La experiencia analítica desde el punto de vista del analizando. Profilaxis. Etica y psicoanálisis. Psicología y poder. Terapias adictivas. La sociedad psicologizada. Mala praxis. Una denuncia
anaclisis [anaclisis] f. (Fisiol. hum.) Decúbito, especialmente el supino. (Estar acostado hacia arriba.) aná ἀνά (gr. ‘hacia arriba’, ‘por completo’, ‘de nuevo’, ‘por partes’) + klī‑ κλῑ‑ (gr. ‘inclinarse, tumbarse’; κρεβάτι, κλίνη ‘lecho’) + ‑sis (gr.) [Leng. base: gr. Antiguo.
En gr. anáklisis ἀνάκλισις con el mismo significado desde Hipócrates, s. V a.C., reintroducido] // En psiquiatría, dependencia emocional, inclinación hacia el ser de quien se depende o que domina, en particular la primera relación objetal que establece el niño, caracterizada por la completa dependencia de éste respecto de su madre.
“–Si yo lo inquieto tanto mejor. Desde el punto de vista del público, lo que yo considero como más deseable, es lanzar un grito de alarma y que tenga, en el terreno científico, una significación muy precisa: que sea un llamado, una exigencia primera concerniente a la formación del analista.” J. Lacan

domingo, 2 de mayo de 2010

La raiz de la violencia

por Alice Miller

Hace ya varios años que está científicamente comprobado que los efectos devastadores de los traumatismos infligidos a los niños repercuten inevitablemente sobre la sociedad. Esta verdad concierne a cada individuo por separado y debería –si fuese suficientemente conocida– llevar a modificar fundamentalmente nuestra sociedad, y sobre todo a liberarnos del crecimiento ciego de la violencia. Los puntos siguientes ilustrarán esta tesis.
  • Cada niño viene al mundo para expandirse, desarrollarse, amar, expresar sus necesidades y sus sentimientos.

  • Para poder desarrollarse, el niño necesita el respeto y la protección de los adultos, tomándolo en serio, amándolo y ayudándolo a orientarse.

  • Cuando explotamos al niño para satisfacer nuestras necesidades de adulto, cuando le pegamos, castigamos, manipulamos, descuidamos, abusamos de él, o lo engañamos, sin que jamás ningún testigo intervenga en su favor, su integridad sufrirá de una herida incurable.

  • La reacción normal del niño a esta herida sería la cólera y el dolor. Pero, en su soledad, la experiencia del dolor le sería insoportable, y la cólera la tiene prohibida. No le queda otro remedio que el de contener sus sentimientos, reprimir el recuerdo del traumatismo e idealizar a sus agresores. Más tarde no le quedará ningún recuerdo de lo que le han hecho.

  • Estos sentimientos de cólera, de impotencia, de desesperación, de nostalgia, de angustia y de dolor, desconectados de su verdadero origen, tratan por todos los medios de expresarse a través de actos destructores, que se dirigirán contra otros (criminalidad, genocidio), o contra sí mismo ( toxicomanía, alcoholismo , prostitución, trastornos psíquicos, suicidio).

  • Cuando nos hacemos padres, utilizamos a menudo a nuestros propios hijos como víctimas propiciatorias: persecución, por otra parte, totalmente legitimada por la sociedad, gozando incluso de un cierto prestigio desde el momento en que se engalana con el título de educación. El drama es que el padre o la madre maltratan a su hijo para no sentir lo que le hicieron a ellos sus propios padres. Así se asienta la raíz de la futura violencia.

  • Para que un niño maltratado no se convierta ni en un criminal, ni en un enfermo mental es necesario que encuentre, al menos una vez en su vida, a alguien que sepa pertinentemente que no es él quien está enfermo, sino las personas que lo rodean. Es únicamente de esta forma que la lucidez o ausencia de lucidez por parte de la sociedad puede ayudar a salvar la vida del niño o contribuir a destruirla. Esta es la responsabilidad de las personas que trabajan en el terreno del auxilio social, terapeutas, enseñantes, psiquiatras, médicos, funcionarios, enfermeros.

  • Hasta ahora, la sociedad ha sostenido a los adultos y acusado a las víctimas. Se ha reconfortado en su ceguera con teorías, que están perfectamente de acuerdo con aquellas de la educación de nuestros abuelos, y que ven en el niño a un ser falso , con malos instintos, mentiroso, que agrede a sus inocentes padres o los desea sexualmente. La verdad es que cada niño tiende a sentirse culpable de la crueldad de sus padres. Y como, a pesar de todo, sigue queriéndolos, los disculpa así de su responsabilidad .

  • Hace solamente unos años, se ha podido comprobar, gracias a nuevos métodos terapeúticos, que las experiencias traumatizantes de la infancia, reprimidas, están inscritas en el organismo y repercuten inconscientemente durante toda la vida de la persona. Por otra parte, los ordenadores que han grabado las reacciones del niño en el vientre de su madre, han demostrado que el bebé siente y aprende desde el principio de su vida la ternura, de la misma manera que puede aprender la crueldad.
  • Con esta manera de ver, cada comportamiento absurdo revela su lógica , hasta ahora ocultada, en el mismo instante en que las experiencias traumatizantes salen a la luz.
    Una vez conscientes de los traumatismos de la infancia y de sus efectos podremos poner término a la perpetuación de la violencia de generación en generación.
  • Los niños, cuya integridad no ha sido dañada, que han obtenido de sus padres la protección, el respeto y la sinceridad necesaria, se convertirán en adolescentes y adultos inteligentes, sensibles, comprensivos y abiertos. Amarán la vida y no tendrán necesidad de ir en contra de los otros, ni de ellos mismos, menos aún de suicidarse. Utilizarán su fuerza únicamente para defenderse. Protegerán y respetarán naturalmente a los más débiles y por consecuencia a sus propios hijos porque habrán conocido ellos mismos la experiencia de este respeto y protección y será este recuerdo y no el de la crueldad el que estará grabado en ellos.

Fallece Alice Miller

Sobre la realidad de la infancia

Alice Miller realizó sus estudios en Basilea, donde obtuvo en 1953 su doctorado en filosofía. Ejerció su profesión de psicoanalista en Zurich pero la abandonó para consagrarse por completo a la investigación sobre la infancia. En 1986 recibió en Nueva York el premio Janusz Korczak.
De los 192 países miembros de la ONU, 18 solamente han prohibido pegar a los niños. En los Estados Unidos hay todavía 20 estados donde están autorizados los castigos corporales en la escuela primaria y también sobre los adolescentes.
Las personas que pueden indignarse con estos hechos y que son conscientes de sus graves consecuencias, comprenderán, sin ninguna dificultad, todos los libros que ha escrito Alice Miller. Comprenderán también por qué esta autora se empeña, aún a su avanzada edad, en liberar la sociedad de su ignorancia.
Por medio de sus libros, artículos, folletos, entrevistas y respuestas al correo de los lectores en su página web nos muestra que maltratar a los niños produce no solamente niños desgraciados y perturbados, adolescentes destructores y padres que maltratan sino también una sociedad perturbada que funciona a menudo de una forma extremadamente irracional.
Gracias a sus investigaciones sobre la infancia, Alice Miller ha comprendido que la violencia ejercida sobre los niños conduce a la violencia global que reina en el mundo entero, sobre todo si se empieza a pegar a los niños en los primeros años de su vida, justamente en el momento en el que se construye su cerebro. Incluso si las consecuencias escandalosas son evidentes, la sociedad no las percibe y aún menos las tiene en cuenta. Ahora bien, la situación es fácil de comprender: los niños no tienen derecho a defenderse de la violencia de sus padres y están obligados a suprimir y reprimir las reacciones naturales a la agresión de sus padres como la cólera y la angustia. Sólo siendo adultos pueden descargar esas fuertes emociones sobre sus propios hijos, o en ciertos casos, sobre naciones enteras.
Alice Miller describe esta dinámica en sus 13 libros y la ilustra ayudándose de relatos de sus pacientes y también con la ayuda de sus numerosos estudios sobre las biografías de dictadores y de artistas muy conocidos. La omisión de este razonamiento sobre la infancia por la sociedad ocasiona en los niños, en la oscuridad familiar comportamientos extremadamente peligrosos como la brutalidad, el sadismo y otras perversiones, que nos gusta denominar luego, en el adulto como "trastornos genéticos". Es únicamente la toma de conciencia de este dinamismo la que nos permitirá romper la cadena de la violencia, piensa Alice Miller que consagra toda su obra a este esclarecimiento.
Durante estos últimos años, Alice Miller ha desarrollado un concepto de terapia, que propone a las personas que sufren, confrontarse con su pasado para encontrar la angustia del niño maltratado que fueron, sentirla y así liberarse. Es el miedo infantil hacia los padres todopoderosos el que empuja al adulto a maltratar a los niños o a aceptar vivir con graves enfermedades, minimizando totalmente la crueldad de sus propios padres. Son numerosas las proposiciones esotéricas y espirituales que prometen la curación pero en realidad su único objetivo es el de camuflar los terrores vividos durante la infancia.
Alice Miller piensa que a pesar del aspecto trágico de su descubrimiento, éste aporta sin embargo opciones positivas y optimistas ya que abre la puerta de la conciencia, a la percepción de la realidad del niño y al mismo tiempo a la liberación del miedo infantil del adulto y de sus efectos destructores. Su percepción de la vivencia real del niño ya no está ligada con la del psicoanálisis. A su manera de ver éste permanece de acuerdo con la vieja tradición que acusa a los niños y protege a los padres tanto en la teoría como en la práctica. Por esta razón Alice Miller ya no es miembro de la Asociación Internacional del Psicoanálisis.

Alice Miller 2008
Traducido por Rosa Barrio

viernes, 26 de marzo de 2010

Consecuencias neurológicas del TEPT (Trastorno de Estrés Postraumático)


PROTOCOLO DIAGNOSTICO TEPT
Por la Dra. Dª. María Antonia Azcárate Mengual

PARTE I
PRUEBAS BIOLÓGICAS
LOS MARCADORES DEL MIEDO

1. PRUEBAS DE LABORATORIO
2. TECNICAS DE NEUROIMAGEN
3. VALORACIÓN DE PÉRDIDA COGNITIVA (MEMORIA Y APRENDIZAJE)
4. MEDICIÓN DEL AUMENTO DE LA ACTIVIDAD SIMPÁTICA

1. PRUEBAS DE LABORATORIO

A) PRUEBAS TIROIDEAS: Síndrome del enfermo eutiroideo.

B) PRUEBAS VALORACIÓN EJE HIPOTÁLAMO-HIPÓFISIS-ADRENAL

· Labilidad del cortisol: determinación basal en sangre, determinación en saliva y/o determinación de cortisol en orina de 24 horas. Puede estar bajo, normal o elevado en situaciones de estrés o su anticipación.

· Test de la DXM:
Consiste en realizar una determinación basal de cortisol en sangre. El mismo día, a las 11 de la noche, hay que tomar una dosis de 0.5 mgrs. de Dexametasona, y en un plazo no mayor de 12 horas, repetir la extracción de sangre para medir de nuevo el cortisol. En el TEPT se produce una hipersupresión típica del cortisol tras la DXM (control 75-80 %).

Esta prueba permite realizar Diagnóstico Diferencial con la Depresión, en la que las cifras de cortisol están siempre elevadas y no se suprime el eje HHA o la supresión es mínima.

- ACTH normal o aumentada en sangre
- Respuesta de la ACTH a la inyección de cortisol. Tras la obtención de una determinación basal de cortisol en sangre, se inyecta 17.5 mgrs. de cortisol y se repite la extracción a los 8, 40, y 95 minutos. En el TEPT se produce una gran disminución de ACTH tras la administración de cortisol.
- Catecolaminas en sangre y/o orina de 24 horas. (Adrenalina, Noradrenalina). Se encuentran aumentadas fundamentalmente la noradrenalina.
- Aumento de DHEA-S en TEPT de sujetos no deprimidos y sintomatología florida.
- Testosterona normal o baja.

C) PRUEBAS DE COAGULACIÓN :

Suele haber un estado de hipercoagubilidad: aumento de la actividad de protrombima y aumento de fibrinógeno, factor VII, PCR y PAI-1

D) LABORATORIO DE INMUNOLOGÍA:

- Autoanticuerpos: Antitiroideos, antifosfolípidos(lupus, anticardiolipina), antiinsulina, ANA, ANCA
- Aumento de citoquinas inflamatorias: IL-1, IL-6, TNFalfa (factor de necrosis tumoral)
- Alteración de poblaciones linfocitarias.

E) OTRAS PRUEBAS:

- Aumento de sodio en plasma por aumento de la reabsorción en el riñón
- Detección de Síndrome metabólico: insulinorresistencia. Aumento de triglicéridos, aumento de LDL-colesterol, disminución de HDL-colesterol, disminución de SHBG…
- Alteraciones en el proteinograma.

2. TÉCNICAS DE NEUROIMAGEN

- Resonancia Magnética espectroscópica o Espectroscopia: estudio de metabolitos cerebrales en áreas implicadas: hipocampo derecho, amígdala lateral derecha, corteza prefrontal izquierda. ( N acetilaspartato, colina, creatina, mio-inositol).

- NAA (N-acetilaspartato): la disminución es un signo de muerte neuronal (en principio irreversible) o de daño axonal (a menudo recuperable)
- Colina: aumentada en proliferación celular (tumores)
- Creatina: marcador fiable y estable en el tiempo, del metabolismo energético cerebral
- Mio-Inositol: aumenta en casos de gliosis y astrocitosis reactiva.

- Resonancia Magnética Nuclear: estudio morfológico y volumétrico de estructuras implicadas. Estudio volumétrico de hipocampos (disminución de cabeza y cuerpo hipocampo derecho). Hipertrofia amígdala lateral derecha, así como signos indirectos como puede ser el aumento del cuerno temporal derecho

- SPECT (determina el flujo cerebral mediante rastreo del Tc 99 inyectado. Disminución de flujo cerebral en hipocampo y corteza prefrontal izquierda), PET (imagen en 3D coloreada según las intensidades de radiación gamma emitidas por diferentes sustancias señalando hiper o hipometabolismo), estudios funcionales situando a la víctima en la rememoración del trauma. Estas técnicas, en la actualidad, no parecen disponibles en nuestro país, para el estudio del TEPT.

3. VALORACION DE PERDIDA COGNITIVA.

Se pierde memoria y capacidad de aprender por limitación en la atención, falta de concentración, distracción con estímulos poco importante (cortes de pensamiento).

Puede medirse con test o también puede comprobarse con técnicas de neuroimagen (disminución del volumen hipocampal, hiperactivación de la amígdala cerebral, disminución de la actividad de la corteza cerebral frontal. Todas ellas alteraciones del sistema límbico, el que regula las emociones, la memoria y e aprendizaje).

4. MEDICIÓN DEL AUMENTO DE ACTIVIDAD SIMPÁTICA.

- TA, pulso.
- Temperatura: hipotermia.
- Dilatación pupilar (midriasis). El paciente puede quejarse de visión borrosa, deslumbramientos.
- Reacción de sobresalto (startle response). Puede medirse mediante registro electromiográfico de los músculos de la cara ante determinados estímulos sonoros.
- Piloerección.
- Aparición frecuente de espasmos musculares, mioclonias. Aumento de la tensión muscular.
- Crisis de sudoración: si se produce alguna en nuestra presencia, comprobamos que no se acompaña de enrojecimiento facial (vasodilatación) y que provoca un enfriamiento y palidez de la piel.
- Desarrollo muscular aumentado (valorar hiperproteinemia).
- Valoración de lesiones dermatológicas, consecuencia de vasoconstricción cutánea y/o alt. de la coagulación. Presencia de signos de vasodilatación muscular y de tejido graso.
- Distensión abdominal por disminución del peristaltismo intestinal.
- Aumento de la actividad mental.

PARTE II
TRASTORNO DE ESTRÉS POSTRAUMATICO

¿QUÉ ME ESTÁ PASANDO?


Comparación corte sagital de estudio 2004 y 2006 de hipocampo derecho

Aun aceptando que la falta de identidad en el plano de corte de ambos estudios, 2004 y 2006, podría justificar las diferencias, parece más que razonable admitir una evidente asimetría entre ambos estudios ( anterior y posterior al diagnóstico de TEPT).

Corte axial 2006

Llama la atención la hipertrofia de la amígdala derecha respecto a la izquierda (descrito también como signo radiológico de TEPT). Cuerno temporal derecho aumentado y disminución aparente de cabeza y cuerpo hipocampal derecho.

Corte coronal anterior de la cabeza hipocampal 2006


Corte coronal 2006 a nivel de las digitaciones

Muestra pérdida de densidad de hipocampo derecho respecto al izquierdo.


CONCLUSIONES

· La violencia psicológica mantenida provoca un daño cerebral.
· El TEPT es una patología multisistémica que afecta al sistema límbico, al sistema endocrino, al SNA y al sistema inmunológico.
· El daño cerebral es efecto de esta violencia y no causa que la favorezca.
· Es posible mediante pruebas biológicas diagnosticar un TEPT secundario a violencia psicológica.
· Es posible mediante pruebas biológicas diferenciar un TEPT de otras patologías (depresión, ansiedad) e incluso de la ausencia de patología (simulación).
· Necesitamos estudios que nos permitan averiguar si los cambios provocados son o no reversibles.
· El TEPT secundario al maltrato psicológico en el trabajo debe considerarse una enfermedad profesional.
· Las experiencias traumáticas de la vida modifican la química cerebral. La violencia mantenida provoca un daño neurológico, pero la ausencia de violencia, entorno saludables, pueden ayudar a que seamos personas más inteligentes y más felices.
· Existe un gran desconocimiento de esta patología por parte de la sociedad y de sus sanitarios. Es urgente una puesta al día para evitar las revictimizaciones.
· Se deberían crear equipos multidisciplinares para el tratamiento y seguimiento de las víctimas, formados por médicos, psiquiatras, psicólogos, juristas, neurólogos, endocrinos, sindicatos, salud laboral, mutuas, servicios de prevención de riesgos psicosociales…
· ES URGENTE PREVENIR LA VIOLENCIA.

RESUMEN

El propósito de este trabajo es el de ayudar a las víctimas de la violencia psicológica a entender qué les está pasando, a sus cuidadores a profundizar en el estudio del daño que provoca y la necesidad de un abordaje multidisciplinar; a la sociedad, a medir la magnitud real de las consecuencias de esta violencia, con la ilusión de que si conocemos su gravedad, tal vez intentemos no mirar para otro lado. A los investigadores a adentrarse en la química cerebral y en la neurociencia porque conociendo los efectos de la violencia, podremos ayudar a prevenirla y así evitar tanto dolor.

Fuente: http://www.anamib.com/AZCARATE/dcerebral.htm

miércoles, 17 de febrero de 2010

“Una crisis de sentido es la condición necesaria para que algo nuevo aparezca”

Versión completa de la entrevista con Peter Pál Pelbart aparecida el 13 de febrero de 2010 en Público. Realizada tras la visita de Peter Pál a Madrid.

Peter Pál Pelbart es filósofo. Nacido en Budapest, formado filosóficamente en París, actualmente es profesor en la Universidad Católica de São Paulo (Brasil). Es coordinador de una compañía teatral con pacientes psiquiátricos. Entre sus temas de investigación se encuentran la locura, el tiempo, lo común o la biopolítica. En castellano ha publicado Filosofía de la deserción (Tinta Limón ediciones).

Por obra y gracia de la crisis económica, la palabra “crisis” está hoy por todos lados. Con ella solemos referimos a un proceso fundamentalmente negativo, que padecemos pasivamente como víctimas y del que hay que salir cuanto antes para regresar a la normalidad. Pero en las crisis subyace también un gran potencial de transformación.

¿Cómo piensas las crisis?

En España seguramente se conozca bien a François Tosquelles, psiquiatra, psicoanalista y militante anarquista catalán. Refugiado en Francia tras la guerra civil española, fue responsable de una verdadera revolución en la psiquiatría a partir de su trabajo en el hospital de Saint Alban. Comprendió inmediatamente la similitud entre la situación de los hospitales y de los campos de concentración, lo que le impulsó a una subversión de la lógica institucional. Lo que se conoce menos de Tosquelles es su producción teórica. Escribió un libro llamado La vivencia del fin del mundo en la locura, donde describe los cuadros clínicos en los que se pierde radicalmente la confianza en el mundo, la expectativa elemental de que el mundo pueda continuar, tras una quiebra en la vida, un desastre, una crisis. Todo eso apenas sería una contribución en la descripción fenomenológica de un cuadro clínico, como las que hicieron Binswager o Minkowski. Pero su idea más interesante, desarrollada a partir del trabajo de Goldstein, es que esa catástrofe anímica coincide con la apertura a la creación de mundo. Junto a la disolución padecida de la existencia, se da un esfuerzo vital de invención de una nueva forma de vida. Es decir, catástrofe y creación van unidas.

Algo parecido escribió el medico y neurólogo alemán Viktor von Weizsäcker, que lo formuló de manera igualmente sugerente. El momento de la crisis, dice él, es aquel en el que ya nada parece posible. Pero también es el momento en que se cruzan muchas transformaciones. Y por eso, aunque la actualidad le parezca al enfermo completamente bloqueada, es el momento en que se abren todas las posibilidades. Es decir, la crisis es una conjunción del “nada es posible” y del “todo es posible”. La crisis revela las fuerzas que estaban en juego o, más bien, las redistribuye respondiendo a la pregunta: ¿irán las cosas en la dirección de la vida o de la muerte? Así concebida, la crisis no es el resultado acumulativo de una serie previa, sino un comienzo, un origen, una decisión vital. Corresponde a la creación de un espacio y de un tiempo propio, que ya no obedece a las coordenadas del mundo objetivo u óntico, sino a la dimension pática como él la nombra, allí donde puede ocurrir una mutación de la experiencia y de las posibilidades. Félix Guattari bebió de esa fuente aunque lo haya enunciado a su manera, con sus palabras, cuando se refiere al “caos”, a la “caósmosis”, a la “heterogénesis” y, sobre todo, cuando explicita hasta qué punto un hundimiento caosmótico es la condición para una heterogénesis, no sólo en la psicosis, no sólo en el plano psicológico, no solo en el plan individual, sino también colectivo, político, estético, etc. Entonces yo diría, operando transversalmente entre esos niveles tan distintos, que la crisis, la catástrofe, la ruptura, el colapso de sentido o como queramos llamar a esos momentos de derrumbe, son las condiciones de posibilidad para una mutación subjetiva, existencial, vital, sea en contextos micro o macro.

¿Por qué dices que en el momento de crisis “nada es posible” y, al mismo tiempo, “todo se hace posible”? Explícame esa (aparente) paradoja.

Sí, es un fenómeno paradójico. “Nada es posible”, “todo es posible”. Pero, ¿no oscilamos constantemente entre esas disyuntivas o, más bien, no las vivimos simultáneamente? ¿No podríamos reconocer en esa extraña conjunción un rasgo de nuestra sensación contemporánea? Pero no se trata de una sensación individual o psicológica, sino que es una lógica más amplia que se puede encontrar en los fenómenos de cultura o de civilización. Quizá en Nietzsche y en su análisis del nihilismo es donde esa lógica se explicita más claramente. ¿Qué es el nihilismo para él? Es el proceso por lo cual los valores que fundamentaban la cultura de nuestro Occidente se desvalorizan. Es el proceso histórico-filosófico por el cual aquello que era objeto de creencia suprema (el Ser, el Bien, Dios, la Razón, el Progreso) pierde su credibilidad. Así, las figuras metafísicas, religiosas o morales que daban sentido al mundo o a la vida dejan de ser operativas, con lo cual el mundo o la vida pierden el sentido que antes tenían y caen en una orfandad ontológica. Es un proceso de vaciamiento muy complejo que se detecta en dominios tan distintos como la filosofía, el arte, la política, la historia, pero que se puede leer siempre al menos de dos maneras opuestas: una apocalíptica, otra jubilatoria.

En efecto, el fin de una interpretación del mundo dominante (socrático-cristiana) equivale, para unos, al tenebroso fin del mundo y del hombre: es el “nada es posible”. Para otros, por el contrario, la liberación de una interpretación hegemónica del mundo, y por ende el fin de un mundo y de un hombre, representa la apertura a otro mundo y a algo más allá del hombre: es el “todo es posible”. La posición particularísima de Nietzsche consiste en pensar ambas cosas juntas, en asumirlas juntas. Porque, para él, un mundo desprovisto de sentido, tras la desvalorización de los sentidos supremos, nada tiene de condenable, ni de aterrador, y sólo lleva a la parálisis a una voluntad empobrecida, ya que una vida superabundante, por el contrario, soporta y hasta necesita de ese vaciamiento para dar lugar a su fuerza de interpretación y de creación, aquella que no busca el sentido en las cosas, pues se lo impone. En contraposición al creyente que dependía de los sentidos trascendentes, Nietzsche reivindica un espíritu que “se despide de toda creencia, de todo deseo de certeza, ejercitado, como está, en poder mantenerse sobre delgadas cuerdas y posibilidades, e incluso ante el abismo, danzar”. Una lectura nihilista del proceso del nihilismo se queda en el “nada es posible”. ¿Como hacer el pasaje, que ya está en el concepto mismo de nihilismo, del “nada es posible” al “todo es posible”? Sabemos cómo cierta posmodernidad hizo una interpretación nihilista y cínica de la contemporaneidad: fin de las utopías, de las ideologías, de la política, de la historia, etc. Por tanto, nada merece la pena, todo es equivalente: “nada es posible”. Sería necesario examinar cómo otras perspectivas, por el contrario, piensan positivamente estos pasajes históricos de crisis, sin nostalgias en relación a las formas tradicionales que caducaron y de las cuales el presente trata de liberarse, en favor de otras fuerzas y formas por venir: “todo es posible”.

Asocias la crisis (o la catástrofe del sentido) a la creación de mundo. Por tanto, la crisis se convierte en un momento decisivo de la política o la transformación social, porque éstas pasan por la creación de (otros) mundo(s). Sin embargo, a nadie le gusta estar en crisis, que los sentidos que hasta ayer te orientaban ya no funcionen más, porque eso duele. ¿Cómo podríamos sostener entonces una crisis de modo activo?

Es evidente que ante la amenaza de una crisis siempre hay un esfuerzo por preservar la forma de vida previa, la identidad preexistente, la subjetividad cristalizada, los valores tradicionales, en definitiva, el sistema vigente. La incertidumbre puede desencadenar crispaciones identitarias defensivas para aplacar la angustia, reterritorializaciones (1) brutales, a veces mortíferas. El problema es que esa reactividad no “alcanza” lo que está en juego en esos momentos cruciales de transformación. Podríamos usar aquí la bella fórmula de Deleuze: la única ética es estar a la altura del acontecimiento. ¡Pero cuánto desapego implica esto a veces! Nietzsche decía que hay que desprenderse de la religión, de la patria, de la familia, del saber, de los amigos, de uno mismo… ¡y también de la voluptuosidad del desapego! Pero claro, está el miedo a desprenderse de las pertenencias y los territorios, a perderse uno mismo, a enloquecer o morir, a vivir un derrumbe, una separación, un duelo, un hundimiento. El miedo a dejar que se caigan las máscaras y a no conseguir aferrar las nuevas posibilidades que se abren cuando las formas de existencia establecidas se muestran ya inviables. Sí, son pasajes en que uno se ve afectado por una gran incertidumbre, una indeterminación, un vacío incluso, ya sea en el dominio individual o colectivo, existencial o axiológico. Nada de esto se da sin dolor, sin cierto tipo de muerte, sin una experiencia radical de desterritorialización (1). El desafío es vivir la crisis como un proceso (2) abierto, en el que las reservas de vida y de virtualidad que la crisis revela y desvela sean la materia prima del cambio. Esto requiere todo un arte de la mutación muy complejo y sutil. Claro que la perdida de referencias, de límites, de dirección implica muchos riesgos y peligros, como ocurrió tras la caída del Muro de Berlín con las resurgencias nacionalistas, fascistas, fundamentalistas. No sé si es un problema de conciencia. Es más bien una cierta posición de deseo lo que está en juego, sin duda. Lo que se necesita es un nuevo agenciamiento (3) para sostener la mutación en curso, ése es el desafío. Se requiere un arte, mayor o menor: una inteligencia afectiva, un constructivismo experimental, una cartografía esquizoanalítica (4), una micropolítica.

¿Podríamos decir que el proceso de elaboración positiva de una crisis (la creación de nuevos sentidos y relaciones) es al mismo tiempo un proceso terapéutico, sanador de algún modo? Sería una terapia distinta a la habitual que no pasa por la “contención” ni la “reparación”, sino por la renovación existencial y una cierta metamorfosis. ¿Qué piensas?

Estoy totalmente de acuerdo. El desafío es, a partir de ese “agujero de sentido” que se vive, y de los índices de desterritorialización que se despliegan, poder construir nuevos territorios existenciales (1), abrir nuevas líneas de vida, generar nuevos sentidos, engendrar nuevos ritornelos. Pero no se trata de sustituir los sentidos existentes por nuevos sentidos provenientes de la sensibilidad anterior que justamente se está acabando o que entró en colapso. Como decía François Zourabichvili a partir de Deleuze, una mutación de la sensibilidad, individual o colectiva, se caracteriza justamente por una redistribución de la frontera entre aquello que ya no se tolera, aunque antes era lo más cotidiano, y aquello que en adelante se desea, aunque poco antes fuese inimaginable. No se puede hacer la economía de esa mutación, que es de la sensibilidad, de la percepción, del pensamiento, de la vitalidad –una metamorfosis, como dices. Sí, es un proceso que se podría llamar terapéutico, si se quiere y si ampliamos mucho el sentido de la palabra, o esquizoanalítico, si queremos radicalizar la apuesta en nuevas coordenadas de enunciación a partir de una molecularidad (5) intensiva y de agenciamientos abiertos, acompañadas de formas de expresión que se engendran en el proceso mismo de las subjetivaciones en curso. Es verdad que en ocasiones esto exige cosas muy triviales también, un tipo de cuidado, de continuidad. El colectivo Situaciones habla de manera muy pertinente de tejer lo común cada día, punto por punto, en un trabajo de gran delicadeza, casi artesanal. En todo caso, yo vería todo este conjunto como la construcción y el sostenimiento de un plan de consistencia (6). En ciertos trabajos con grupos o colectivos eso es imprescindible. Pero hay que agregar –ese plan es constituido por una materia de virtualidad– un inconsciente, si se quiere todavía utilizar la palabra, vuelto hacia al futuro. Un inconsciente ampliado y abierto al futuro hace que los cortes y quiebres de sentido no remitan a una interpretación de contenidos profundos, sino que participen de una maquínica (7) extendida, de modo que manifiestan una subjetividad en estado naciente, apertura desterritorializante necesaria para que advenga algo allí donde todo parecía cerrado.

Retomas una cita de Deleuze para afirmar que hoy “no creemos en el mundo”: que nada nos concierne, que somos espectadores de lo que (nos) pasa. ¿Podrías explicarme qué significa esto? ¿Tiene relación con la cuestión de las crisis?

Es como un grito filosófico: “Perdimos el mundo, nos lo quitaron”. O, en otro contexto, Deleuze dice lo mismo con otras palabras: “El hecho moderno es que ya no creemos en este mundo. Ni siquiera en los acontecimientos que nos suceden, el amor, la muerte, como si nos concernieran apenas por la mitad”. Es enigmática esa exclamación. Pero no debería ser leída como una lamentación, trágica o melancólica, sino más bien como un signo del presente. Y de hecho, cuando en sus libros sobre cine, Deleuze analiza el pasaje del cine clásico al contemporáneo, por ejemplo con el neo-realismo italiano, Rosselini, De Sica, insiste sobre esos personajes que delante de una situación de extremo horror o belleza, como una ciudad destruida por la guerra o un volcán en erupción, se ven atravesados por un estupor, una parálisis, una suspensión de la acción. Frente a un exceso de sufrimiento, belleza o abyección, ya ni siquiera consiguen reaccionar, se vuelven como espectadores de lo que les afecta. Para Deleuze, esa situación es un síntoma de que se rompió la conexión sensorio-motora con el mundo, de que ya no estamos en un régimen de acción-reacción.

Más allá de una consideración sobre el cine, y de ese pasaje de un cine del movimiento a un cine del tiempo, hay en el fondo una reflexión sobre una mutación más profunda, una ruptura en la conexión entre el hombre y el mundo. Más radicalmente, lo que fue perturbado es la creencia en el mundo. ¿Y no es el cine, el arte, el pensamiento o la política los que podrían devolvernos la creencia en el mundo? Pero no se trata, justamente, de volver a creer en lo que antes nos hacía actuar, ya sean los dogmas metafísicos, religiosos o políticos. William James, junto a Nietzsche, fue uno de los autores que inspiró a Deleuze en ese tema, porque él pensó a fondo el tema de la creencia en el contexto de un mundo precisamente pluralista, incierto, peligroso, con partes inconexas, indeterminaciones –un mundo no determinista, sino agonístico. Para James, como para Nietzsche, no se trata de creer en cosas que justamente cayeron en el descrédito: Dios, la Revolucion, el Progreso, esos universales o absolutos que se arruinaron, sino de reactivar la creencia a partir de un pluralismo, de un perspectivismo, de un indeterminismo, de una colisión de las voluntades y de las partículas. Según la bella lectura que nos ofrece David Lapoujade a partir de James, creer en el mundo no es creer que el mundo existe, de lo cual no dudamos, sino creer en las posibilidades del mundo, tener confianza en nuestra capacidad de conectarnos con las fuerzas del mundo, tener confianza en la capacidad de nuestras fuerzas de conectarse con las fuerzas del mundo o, como dice él, en una vía más bien bergsoniana, tener simpatía, simpatizar con el mundo, con sus fuerzas, con su devenir, con el devenir de los otros, con el devenir-otro de los otros en el mundo. Si se reivindica esa confianza es precisamente porque ha sido perturbada. Es sobre el fondo de esa perturbación que la acción se volvió problemática, y tanto más necesaria. Toda esa filosofía pragmatista americana es leída por Deleuze como un esfuerzo constructivista, donde los fragmentos se conectan, pedazo a pedazo, donde la simpatía o la confianza son elementos positivos sobre el fondo de una abisalidad caotica. Creo que ese elemento está presente en Deleuze, aunque no siempre explícito, y a veces se utiliza en los contextos más inesperados. Cuando Negri pregunta a Deleuze qué politica puede prolongar en la historia el esplendor del acontecimiento, Deleuze responde: “Creer en el mundo es lo que más nos hace falta. Creer en el mundo significa sobre todo suscitar acontecimientos, aunque sean pequeños, que escapen al control, o hacer nacer nuevos espacio-tiempos, incluso de superficie y volumen reducidos”.

Otro de los temas de tu trabajo es la cuestión de lo común, ¿cómo la piensas? ¿Qué es lo común? ¿Qué relación tiene -si la tiene- con el problema de la crisis?

Varios autores contemporáneos –entre otros, Toni Negri, Giorgio Agamben, Paolo Virno, Jean-Luc Nancy e incluso, antes que ellos, Maurice Blanchot- se refieren con insistencia a una evidencia: vivimos hoy una crisis de lo “común”. Las formas que antes parecían garantizarles a los hombres un contorno común, que le aseguraban alguna consistencia al lazo social, perdieron su pregnancia y entraron definitivamente en colapso. Desde la llamada esfera pública hasta los modos de asociación consagrados: comunitarios, nacionales, ideológicos, partidarios, sindicales. Deambulamos entre espectros de lo común: los media, la escenificación política, los consensos económicos legitimados, pero también las recaídas en lo étnico o en la religión, la invocación civilizadora basada en el pánico, la militarización de la existencia para defender la “vida” supuestamente “común” –o, más precisamente, para defender una forma-de-vida llamada “común”. No obstante, sabemos bien que esta “vida”, o esta “forma-de-vida”, no es realmente “común”, que cuando participamos en esos consensos, esas guerras, esos pánicos, esos circos políticos, esos modos caducos de asociación, o incluso en ese lenguaje que habla en nuestro nombre, somos víctimas o cómplices de un secuestro.

Si hoy hay, de hecho, un secuestro de lo común, una expropiación de lo común, una manipulación de lo común, bajo formas consensuales, unitarias, espectacularizadas, totalizadas, transcendentalizadas, es necesario reconocer que, al mismo tiempo y paradójicamente, tales figuraciones de lo “común” comienzan a aparecer finalmente como aquello que son: puro espectro. En otro contexto, Deleuze nos recuerda que, a partir sobre todo de la Segunda Guerra Mundial, los clichés comenzaron a aparecer como aquello que son: meros clichés. Los clichés de la relación, los clichés del amor, los clichés del pueblo, los clichés de la política o de la revolución, los clichés de aquello que nos liga al mundo. Y sólo en el momento en que, vaciados de su pregnancia, se revelaron como clichés –esto es, como imágenes acabadas, prefabricadas, esquemas reconocibles, meros calcos de lo empírico-, el pensamiento pudo liberarse de ellos para encontrar aquello que es “real”.

Ahora bien: hoy, tanto la percepción del secuestro de lo común, como la revelación del carácter espectral de ese común transcendentalizado, se dan en condiciones muy específicas: precisamente en un momento en que lo común –y no su imagen- está preparado para aparecer en su máxima fuerza de afectación, y de manera inmanente, dado el nuevo contexto productivo y biopolítico actual. Para decirlo con claridad: a diferencia de lo que ocurría algunas décadas atrás, cuando lo común se definía y era vivido como aquel espacio abstracto que conjugaba las individualidades y se sobreponía a ellas –fuera como espacio público, fuera como política-, hoy lo común es el espacio productivo por excelencia. El contexto contemporáneo trajo a la luz, de manera inédita en la historia –pues lo hizo en su núcleo propiamente económico y biopolítico-, la prevalencia de lo “común”. El llamado trabajo inmaterial, la producción posfordista, el capitalismo cognitivo, son todos fruto de la emergencia de lo común: todos exigen facultades vinculadas a lo que nos es más común, esto es, el lenguaje y su haz correlativo: la inteligencia, los saberes, la cognición, la memoria, la imaginación y, por consiguiente, la inventiva común. Pero también exigen requisitos subjetivos vinculados con el lenguaje, como la capacidad de comunicar, de relacionarse, de asociar, de cooperar, de compartir la memoria, de forjar nuevas conexiones y hacer proliferar las redes. En este contexto de capitalismo en red o conectivo –que algunos llaman incluso rizomático (8)-, por lo menos idealmente aquello que es común se pone a trabajar en común. Y no podría ser de otro modo: a fin de cuentas, ¿qué sería un lenguaje privado? ¿Qué vendría a ser una conexión solipsista? ¿Qué sentido tendría un saber exclusivamente referido a sí mismo? Poner en común lo que es común, poner en circulación lo que ya es patrimonio de todos, hacer proliferar lo que está en todos y en todas partes, sea el lenguaje, la vida, la inventiva… Pero esta dinámica sólo parcialmente corresponde a lo que de hecho sucede, ya que se hace acompañar de la apropiación de lo común, de la expropiación de lo común, de la privatización de lo común, de la vampirización de lo común emprendida por las diversas empresas, mafias, estados e instituciones, con finalidades que el capitalismo no puede disimular, ni siquiera en sus versiones más rizomáticas.

También en este caso la crisis de la representación de lo comun abre y revela, al mismo tiempo, otra modalidad de producción del común.

Decías recientemente en Madrid que tal vez parezca extraño escuchar a un deleuziano hablar de crisis o catástrofes de sentido (aunque sea por ejemplo el tema principal del libro de Deleuze sobre la pintura y el diagrama), ¿por qué? En la filosofía contemporánea está muy presente el problema de la crisis, el acontecimiento, la interrupción, la discontinuidad, ¿qué diferencias encuentras entre las diferentes lecturas?

En una necrológica de 1995 tras la muerte de Deleuze, Giorgio Agamben compara dos seminarios a los que asistió, uno de Heidegger y otro, veinte años después, de Deleuze: “Un abismo separa a esos dos filósofos… la tonalidad general de Heidegger es de una angustia tensa y casi metálica… Por el contrario, nada expresa mejor la tonalidad fundamental de Deleuze que una sensación que le gustaba llamar por el nombre inglés de self-enjoyment”. La conclusión de Agamben es la siguiente: “La gran filosofía de este siglo sombrío, que empezó por la angustia, terminó con la alegría” Eso nos suena justo y, al mismo tiempo, paradójico. Pero algunas décadas antes, Jean Hyppolite decía algo muy similar, comparando el bergsonismo y el existencialismo, pero con el signo invertido, como si lo lamentara. Él advertía que no hay lugar en Bergson para la angustia humana, sólo para la serenidad. Y agregaba: “es esa serenidad la que hoy ya no estamos en condiciones de comprender. Como si en un periodo de la historia especialmente trágico como el nuestro, no hubiera más lugar para esa serenidad”.

Tenemos aquí un tema fundamental, la Stimmung, la tonalidad afectiva de un pensamiento. Es admirable que tras la posguerra una línea tan sobria atraviese toda la obra de Deleuze, hecha de afirmatividad y de alegría, tan distinta a la que dominó la filosofía inmediatamente anterior. Deleuze nunca se dejó llevar por la negatividad y sus afectos, ni por el culto a la angustia, mucho menos por el tema del fin (la clausura de la metafísica, el fin de la filosofía etc.). ¡No el trabajo de lo negativo, sino el goce de la diferencia! Ahora bien, creo que eso fue mal entendido. Algunos llegaron a hacer de él un apóstol del espontaneísmo hedonista –él se explicó ampliamente sobre eso (el deseo no es natural, sino puro artificio, construcción, etc.). Pero más profundamente, habría que preguntar si la tonalidad afectiva a la cual nos referimos, esa afirmatividad tan característica de su filosofía de la diferencia, justifica una lectura monocorde que la transforma en una positividad plena, y a su alegría, en un dictamen afectivo. Yo veo tantos saltos, desajustes, agujeros, huidas, tantos movimientos y parálisis, velocidades y lentitudes, gritos, incluso derrumbes, colapsos, catatonias… Y no creo que su pensamiento los oculte, muy al contrario, los expone, se instala a veces en ellos para alimentarse, para después saltarlos, como un diablo o una pulga. Es lo que lo hace tan contemporáneo, tan múltiple, tan divertido, polifónico, pero también tan enigmático. Deleuze desordena las cartas de nuestro abanico afectivo.

Véase el tema del agotamiento, para quedarnos en un único ejemplo. Deleuze dice en un pequeño texto sobre Beckett que el agotado es distinto al cansado –el cansado descansa para recuperar sus fuerzas y volver a trabajar, según una dialéctica interna al trabajo y a su lógica. El agotado, en cambio, es aquel que agotó los posibles, que agotó el mundo y se agotó a sí mismo. El agotado es aquel que está instalado en la imposibilidad. Insomne, sentado, en la oscuridad, como en Beckett, en vigilia, en ocasiones le vienen imágenes fugitivas, efímeras, que se consumen y desaparecen… Son fenómenos de videncia, son vislumbres, son flashes de intensidad. Es un texto enigmático, muy bello. ¿Qué es el agotamiento, qué es esa combustión de intensidades, qué es esa parálisis? La mejor lectura está en François Zourabichvili, que explica que ese texto fue escrito por Deleuze poco después del derrumbe del muro de Berlín. Era un momento en que se tenía la impresión de que todos los posibles se habían intentado, se habían agotado y se estaba en una imposibilidad. El agotamiento significa que el repertorio de los posibles que teníamos almacenado se vacía, que abandonamos, lo desertamos. Significa también que todos los clichés sobre qué es lo que debemos sentir, pensar, hacer, cómo debemos amar, indignarnos, hacer la revolución, evocar el pueblo, también se han evaporado, dejándonos vacíos frente al mundo, sin mediaciones ni filtros. Es un encuentro con lo real, a partir de un vaciamiento, de una imposibilidad. Pero nada de eso lleva al llanto ni a la lamentación, mucho menos a la nostalgia, sino que nos fuerza, ya no a elegir entre los posibles existentes que se han agotado, sino a inventar un posible, a volvernos “videntes”, es decir, a vislumbrar potencias justamente a partir de la impotencia. Es un extraña manera de describir una época, pensarla desde el fondo del agotamiento, apoyarse en la impotencia para recusar la melancolía, la esperanza, la angustia o el voluntarismo.

Toni Negri protestó una vez, con razón, de que la gente se acercaba a él con la expectativa de escuchar palabras de esperanza. Y agregó que no era un sacerdote spinozista, que no era su papel expresar retóricas de alegría o de superabundancia, y que la función de la teoría no es reconfortar a nadie. Yo creo que, así, Negri pudo tematizar un cierto desencantamiento, incluso un vaciamiento, pero no para deleitarse en una voluptuosidad nihilista, como lo hicieron algunos de sus contemporáneos, sino más bien para señalar que algo se ha agotado, una época, un ciclo, un paradigma y que frente a eso no deberíamos atrincherarnos en lo que se está acabando. Que era necesario admitir el vacío –no es una palabra muy frecuente en el discurso político. Pero el vacío que él señalaba, a diferencia del vacío depresivo, parecía más bien una indeterminación, la sensación de que está todo abierto, potencia de innovacion, desutopía. Ese vacío permite un principio nuevo, un deseo autónomo, un procedimiento absoluto. Es a partir de un vacío así como él trata de pensar una potencia no subordinada ni a la necesidad, ni al resentimiento, ni a la compasión. No se trata de llenarlo a la manera voluntarista o nostálgica, sino insistir en afirmar la pura pulsión etica y la pasión constructiva.

Así que ni Deleuze ni Negri, aunque muy distintos entre ellos, son líricos leopardianos o sacerdotes spinozistas. Cada uno articuló a su manera, y con su tono, la relación entre la discontinuidad y el acontecimiento. Otros pensadores como Badiou o Rancière, así como Benjamin antes que todos ellos, lo hicieron de otra manera y con otra tonalidad afectiva. Tendríamos que pensar mejor lo decisivo que es eso en un pensamiento, la tonalidad afectiva…

————————————

Otras dos entrevistas con Peter Pál Pelbart:

Sobre el agotamiento de los posibles

“Cuando uno piensa está en guerra contra sí mismo…”

————————————

NOTAS*:

1. Territorio, reterritorialización, desterritorialización: la noción de territorio se entiende aquí en un sentido muy lato, que desborda el uso que recibe en la etología y en la etnología. El territorio puede ser relativo a un espacio vivido, así como a un sistema percibido en cuyo seno un sujeto se siente «en su casa». El territorio es sinónimo de apropiación, de subjetivación encerrada en sí misma. El territorio puede desterritorializarse, esto es, abrirse y emprender líneas de fuga e incluso desmoronarse y destruirse. La desterritorialización consistirá en un intento de recomposición de un territorio empeñado en un proceso de reterritorialización. El capitalismo es un buen ejemplo de sistema permanente de desterritorialización: las clases capitalistas intentan constantemente «recuperar» los procesos de desterritorialización en el orden de la producción y de las relaciones sociales. De esta suerte, intenta dominar todas las pulsiones procesuales (o phylum maquínico) que labran la sociedad.

2. Proceso: secuencia continua de hechos o de operaciones que pueden conducir a otras secuencias de hechos y de operaciones. El proceso implica la idea de una ruptura permanente de los equilibrios establecidos. El término no se emplea aquí en la acepción de la psiquiatría clásica, que habla de proceso esquizofrénico, lo que implica siempre la llegada a un estado terminal. Su acepción está más próxima de lo que Ilya Prigogine e Isabelle Stengers denominan «procesos disipativos».

3. Agenciamiento: noción más amplia que la de estructura, sistema, forma, proceso, etc. Un agenciamiento acarrea componentes heterogéneos, también de orden biológico, social, maquínico, gnoseológico. En la teoría esquizoanalítica del inconsciente, el agenciamiento se concibe en oposición al «complejo» freudiano.

4. Esquizoanálisis: mientras que el psicoanálisis partía de un modelo de psique basado en el estudio de las neurosis, centrado en la persona y en las identificaciones, y que opera a partir de la transferencia y de la interpretación, el esquizoanálisis se inspira, por el contrario, en las investigaciones acerca de la psicosis; se niega a rebajar el deseo a los sistemas personológicos y niega toda eficacia a la transferencia y a la interpretación.

5. Molecular/molar: los mismos elementos que existen en flujos, estratos, agenciamientos, pueden organizarse de un modo molar o de un modo molecular. El orden molar corresponde a las estratificaciones que delimitan objetos, sujetos, las representaciones y sus sistemas de referencia. El orden molecular, por el contrario, es el de los flujos, los devenires, las transiciones de fase, las intensidades. Llamaremos «transversalidad» a este atravesamiento molecular de los estratos y los niveles, operado por los diferentes tipos de agenciamientos.

6. Plan de consistencia: los flujos, los territorios, las máquinas, los universos de deseo, con independencia de su diferencia de naturaleza, se remiten al mismo plano/plan de consistencia (o plano/plan de inmanencia), que no debe confundirse con un plano de referencia. En efecto, las diferentes modalidades de existencia de los sistemas de intensidades no atañen a idealidades transcendentes, sino a procesos de engendramiento y a transformaciones reales.

7. Máquina (y maquínico): distinguiremos aquí la máquina de la mecánica. La mecánica está relativamente encerrada en sí misma; sólo mantiene relaciones perfectamente codificadas con los flujos exteriores. Las máquinas, consideradas en susevoluciones históricas, constituyen, por el contrario, un phylum comparable a los de las especies vivas. Se engendran unas a otras, se seleccionan, se eliminan y dan lugar a nuevas líneas de potencialidad. Las máquinas, en sentido lato, esto es, no sólo las máquinas técnicas sino también las máquinas teóricas, sociales, estéticas, etc., nunca funcionan de forma aislada, sino por agregado o por agenciamiento. Por ejemplo, una máquina técnica en una fábrica entra en interacción con una máquina social, con una máquina de formación, con una máquina de investigación, con una máquina comercial, etc.

8. Rizoma, rizomático: los diagramas arborescentes proceden con arreglo a jerarquías sucesivas, a partir de un punto central, de tal suerte que cada elemento local remonta a ese punto central. Por el contrario, los sistemas en rizomas o en emparrado pueden derivar hasta el infinito y establecer conexiones transversales sin que puedan ser centrados o clausurados. El término «rizoma» procede de la botánica, donde define los sistemas de tallos subterráneos de plantas vivaces que emiten yemas y raíces adventicias en su parte inferior. (Ejemplo: rizoma de lirio).

* Todas las notas han sido extraídas del “Glosario de esquizoanálisis” presente al final de Plan sobre el planeta, de Félix Guattari (Traficantes de Sueños, 2004). Fuera de lugar

lunes, 25 de enero de 2010

El aparato psiquiátrico

Enrique González Duro
El Viejo Topo, Extra/7 (especial sobre control social) - Junio-agosto 1979


La psiquiatría institucional se ha presentado como una ciencia médica, neutral y aséptica, que tiene por objeto el estudio y tratamiento de los llamados enfermos mentales. Pero, de hecho, más que por su objeto, se ha definido por sus objetivos en la praxis social. Así, por ejemplo, la psiquiatría en la época del nazismo se propuso “científicamente” el exterminio masivo de unas trescientas mil “vidas desprovistas de valor e indignas de vivirse”, que constituían un “cuerpo extraño para la sociedad humana”. De este modo se “solucionó” el problema de los enfermos mentales en Alemania y se cumplieron los dictados higienistas del Estado hitleriano. Pero aquello no fue un disparate absolutamente insólito, sino una medida que llevaba hasta sus últimas consecuencias los objetivos sociales de una doctrina, casi universalmente aceptada, que conceptuaba a los enfermos mentales como un potencial peligro público, del que la sociedad “sana” tenía que defenderse. Y esta labor de policía sanitaria la ha realizado siempre la psiquiatría institucional, por delegación y al servicio del orden establecido. Por eso, no es de extrañar que, aún hoy, muchos pacientes sean “tratados”, a la fuerza y por la fuerza, por el aparato psiquiátrico, que siempre ha contado con excelentes instrumentos represivos. (El paciente sabe muy bien que, por ejemplo, su privación de libertad (en el manicomio) se debe a que ha alterado a los demás, y no a que esté realmente enfermo. Por eso no tiene “conciencia de enfermedad”, lo que, paradójicamente, se interpreta como un inequívoco síntoma de enfermedad).

El tratamiento de los enfermos psíquicos no ha sido sino un pretexto médico para encubrir una función ético-política de control de ciertos “desviados” sociales, que la psiquiatría ejercita en bien de los poderes establecidos. Realmente, la psiquiatría actúa como una estructura de poder-saber, que define, conceptualiza, clasifica, controla y corrige las locuras de gentes débiles y marginadas, de acuerdo con los intereses y valores de una sociedad “normalizada” y “normalizante”, valores que corresponden a los de la ideología dominante. Históricamente, toda su fuerza le viene del manicomio (donde nació), una institución segregadora que aún constituye el pilar básico en la organización de la asistencia psiquiátrica pública, al menos en este país. Pero el manicomio no ha de ser conceptuado como una “cosa en sí”, pues su realidad incluye además el rol que desempeña en la conciencia y en el inconsciente colectivo de toda la población, significante de un deseo de exclusión o de tratamiento de lo irracional. Es un espacio mágico y mítico, donde se depositan y conjuran todas las locuras de la sociedad, y al que todos temen. Porque el manicomio no sólo encierra a los que enloquecen en exceso, sino que también actúa imaginariamente sobre la población, coaccionándola preventivamente para que nadie enloquezca más de la cuenta, para que todo el mundo se autocontrole y se comporte de un modo responsable y cuerdo. En este sentido, la similitud y complementariedad con la cárcel es evidente.

El manicomio (no es el hospital para quien sufre trastornos mentales, sino el lugar de represión de ciertas “desviaciones” del comportamiento humano) fue, y sigue siendo, la respuesta institucional del Estado moderno y burgués a la necesidad que tenía de recluir y controlar a un número creciente de personas marginales (económicamente inútiles, socialmente irrelevantes y políticamente ineficaces), procedentes principalmente de las clases proletarizadas, quienes, por su conducta supuestamente anormal e irracional, podrían perturbar el orden social e intranquilizar al resto de los ciudadanos encuadrados “normalmente” en ese orden. Desde el principio, el manicomio fue una institución represora y carcelaria (y a veces, aún peor), aunque de inmediato adquirió un “disfraz médico”, convirtiéndose en un establecimiento aparentemente sanitario. Y los médicos de la institución, apoyados luego por los de la Universidad, elaboraron una teoría y una praxis psiquiátricas que venían a justificar “científicamente” la represión de la locura, reconvertida ahora en enfermedad mental, una entidad abstracta de supuesto origen interno o endógeno, y desconectada por completo de las circunstancias sociales en que esa locura se incuba y produce. Así, la sociedad burguesa quedaba desrresponsabilizada de la contradicción que suponía la presencia en su seno de los locos, considerados ahora como enfermos afectos de misteriosas dolencias, que los médicos habrían de descubrir y “curar”. Bajo la apariencia de tratamiento médico, toda forma de represión psiquiátrica (desde la reclusión hasta la leucotomía) se puede ejercer sobre los “anormales”, represión que en definitiva no es sino la reproducción exagerada y grotesca del control represivo que se efectúa habitualmente sobre los “normales”, en la familia, en la escuela, en la fábrica, en el ejército, etc.


La expansión psiquiátrica

Constituida como doctrina científica, la psiquiatría saldrá pronto del manicomio e irá, como praxis y como ideología, actuando progresivamente sobre casi todo el cuerpo social, cuyos miembros se muestran cada vez más desequilibrados por el “ritmo de la vida moderna”, y adoptando formas más sutiles de control y manipulación social. Y se esforzará en ser más comprensiva y menos segregadora, sobre todo cuando haya de tratar a pacientes ricos, siempre menos locos que los pobres, o cuando intente reincorporar trabajadores útiles al sistema productivo. Pero el objetivo último de la psiquiatría institucional será el de introducirse en todos los niveles de la sociedad, en todos los espacios de la vida humana, tratando de que cada individuo se considere a sí mismo y, a los demás, desde una perspectiva psiquiátrica. Se trata, en la actualidad, de extender la “mirada” psiquiátrica a casi todo el cuerpo social y de generalizar al máximo la división entre lo normal y lo patológico, cuya frontera ya no será la tapia del manicomio. (Todos los conflictos humanos, familiares y sociales, podrán ser psiquiatrizados y puestos en manos de expertos, que aportarán las adecuadas soluciones técnicas).

La locura, antes casi patrimonio de las clases menesterosas, ahora en buena parte se ha democratizado y extendido a otras clases en forma de neurosis. Actualmente todos estamos más o menos neuróticos, lo que requiere una mayor intervención política de la psiquiatría, pues la vigilancia a los neuróticos es la última baza del poder para controlar toda la sociedad. En consecuencia, se hace preciso vigilar todos los recovecos de la vida cotidiana (desde las simples faltas de ortografía de un niño, hasta el uso de un inofensivo porro), y prevenir los posibles fallos o desviaciones de los individuos en su adaptación “normalizante” al sistema social, pero sin cuestionarlo en absoluto. Es mejor prevenir o vigilar, que curar. Sólo se recurrirá a la “curación” represiva cuando falle la vigilancia, y la locura se haga demasiado manifiesta: para eso la psiquiatría institucional conserva sus métodos más punitivos (el manicomio, el electroshock, el coma insulínico, la leucotomía, etc.).

Ya en el siglo pasado el reformador Morel exhortaba a los psiquiatras a efectuar una profilaxis generalizada en todos los sectores sociales, y a los poderes públicos a ejecutar una política sanitaria que preservase sus intereses. Era la mejor prevención contra la posible rebeldía de los oprimidos y de los sufrientes. No se le hizo demasiado caso. Pero, modernamente, sí parece haberlo comprendido muy bien una cierta intelectualidad elitista y burguesa, muy influida por el psicoanálisis (limado de sus primitivas aristas subversivas): basta de política, descubramos las pulsiones inconscientes, liberemos el deseo, abramos la llave de los sueños, o de los significantes[1]. Ciertamente, si el sujeto verbaliza todos sus deseos y se le reconoce una cierta capacidad de goce, a través del consumismo sobre todo, estará más conforme, y no será necesario modificar la realidad. Por eso, vigilar y cuidar la salud mental de todos los ciudadanos será el mejor medio de lograr la integración social, la unión de todos y el fin de la lucha de clases. Para ello, al psiquiatra se le pide, desde la sociedad, una función social mucho más amplia y profunda, por lo que su poder aumentará, aunque eso no se corresponderá con un mayor saber.


El sufrimiento y el rol del enfermo

En las modernas sociedades occidentales, el sufrimiento psicológico, en sus diversas formas, es un problema que afecta a la mayoría de la población, sobre todo a las clases menos favorecidas, que viven situaciones más conflictivas y disponen de menos recursos y opciones para superarlas. Aunque ese sufrimiento es casi siempre ocultado, mantenido dentro de la “privacidad” (un valor típico de la ideología burguesa), vivido vergonzosamente y en silencio, y, por ello, manipulable por la ideología dominante (que exalta el sacrificio individual) y por sus instituciones, incluidas la psicología y la psiquiatría. No obstante, ese sufrimiento oculto y culposo, a menudo, rompe las propias resistencias “normalizantes” del individuo y estalla en conductas más o menos dislocadas. Entonces puede ser calificado de enfermo psíquico y “tratado” como tal. En una sociedad alienante y deshumanizada, el riesgo de psiquiatrización de los problemas humanos es cada vez mayor para cualquier persona, más o menos normal, que se encuentre en una situación crítica. El sistema crea en todos sus miembros un potencial expresivo de locura, que en la mayoría de la gente está habitualmente reprimido y autocontrolado, pero que en condiciones especialmente desfavorables puede descontrolarse y mostrarse hacia fuera. En ese momento, la persona puede ser psiquiatrizada, aunque se niegue a ello, pues de todos modos se le obligaría a “tratarse”. Puede serle más conveniente el someterse “voluntariamente” al control del aparato psiquiátrico. Es lo que se ha llamado la “servidumbre voluntaria” del paciente al poder médico.

El tránsito acelerado hacia una sociedad urbana, industrializada y capitalista, como el iniciado en España a comienzo de los años sesenta, ha supuesto bruscos cambios en la estructura social, con graves secuelas de inadaptación, desarraigo, desintegración familiar, aculturación, etc. Todos estos condicionamientos han operado sobre el individuo, especialmente en los estratos más inferiores, ocasionándole toda clase de sufrimientos, molestias, trastornos y desequilibrios psicológicos, y hasta alteraciones mayores o menores en su conducta, sometida, por otra parte, a continuas presiones “normalizadoras”. Al mismo tiempo ha descendido el umbral de tolerancia sociofamiliar, lo que implica un mayor rechazo hacia la conducta alterada o atípica del sujeto, que pronto será percibida por las personas que le rodean como incomprensible e imprevisible dentro del contexto en que se manifiesta, por lo que podrá ser “denunciada” al psiquiatra, quien fácilmente diagnosticará una enfermedad y prescribirá el “tratamiento” adecuado, que en casos extremos será el internamiento psiquiátrico. Si se trata de personas de escasa rentabilidad social (ancianos, oligofrénicos adultos, etc.), la reclusión podrá ser definitiva. Así pues, lo que aparecía originariamente como un conflicto microsocial (familiar, escolar, laboral, etc.), queda neutralizado técnicamente y reconvertido en una anomalía psíquica del sujeto, en cuya consideración se prescinde de todas las motivaciones psicosociales del sufrimiento o del comportamiento atípico. Con el diagnóstico psiquiátrico, el sujeto queda invalidado como enfermo, y más aún si ha pasado por un manicomio.

El sufrimiento psíquico transformado en enfermedad sólo es susceptible de una respuesta técnica, que no siempre es positiva para el paciente, aunque puede beneficiar a los demás; es un sufrimiento no compartible por otros, y por ello no concita actitudes solidarias de otras personas, posiblemente también sufrientes, en contra de unas estructuras opresoras y generadoras de múltiples padecimientos en todos, sobre todo entre las clases más explotadas. Los “enfermos” no se unen con otros seres “desviados” y sufrientes para formar un subsistema alternativo u opuesto al sistema social central, sino que cada uno se relaciona, voluntariamente o no, con un grupo de no enfermos (familiares, médicos o terapeutas), que le ayudan y/o controlan. De este modo, el enfermo psíquico se encuentra privado de la posibilidad de formar una colectividad solidaria, y por ello resulta mucho menos peligroso para la estabilidad del sistema social que otros roles desviados, tales como el delincuente, el rebelde, el disidente político, etc. En consecuencia, es lógico que el “establishment” muestre su preferencia porque cualquier tipo de conducta desviada se canalice hacia el rol de enfermo y sea psiquiatrizada[2].

La atribución del estatuto de enfermo a un desviado social implica la aserción de que se han de “cuidar de uno”, lo que proporciona un punto de apoyo para el control social que ha de ejercer la familia y/o la medicina psiquiátrica. Si alguien actúa provocativa o agresivamente en determinadas circunstancias y se le considera irresponsable por padecer una enfermedad, entonces se incrementan los controles sociales, lo que le coloca en una situación de dependencia, forzada o no, con otras personas, familiares o médicos, que estarán legitimadas porque le “ayudan”, y no le castigan, aunque a veces esa ayuda sea extremadamente punitiva. Si el sujeto se adapta a las prescripciones médicas y colabora en todo, será un “buen paciente”, con lo que obtendrá ciertas ventajas: exención de responsabilidades y de exigencias sociales, apoyo, trato benevolente, etc. De ahí que actualmente mucha gente acepte y se instale cómodamente en el rol de enfermo, aunque interiormente no se reconozca como tal, y a pesar de que esto le suponga sometimiento a otros, pérdida de autonomía y una cierta opresión terapéutica. Y va siendo cada vez más frecuente que sean los propios pacientes los que demanden al médico dosis crecientes de psicofármacos, que ocultan sus propios problemas, los que en muchos casos no son sino conflictos psicosociales más o menos interiorizados. Por el contrario, si el sujeto no se reconoce como enfermo psíquico, no acepta el control médico y no colabora en su tratamiento y curación, será catalogado de “enfermo rebelde”, grave e incluso peligroso, con el que se podrán utilizar métodos más coercitivos.

En la actualidad, y dada la creciente demanda de asistencia psiquiátrica (que no siempre viene del propio paciente), el tratamiento no es siempre excluyente y segregador, entre otras cosas porque los manicomios están más que repletos. Pretenden más bien la rehabilitación del “desviado” y su pronta reincorporación al circuito de la producción económica. Por eso el tratamiento puede ser más fácilmente aceptable para el paciente. Ese tratamiento consiste en la administración de psicofármacos para los pacientes de la clase trabajadora, o en psicoterapia para las clases más privilegiadas; pero en ambos casos desarrolla un proceso curativo basado en la dependencia al médico, en el sometimiento del paciente al poder del psiquiatra. Y si el enfermo psíquico no se “cura”, el peligro queda también conjurado, porque el sujeto queda invalidado socialmente como irresponsable, estigmatizado por un diagnóstico, localizado y controlado o controlable en cualquier momento. De modo que, aunque no “cure”, la psiquiatría institucional sigue cumpliendo su función de control social de conductas desviadas. En una sociedad como la nuestra, con alta cifra de desempleo, el sistema no demanda a la psiquiatría que cure y rehabilite socialmente al enfermo, que logre su readaptación social objetiva, ya que el sistema se muestra incapaz de insertarlo directamente en el proceso de producción-consumo. Basta con su readaptación subjetiva, con el logro de una homogeneización del “asistido” con respecto a las reglas de valores dominantes, de tal modo que éste perciba como “bueno” todo lo que se ajuste a la norma y como “malo” lo que no entre dentro de ella. Se trata, pues, de que el paciente pueda auto-controlarse, aunque eso no le reporte un beneficio social (trabajo, aceptación familiar, etc.), y esto podrá conseguirlo por su dependencia al psiquiatra, o a la institución psiquiátrica, que siempre podrá ejercer sobre él un férreo control exterior, con el que lo amenaza si no se comporta bien. Por tanto, es comprensible que la psiquiatría en nuestro país siga siendo groseramente represiva, sobre todo en la asistencia pública; aunque en la asistencia privada adopta formas cada vez más sutiles y suaves, sin dejar de ser controladora.


La psiquiatría, control de controles

Las sociedades industriales y tecnocráticas están últimamente sufriendo un notable cambio: las costumbres tradicionales se relajan, los dominios de la vida cotidiana (sexualidad, agresividad, etc.) se liberan progresivamente y se producen múltiples marginalizaciones producidas por el crecimiento demográfico y el desarrollo económico. El Estado, con sus aparatos coactivos (la Policía, la Justicia, etc.), parece incapacitado para mantener un adecuado control social. Los llamados “aparatos ideológicos del Estado” (familia, escuela, empresa, iglesia) se muestran insuficientes para la perfecta socialización y “normalización” del individuo. Pero no se produce el caos. La cohesión social tiende ahora a ser consensual y se logra, más fácilmente, con otros instrumentos de vigilancia, prevención y manipulación, manejados por multitud de agentes y técnicos (de la comunicación, de la información, de la salud, etc.), que no están ligados directamente al Estado, pero que son vehículos de poder y transmisores de una ideología “unidimensional”. No estamos oprimidos represivamente, o lo estamos menos que antes, pero sí somos manipulados y sutilmente controlados. Son nuevas formas de opresión, multiformes y no acumulables, que incluso producen un cierto goce en el cuerpo social (la televisión, el consumo, el ocio planificado, etc.), por lo que son aceptadas con relativa facilidad por casi todos.

A la psiquiatría institucional, en la sociedad moderna, se le va atribuyendo paulatinamente la misión de “control de controles”[3] dentro del sistema general de vigilancia y manipulación a que está sometido el individuo. Aunque la familia, la escuela, la fábrica, la iglesia, la cárcel, etc., siguen siendo instituciones de control del “establishment”, frecuentemente aporta un refuerzo la medicina psicológica o psiquiátrica, que, en última instancia, evalúa “científicamente” la conducta individual y la sanciona de un modo u otro. Por ello, su campo de intervención es cada vez más amplio. Si un individuo tiene conflictos en la familia, en el colegio, en el trabajo o en la calle puede considerarse que no es suficientemente normal y que ha de tener problemas o trastornos cuyo tratamiento dependerá de la medicina. Cuando el niño escapa del control familiar y se rebela contra las imposiciones paternas, cuando se orina en la cama, cuando es “difícil”, desobedece reiteradamente o no estudia lo suficiente, puede ser conducido al psiquiatra, que corregirá su conducta y restablecerá la armonía familiar. En nuestros días los niños que se escapan de casa, aunque sea por uno o varios días, pueden ser considerados enfermos: la American Psychiatric Association define como enfermedad la “Reacción de fuga de la infancia o de la adolescencia”[4]. Por otra parte, en algunos países se pide insistentemente una psiquiatría preventiva que actúe sobre niños y adolescentes, “antes de que sea demasiado tarde”. Así, entre otras cosas, se pretende resolver el problema de la delincuencia juvenil, olvidándose de todos los condicionamientos sociales, económicos y culturales que inciden en este problema. Y muchas escuelas cuentan ya con servicios psicológicos, que clasifican a los estudiantes en listos y torpes, los que son abandonados a su suerte; y eliminan a los que muestran una conducta en exceso perturbadora, enviándolos al psiquiatra. En definitiva, se trata de “ayudar” a los chicos a adaptarse mejor al sistema de enseñanza, aunque éste sea muy malo, y a entenderse mejor con los profesores, pero no al revés.

Se llega incluso a reducir el absentismo laboral, la huelga o la violencia callejera a simples disturbios psicológicos. La psiquiatría se presta a ello y rotula como enfermo el comportamiento de individuos social y políticamente débiles que perturban a personas social y políticamente fuertes. Por eso ha de inventarse entidades nosológicas nuevas, tales como la “personalidad antisocial”, la “personalidad pasivo-agresiva”, el “psicópata frío y emotivamente insensible”, el “psicópata desarmado”, etc. En algunos países desarrollados hasta se ha pensado en soluciones psiquiátricas para la pobreza: “En Estados Unidas las soluciones que han propuesto los asistentes sociales que tratan a los pobres irrecuperables han ido encaminadas a mejorar gradualmente el nivel de vida y a favorecer su asimilación de la clase media. Cuando era posible, se ha aconsejado un tratamiento psiquiátrico”[5]. En los países menos desarrollados no son aplicables soluciones de este tipo, porque los psiquiatras se ocupan sobre todo de individuos de la clase media. Por ello, en esos países los pobres podrían buscar soluciones más revolucionarias, aunque, según el autor de los párrafos citados, ninguna revolución conseguiría abolir la pobreza. De cualquier modo, queda claro cómo la psiquiatría, con su ideología y con su praxis adaptativas, podría intentar frenar los impulsos revolucionarios. No es de extrañar, pues nunca han faltado psiquiatras que han calificado a los dirigentes y militantes revolucionarios como auténticos enfermos mentales. De la misma manera que actualmente se psiquiatriza a los disidentes políticos en la Unión Soviética, así como en otros países occidentales.

La psiquiatría también ha explicado las supuestas causas científico-médicas de la homosexualidad, del alcoholismo, la prostitución, o la delincuencia, conceptuándolas como enfermedades. Y los psiquiatras están ya penetrando en las cárceles, para aplicar a los presos tratamientos coercitivos y adaptativos: electroshocks, terapias conductistas, leucotomías, psicofármacos y hasta terapias de grupo. Su misión es la de adaptar el preso al sistema carcelario[6].


Control de la marginación social

El sistema social produce toda clase de desviados o marginados sociales, a los que no puede, no sabe o no quiere rehabilitar, pero sí controlar al máximo, induciéndolos, para ello, a asumir roles perfectamente definidos y diferenciados. El sistema precisa “conservar”, debidamente identificados y “colocados”, a sus desviados, aunque lo sea para que, por contraste, fijen nítidamente la normativa social vigente para todos los “normales”, que depositarán en ellos sus impulsos desviantes. Hasta el punto que las instituciones creadas para los desviados (cárceles, manicomios, etc.), no los curan ni los reforman, sino que, por el contrario, los confirma socialmente en su rol o status. Podrían ponerse múltiples ejemplos. Ocurre que no interesa demasiado reintegrar plenamente a la sociedad al desviado o marginado. Importa más descubrirlo pronto, aislarlo, neutralizarlo, para confirmar que no somos nosotros (los sanos, los normales), que no es la organización social la que produce las contradicciones.

Pero todo esto es una pura contradicción que cuestiona seriamente la validez integradora y la justicia del sistema, y hace pensar, como solución, en un cambio revolucionario de las estructuras sociales. Para impedir que las clases oprimidas, de donde surgen la mayoría de los marginados etiquetados, tomen conciencia, se solidaricen con ellos y propicien este cambio revolucionario, el sistema negará la contradicción. Y la encubrirá con la ideología psiquiátrica, que explica todo “científicamente”, reduciendo el problema social de los desviados y marginados al problema individual de cada uno de ellos, susceptible siempre de ser solucionado técnicamente. Así se llega a la conclusión de que todos los marginados son enfermos psíquicos, teóricamente curables o rehabilitables.

Pero, en la práctica, la psiquiatría institucional no cura o rehabilita a casi nadie. Lo que es lógico, teniendo en cuenta que prescinde de todas las contradicciones socioeconómicas que inciden sobre la marginación social. Pero no solamente no cura a los desviados-enfermos, sino que los estigmatiza con un diagnóstico científico, que los hace socialmente inaceptables, o que se los acepte hipócritamente y con bastantes reservas. Por ejemplo, cuando un enfermo mental supuestamente curado vuelve a su medio habitual, tras un internamiento psiquiátrico, opta por retraerse, por mostrarse dócil y por eludir toda confrontación con los demás, pues intuye que cualquier actuación suya mínimamente disonante podría serle interpretada como síntoma de su enfermedad. A quien tiene un estigma psiquiátrico se le exige un comportamiento ejemplar y casi perfecto, porque es fácilmente reconocible, está en situación precaria y no puede impedir, que, en caso de conflicto, los demás actúen contra él y le conduzcan de nuevo al psiquiatra. Las personas que le rodean no le tratan de igual a igual, no se fían de él, le vigilan y le controlan, lo que le lleva al autocontrol exagerado, para evitarse la “recaída” y la represión psiquiátrica. Es la mirada psiquiátrica la que controla: el expaciente vive en libertad vigilada, supervisada por la familia, la asistente social, el médico de cabecera, los vecinos y el psiquiatra que le revisa periódicamente. Tendrá que someterse a esta supervisión, si no quiere evitar males mayores. Es todo un proceso de psiquiatrización, por el que cada uno habrá interiorizado la ideología de la psiquiatría represiva y se transformará en su propio psiquiatra, y en el de los demás, vigilando y controlando su propia locura y la de los demás. Se produce, en consecuencia, la extensión del control psiquiátrico a distancia, más sutil y menos costoso que la represión psiquiátrica directa, que sólo actuará en casos extremos.

Así pues, la psiquiatría institucional no tiene necesidad de curar o rehabilitar a mucha gente desviada. Le basta con “domesticar” eliminando los síntomas salvajes del desviado-enfermo, con estigmatizar y con controlar a distancia. Lo invalida como persona, por lo que el Estado puede reprimirlo cuando le convenga con toda tranquilidad y con el consenso de la población normal. Pero es precisamente esta praxis con los marginados la que invalida críticamente toda la ideología psiquiátrica, desenmascarándola como cobertura controladora y represiva del orden establecido.


Hacia una psiquiatría popular

Además del aparato de control represivo de determinadas conductas desviadas, la psiquiatría institucional, en tanto que doctrina y praxis, se constituye en un eficiente “aparato ideológico del Estado”, que reproduce el acatamiento del individuo a las reglas del orden establecido y la sumisión a la ideología dominante, y que contribuye, “mediante el saber”, al mantenimiento de esa ideología y a su manejo por parte de los agentes de la represión . En efecto, la psiquiatría evalúa las conductas individuales, clasificándolas en normales y anormales; “trata” sólo las anormales, pero negándoles apriorísticamente su historicidad y sus posibles conexiones con las relaciones sociales y de producción. Rechaza “científicamente” el sufrimiento psicológico, o que éste tenga algo que ver con el poder, con la opresión o con la explotación del hombre por el hombre. Todo responde a una supuesta enfermedad mental, de origen interno o intrapsíquico, que puede aparecer casi misteriosamente en cualquier individuo, sin relación alguna con sus circunstancias concretas. Sólo pueden curarla los médicos, con métodos rigurosamente “científicos”. Se trata, pues, de una ideología, que suele ser aceptada acríticamente por todo el cuerpo social como una ciencia médica, con valor casi absoluto. La clase trabajadora, sobre la que opera la psiquiatría institucional de un modo más opresivo, no se percata fácilmente de la manipulación ideológica de que es objeto en beneficio de la clase dominante. De ahí que no la haya sometido a una crítica desideologizadora, como sí lo ha hecho con otros “aparatos ideológicos” tales como la escuela o la religión.

Pero si se entiende la ideología que subyace en la psiquiatría, ésta puede convertirse en un lugar de lucha de clases, porque a través de la psiquiatría “la resistencia de las clases explotadas puede encontrar el medio y la ocasión de hacer oír su voz, sea utilizando las contradicciones existentes en su interior, sea conquistando por la lucha puestos de combate” en ella (Althusser). Esto está empezando a suceder: muchos técnicos (psiquiatras, psicólogos, etc.) están rechazando su papel de “funcionarios del consenso”, no legitimando con su aval la discriminación y la violencia que se ejerce sobre los desviados sociales, y planteando soluciones alternativas. Y, por otra parte, ciertos núcleos de las clases trabajadoras, como posibles usuarios de los servicios psiquiátricos, comienzan a sensibilizarse y a reivindicar su participación en la gestión de los mismos, para que se conviertan en auténticos servicios públicos que atiendan las necesidades psicológicas de la población sufriente. De hecho, están surgiendo algunos intentos de una psiquiatría popular, que niega el manicomio, que busca recursos terapéuticos en la propia comunidad, que pretende socializar los conocimientos, elaborar planes de salud mental con la participación del mayor número de personas y despsiquiatrizar al máximo los problemas humanos y sociales, que han de solucionarse trasformando, simultáneamente, la realidad social.

La psiquiatría sigue siendo necesaria, porque los sufrimientos psiquiátricos de la población aumentan sin cesar. Pero es preciso luchar por una nueva psiquiatría, que libere y no oprima, que no esté al servicio del poder sino que alivie el sufrimiento de las gentes. Para ello hay que desideologizar el discurso psiquiátrico tradicional y transformarlo en un discurso liberador, dialogante popular. Y eso se logrará sacando ese discurso del campo médico en que aún se encuentra y llevándolo al terreno político-social. Entonces se demostrará la inanidad del actual saber psiquiátrico y la desnudez del poder del psiquiatra, y podrá abrirse una vía para una psiquiatría alternativa.





Notas al pie de página

    [1] Christian Delacampagne, Psiquiatría y opresión, Editorial Destino, Barcelona, 1978.

    [2] Talcott Parsons, El sistema social, Editorial Revista de Occidente, Madrid, 1966.

    [3] Christian Delacampagne. Obra citada.

    [4] La descripción de esta supuesta enfermedad apareció en el “Diagnostic and Statical Manual”, publicado por la American Psychiatric Association en 1968.

    [5] La frase es de Oscar Lewis, y es citada por Basaglia en su libro La mayoría marginada, Editorial Laia, Barcelona, 1973.

    [6] Stanley Cohen, “Un escenario para el sistema carcelario del futuro”, un ensayo incluido en el libro Los crímenes de la paz, compilado por Basaglia y publicado por la Editorial Siglo XXI, México, 1977.

    [7] Louis Althusser, Escritos, Editorial Laia, Barcelona, 1974.

Enrique González Duro


La Guardia, Jaén, 1939. Profesor universitario y psiquiatra.

Ha trabajado durante más de treinta años en la asistencia pública, habiendo sido uno de los líderes del movimiento anti-psiquiátrico de la década de 1970. Puso en marcha en 1973 el primer Hospital de Día de España. En 1981 se hizo cargo de la reforma psiquiátrica en la provincia de Jaén. Actualmente trabaja en el hospital Gregorio Marañón de Madrid. Colabora habitualmente en prensa, radio y televisión. Es autor de La asistencia psiquiátrica en España (ed. M. Fernández y Cía, 1975), Represión sexual, dominación social (ed. Akal, 1976), Psiquiatría y sociedad autoritaria (Akal, 1978), Distancia a la locura: teoría y práctica del Hospital de Día (ed. Fundamentos, 1982), Historia de la psiquiatría (ed. Libertarias-Prodhufi, 1987), Memoria de un manicomio (ed. Libertarias-Prodhufi, 1992), Las neurosis del ama de casa (ed. Univ. Complutense de Madrid, 1990), La paranoia (ed. Temas de Hoy, 1991), Biografía psicológica de Felipe González (ed. Temas de Hoy, 1996), La máscara de los poderosos (ed. Libertarias-Prodhufi, 1999), Mujeres separadas (Talasa Ediciones, 1999), Franco, una biografía psicológica (ed. Temas de Hoy, 2000), Biografía interior de Juan Ramón Jiménez (ed. Libertarias-Prodhufi, 2002), El miedo en la posguerra (ed. Oberón, 2003), Demonios en el convento (ed. Oberón, 2004), El riesgo de vivir: las nuevas adicciones del siglo XXI (ed. Temas de Hoy, 2005), La sombra del General (ed. Debate, 2005), Fernando VII: el rey Felón (ed. Oberón, 2006) y Biografía del miedo (ed. Debate, 2007).

Marcel Proust

... Entre los intervalos de los instrumentos musicales, cuando la mar estaba muy llena, se oía, continuo y ligado, el resbalar del agua de una ola que envolvía los trazos del violín en sus volutas de cristal y parecía lanzar su espuma por encima de los ecos intermitentes de una música submarina. Yo me impacientaba porque no me habían traído aun las cosas para empezar a vestirme. Daban las doce, y Francisca aparecía. Y durante varios meses seguidos, en ese Balbec que tanto codicié, porque me lo imaginaba batido por las tempestades y perdido entre brumas, hizo un tiempo tan seguro y tan brillante que cuando venía a descorrer las cortinas nunca me vi defraudado en mi esperanza de encontrar ese mismo lienzo de sol pegado al rincón de la pared de afuera y de un inmutable color, que impresionaba, más aun que por ser signo del estío, por su colorido melancólico, cual el de un esmalte inerte y ficticio. Y mientras que Francisca iba quitando los alfileres de las impostas, arrancaba telas y descorría cortinas, el día de verano que descubría ella parecía tan muerto, tan inmemorial como una momia suntuosa y milenaria que nuestra vieja criada despojaba cuidadosamente de toda su lencería antes de mostrarla embalsamada en su túnica de oro. ... Marcel Proust


R.D. Laing

--- Knots (Nudos) R.D. Laing (extracto) People can act very strange. At least ... I think they act very strange. And maybe other people think that I am the one who’s acting very strange. Do you know the feeling? Effective comunication is difficult to construct. There are some many knots in human understanding ... Can you unite these ones? There must be something the matter with him because he would not be acting as he does unless there was therefore he is acting as he is because there is something the matter with him. He does not think there is anything the matter with him because one of the things that is the matter with him is that he does not think that there is anything the matter with him therefore we have to help him to realize that the fact that he does not think that there is anythingthe matter with him is one of the things that is the matter with him. There is something I don’t know that I am suposed to know. I don’t know what it is I don’t know,and yet I am suposed to know,and I feel I look stupidif I seem both not to know it and not to know what it is I don´t know. Therefore I pretend I know it. This is nerve-ranking since I don’t know what I must pretend to know. Therefore I pretend to know everything. I feel you know what I am supposed to know. But you can’t tell me what it is. Because you don’t know that I don’t know what it is. You may know what I don’t know, but not that I don’t know it, and I can’t tell you. So you will have to tell me everything. Absurd, isn’t it? But very real as well. I’m sure you have had similar experiences. What can we do to better our communications? How can we avoid to feel bad? How can we avoid that other persons feel bad? if ( "true" == "false" )... R D Laing

Ronald Laing, the radical psychiatrist, psychoanalyst and psychotherapist who profoundly altered our understanding of mental illness, was the founder of just one organisation - the Philadelphia Association.

Born in Glasgow in 1927 R D Laing studied medicine at the University of Glasgow and went on to become a psychiatrist. His first experiment in changing the way people designated the mentally ill took place at Glasgow’s Gartnavel Hospital where he and colleagues radically altered the treatment regime in a long-term women's ward.

Laing moved to London to work at the Tavistock Clinic and trained as a psychoanalyst at the Institute of Psychoanalysis. Laing had for many years been engaged with continental philosophy and in a series of books published in the course of the 1960s he sought to develop what he called ‘an existential-phenomenological foundation for a science of persons’ and sought to set out a description of the experience of those labelled schizophrenic. Such people, Laing argued, suffered from ontological insecurity, a lack of faith in their own and others' reality which led them to create false self systems to fend off psychological and emotional catastrophe. Laing wanted to make madness and the process of going mad comprehensible, and to a great many people, including many of those afflicted, he did so convincingly. The discourse of the 'mad', he showed, if listened to in the right spirit could make a sense of its own. This was to be the line of thought that Laing would pursue for many years in The Divided Self (1960), Self and Others (1961), Sanity, Madness and the Family (1964) and The Politics of Experience (1967). (After this his writings became more diffuse, sometimes arguably self indulgent, but still capable of great insight). (Leer+)


Explicando a Laing

... Como libro pionero en su consideración de la esquizofrenia, y también por su carácter revolucionario y sus afirmaciones heterodoxas (pese a basarse completamente en análisis clínicos y emplear Esterson y Laing un lenguaje cuidadosamente clínico y objetivo, una tendencia no siempre presente en otros libros de Laing, como The Politics of Experience, de 1967 o Knots, de 1970). Sanity, Madness and the Family fue un libro polémico que recibió numerosas críticas. La primera y más obvia - y algo de lo que Esterson y Laing eran conscientes tras su publicación - es que, como apuntamos previamente, no se publicaron los datos del grupo de control formado por familias no esquizofrenogénicas, donde las interacciones y comunicación no estuvieran basadas enel uso de dobles vínculos y comunicaciones de doble sentido. Pese a que un grupo de control es absolutamente imprescindible para un estudio científico serio, el tiempo ha jugado a favor de las afirmaciones de Laing y Esterson en su obra, puesto que en investigaciones empíricas recientes sobre la influencia del factor familiar en la esquizofrenia, como las de Nevid, Rathus y Greene, se ha demostrado el papel fundamental de la familia en el desarrollo de una personalidad independiente.Objetividad y estilo que se repetirían en el estudio sobre comunicación y patología conjunto con Phillipson y Lee en 1966, Interpersonal Perception, un análisis de los modos de comunicación en parejas.(ontológicamente segura, diría Laing) o el recurso, por presión familiar, a defensas esquizofrenogénicas.La publicación de este libro tuvo, sin embargo, consecuencias más a largo plazo, y no sólo dentro del contexto médico, para la carrera y reputación de Laing. Algunas críticas no bien documentadas llegaron a afirmar que Laing se oponía al concepto mismo de familia, y que lo consideraba una célula de organización social enferma que aliena y destruye al individuo. A esta percepción errónea de las afirmaciones de Laing no ayudó, precisamente, su estrecha relación con David Cooper, pensador radical en lo tocante a la familia (suyos son libros con títulos tan reveladores como The Death of the Family (1971) o The Language of Madness (1978) , en los que la familia se compara a una granja donde los adolescentes son cebados como cochinillos para luego ser“sacrificados” al dios de la cruel y homogeneizadora sociedad). Así, a raíz de la publicación casi simultánea de estas obras de Cooper (que Laing consideraba radicales ya en ese momento), se identificó a Laing con las ideas extremadamente violentas y revolucionarias de su colega. La misión que Cooper se impuso en sus publicaciones eraincitar a la revolución y a la destrucción de la organización social tradicional, cargando las tintas en la familia, como origen de los males sociales, incluso en individuos aparentemente sanos y adaptados. En la obra conjunta de Laing y Cooper, Reason and Violence (1964), las partes escritas por Laing nunca son tan radicales en sus planteamientos como las de su colega, que se aproxima en ocasiones al marxismo puromás que a la práctica psiquiátrica. Así, se ha criticado a Laing por culpar a los padres de los pacientes esquizofrénicos de la aparición de síntomas en sus hijos, sin embargo, su intención en este libro con Esterson, y en otras obras posteriores, no era rechazar y demonizar la familia en sí, sino mostrar cómo la locura no es algo que surjaespontáneamente del paciente mismo, sino, más bien, como el resultado de un mecanismo de presión social. Las familias de este estudio son familias disfuncionales (lo que no significa que todas lo sean), que producen en el individuo que es tratado por locura una serie de condiciones patológicas (llamados síntomas esquizofrénicos), queno son sino una expresión patológica de la disfunción de toda la familia. Tampoco negó Laing que los esquizofrénicos tuvieran problemas para operar en su vida diaria; Laing reconoce la dura y traumática experiencia de la locura, si bien disiente en la interpretación más “clásica” de los orígenes de ésta, y prefiere buscarlos en el ámbito de la interexperiencia, es decir, en el campo de los intercambios sociales. La locura tienesu origen no en trastornos dentro de uno mismo, sino que surge de la relación entre personas (véanse Laing y Esterson 1964; y Laing, H. Phillipson y A.R. Lee 1966). ... Méndez García, Carmen (2004)



Temas

Lo más importante de este blog son tu experiencia, tus comentarios Your feedback






Form View Counter
ecoestadistica.com