enfermedad, hándicap físico, depravación en el ámbito natural), conviene que se ocupe del niño sea asignada a sus cuidados.
c) Ayuda a los padres : cuando los padres viven en unas condiciones familiares y sociales desfavorables pueden perjudicar el desarrollo del niño, conviene darles la ayuda necesaria a estos padres; por ejemplo, arreglar sus dificultades materiales y financieras, aportar consejos sobre cuidados físicos y educación necesarios para el niño, mejorar la alianza familiar y conyugal mediante una psicoterapia.
d) Sustituto familiar: a veces , es necesario recurrir a un sustituto familiar (familia de acogida, hogar comunitario) para asegurar al niño un entorno más adecuado que el medio natural, por ser más estable, más estimulante, más reasegurante, más coherente y acogedor. Interesa que el niño encuentre un clima que responde a sus necesidades afectivas (por ejemplo, la edad de las parejas, las posibilidades de estimulación) y que puedan, a ser posible, mantener contacto con sus padres y hermanos. Si las condiciones del medio natural mejoran, es necesario prevenir y
preparar el retorno próximo con los padres.
e) Ayuda escolar : la escuela puede ayudar al niño que presenta estas dificultades ofreciéndole un soporte en la adquisición de los aprendizajes escolares, en el desarrollo de la coordinación motora o mejorando la socialización. El medio escolar puede compensar o al menos disminuir, las lagunas del medio familiar aportando posibilidades de estimulación socio-culturales.
f) Recursos comunitarios : hay que pensar en un plan de prevención, a desarrollar por los recursos comunitarios para mejorar la calidad de vida de algunos barrios: cursos populares para los padres (sobre la educación de los niños, sobre las relaciones de pareja), actividades deportivas y culturales para los niños y adolescentes (colonias, casas de vacaciones), sistemas de ayuda (servicio de guardería, cooperativas). La mejora de las condiciones de vida en el plano social tendrá un efecto positivo en la calidad de las relaciones interpersonales y familiares.
g) Ubicación en centro de acogida : cuando un niño o adolescente presenta trastornos del comportamiento importantes o actos delictivos en base a una carencia afectiva, el recurso en un emplazamiento de medio institucional se torna necesario. El centro de acogida puede ser para el niño o adolescente un medio favorable para el desarrollo psico-afectivo gracias a la estabilidad del personal y a las actividades estimulativas, y también favorable a la mentalización y a la
socialización gracias al control de la acción? y a las relaciones personales.
H) Psicoterapia : el desarrollo de un espacio psicoterapéutico (en clínica externa o en institución) puede permitir al niño o adolescente vivir una relación estable donde puede expresar sus necesidades afectivas y sus temores al abandono, desarrollar un sentimiento de seguridad personal y de valoración. Técnicas terapéuticas: psicoterapia de juego, psicodrama, psicoterapia verbal, etc. según el paciente.

Bielsa. Fuente: http://www.familianova-schola.com/files/carencia_afectiva_0.pdf

domingo, 7 de agosto de 2011

Las experiencias tempranas

Hospitalismo, marasmo y depresión anaclítica: René Spitz

Al.: Hospitalismus. Fr.: hospitalisme. Ing.: hospitalism. It.: ospedalismo. Por.: hospitalismo. Término utilizado desde los trabajos de René Spitz para designar el conjunto de las perturbaciones somáticas y psíquicas provocadas en los niños (durante los 18 primeros meses de la vida) por la permanencia prolongada en una institución hospitalaria, donde se encuentran completamente privados de su madre. Remitimos al lector a los trabajos especializados sobre la materia, y de un modo particular a los de Spitz, que son los más representativos. Éstos se basan en numerosas y detenidas observaciones, así como en la comparación de diversos grupos de niños (niños criados en orfelinato, en guardería con presencia parcial de la madre, por su madre, etcétera). Es precisamente en los niños criados en ausencia completa de su madre, en una institución donde los cuidados les son administrados en forma anónima, sin que pueda establecerse un lazo afectivo, cuando se constatan los graves trastornos que Spitz agrupó bajo el nombre de hospitalismo: retardo del desarrollo corporal, de la habilidad manual, de la adaptación al medio ambiente, del lenguaje; disminución de la resistencia a las enfermedades; en los casos más graves, marasmo y muerte. Los efectos del hospitalismo tienen consecuencias duraderas o incluso irreversibles. Spitz, después de haber descrito el hospitalismo, intentó situarlo en el conjunto de las perturbaciones provocadas por un trastorno de las relaciones madre-hijo; lo define por una carencia afectiva total diferenciándolo así de la depresión anaclítica; ésta es consecutiva a una privación afectiva parcial en un niño que hasta entonces había disfrutado de una relación normal con su madre, y puede desaparecer al volver a encontrar a la madre.

martes, 10 de mayo de 2011

Séraphine de Senlis


"Seraphine": Narra la vida, fuera de lo común, de la francesa Séraphine de Senlis, una mujer nacida en 1864 que fue pastora, luego ama de casa y, finalmente, pintora antes de hundirse en la locura. Comienzos de siglo XX. Séraphine Louis, de 42 años, vive en Senlis y se gana la vida limpiando casas. El poco tiempo que le sobra lo ocupa pintando. Es la mujer de la limpieza de la Sra. Duphot, que alquila un piso a Wilhelm Uhde, un marchante alemán fascinado por los pintores modernos e ingenuos. Durante una cena ofrecida por la Sra. Duphot, Wilhelm Uhde descubre un pequeño cuadro que había traído Séraphine unos días antes. Fascinado, lo compra y convence a Séraphine para que le enseñe otras obras suyas. 2008: 7 Premios César, incluyendo mejor película y mejor actriz (Yolande Moreau) (por Peliculon.es)

miércoles, 9 de marzo de 2011

Smile or Die: How Positive Thinking Fooled America and the World by Barbara Ehrenreich

Jenni Murray salutes a long-overdue demolition of the suggestion that positive thinking is the answer to all our problems

Jenni Murray
The Observer, Sunday 10 January 2010

Every so often a book appears that so chimes with your own thinking, yet flies so spectacularly in the face of fashionable philosophy, that it comes as a profoundly reassuring relief. After reading Barbara Ehrenreich's Smile or Die: How Positive Thinking Fooled America and the World, I feel as if I can wallow in grief, gloom, disappointment or whatever negative emotion comes naturally without worrying that I've become that frightful stereotype, the curmudgeonly, grumpy old woman. Instead, I can be merely human: someone who doesn't have to convince herself that every rejection or disaster is a golden opportunity to "move on" in an upbeat manner.

Ehrenreich came to her critique of the multi-billion-dollar positive-thinking industry – a swamp of books, DVDs, life coaches, executive coaches and motivational speakers – in similar misery-making circumstances to those I experienced. She was diagnosed with breast cancer and, like me, found herself increasingly disturbed by the martial parlance and "pink" culture that has come to surround the disease. My response when confronted with the "positive attitude will help you battle and survive this experience" brigade was to rail against the use of militaristic vocabulary and ask how miserable the optimism of the "survivor" would make the poor woman who was dying from her breast cancer. It seemed to me that an "invasion" of cancer cells was a pure lottery. No one knows the cause. As Ehrenreich says: "I had no known risk factors, there was no breast cancer in the family, I'd had my babies relatively young and nursed them both. I ate right, drank sparingly, worked out, and, besides, my breasts were so small that I figured a lump or two would improve my figure." (Mercifully, she hasn't lost her sense of humour.)

I had long suspected that improved survival rates for women who had breast cancer had absolutely nothing to do with the "power" of positive thinking. For women diagnosed between 2001 and 2006, 82% were expected to survive for five years, compared with only 52% diagnosed 30 years earlier. The figures can be directly related to improved detection, better surgical techniques, a greater understanding of the different types of breast cancer and the development of targeted treatments. Ehrenreich presents the evidence of numerous studies demonstrating that positive thinking has no effect on survival rates and she provides the sad testimonies of women who have been devastated by what one researcher has called "an additional burden to an already devastated patient".

Pity, for example, the woman who wrote to the mind/body medical guru Deepak Chopra: "Even though I follow the treatments, have come a long way in unburdening myself of toxic feelings, have forgiven everyone, changed my lifestyle to include meditation, prayer, proper diet, exercise and supplements, the cancer keeps coming back. Am I missing a lesson here that it keeps re-occurring? I am positive I am going to beat it, yet it does get harder with each diagnosis to keep a positive attitude."

As Ehrenreich goes on to explain, exhortations to think positively – to see the glass as half-full even when it lies shattered on the floor – are not restricted to the pink-ribbon culture of breast cancer. She roots America's susceptibility to the philosophy of positive thinking in the country's Calvinist past and demonstrates how, in its early days, a puritanical "demand for perpetual effort and self-examination to the point of self-loathing" terrified small children and reduced "formerly healthy adults to a condition of morbid withdrawal, usually marked by physical maladies as well as inner terror".

It was only in the early 19th century that the clouds of Calvinist gloom began to break and a new movement began to grow that would take as fervent a hold as the old one had. It was the joining of two thinkers, Phineas Parkhurst Quimby and Mary Baker Eddy, in the 1860s that brought about the formalisation of a post-Calvinist world-view, known as the New Thought Movement. A new type of God was envisaged who was no longer hostile and indifferent, but an all-powerful spirit whom humans had merely to access to take control of the physical world.

Middle-class women found this new style of thinking, which came to be known as the "laws of attraction", particularly beneficial. They had spent their days shut out from any role other than reclining on a chaise longue, denied any opportunity to strive in the world, but the New Thought approach and its "talking therapy" developed by Quimby opened up exciting new possibilities. Mary Baker Eddy, a beneficiary of the cure, went on to found Christian Science. Ehrenreich notes that although this new style of positive thinking did apparently help invalidism or neurasthenia, it had no effect whatsoever on diseases such as diphtheria, scarlet fever, typhus, tuberculosis and cholera – just as, today, it will not cure cancer.

Thus it was that positive thinking, the assumption that one only has to think a thing or desire it to make it happen, began its rapid rise to influence. Today, as Ehrenreich shows, it has a massive impact on business, religion and the world's economy. She describes visits to motivational speaker conferences where workers who have recently been made redundant and forced to join the short-term contract culture are taught that a "good team player" is by definition "a positive person" who "smiles frequently, does not complain, is not overly critical and gratefully submits to whatever the boss demands". These are people who have less and less power to chart their own futures, but who are given, thanks to positive thinking, "a world-view – a belief system, almost a religion – that claimed they were, in fact, infinitely powerful, if only they could master their own minds."

And none was more susceptible to the lure of this philosophy than those self-styled "masters of the universe", the Wall Street bankers. Those of us raised to believe that saving up, having a deposit and living within one's means were the way to proceed and who wondered how on earth the credit crunch and the subprime disasters could have happened need look no further than the culture that argued that positive thinking would enable anyone to realise their desires. (Or as one of Ehrenreich's chapter headings has it, "God wants you to be rich".)

Ehrenreich's work explains where the cult of individualism began and what a devastating impact it has had on the need for collective responsibility. We must, she says, shake off our capacity for self-absorption and take action against the threats that face us, whether climate change, conflict, feeding the hungry, funding scientific inquiry or education that fosters critical thinking. She is anxious to emphasise that she does "not write in a spirit of sourness or personal disappointment, nor do I have any romantic attachment to suffering as a source of insight or virtue. On the contrary, I would like to see more smiles, more laughter, more hugs, more happiness… and the first step is to recover from the mass delusion that is positive thinking". Her book, it seems to me, is a call for the return of common sense and, I'm afraid, in what purports to be a work of criticism, I can find only positive things to say about it. Damn!

Fuente: Guardian
Versión en castellano: Blog del Centro Enrique Eskenazi

domingo, 13 de febrero de 2011

La evolución de la infancia


Fuente original:

The evolution of childhood" (Chapter 1)
(The Psychohistory Press, Ney York, 1974)
www.psychohistory.com



Oís llorar a los niños
Oh, hermanos míos...
The cry of the children (Elizabeth Barrett Browning)


La historia de la infancia es una pesadilla de la que hemos empezado a despertar hace muy poco. Cuanto más se retrocede en el pasado, más bajo es el nivel de la puericultura y más expuestos están los niños a la muerte violenta, el abandono, los golpes, el terror y los abusos sexuales. Nos proponemos aquí recuperar cuanto podamos de la historia de la infancia a partir de los testimonios que han llegado hasta nosotros.

Si los historiadores no han reparado hasta ahora en estos hechos es porque durante mucho tiempo se ha considerado que la historia seria debía estudiar los acontecimientos públicos, no privados. Los historiadores se han centrado tanto en el ruidoso escenario de la historia, con sus fantásticos castillos y sus grandes batallas, que por lo general no han prestado atención a lo que sucedía en los hogares y en el patio de recreo. Y mientras los historiadores suelen buscar en las batallas de ayer las causas de las de hoy, nosotros en cambio nos preguntamos cómo crea cada generación de padres e hijos los problemas que después se plantean en la vida pública.

A primera vista esta falta de interés por la vida de los niños resulta extraña. Los historiadores se han dedicado tradicionalmente a explicar la continuidad y el cambio en el transcurso del tiempo, y desde Platón se ha sabido que la infancia es una de las claves para ello. No se puede decir que fuese Freud quien descubrió la importancia de las relaciones padre-hijo para el cambio social; la frase de san Agustín, “Dadme otras madres y os daré otro mundo”, ha sido repetida por grandes pensadores durante quince siglos sin influir en la historiografía. Por supuesto, a partir de Freud nuestra visión de la infancia ha adquirido una nueva dimensión, y en los últimos cincuenta años el estudio de la infancia ha sido habitual para el psicólogo, el sociólogo y el antropólogo. Sólo está empezando a serlo para el historiador. Esta deliberada evitación exige una explicación.

Los historiadores atribuyen a la escasez de fuentes la falta de estudios serios sobre la infancia. Peter Laslett se pregunta por qué las “masas y masas de niños pequeños están extrañamente ausentes de los testimonios escritos... Hay algo misterioso en el silencio de esas multitudes de niños en brazos, de niños que empiezan a andar y de adolescentes en los relatos que los hombres escribían en la época sobre su propia experiencia... No podemos saber si los padres ayudaban a cuidar a los niños... Nada se sabe aún de lo que los psicólogos llaman control de esfínteres... En realidad, hay que hacer un esfuerzo mental para recordar continuamente que los niños estaban siempre presentes en gran número en el mundo tradicional; casi la mitad de la comunidad viviendo en una situación de semisupresión”. [1] Como señala James Bossard, sociólogo de la familia: “Por desgracia, la historia de la infancia no se ha escrito nunca, y es dudoso que se pueda escribir algún día, debido a la escasez de datos históricos acerca de la infancia”. [2]

Esta convicción es tan firme entre los historiadores que no es de extrañar que el presente libro se iniciara no en la esfera de la historia, sino en la del psicoanálisis aplicado. Hace cinco años yo estaba escribiendo un libro sobre una teoría psicoanalítica del cambio histórico y, al examinar los resultados de medio siglo de psicoanálisis aplicado, me pareció que éste no había llegado a ser una ciencia sobre todo porque no había adquirido carácter evolutivo. Dado que la repetición compulsiva, por definición, no puede explicar el cambio histórico, todos los intentos realizados por Freud, Roheim, Kardiner y otros autores para desarrollar una teoría del cambio acabaron en una estéril polémica del huevo o la gallina sobre si la educación de los niños depende de los rasgos culturales o a la inversa. Se demostró una y otra vez que las prácticas de crianza de los niños son la base de la personalidad adulta; el origen de las mismas sumió en la perplejidad a todos los psicoanalistas que se plantearon la cuestión. [3]

En una comunicación presentada en 1968 a la Association for Applied Psychoanalysis (Asociación de Psicoanálisis Aplicado) esbocé una teoría evolutiva del cambio histórico en las relaciones paternofiliales y propuse que, puesto que los historiadores no habían abordado todavía la tarea de escribir la historia de la infancia, la Asociación patrocinara la labor de un grupo de historiadores que estudiara las fuentes para descubrir las principales etapas de la crianza de los niños en Occidente desde la Antigüedad. Este libro es el resultado de ese proyecto.

La “teoría psicogénica de la historia” esbozada en mi propuesta de proyecto comenzaba con una teoría general del cambio histórico. Su postulado era que la fuerza central del cambio histórico no es la tecnología ni la economía, sino los cambios “psicogénicos” de la personalidad resultantes de interacciones de padres e hijos en sucesivas generaciones. Esta teoría entrañaba varias hipótesis, sujetas cada una de ellas a confirmación o refutación con arreglo a los datos históricos empíricos:

  1. La evolución de las relaciones paternofiliales constituye una causa independiente del cambio histórico. El origen de esta evolución se halla en la capacidad de sucesivas generaciones de padres para regresar a la edad psíquica de sus hijos y pasar por las ansiedades de esa edad en mejores condiciones esta segunda vez que en su propia infancia. Este proceso es similar al del psicoanálisis, que implica también un regreso y una segunda oportunidad de afrontar las ansiedades de la infancia.
  2. Esta presión generacional” a favor del cambio psíquico no sólo es espontánea, originándose en la necesidad del adulto de regresar y en el esfuerzo del niño por establecer relaciones, sino que además se produce independientemente del cambio social y tecnológico. Por lo tanto, puede darse incluso en periodos de estancamiento social y tecnológico.
  3. La historia de la infancia es una serie de aproximaciones entre adulto y niño en la que cada acortamiento de la distancia psíquica provoca nueva ansiedad. La reducción de esta ansiedad del adulto es la fuente principal de las prácticas de crianza de los niños de cada época.
  4. El complemento de la hipótesis de que la historia supone una mejora general de la puericultura es que cuanto más se retrocede en el tiempo menos eficacia muestran los padres en la satisfacción de las necesidades de desarrollo del niño. Esto quiere decir por ejemplo, que si en Estados Unidos hay actualmente menos de un millón de niños maltratados, [4] habría un momento histórico en que la mayoría de los niños eran maltratados, según el significado que hoy damos a este término.
  5. Dado que la estructura psíquica ha de transmitirse siempre de generación en generación a través del estrecho conducto de la infancia, las prácticas de crianza de los niños de una sociedad no son simplemente uno entre otros rasgos culturales. Son la condición misma de la transmisión y desarrollo de todos los demás elementos culturales e imponen límites concretos a lo que se puede lograr en todas las demás esferas de la historia. Para que se mantengan determinados rasgos culturales se han de dar determinadas experiencias infantiles, y una vez que esa experiencia ya no se dan, los rasgos desaparecen.

Ahora bien, es evidente que una teoría psicológica evolutiva tan ambiciosa como ésta no puede someterse a prueba realmente en un solo libro, y en éste nos hemos fijado el objetivo, más modesto, de reconstruir a partir de los datos disponibles la situación de un hijo y de un padre en otras épocas. Los testimonios que pueda haber de la existencia de pautas evolutivas reales de la infancia en el pasado sólo aparecerán cuando expongamos la historia fragmentaria y a menudo confusa que hemos descubierto de la vida de los niños en Occidente durante los últimos 2,000 años.

OBRAS ANTERIORES SOBRE LOS NIÑOS EN LA HISTORIA

Aunque yo creo que éste es el primer libro en que se examina seriamente la historia de la infancia en Occidente, es innegable que los historiadores vienen escribiendo desde hace algún tiempo sobre los niños en épocas pasadas. [5] Pero, aún así, pienso que el estudio de la historia de la infancia está en sus comienzos, pues la mayor parte de esas obras dan una visión deformada de los hechos de la infancia en los periodos que abarcan. Los biógrafos oficiales son los peores enemigos; la infancia resulta generalmente idealizada y son muy pocos los biógrafos que dan información útil acerca de los primeros años de la vida del personaje de que se trate. Los sociólogos de la historia se las arreglan para formular teorías explicativas de los cambios en la infancia sin molestarse jamás en estudiar una sola familia, del pasado o del presente. [6] Los historiadores de la literatura, tomando los libros por la vida, pintan un cuadro novelesco de la infancia, como si se pudiera saber lo que realmente ocurría en el hogar norteamericano leyendo Tom Sawyer. [7]

Pero es el historiador de la sociedad, cuya tarea consiste en desentrañar la realidad de las condiciones sociales de otras épocas, el que más enérgicamente se defiende contra los hechos que pone de manifiesto. [8] Cuando un historiador de la sociedad comprueba la existencia del infanticidio generalizado lo declara “admirable y humano”. [9] Cuando otro habla de las madres que pegaban sistemáticamente con palos a sus hijos cuando aún estaban en la cuna, comenta, sin prueba alguna, que “si su disciplina era dura, también era regular y justa y estaba informada por la bondad”. [10] Cuando un tercero se tropieza con madres que metían a sus hijos en agua helada cada mañana para “fortalecerlos”, práctica que ocasionaba la muerte de los niños, dice que “su crueldad no era intencional” sino que simplemente “habían leído a Rousseau y a Locke”. [11] Al historiador de la sociedad todas las prácticas de otras épocas le parecen buenas. Cuando Laslett comprueba que había padres que enviaban normalmente a sus hijos, a la edad de siete años, a otras casas para servir en ellas como criados, tomando a su vez otros sirvientes-niños, dice que en realidad lo que les movía era el afecto, pues ello “indica que quizá los padres no quisieran someter a sus propios hijos a la disciplina del trabajo en el hogar”. [12] Tras reconocer que la costumbre de azotar a los niños con diversos instrumentos “en la escuela y en el hogar parece haber sido tan común en el siglo XVII como lo fue posteriormente” William Sloan se siente obligado a añadir que “los niños, entonces como después, a veces merecen ser azotados”. [13] Cuando Philippe Ariès acumulaba tantos testimonios de abusos sexuales manifiestos cometidos con los niños que admite que “jugar con los genitales de los niños formaba parte de una tradición generalizada”, [14] pasa a describir una escena “tradicional”, en un tren, en la que un extraño se lanza sobre un niño “hurgando brutalmente con la mano dentro de la bragueta del niño” mientras el padre sonríe, y termina diciendo: “Se trataba únicamente de un juego cuyo carácter escabroso debemos cuidar de no exagerar”. [15] Hay masas de datos ocultos, deformados, suavizados u olvidados. Se resta importancia a los primeros años del niño, se estudia interminablemente el contenido formal de la educación y se elude el contenido emocional haciendo hincapié en la legislación sobre los niños y dejando a un lado el hogar. Y si, por naturaleza del libro, es imposible pasar por alto hechos desagradables que aparecen por todas partes, se inventa la teoría de que “los padres buenos no dejan huellas en los testimonios escritos”. Cuando, por ejemplo, Alan Valentine examina 600 años de cartas de padres a hijos y entre 126 padres no puede hallar uno solo que no sea insensible, moralista y absolutamente egocéntrico, llega a la siguiente conclusión:

“Sin duda, un número infinito de padres habrán escrito a sus hijos cartas que nos alentarían y conmoverán si pudiéramos encontrarlas. Los padres más felices no dejan historia, y son los hombres que no se comportan demasiado bien con sus hijos los que suelen escribir las desconsoladoras cartas que han llegado hasta nosotros”. [16] De igual modo, Anna Burr, que ha estudiado 250 autobiografías, señala que no hay recuerdos felices de la infancia, pero evita cuidadosamente extraer conclusiones. [17]

De todos los libros sobre la infancia en otras épocas, el mejor conocido es quizá el de Philippe Ariès, Centuries of Childbood (Siglos de infancia). Un historiador ha señalado la frecuencia con que es “citado como las Sagradas Escrituras”. [18] La tesis central de Ariès es la opuesta a la mía: él sostiene que el niño tradicional era feliz porque podía mezclarse libremente con personas de diversas clases y edades y que en los comienzos de la época moderna se “inventó” un estado especial llamado infancia que dio origen a una concepción tiránica de la familia que destruyó la amistad y sociabilidad y privó a los niños de libertad, imponiéndoles por vez primera la férula y la celda carcelaria.

Para demostrar esta tesis Ariès utiliza dos argumentos principales. Dice primero que en la Alta Edad Media no existía el concepto de infancia. “El arte medieval anterior al siglo XII desconocía la infancia o no intentaba representarla” porque los artistas eran “incapaces de pintar un niño salvo como hombre en menor escala”. [19] Esto supone no sólo dejar en el limbo el arte de la Antigüedad sino hacer caso omiso de abundantes pruebas de que los artistas medievales sabían ciertamente pintar niños con realismo. [20] El argumento etimológico que emplea Ariès para demostrar el desconocimiento del concepto de infancia en cuanto tal es igualmente insostenible. [21] En todo caso, la idea de la invención de la infancia es tan confusa que resulta extraño que la hayan recogido últimamente tantos historiadores. [22] El segundo argumento de Ariès a saber, que la familia moderna limita la libertad del niño y aumenta la severidad de los castigos, está en contradicción con todos los datos.

Mucho más fiables que el de Ariès son cuatro libros, de los cuales sólo uno ha sido escrito por un historiador profesional: The Child in Human Progress (El niño en el progreso de la humanidad) de George Payne, The Angel Makers (Los creadores de ángeles) de G. Rattray Taylor, Parents and Children in History (Padres e hijos en la historia) de David Hunt, y The Emotionally Disturbed Child: Then and Now (El niño con problemas afectivos, entonces y ahora) de Louise Despert. Payne, cuyo libro, publicado en 1916, fue el primero que estudió la frecuencia del infanticidio y de la brutalidad con respecto a los niños en la historia, en particular en la Antigüedad. El libro de Taylor, muy documentado, es una interpretación psicoanalítica compleja del tema de la infancia y la personalidad en la Inglaterra del siglo XVII. Hunt, al igual que Ariès, se centró fundamentalmente en ese documento del siglo XVII, único en su género, que es el diario de Héroard sobre la infancia de Luis XIII, pero lo hace con gran sensibilidad psicológica y con conciencia de las implicaciones psicohistóricas de sus conclusiones. Y Despert compara, desde el punto de vista psiquiátrico, los malos tratos infligidos a los niños en el pasado y en el presente, estudiando la gama de actitudes emocionales hacia los niños desde la Antigüedad, y expresa su creciente horror a medida que va descubriendo pruebas de una implacable “crueldad y dureza de corazón”. [23]

Sin embargo, pese a estos cuatro libros, la cuestiones fundamentales de la historia comparada de la infancia no se han planteado todavía, y mucho menos resuelto. En las dos secciones siguientes de este capítulo examinaré algunos de los principios psicológicos que se aplicaban a las relaciones adulto-niño en el pasado. Los ejemplos que utilizo, aunque no dejan de ser típicos de la vida del niño en otros tiempos, no están tomados por igual de todas las épocas, sino elegidos como manifestaciones más claras de los principios psicológicos descritos. Será en las tres secciones ulteriores, en las que ofreceré una visión general de la historia del infanticidio, el abandono, enviar niños a amas de cría, la envoltura de bebés con fajas, las palizas y los abusos sexuales, donde empezaré a examinar hasta qué punto estaban generalizadas tales prácticas en cada periodo.

PRINCIPIOS PSICOLÓGICOS DE LA HISTORIA DE LA INFANCIA:
REACCIONES PROYECTIVAS Y DE INVERSIÓN

Al estudiar la infancia a través de muchas generaciones, es de suma importancia centrarse en los momentos que más influyen en la psique de la siguiente generación. Esto significa, ante todo, lo que sucede cuando un adulto se halla ante un niño que necesita algo. El adulto dispone, a mi juicio, de tres reacciones: (1) Puede utilizar al niño como vehículo para la proyección de los contenidos de su propio inconsciente: reacción proyectiva; (2) puede utilizar al niño como sustituto de una figura adulta importante en su propia infancia: reacción de inversión; o (3) puede experimentar empatía respecto a las necesidades del niño y actuar para satisfacerlas: reacción empática.

La reacción proyectiva es bien conocida por los psicoanalistas, que le aplican términos que van desde “proyección” a “identificación proyectiva”: una forma más concreta e incisiva de descargar sentimientos en otros. El psicoanalista, por ejemplo, está muy acostumbrado a que se le utilice como “recipiente” [24] de las proyecciones masivas del paciente. Este ser usados como vehículos de proyecciones era lo que les solía ocurrir a los niños en otras épocas.

De igual modo, la reacción de inversión es conocida por quienes han estudiado a los padres que pegan a sus hijos. [25] Los hijos existen únicamente para satisfacer las necesidades de los padres, y es casi siempre el hecho de que el niño-como-padre no demuestre cariño lo que provoca la paliza. Con palabras de una madre que pegaba a sus hijos: “Nunca me he sentido amada en toda mi vida. Cuando el niño nació pensé que me querría. Cuando lloraba, su llanto indicaba que no me quería. Por eso le pegaba”.

La tercera expresión, reacción empática, se emplea aquí en un sentido más restringido que el que tiene en el diccionario. Es la capacidad del adulto para situarse en el nivel de la necesidad de un niño e identificarla correctamente sin mezclar las proyecciones propias del adulto. Este ha de ser capaz de mantenerse a distancia suficiente de la necesidad para poder satisfacerla. Es una capacidad idéntica al uso del inconsciente del psicoanalista llamado “atención flotante” o, como lo llama Theodor Reik, “el tercer oído”. [26]

Las reacciones proyectiva y de inversión se daban a veces simultáneamente en los padres, produciendo un efecto que yo denomino “doble imagen”: se veía al niño como un ser lleno de los deseos, hostilidades y pensamientos sexuales proyectados del adulto y al mismo tiempo como figura del padre o de la madre, esto es, malo y bueno a la vez. Además cuanto más se retrocede en la historia, más “concreción” o reificación se halla en estas reacciones proyectivas y de inversión, lo que origina actitudes cada vez más extrañas hacia los niños, semejantes a las de los padres contemporáneos de niños apaleados y esquizofrénicos.

La primera expresión de estos conceptos estrechamente entrelazados que vamos a examinar corresponde a una escena del pasado entre niño y adulto. La escena se desarrolla en el año 1739 y el niño, Nicholas, tiene cuatro años. Se trata de un incidente que él recuerda y que le ha sido confirmado por su madre. Su abuelo, que le ha prestado mucha atención durante los últimos días, decide que tiene que “probarlo” y le dice: “Nicholas, hijo mío, tienes muchos defectos que afligen a tu madre. Ella es mi hija y siempre me ha complacido; obedéceme tú también y corrígelos o te azotaré como se azota a un perro para que aprenda”. Nicholas, furioso ante la traición de “una persona que ha sido tan buena conmigo”, arroja sus juguetes al fuego. El abuelo parece contento.

“Nicholas... Lo dije para probarte. ¿Crees de verdad que un abuelo, que ha sido tan bondadoso contigo ayer y anteayer podría tratarte hoy como a un perro? Yo pensaba que tú eras inteligente...” “No soy un animal como un perro.” “No, pero no eres tan listo como yo creía; de lo contrario habrías comprendido que estaba bromeando. No era más que una broma... Ven acá” Me eché en sus brazos. “Eso no es todo”, continuó él, “quiero que hagas las paces con tu madre; está apenada, profundamente apenada por tu culpa... Nicholas, tu padre te quiere, ¿le quieres tú a él?” “¡Sí abuelo!” “Suponte que estuviera en peligro y que para salvarle fuera necesario que pusieras la mano en el fuego, ¿lo harías? ¡La pondrías... allí, si fuera necesario?” “¡Sí, abuelo!” “¿Y por mí?” “¿Por ti?... Sí, sí” “¿Y por tu madre?” “¿Por mamá? ¡Las dos manos, las dos!” “¡Ya veremos si dices la verdad, pues tu madre está muy necesitada de tu ayuda! Si la quieres, tienes que demostrarlo.” Yo no dije nada, pero pensando en todo lo que se había dicho, me dirigí a la chimenea y, mientras ellos se hacían señas, puse la mano derecha en el fuego. El dolor me arrancó un quejido. [27]

Lo que hace que esta escena sea tan típica de la interacción adulto-niño en otras épocas es la existencia de tantas actitudes contradictorias por parte del adulto sin la menor resolución. El niño es amado y odiado, recompensado y castigado, malo y bueno, todo al mismo tiempo. Huelga decir que esto pone al niño en un “doble enlace” de señales contradictorias (que según Bateson y otros autores son la base de la esquizofrenia). [28] Pero las propias señales contradictorias provienen de los adultos que se esfuerzan en demostrar que el niño es a la vez muy malo (reacción proyectiva) y muy bueno (reacción de inversión). Es función del niño reducir las ansiedades apremiantes del adulto; el niño actúa como defensa del adulto.

Son también las reacciones proyectivas y de inversión las que hacen imposible la culpabilidad en los casos de fuertes palizas tan frecuentes en los testimonios históricos. No es el niño real el objeto de los golpes. Es más bien la proyección del adulto (“¡Mírala, qué ojos pone! ¡Así es como se gana a los hombres, es una perfecta coqueta!, dice una madre de su hija de dos años después de zurrarle). O un producto de la inversión (“Se crece el amo, todo el tiempo tratando de imponerse. ¡Pero le he demostrado quién es el que manda aquí!” dice un padre de su hijo de nueve meses al que le ha roto la cabeza). [29] Muchas veces se puede captar en las fuentes históricas la fusión de golpeador y golpeado, y por consiguiente la falta de sentimiento de culpabilidad. Un padre norteamericano (1830) cuenta como dio azotes a su hijo de cuatro años porque no supo leer algo. El niño es atado, desnudo, en el sótano:

"Con él en ese estado, y yo, mi querida esposa y señora de mi familia, todos acongojados y con el corazón en un puño, empecé a dar azotes... Durante esta tarea sumamente desagradable, sacrificada y enojosa, hice frecuentes interrupciones, mandando y tratando de persuadir, silenciando excusas, respondiendo a objeciones... Sentía toda la fuerza de la autoridad divina y orden expresa como no la he sentido en ninguna circunstancia en toda mi vida... Pero bajo la poderosa influencia del grado de airada pasión y obstinación que mi hijo había manifestado no es extraño que él pensara que “había de ganarme la partida”, débil y trémulo como yo estaba, y sabiendo como sabía él que pegarle me hacía sufrir. En aquellos momentos no podía compadecerse de mí ni de sí mismo”. [30]

Es este cuadro que refleja la fusión de padre e hijo, en la que el padre se queja de que es él el que sufre y merece compasión, el que encontramos cuando nos preguntamos cómo podían estar tan generalizadas las palizas en otros tiempos. Cuando un pedagogo del Renacimiento dice que al pegar al niño hay que decirle que “aplicáis el castigo en contra de vuestro sentir, por imperativos de la conciencia, y requerirle que no os vuelva a causar tanto dolor y esfuerzo; pues si lo hace debe compartir el dolor con vosotros y tener así experiencias y prueba de que es doloroso para ambos”, no es fácil dejar de advertir la fusión y considerar equivocadamente que se trata de hipocresía. [31]

En realidad, el padre ve al niño tan lleno de porciones de sí mismo que incluso los accidentes reales que sufre el niño son considerados como daños para el padre. La hija de Corton Mather, Nanny, cae en el fuego sufriendo graves quemaduras, y el padre exclama: “¡Ay, por mis pecados el justo Dios arroja a mi hija al fuego!” [32] Trata de recordar las malas acciones que haya podido cometer últimamente, pero como cree que es él el castigado no puede sentir culpabilidad con respecto a su hija (por ejemplo, por dejarla sola) ni tomar medidas correctivas. Poco después otras dos hijas sufren también graves quemaduras. Su reacción consiste en predicar un sermón sobre “El uso que los padre deben hacer de los desastres que les ocurren a sus hijos”.

Este asunto de los “accidentes” de los niños no debe tomarse a la ligera pues encierra la clave de las deficiencias del comportamiento de los adultos como padres. Dejando aparte los deseos de muerte, de los que hablaremos más adelante, si ocurrían muchos accidentes era porque a los niños se les dejaba solos muy a menudos. Nibby, la hija de Mather, habría muerto abrasada de no ser por “una persona que pasaba en ese momento por delante de la ventana”, pues no había allí nadie que pudiera oír sus gritos. [33] También es típico este suceso acaecido en Boston en la época colonial:

"Después de cenar, la madre acostó a los dos niños en el cuarto donde ellos mismos dormían y fueron a visitar a un vecino. Cuando regresaron... la madre se acercó a la cama, viendo que su hija menor, una niña de unos cinco años, no estaba allí; y después de mucho buscarla la encontró ahogada en un pozo en el sótano". [34]

El padre atribuye el accidente al hecho de que él había trabajado en un día de fiesta. Lo importante no es únicamente que fuera común hasta el siglo XX la costumbre de dejar solos a los niños. Más importante aún es que los padres no puedan ocuparse de prevenir los accidentes al no haber sentimiento de culpa, dado que consideran que el objeto del castigo son sus propias proyecciones de adultos. Quienes así manejan sus proyecciones no inventan sistemas de seguridad y en muchos casos ni siquiera se cuidan de que sus hijos reciban la más mínima atención. Su proyección, por desgracia, asegura la repetición.

La utilización del niño como “recipiente” para las proyecciones del adulto subyace a la idea del pecado original, y durante ochocientos años los adultos estuvieron generalmente de acuerdo en que, como dice Richard Allestre (1676): “el recién nacido está mancillado y corrompido por el pecado que hereda de nuestros primeros padres a través de nuestra carne”. [35] El bautismo solía incluir el exorcismo del demonio, y la creencia de que el niño que lloraba al ser bautizado dejaba salir de sí al demonio persistió durante mucho tiempo después de la supresión formal del exorcismo en la Reforma. [36] Incluso cuando la religión formal no hacía hincapié en el demonio, estaba allí. He aquí una escena del siglo XIX en la que un judío polaco imparte su enseñanza:

"Los sufrimientos de la pequeña víctima que temblaba y solía administrar los azotes fríamente, despacio, pausadamente... ordenaba al muchacho que se desnudara y se echara en el banco... y empezaba a manejar vigorosamente la correas de cuero... “En toda persona hay un espíritu bueno y un espíritu malo. El espíritu bueno tiene su propia morada, que es la cabeza. También la tiene el espíritu malo, y ahí es donde recibes los azotes”. [37]

El niño estaba tan cargado de proyecciones que muchas veces se exponía a ser considerado un engendro si lloraba demasiado o tenía otras exigencias. Hay una abundante literatura sobre el robo de niños y su sustitución por engendros. [38] Pero no siempre se advierte que no sólo se mataba a los niños deformes considerados suplantadores de los niños normales robados; sino también a los que, como dice san Agustín, “están poseídos por un demonio... sometidos al poder del Diablo... algunos niños mueren en esa situación”. [39] Algunos Padres de la Iglesia declararon que si un niño pequeño simplemente lloraba cometía un pecado. [40] Sprenger y Krämer, en su biblia de la caza de brujas, Malleus Maleficarum (1487), sostienen que esos engendros con que los espíritus sustituyen a los niños robados se reconocen porque “siempre gritan en la forma más lastimera, y aunque se pongan a amamantarlos cuatro o cinco mujeres nunca crecen”. Lutero está de acuerdo: “Es cierto: es frecuente que tomen a los niños recién nacidos y se pongan en su lugar, y son más aborrecibles que diez niños con sus excrementos, su avidez y sus gritos”. [41] Guibert de Nogent, autor del siglo XII, considera santa a su madre porque soporta el llanto de un niño que ha adoptado:

"El niño molestaba tanto a mi padre y a todos sus sirvientes con la intensidad de su llanto y sus gemidos durante la noche —aunque de día era muy bueno, jugando unos ratos y otros durmiendo—, que cualquiera que durmiera en la misma habitación difícilmente podía conciliar el sueño. He oído decir a la niñeras que tomaba mi madre que, noche tras noche, no podían dejar de mover el sonajero del niño, tan malo era, y no por su culpa, sino por el demonio que tenía en su interior y que las artes de una mujer no lograron sacarle. La santa señora padecía fuertes dolores, en medio de sus agudos chillidos, no había ningún remedio que aliviara su dolor de cabeza... Sin embargo, nunca echó de su casa al niño". [42]

La creencia de que los niños estaban a punto de convertirse en seres absolutamente malvados es una de las razones por las que se les ataba o se les empañaba, bien apretados en fajas, por tanto tiempo. Se percibe la idea latente en ese pasaje de Bartholomaeus Anglicus (alrededor de 1230): “Y por su blandura las piernas del niño pueden fácilmente y muy pronto arquearse y curvarse y tomar diversas formas. Y por ello los miembros y piernas de los niños se sujetan con vendas y otras trabas adecuadas a fin de que no se tuerzan ni se deformen”. [43] Se faja al niño por estar lleno de las proyecciones peligrosas y perniciosas de los padres. Las razones dadas para justificar la envoltura en vendas o fajas en otras épocas son las mismas que dan hoy quienes la practican en Europa oriental: Hay que sujetar al niño porque si no se arrancaría las orejas, se sacaría los ojos, se rompería la piernas o se tocaría los genitales. [44] Como veremos enseguida en la sección relativa al fajado y a las restricciones, esto supone en muchos casos ponerle al niño toda clase de fajas y corsés, fijarle tablas de sujeción y cuerda e incluso atarle a sillas para impedir que se arrastre por el suelo “como un animal”.

Ahora bien, si los adultos proyectan todos sus sentimientos inadmisibles en el niño, es evidente que se han de tomar medidas radicales para mantener controlado a este peligroso “niño-recipiente” cuando la bandas y ataduras ya no sirven. Más adelante examinaré diversos métodos de control utilizados por los padres a lo largo de los siglos, pero quiero hablar aquí de uno de esos procedimientos —asustar al niño con los espíritus o fantasmas— para analizar su carácter proyectivo.

Las figuras fantasmales utilizadas para asustar a los niños a lo largo de la historia son legión y los adultos recurrían a ellas sistemáticamente hasta hace muy poco. Los antiguos tenían a Lamia y Striga, quienes, al igual que su prototipo hebreo Lilith, se comían a los niños crudos y que, junto con Mormo, Canida, Poine, Sybaris, Acco, Empusa, Gorgona y Efialtes, fueron “inventados en beneficio de un niño, para que fuera menos imprudente e ingobernable” según Dión Crisóstomo. [45] La mayoría de los antiguos estaban de acuerdo en que era muy conveniente mantener siempre presentes las imágenes de estas brujas ante los niños para hacerles sentir el terror de que por la noche acudieran los espíritus para raptarlos, comérselos, hacerlos pedazos y chuparles la sangre o la médula de los huesos. En la Edad Media, naturalmente pasaron a primer plano las brujas y los demonios, y, de cuando en cuando, aparecía algún judío que cortaba el cuello a los niños, junto con multitud de monstruos y fantasmas “como aquellos con que las niñeras se complacen en aterrorizarlos”. [46] Después de la Reforma, el propio Dios “que te sostiene sobre el abismo del infierno, como se sostiene a una araña o a un insecto repulsivo sobre el fuego”, [47] fue la principal figura utilizada como fantasma para asustar a los niños, y se escribieron opúsculos en lenguaje infantil en los que se describían las torturas que Dios les tenía en el infierno: “El niño está en ese horno al rojo. Escucha cómo grita queriendo salir... Patalea con sus piececitos en el suelo”. [48]

Cuando la religión dejó de ser el foco de atracción de la campaña de terror, se utilizaron figuras más próximas al hogar: el hombre lobo te tragará, Barba Azul te hará picadillo, Boney (Bonaparte) te comerá, el coco o el deshollinador te llevará por la noche. [49] Estas prácticas no empezaron a cuestionarse hasta el siglo XIX. Un padre inglés decía en 1810 que “la costumbre otrora frecuente de aterrorizar a los niños con cuentos de fantasmas es hoy universalmente reprobada, a consecuencia del aumento del buen sentido nacional. Pero para muchas personas que aún viven, el miedo a los seres sobrenaturales o a la oscuridad figuran entre los verdaderos sufrimientos de la infancia”. [50] No obstante, incluso hoy, en muchas aldeas de Europa, los padres siguen amenazando a sus hijos con el loup-garou (hombre lobo), el barbu (el barbudo) o el ramoneur (el deshollinador), o les dicen que les llevarán al sótano para que se los coman las ratas. [51]

Esta necesidad de personificar figuras punitivas era tan poderosa que en base al principio de “concreción” los adultos llegaban a confeccionar máscaras para asustar a los niños. Un autor inglés, en 1748, explicando cómo el terror tenía su origen en las niñeras que asustaban a los niños con cuentos de “cabezas pelada y huesos ensangrentados”, decía así:

"La niñera quiere aquietar al irritante niño y con tal fin compone una figura extraña, la hace entrar y rugir y chillarle al niño en un tono áspero y desagradable que hiere los tiernos órganos del oído, dando la impresión al mismo tiempo, por sus gestos y su proximidad de que fuera a tragárselo." [52]

Estas figuras alarmantes eran también las preferidas de las niñeras que deseaban mantener a los niños en la cama mientras ellas salían de noche. Susan Sibbald recordaba a los fantasmas como un elemento real de su infancia, en el siglo XVIII:

"Los fantasmas haciendo su aparición eran un suceso muy frecuente... Recuerdo perfectamente una noche en que las dos niñeras de Fowey querían salir... nos quedamos callados al oír los más lúgubres quejidos y chirridos al otro lado del tabique, junto a la escalera. La puerta se abrió de par en par y, ¡oh, horror!, entró un personaje, alto y vestido de blanco, que parecía echar fuego por los ojos, la nariz y la boca. Nosotros estuvimos a punto de sufrir un ataque y nos sentimos mal durante varios días, pero no nos atrevíamos a contarlo". [53]

Los niños a los que se aterrorizaba no siempre eran tan mayores como Susan y Betsey. En 1882, una madre norteamericana cuenta el caso de una niña de dos años hija de una amiga suya, cuya niñera, queriendo divertirse por la tarde con las demás sirvientas mientras los padres estaban fuera, tomó medida para no ser molestada diciéndole a la niña que:

Un horrible fantasma estaba escondido en la habitación para cogerla en el momento en que se levantara de la cama o hiciera el menor ruido... para estar doblemente segura de no ser molestada durante la velada. Hizo un gran muñeco con aspecto de fantasma, con unos ojos de mirada aterradora y una boca enorme y lo colocó a los pies de la cama donde la inocente niña estaba profundamente dormida. Cuando acabó la velada en el cuarto de los sirvientes, la niñera volvió a su puesto. Abriendo la puerta silenciosamente vio a la niña sentada en la cama, los ojos clavados, en el paroxismo del terror, en el espantoso monstruo que se hallaba ante ella, y agarrándose con las manos crispadas sus rubios cabellos. ¡Estaba muerta! [54]

Hay algunas pruebas de que el uso de esas máscaras para asustar a los niños se remonta a la Antigüedad. [55] El tema del miedo de los niños a las máscaras es uno de los preferidos de los artistas, desde los frescos romanos hasta los grabados de Jacques Stella (1657). Pero, dado que estos acontecimientos traumáticos en épocas remotas eran sometidos a la más profunda represión, no he podido determinar sus formas antiguas precisas.



Ilustración 1
Niños jugando con máscaras de terror
(Jacques Stella, 1657}

Dión Crisóstomo decía que “mediante imágenes aterradoras se disuade a los niños cuando quieren comer o jugar o cualquier otra cosa inoportunamente”, y se discutían las teorías sobre su uso más eficaz: “Yo creo que cada muchacho tiene miedo de algún demonio o duende propio y suele asustarse cuando se le evoca; por supuesto, los niños que son naturalmente medrosos gritan sea cual sea el objeto utilizado para asustarlos”. [56]

Ahora bien, si se aterroriza a los niños con figuras enmascaradas cuando simplemente lloran, quieren comer o quieren jugar, la magnitud de la proyección y la necesidad de controlarla por parte del adulto ha alcanzado proporciones enormes que sólo se encuentran hoy en los adultos claramente psicóticos. Todavía no se puede determinar con exactitud la frecuencia del empleo de estas figuras concretas en otros tiempos, aunque se hablaba de ellas como de algo común. Se puede demostrar que muchas formas eran habituales. Por ejemplo, en Alemania hasta hace poco aparecían en las tiendas en vísperas de Navidad mazos de ramas de retama, atados en el centro, formando una escobilla rígida en ambos extremos. Estos mazos se utilizaban para azotar a los niños. Durante la primera semana de diciembre los adultos se ponían disfraces pavorosos y pretendían ser un mensajero de Cristo, llamado Pelz-nickel, que castigaba a los niños y les decía si iban a recibir regalos de Navidad o no. [57]

Sólo cuando se ve la lucha en que se debaten los padres para abandonar esta costumbre de concretar imágenes terroríficas se pone de manifiesto la fuerza de la necesidad de hacerlo así. Uno de los primeros defensores de la infancia en la Alemania del siglo XIX fue Jean Paul Richter. En su libro titulado levanna, que gozó de gran popularidad, censuró a los padres que dominaban a sus hijos mediante “imágenes de terror”, sosteniendo que la medicina aportaba pruebas de que “con frecuencia eran víctimas de la locura”. Sin embargo, el impulso de repetir los traumas de su propia infancia era tan fuerte que se vio obligado a inventar versiones más moderadas para su propio hijo:

"Como a una persona sólo se la puede atemorizar una vez con la misma cosa, yo creo que es posible dispensar a los niños de la realidad mediante representaciones fingidas de circunstancias alarmantes. Por ejemplo: voy a pasear con mi pequeño Paul, de nueve años de edad, por el corazón del bosque. De repente aparecen y caen sobre nosotros tres bandidos teñidos de negro y armados, a los que yo he contratado el día antes para la aventura mediante una recompensa. Nosotros dos sólo llevamos bastones, pero la banda de ladrones lleva espadas y una pistola descargada... Yo desvío la pistola para que no pueda alcanzarme y le quito el puñal de la mano a uno de los bandidos con mi bastón... Pero (añado en esta segunda edición) todos estos juegos son de dudosa utilidad... aunque puñales y disfraces similares... podrían emplearse provechosamente por la noche con el fin de sacar a la luz de la vida cotidiana las fantasías inspiradas por la creencia en los espíritus." [58]

Hay otro sector de concreción de esta necesidad de aterrorizar a los niños que implica el uso de cadáveres. Son conocidas de muchos las escenas de la novela de la Sra. Sherwood, History of the fairchild Family, [59] en las que se lleva a los niños a visitar el lugar donde se exponía a los ajusticiados para inspeccionar los cadáveres de los ahorcados que se pudrían allí mientras se les contaban relatos moralizantes. Lo que no siempre se tiene en cuenta es que esas escenas estaban tomadas de la vida real y constituían una importante parte de la infancia en la época. Era costumbre sacar a los niños de la escuela para llevarlos a presenciar ejecuciones y los padres solían llevarlos a tales espectáculos azotándolos después al regresar a casa para que recordaran lo que habían visto. [60] Incluso un educador humanista como Mafio Vegio, que escribió libros para protestar contra la práctica de apalear a los niños, hubo de admitir que “dejarles que presencien una ejecución pública, en ocasiones no es ni mucho menos una mala cosa”. [61]

El efecto que esta continua contemplación de cadáveres tenía sobre los niños era, naturalmente, muy grave. Una niña, a la que su madre le había mostrado como ejemplo el cadáver de un amiguito suyo de nueve años que acababa de morir, iba de un sitio a otro diciendo: “Pondrán a la hija en el agujero, y ¿qué hará mamá?” [62] Otro niño se despertaba por la noche gritando después de haber visto ejecuciones en la horca y “practicó ahorcando a su gato”. [63] Harriet Spencer, de once años, escribió en su diario que veía cadáveres por todas partes, en la picota y descoyuntados en el potro. Su padre le había llevado a ver centenares de cadáveres que habían sido desenterrados para hacer sitio para otros.

"Papá dice que es estúpido y supersticioso tener miedo de ver cadáveres, así que bajé detrás de él por una escalera oscura, estrecha y empinada que daba vueltas y más vueltas, hasta que abrieron una puerta que daba a una gran caverna. Estaba iluminada por una lámpara que colgaba del centro, y el fraile llevaba una antorcha en la mano. Al principio no veía nada y cuando pude ver apenas me atrevía a mirar, pues por todos lados había espantosas figuras negras, unas haciendo muecas, otras señalándonos a nosotros, o con gesto de dolor, en todas las posturas y tan horribles que o estaba a punto de gritar y creía que todas se movían. Cuando papá vio lo incómoda que me sentía no se enfadó, sino que estuvo muy cariñoso y dijo que debía dominarme y acercarme a tocar a uno de ellos, lo cual fue muy desagradable. Tenía la piel de color marrón oscuro y muy seca sobre los huesos, y dura al tacto, como de mármol". [64]

Esta escena del cariñoso padre ayudando a su hija a vencer el miedo a los cadáveres es un ejemplo de lo que llamo “atención proyectiva”, para distinguirla de la verdadera atención empática que es el resultado de la reacción empática. La atención proyectiva requiere siempre como primer paso la proyección del inconsciente del adulto en el niño, y puede distinguirse de la atención empática porque es inadecuada o insuficiente en relación con las necesidades reales del niño. La madre que responde a toda manifestación de incomodidad del niño amamantándolo; la que se ocupa mucho de las ropas de su hijo cuando se lo confía a una amas de cría fuera del hogar; así como la que dedica una hora completa a envolver a su hijo en fajas, son todas ejemplos de atención proyectiva.

No obstante, la atención proyectiva es suficiente para educar a los niños. En realidad es lo que los antropólogos que estudian la infancia en los pueblos primitivos suelen llamar “buena puericultura”, y hasta que un antropólogo con formación psicoanalítica vuelve a estudiar la misma tribu no se advierte que lo que se mide es la proyección y no la verdadera empatía. Por ejemplo, los estudios sobre los indios apaches [65] les dan siempre los rangos más altos de la escala de “satisfacción oral”, tan importante para el desarrollo de sentimientos de seguridad. Los apaches, al igual que muchas tribus primitivas, alimentan a los niños cuando estos lo piden durante dos años, y en eso es en lo que se basaba la clasificación. Pero cuando el antropólogo psicoanalítico I. Bryce Boyer los visitó se puso de manifiesto la verdadera base proyectiva de este hecho:

"La actitud de las madres apaches respecto de sus hijos es hoy asombrosamente inconsecuente. Suelen ser muy cariñosas y atentas en las relaciones físicas con sus hijos pequeños. Hay mucho contacto corporal. La hora de la alimentación viene determinada generalmente por el llanto del niño, y a toda señal de malestar se responde ante todo con el pecho o el biberón. Al mismo tiempo, la madres tienen muy poco sentido de la responsabilidad en lo que concierne al cuidado de los niños, y se tiene la impresión de que la ternura de la madre para con su hijo se basa en que le dispensa el trato que ella desea para sí como adulto. Hay muchas madres que abandonan o ceden a sus hijos, a niños pequeños a los que una semana antes amamantaban amorosamente. A esta práctica los apaches le dan acertadamente el nombre de “echar al niño”. No sólo se sienten muy poco culpables conscientemente de este comportamiento, sino que a veces están francamente encantadas de haber podido liberarse de la carga. En algunos casos, madres que han cedido a sus hijos “olvidan” que los han tenido. La madre apache típica cree que lo único que un niño requiere es el cuidado físico. No tiene escrúpulos, o si los tiene son muy leves en dejar a su hijo con cualquiera mientras ella impulsivamente sale para charlar, hacer compras, jugar o beber y tontear. Idealmente, la madre confía su hijo a una hermana o alguna parienta de más edad. Antiguamente casi siempre se disponía de este recurso." [66]

Incluso un acto tan simple como sentir empatía hacia los niños que sufrían golpes era difícil para los adultos en otras épocas. Los pocos educadores que antes de la época moderna aconsejaban que no se pegara a los niños, generalmente se valían del argumento de que ello tendría malas consecuencias, no que haría daño al niño. Sin embargo, sin este elemento de empatía, el consejo no surtía efecto alguno y los niños continuaban recibiendo golpes como antes. Las madres que confiaban sus hijos a amas de cría durante tres años se sentían verdaderamente afligidas cuando los niños no querían regresar a casa, y sin embargo no podían comprender por qué. Cien generaciones impasibles envolvieron a sus hijos en apretadas fajas y les vieron impasibles protestar a gritos porque carecían del mecanismo psíquico necesario para sentir empatía por ellos. Sólo cuando en el lento proceso histórico de la evolución padres-hijos se adquirió por fin esta facultad, a través de la interacción de sucesivas generaciones de padres e hijos, se advirtió que la envoltura en fajas era totalmente innecesaria. Richar Steele, en The Tatler, describe, en 1706, lo que a su modo de ver sentía un niño después de nacer:

"Estoy echado muy quieto; pero la bruja, sin la menor razón ni provocación me coge y me envuelve la cabeza apretando cuanto puede; después me ata las dos piernas y me hace tragar una horrible pócima. Considero que es una desagradable manera de llegar a la vida comenzando por tomar una purga. Una vez vestido así me llevaron junto a un lecho donde se hallaba una hermosa joven (mi madre) que hubiera querido estrecharme hasta sofocarme... y me echó en brazos de una niña que habían traído para que me cuidara. La niña estaba muy orgullosa de ocupar el puesto de nodriza propio de una mujer, y se empeñó en desnudarme y vestirme de nuevo, al hacer yo un ruido, para ver qué era lo que me molestaba; lo hizo clavando alfileres en todas y cada una de las articulaciones. Yo seguía llorando y entonces me puso en su regazo boca abajo y, para calmarme, empezó a fijar todos los alfileres, dándome golpecitos en la espalda y cantando a gritos una canción de cuna..." [67]

No he encontrado una descripción con tal grado de empatía en ninguna época anterior al siglo XVIII. Poco después se puso fin a dos mil años de envoltura en fajas.

Es de suponer que habrá multitud de fuentes de todo tipo donde se pueda hallar esta facultad empática infrecuente en otros tiempos. Por supuesto, la primera que se puede consultar es la Biblia: en ella se ha de hallar ciertamente empatía respecto de las necesidades de los niños, pues ¿no se representa siempre a Jesús rodeado de niños? Sin embargo, cuando se leen las más de dos mil referencias a los niños enumeradas en Complete Concordance to the Bible, esas apacibles imágenes no aparecen. Hay muchas sobre el sacrificio de niños, sobre la lapidación de niños, sobre la administración de azotes a los niños, sobre su obediencia estricta, sobre su amor a sus padres y sobre su papel como portadores del nombre de la familia, pero ni una sola que revele empatía alguna respecto de sus necesidades. Incluso la conocida frase: “Dejad que los niños se acerquen a mí” resulta ser la práctica habitual en el Oriente Medio de exorcizar por imposición de las manos, práctica que aplicaban muchos santones con el fin de erradicar el mal inherente a los niños: “Entonces le fueron presentados unos niños para que les impusiera las manos y orase... Y habiéndoles impuesto las manos, se fue de allí” (Mt. 19: 13).

Todo esto no quiere decir que los padres de otras épocas no amaran a sus hijos, pues sí que los amaban. Tampoco los padres de hoy que pegan a sus hijos son sádicos. Los quieren, en ocasiones y a su manera; y a veces son capaces de manifestar ternura, sobre todo cuando los niños no exigen demasiado de ellos. Lo mismo puede decirse de los padres de otras épocas; las manifestaciones de ternura con los hijos se dan con mayor frecuencia cuando el niño no pide nada, en especial cuando está dormido o muerto. La frase de Homero: “como una madre espanta una mosca para que no moleste a su hijo sumido en un dulce sueño”, corre parejas con el epitafio de Marcial:

Cubra sus tiernos huesos leve césped,
Y tú, tierra; no peses sobre ella
Que tan ligera ha sido para ti [68]

Es en el momento de la muerte cuando el padre, antes incapaz de empatía, se lamente, con Morell (1400): “Le amabas, pero nunca usaste de tu amor para hacerle feliz; le tratabas como a un extraño más que como a un hijo. Jamás le diste una hora de descanso... Jamás le besaste cuando él lo deseaba; le hacías soportar la escuela y muchos y duros golpes”. [69]

Ciertamente no era la capacidad de amar la que le faltaba al padre de otras épocas, sino más bien la madurez afectiva necesaria para ver al niño como una persona distinta de si mismo. Es difícil calcular la proporción de padres que alcanzan hoy con cierta coherencia el nivel empático. Una vez hice un sondeo entre una docena de psicoterapeutas preguntándoles cuántos de sus pacientes al comienzo del análisis eran capaces de mantener imágenes de sus hijos como individuos con independencia de sus propias necesidades proyectadas; todos ellos dijeron que eran muy pocos los que tenían esa capacidad. Con palabras de uno de ellos, Amos Gunsberg: “Eso no ocurre hasta que el análisis está ya algo avanzado, siempre en un momento concreto, cuando llegan a una imagen de sí mismos como entidades distintas de su propia madre omnipresente.”

Paralela a la reacción proyectiva es la reacción de inversión, en la que el niño y el padre invierten sus papeles, a menudo con unos resultados grotescos. La inversión comienza mucho antes de nacer el niño; es el origen del vivo deseo de tener hijos que se advierte en otras épocas y que se expresa siempre en función de lo que los hijos pueden deparar a los padres, nunca de lo que éstos les pueden dar a ellos. De lo que se queja Medea antes de cometer el infanticidio es que al matar a sus hijos no tendrá a nadie que cuide de ella:

"En vano, hijos, os he criado, en vano afronté fatigas y me consumí en esfuerzos, soportando los terribles dolores del parto. Y pensar que había depositado en vosotros muchas esperanzas —¡infeliz de mí!— de que me alimentaríais en mi vejez y de que, una vez muerta, me enterraríais con vuestras propias manos, acción deseada por los mortales. Y ahora ha muerto ese dulce pensamiento." [70]

Una vez nacido, el niño se convierte en el padre de su madre y de su padre, en el aspecto positivo o negativo, sin que se tenga en cuenta en absoluto su edad. Al niño, sea cual fuere su sexo, se le viste con ropas de estilo parecido a las que lleva la madre del padre, es decir no sólo con un vestido largo, sino anticuado: por lo menos de una generación anterior. [71] La madre renace literalmente en el hijo; no solo se viste a los niños como “adultos en miniatura”, sino visiblemente como mujeres en miniatura, a veces incluso son trajes escotados.

La idea de que el abuelo renace realmente en el niño era común en la Antigüedad, [72] y la semejanza entre las palabras inglesa baby (niño) y baba, Babe (abuela) apunta a creencias parecidas. [73] Pero existen testimonios de inversiones más concretas en otras épocas, inversiones que son prácticamente alucinatorias. Por ejemplo, los adultos solían besar o chupar los pechos de los niños pequeños. A Luis XIII, de pequeño, las personas que le rodeaban le besaban el pene y las tetillas. Aunque Héroard, su diarista, le hace desempeñar siempre el papel activo (a los trece meses “hace que M. De Souvré, M. De Termes, M. De Liancourt y M. Zanet le besen el pene”), [74] posteriormente resulta evidente que estaba siendo manipulado pasivamente: “Nunca quiere dejar que la Marquesa le toque las tetillas. Su nodriza le había dicho: ‘Señor, no dejéis que nadie os toque las tetillas ni el pene; os lo cortarán’”. [75] Pero los adultos no podían resistirse a poner sus manos y sus labios en el pene y las tetillas del niño. Ambos eran el pecho de la madre recuperado.

Otro ejemplo de la imagen del “niño como madre” era la creencia generalizada de que los niños llevaban en sus pechos leche que había que extraerles. A la balia (nodriza) italiana del siglo XIV se le ordenaba que “cuide de apretar los pechos del niño con frecuencia para sacar la leche que haya en ellos porque le molesta”. [76] En realidad esta creencia tiene una leve justificación en el hecho de que en ocasiones, rara, de los pechos de un recién nacido puede salir una gota de líquido lechoso, sobrante de hormonas femeninas de la madre. Pero hay una diferencia entre esto y “la práctica antinatural, pero común, de apretar con fuerza los delicados pechos de un niño recién nacido, con la áspera mano de la nodriza, que es la causa más general de inflamación de esas partes”, como hubo de señalar todavía en 1793 el pediatra norteamericano Alexander Hamilton. [77]

Besar o chupar y apretar los pechos no son más que algunos de los usos que se hacen del “niño como pecho”. Hay constancia de diversas prácticas, como aquella contra la cual puso en guardia este pediatra de comienzos del siglo XIX.

"Pero una práctica de naturaleza sumamente perjudicial y repulsiva es la de muchas nodrizas, tías y abuelas, que permiten que el niño les chupe los labios. Tuve oportunidad de observar cómo se debilitaba un hermoso niño a consecuencia de haber estado chupando los labios de su abuela enferma durante más de seis meses." [78]

He hallado incluso varia referencias a padres que “lamían a los niños”. Posiblemente era de esto de lo que hablaba George Du Maurier cuando decía de su hija recién nacida: “La nodriza me la trae cada mañana a la cama para que pueda lamerla con ‘la lengüeta de engrasar’. Me gusta tanto que seguiré haciéndolo hasta que llegue a la edad del juicio”. [79]

Da la impresión de que el niño perfecto sería el que literalmente amamantase al padre, y los antiguos estarían de acuerdo. Siempre que se hablaba de niños indefectiblemente se traía a colación el relato de Valerio Máximo en el que se describía al niño “perfecto”. Con palabras de Plinio:

De amor filial ha habido ciertamente infinitos ejemplos en todo el mundo, pero en Roma hubo uno con el que no pueden compararse todos los demás. Una mujer plebeya de baja condición que acababa de dar a luz un hijo tenía autorización para visitar a su madre que se hallaba en la cárcel cumpliendo una condena y el guardián le registraba siempre de antemano para impedir que llevase consigo alimento alguno. Fue sorprendida alimentando a su madre con leche de sus pechos. Ante ese hecho asombroso, el leal afecto de la hija fue recompensado con la puesta en libertad de la madre y se concedió a ambas el sustento vitalicio; y el lugar donde ocurrió fue consagrado a la diosa correspondiente como templo dedicado al “Amor filial”. [80]

El relato se repitió a lo largo de los siglos como ejemplo moralizador. Peter Charron (1596) dijo, refiriéndose a él, que “hacía volver el arroyo hasta el manantial”, [81] y el tema fue llevado a la pintura por Rubens, Vermeer y otros artistas.

A menudo, la necesidad de representar la imagen del “niño como madre” resulta imperiosa. He aquí, en un incidente típico, una “broma” gastada a una niña de seis años, en 1656, por el cardenal Mazarino y otros adultos:

"Un día, bromeando con ella acerca de un galanteador que ella decía que tenía, al final empezó a regañarla por estar encinta... Le estiraban las ropas de cuando en cuando y le hacían creer que estaba engordando. Esto continuó todo el tiempo que se juzgó necesario para convencerla de que estaba encinta... Llegado el momento del parto, ella se encontró una mañana al despertar con un niño recién nacido entre las sabanas. No puedes imaginar el asombro y el pesar que sintió al verlo. “Tal cosa”, dijo, “nunca le ocurrió a nadie más que a la Virgen María y a mí, pues no he sentido ningún dolor”. La reina acudió a consolarla y se ofreció a ser la madrina. Vinieron muchos a conversar con ella como recién parida." [82]

Los niños siempre han cuidado de los adultos en formas muy concretas. Desde la época romana, niños y niñas servían a sus padres a la mesa, y en la Edad Media todos los niños excepto los de sangre real, actuaban de sirvientes, en sus hogares o en casas ajenas, y muchas veces tenían que volver corriendo de la escuela a mediodía para atender a sus padres. [83] No voy a tratar aquí del tema del trabajo de los niños. Pero debe recordarse que los niños, por lo general desde cuatro a cinco años, trabajaron bastante; mucho antes de que el trabajo infantil se convirtiera en tema de discusión en el siglo XIX.

Ilustración 2.
Familia isabelina en una cena.
Nótese cómo los hijos más pequeños se encuentran de pie para comer; el hijo mayor sirve a la familia

Pero la reacción de inversión se manifiesta con la máxima claridad en la interacción emocional de niños y adultos. Los asistentes sociales de hoy que visitan a madres que pegan a sus hijos se sorprenden muchas veces al ver cómo responden los niños pequeños a las necesidades de sus padres:

Recuerdo haber visto a una niña de dieciocho meses calmar a su madre que estaba sumamente angustiada y llorando. Primero dejó el biberón que estaba chupando. Después fue dando vueltas para acercarse a su madre, tocarla y, finalmente, hacerla serenarse (cosa que yo no había podido ni empezar a hacer). Cuando vio que su madre se había tranquilizado, volvió a su sitio, se echó, cogió el biberón y siguió chupando. [84]

Este papel era asumido con frecuencia por los niños en otras épocas. Una niña “nunca lloraba ni estaba inquieta... muchas veces, siendo un bebé, en brazos de su madre alzaba su manita y enjugaba la lágrimas de las mejillas de su madre”. [85] Los médicos solían tratar de inducir a las madres a que amamantaran a sus hijos en lugar de entregarlos a una ama de cría fuera del hogar, prometiéndoles que “en recompensa por ello, el niño se esfuerza por regalarla con mil deleites... la besa, le acaricia el cabello, la nariz y la orejas, la halaga...” [86]

Ilustración 2.
El niño como el amante de la madre.
Los retratos medievales de Madonas, comúnmente mostrando rostros tiesos, se alternan con algunos como éstos, que muestran que el niño es un amante que apasionadamente abraza a la madre

En torno al mismo tema, he catalogado más de quinientos cuadros de madres e hijos de todos los países comprobando que los cuadros en que los niños miran, sonríen y acarician a las madres son anteriores a aquellos en que las madres miran, sonríen y acarician a los niños: actitudes raras en las madres en cualquier pintura.

La buena disposición del niño para cuidar de los adultos fue muchas veces su salvación. Madame de Sévigné decidió en 1670 no llevar con ella a su nieta de dieciocho meses en un viaje que pudo haber resultado fatal para la niña:

"Mme, du Py-du Fou no quiere que me lleve a mi nieta. Dice que la expondría a un peligro, y al final he cedido. No quisiera que la niña corriera ningún riesgo, le tengo gran afecto... Hace mil cosas: habla, hace fiestas a la gente, da golpes, se santigua, pide perdón, hace reverencias, besa la mano, encoge los hombros, baila, engatusa, hace la mamola; en suma, es un encanto, y paso horas divirtiéndome con ella. No quiero que muera." [87]

La necesidad de cariño maternal que sentían los padres suponía una enorme carga para el niño en pleno crecimiento. A veces incluso le ocasionaba la muerte. Una de las causas más frecuentes de la muerte de niños pequeños era la asfixia en la cama al echarse el adulto sobre el niño, y aunque a menudo esta causa era una excusa para ocultar el infanticidio, los pediatras admitían que cuando se trataba de un accidente, éste se producía porque la madre se negaba a acostar al niño en otra cama cuando ella iba a dormir. “No queriendo separarse del niño, le aprieta aún más fuerte cuando duerme. Su pecho oprime la nariz del niño”. [88] Esta imagen inversa del niño como cobijo era la realidad subyacente a la advertencia común en la Edad Media de que los padre debían cuidar de no mimar demasiado a sus hijos “como la hiedra que ciertamente mata al árbol en el que se enreda, y el mono que estrecha en sus brazos a sus crías hasta matarlas por mero cariño”. [89] Continuar leyendo en http://www.psicodinamicajlc.com/articulos/evolucion_infancia.html

Marcel Proust

... Entre los intervalos de los instrumentos musicales, cuando la mar estaba muy llena, se oía, continuo y ligado, el resbalar del agua de una ola que envolvía los trazos del violín en sus volutas de cristal y parecía lanzar su espuma por encima de los ecos intermitentes de una música submarina. Yo me impacientaba porque no me habían traído aun las cosas para empezar a vestirme. Daban las doce, y Francisca aparecía. Y durante varios meses seguidos, en ese Balbec que tanto codicié, porque me lo imaginaba batido por las tempestades y perdido entre brumas, hizo un tiempo tan seguro y tan brillante que cuando venía a descorrer las cortinas nunca me vi defraudado en mi esperanza de encontrar ese mismo lienzo de sol pegado al rincón de la pared de afuera y de un inmutable color, que impresionaba, más aun que por ser signo del estío, por su colorido melancólico, cual el de un esmalte inerte y ficticio. Y mientras que Francisca iba quitando los alfileres de las impostas, arrancaba telas y descorría cortinas, el día de verano que descubría ella parecía tan muerto, tan inmemorial como una momia suntuosa y milenaria que nuestra vieja criada despojaba cuidadosamente de toda su lencería antes de mostrarla embalsamada en su túnica de oro. ... Marcel Proust


R.D. Laing

--- Knots (Nudos) R.D. Laing (extracto) People can act very strange. At least ... I think they act very strange. And maybe other people think that I am the one who’s acting very strange. Do you know the feeling? Effective comunication is difficult to construct. There are some many knots in human understanding ... Can you unite these ones? There must be something the matter with him because he would not be acting as he does unless there was therefore he is acting as he is because there is something the matter with him. He does not think there is anything the matter with him because one of the things that is the matter with him is that he does not think that there is anything the matter with him therefore we have to help him to realize that the fact that he does not think that there is anythingthe matter with him is one of the things that is the matter with him. There is something I don’t know that I am suposed to know. I don’t know what it is I don’t know,and yet I am suposed to know,and I feel I look stupidif I seem both not to know it and not to know what it is I don´t know. Therefore I pretend I know it. This is nerve-ranking since I don’t know what I must pretend to know. Therefore I pretend to know everything. I feel you know what I am supposed to know. But you can’t tell me what it is. Because you don’t know that I don’t know what it is. You may know what I don’t know, but not that I don’t know it, and I can’t tell you. So you will have to tell me everything. Absurd, isn’t it? But very real as well. I’m sure you have had similar experiences. What can we do to better our communications? How can we avoid to feel bad? How can we avoid that other persons feel bad? if ( "true" == "false" )... R D Laing

Ronald Laing, the radical psychiatrist, psychoanalyst and psychotherapist who profoundly altered our understanding of mental illness, was the founder of just one organisation - the Philadelphia Association.

Born in Glasgow in 1927 R D Laing studied medicine at the University of Glasgow and went on to become a psychiatrist. His first experiment in changing the way people designated the mentally ill took place at Glasgow’s Gartnavel Hospital where he and colleagues radically altered the treatment regime in a long-term women's ward.

Laing moved to London to work at the Tavistock Clinic and trained as a psychoanalyst at the Institute of Psychoanalysis. Laing had for many years been engaged with continental philosophy and in a series of books published in the course of the 1960s he sought to develop what he called ‘an existential-phenomenological foundation for a science of persons’ and sought to set out a description of the experience of those labelled schizophrenic. Such people, Laing argued, suffered from ontological insecurity, a lack of faith in their own and others' reality which led them to create false self systems to fend off psychological and emotional catastrophe. Laing wanted to make madness and the process of going mad comprehensible, and to a great many people, including many of those afflicted, he did so convincingly. The discourse of the 'mad', he showed, if listened to in the right spirit could make a sense of its own. This was to be the line of thought that Laing would pursue for many years in The Divided Self (1960), Self and Others (1961), Sanity, Madness and the Family (1964) and The Politics of Experience (1967). (After this his writings became more diffuse, sometimes arguably self indulgent, but still capable of great insight). (Leer+)


Explicando a Laing

... Como libro pionero en su consideración de la esquizofrenia, y también por su carácter revolucionario y sus afirmaciones heterodoxas (pese a basarse completamente en análisis clínicos y emplear Esterson y Laing un lenguaje cuidadosamente clínico y objetivo, una tendencia no siempre presente en otros libros de Laing, como The Politics of Experience, de 1967 o Knots, de 1970). Sanity, Madness and the Family fue un libro polémico que recibió numerosas críticas. La primera y más obvia - y algo de lo que Esterson y Laing eran conscientes tras su publicación - es que, como apuntamos previamente, no se publicaron los datos del grupo de control formado por familias no esquizofrenogénicas, donde las interacciones y comunicación no estuvieran basadas enel uso de dobles vínculos y comunicaciones de doble sentido. Pese a que un grupo de control es absolutamente imprescindible para un estudio científico serio, el tiempo ha jugado a favor de las afirmaciones de Laing y Esterson en su obra, puesto que en investigaciones empíricas recientes sobre la influencia del factor familiar en la esquizofrenia, como las de Nevid, Rathus y Greene, se ha demostrado el papel fundamental de la familia en el desarrollo de una personalidad independiente.Objetividad y estilo que se repetirían en el estudio sobre comunicación y patología conjunto con Phillipson y Lee en 1966, Interpersonal Perception, un análisis de los modos de comunicación en parejas.(ontológicamente segura, diría Laing) o el recurso, por presión familiar, a defensas esquizofrenogénicas.La publicación de este libro tuvo, sin embargo, consecuencias más a largo plazo, y no sólo dentro del contexto médico, para la carrera y reputación de Laing. Algunas críticas no bien documentadas llegaron a afirmar que Laing se oponía al concepto mismo de familia, y que lo consideraba una célula de organización social enferma que aliena y destruye al individuo. A esta percepción errónea de las afirmaciones de Laing no ayudó, precisamente, su estrecha relación con David Cooper, pensador radical en lo tocante a la familia (suyos son libros con títulos tan reveladores como The Death of the Family (1971) o The Language of Madness (1978) , en los que la familia se compara a una granja donde los adolescentes son cebados como cochinillos para luego ser“sacrificados” al dios de la cruel y homogeneizadora sociedad). Así, a raíz de la publicación casi simultánea de estas obras de Cooper (que Laing consideraba radicales ya en ese momento), se identificó a Laing con las ideas extremadamente violentas y revolucionarias de su colega. La misión que Cooper se impuso en sus publicaciones eraincitar a la revolución y a la destrucción de la organización social tradicional, cargando las tintas en la familia, como origen de los males sociales, incluso en individuos aparentemente sanos y adaptados. En la obra conjunta de Laing y Cooper, Reason and Violence (1964), las partes escritas por Laing nunca son tan radicales en sus planteamientos como las de su colega, que se aproxima en ocasiones al marxismo puromás que a la práctica psiquiátrica. Así, se ha criticado a Laing por culpar a los padres de los pacientes esquizofrénicos de la aparición de síntomas en sus hijos, sin embargo, su intención en este libro con Esterson, y en otras obras posteriores, no era rechazar y demonizar la familia en sí, sino mostrar cómo la locura no es algo que surjaespontáneamente del paciente mismo, sino, más bien, como el resultado de un mecanismo de presión social. Las familias de este estudio son familias disfuncionales (lo que no significa que todas lo sean), que producen en el individuo que es tratado por locura una serie de condiciones patológicas (llamados síntomas esquizofrénicos), queno son sino una expresión patológica de la disfunción de toda la familia. Tampoco negó Laing que los esquizofrénicos tuvieran problemas para operar en su vida diaria; Laing reconoce la dura y traumática experiencia de la locura, si bien disiente en la interpretación más “clásica” de los orígenes de ésta, y prefiere buscarlos en el ámbito de la interexperiencia, es decir, en el campo de los intercambios sociales. La locura tienesu origen no en trastornos dentro de uno mismo, sino que surge de la relación entre personas (véanse Laing y Esterson 1964; y Laing, H. Phillipson y A.R. Lee 1966). ... Méndez García, Carmen (2004)



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