La experiencia analítica desde el punto de vista del analizando. Profilaxis. Etica y psicoanálisis. Psicología y poder. Terapias adictivas. La sociedad psicologizada. Mala praxis. Una denuncia
anaclisis [anaclisis] f. (Fisiol. hum.) Decúbito, especialmente el supino. (Estar acostado hacia arriba.) aná ἀνά (gr. ‘hacia arriba’, ‘por completo’, ‘de nuevo’, ‘por partes’) + klī‑ κλῑ‑ (gr. ‘inclinarse, tumbarse’; κρεβάτι, κλίνη ‘lecho’) + ‑sis (gr.) [Leng. base: gr. Antiguo.
En gr. anáklisis ἀνάκλισις con el mismo significado desde Hipócrates, s. V a.C., reintroducido] // En psiquiatría, dependencia emocional, inclinación hacia el ser de quien se depende o que domina, en particular la primera relación objetal que establece el niño, caracterizada por la completa dependencia de éste respecto de su madre.
“–Si yo lo inquieto tanto mejor. Desde el punto de vista del público, lo que yo considero como más deseable, es lanzar un grito de alarma y que tenga, en el terreno científico, una significación muy precisa: que sea un llamado, una exigencia primera concerniente a la formación del analista.” J. Lacan

miércoles, 16 de julio de 2008

Autenticidad en psicoterapia

La palabra "autenticidad" proviene del verbo griego "authenteo", tener autoridad, gobernar a alguien y del sustantivo "authentés" el que obra por sí mismo, es autor o ejecutor.

En latín y ahora en castellano, la palabra significa el autorizado o quien hace fe de algo.

Al hablar de autenticidad en psicoterapia, la polisemia histórica del término converge con todas sus connotaciones, dado que todas ellas tienen plena aplicación:

1º/ El terapeuta es alguien que tiene tanta autoridad, que puede gobernar e incluso tiene una situación de privilegio, casi mágica, sobre su cliente. "Todo cuanto el terapeuta hace y dice, en el transcurso de la sesión, tiene valor simbólico", solía repetir el prof. Cencillo, en sus clases.

2ª/ El terapeuta y su cliente son creadores de un bien fugaz, limitado en el tiempo, pero de insondable valor en sus consecuencias. Ambos son coautores: el terapeuta pone el significante, elige qué técnica de intervención va a usar, cuando aplicarla y cómo la va a adaptar a este cliente particular que tiene ante sí, mientras el otro llena de sentido tal aplicación, cargándola con los significados de su biografía. En otro momento, se invierte el orden, el cliente pone el significante, los hechos de su vida y el terapeuta con su hermenéutica busca el significado, o al menos, la comprensión eidética de las apariencias conductuales

La autoría y autoridad del terapeuta han de hacer la oportuna adaptación "in fieri" de los recursos que vaya empleando, porque ni todo vale para quienquiera que sea el cliente, ni toda devolución del terapeuta es oportuna indiscriminadamente, en cualquier circunstancia y momento.

Cada sesión es una creación original, efímera en su construcción e irrepetible, porque es una relación entre personas. La variable que da autenticidad a la sesión tal vez sea que se desarrolle de un modo muy diferente al previsto, porque junto a los saberes, la estrategia del terapeuta o sus reacciones empáticas, convergen los intereses y peculiaridades del cliente, su necesidad de evolucionar y crecer y sus resistencias para mantener la arquitectura del viejo sistema de adaptación. Todo ello son fuerzas creadoras que interactúan entre sí.

"Es auténtico un terapeuta que se vale de todos las técnicas para curar a sus pacientes; pero es ilegítimo aquel que usa cualquier técnica para demostrar que es un buen terapeuta" (Berne, Principios de Tratamiento en Grupo)

Un buen terapeuta es un profesional que reúne una serie de condiciones que lo capacitan y aseguran su competencia profesional. Yo matizo la expresión de Berne, en el sentido que no considero ilegítimo usar correctamente las técnicas siempre que se respeten las exigencias éticas del rol y las necesidades reales del cliente.

CONDICIONES DEL TERAPEUTA

Para ser un buen terapeuta pienso yo que son exigibles ciertas condiciones, a saber:

1.- Formación básica de Psicología, psicopatología y, al menos, dos procedimientos terapéuticos.

Es obvio que un terapeuta debe saber Psicología y Psicopatología puesto que son el campo específico de su acción.

En cuanto a la exigencia de dominar, al menos, dos procedimientos terapéuticos, es significativo el dato que suministra Carmen Bartres, en un documento reciente del Colegio de Psicólogos, que enumera "250 formas diferentes de psicoterapia, cada una de ellas con sus clínicos fundadores, sus entusiastas seguidores, además de cientos de usuarios" (Deontología Prof., Col. Psicólogos, junio 1999); pero aun siendo revelador el dato, la razón de esta exigencia es evitar el fundamentalismo radical o la bisoñez rígida que se deriva de no conocer más que una sola escuela, por el riesgo de pensar que ésta tenga toda la verdad.

2.- Formación en Antropología Cultural:

Nuestra existencia es, radicalmente una realidad cultural. No sólo las normas, valores, aspiraciones e ideales del Padre, también los modos de pensamiento, sus contenidos, nuestra experiencia, expresividad y las funciones que realizamos en la vida desde el Adulto y, por paradógico que parezca, nuestra afectividad, sus límites y permisos, nuestros juegos lúdicos, los sueños, fantasías y deseos son fenómenos culturales.

Las realidades culturales no sólo nos influyen, a veces, nos instrumentalizan."Las realidades culturales, dice Cencillo, son portadoras de significado, mediaciones de otras realidades humanas". Por ejemplo, ser español es, evidentemente, un constructo cultural; y, en determinados casos y circunstancias, la consistencia de esta realidad cultural puede superponerse y hasta postergar a otra realidad más óntica como pueda ser la consideración de ser persona humana. A mayor abundamiento, las realidades culturales, aun siendo un producto humano, son instrumentalizadas como un poder tiránico que somete al hombre a su dictado: pensemos en determinadas prácticas de índole religiosa, como la palinodia o la flagelación, que desmerecen la dignidad humana.

Por otra parte, los héroes, valores, símbolos y paradigmas que nos proponen los mitos religiosos, los cuentos y narraciones épicas en el florido lenguaje analógico, que es el mismo que el de la sintomatología, corresponden al acervo cultural común, pero son operativos funcional y/o disfuncionalmente en el plano psíquico individual.

Hay un "nous poietikos", según lo denominaba Alejandro de Afrodisia, o "intelectus agens" que llamarían más tarde los averroistas, que tiene carácter colectivo. Posteriormente, Hegel lo llamó Espíritu Objetivo para explicar la objetividad e intemporalidad de las realidades culturales.

A mi modo de ver, el terapeuta ha de ser consciente:

1. De la estructura cultural que le atañe a él tanto como a su cliente, porque ambos la comparten.
2. Del proceso en tanto que "intelectus agens". El terapeuta ayuda a su cliente a adaptarse a su cultura o a desarrollar su proyecto existencial de ir haciéndose como persona dentro de su cultura.

Pero, cuidado, puede haber un malestar de la cultura. No todos los ídolos que se nos ofrecen son sagrados, ni todos lo valores respetables, ni podemos asumir sin crítica cualesquiera ideales o aspiraciones que se nos ofrecen. Y, mediando contrato, tampoco podemos dejar a nuestro cliente desarmado frente a las proposiciones culturales.

La profesora Caro, en un artículo de 1999, dice: "la enfermedad se construye desde el discurso de subculturas médicas populares... Cada subcultura ofrece explicaciones diferentes de la enfermedad y construye modelos sobre la fisiología, la personalidad humana y las formas de tratamiento. Cada modelo está basado en un punto de vista particular del mundo, una epistemología y un grupo de valores". Hasta aquí la cita de Caro. En definitiva, la profesora Caro está proclamando el peso abrumador que el encuadre sociocultural tienen para definir incluso la enfermedad o la salud. Sólo a título de ejemplo, propondré el caso de dos santas católicas: Santa Catalina de Siena y Santa Liberata cuyo mérito principal para estar en los altares es haber sufrido anorexia en ambos casos, enfermedad que, en el encuadre social y cultural de sus respectivos momentos históricos, pasó como "sacrificio supremo ", "ofrenda de vida a la Divinidad", " capacidad inmensa de penitencia".

Para no perder esta perspectiva, ni estar ayunos de estas inquietudes, es fundamental que haya una formación básica al respecto.

3.- Entrenamiento de la empatía:

En mi opinión, la psicoterapia es, fundamentalmente, un proceso reparentalizador. El terapeuta es un "authentés", alguien con autoridad porque tiene un papel de mentor, guía, orientador, padre en definitiva, que ha de comenzar dando acogida incondicional a su cliente como persona.

La empatía consiste en comprender al cliente tal cual es, sin entrar a juzgar, ni valorar lo que hace o dice. Para ello, el terapeuta ha de estar entrenado en escuchar con todos los poros de su cuerpo y prestar atención tanto a la conducta verbal como no-verbal de su cliente.

En mi opinión, el uso del método fenomenológico es la mejor arma para conseguir que la empatía sea eficaz y no quede reducida a una mera repetición huera de sentido. Este punto será el eje central de mi intervención en la Mesa Redonda sobre Epistemología del A.T..

4.- Curiosidad investigadora:

El terapeuta ha de contar con la curiosidad intelectual y aun personal necesarias para acopiar datos y alcanzar comprensión, sobre la significación de las conductas de la persona real que tiene ante sí. En el plano de trabajo del Adulto, la psicoterapia es una investigación aplicada a la persona concreta, con quien estamos trabajando. Esto tampoco quiere decir que hayamos de invadir al cliente con encuestas inquisitoriales, ni arqueológicas. El cliente va a compartir todo cuanto pueda ser significativo, sin empujarle. El terapeuta ha de limitarse a estar receptivo, mostrar interés por el proceso existencial del cliente y esforzarse en comprenderlo.

En esta investigación aplicada, si utilizamos el método fenomenológico, postulado por Berne, nos habremos de limitar a:

1. Ser descriptivos
2. Enfatizar lo individual

Minkowski, ha llegado a decir que la enfermedad mental no es

más que la exageración del carácter individual, que paraliza el impulso vital y el sentido hacia la integración. El paciente vive en su mundo particular (como todos nosotros, añado yo) y efectúa un contacto distorsionado con la realidad (como todos nosotros, sigo añadiendo yo), que no es compatible con los valores establecidos por el sentido común. Y ésta me parece que es la variable que hace "enfermo", poco firme, "in-firmus", ese contacto.

En multitud de ocasiones, sobre todo cuando somos principiantes, tendemos a empezar la casa por el tejado. Nos preocupamos de saber si nuestro cliente tiene el impulsor Complace, el mandato No vivas, si juega a Rincón, si hay una exclusión del Padre o cuales puedan ser sus rebuscos preferidos; pero no nos hemos interesado por saber quién es, como es su subjetividad, qué hace en la vida, qué significado tiene el síntoma que motiva su consulta, cual es su valor simbólico, cómo encaja en su encuadre afectivo y sistema de relaciones, que intencionalidad mantiene y cuales sean los "beneficios" que tal conducta acarrea al cliente.

5.- Disciplina clínica:

La psicoterapia, tanto si la entendemos como proceso conversacional o como experiencia confrontadora tiene unos límites que es preciso mantener, así como la distancia adecuada entre cliente y terapeuta. Trabajando con un esquema humanista, el rol de terapeuta puede ser secundario, pero no dejamos de estar en él; media un compromiso que está sujeto a una deontología profesional. Tanto si entendemos la psicoterapia como una actividad médica, como si la consideramos una actividad reconstructiva, el trabajo del terapeuta ha de estar presidido por un diagnóstico, responder a una hipótesis, debe presentar la consistencia metodológica adecuada y ser controlado de algún modo. Sin diagnóstico, no hay posibilidad de establecer hipótesis clínica; sin esta, la elección de técnicas y procedimientos de intervención será aleatoria o arbitraria y fortuito el resultado.

6.- Meticulosidad técnica:

El terapeuta ha de mantenerse dentro del procedimiento de intervención que haya elegido y acompañar al cliente, según sea el ritmo de trabajo de éste. Todos los terapeutas, cuando hemos empezado, nos ha acuciado la necesidad de demostrar que somos eficaces y "curamos" al cliente. Tal urgencia deberá ser tratada en supervisión, porque el que evoluciona y cambia es el cliente, a su aire y al margen de las prisas que le corran al terapeuta.

7.- Implicación personal:

La implicación de terapeuta tiene tres vertientes:

7.1.- De una parte está su implicación como persona, que se refiere a la disponibilidad personal, aceptación contratransferencial, objetivos del proceso cuya consecución comparte con el cliente, medios que él pone a disposición del cliente, etc..

7.2.- De otra parte, está la implicación de terapeuta con su propio desarrollo personal. A este respecto, y con relación a los analistas transaccionales, Berne, en el libro citado, dice: "lo que sucede en la terapia depende tanto del método elegido por el terapeuta como de su compromiso en lo que se refiere a su propio desarrollo. Las sucesivas etapas en que se va concretando este compromiso se manifiestan por el grado en que el terapeuta tiene consciencia de sí mismo, como un ser viviente en un mundo real" .

Peñarrubia dice que la terapia del terapeuta no termina nunca y alude al consejo o mantra socrático de conocerse a sí mismo.

Yo les voy a contar la práctica de los indios Naskapi. Estas personas viven en las selvas de la península del Labrador de Canadá y se sostienen de la caza. Presentan el grado más ínfimo de sociabilidad ; ni siquiera tienen consciencia tribal; carecen de religión, no mantienen, por tanto, ni clero ni jerarquía y tampoco presentan organización política.

Estos indios que viven en células unifamiliares, cada día se retiran a su lugar escogido para hablar con su Mistapeo, es decir con su"amigo incondicional habitante secreto de su propio corazón", que es lo que significa la palabra Mistapeo. El Mistapeo de los naskapi es el otro yo, personalizado en uno mismo, residente en el propio corazón, con quien conviene dialogar con harta frecuencia.

Si me permiten la traslación, un tanto subrrealista, sería como el A3 confrontando a P2,A2 y N2.

7.3.- Por último, la implicación que concierne al terapeuta transaccional está referida al rol necesariamente activo que mantiene en su quehacer. Berne, al igual que hicieran Ferenzi, Stekel, Jung y por supuesto Sullivan, criticó la pasividad del analista freudiano y no le convenció la lentitud de la asociación libre. Su prurito era "hacer curaciones con el menor número de sesiones posibles" otorgando al terapeuta un rol altamente directivo, mediando en todo caso el contrato de tratamiento y el de intervención.

Froom Reichman dice que "nuestros clientes no vienen a que les demos explicaciones, sino a que les ofrezcamos una experiencia". Crear ese espacio abierto donde quepa la experiencia es nuestro reto como humanistas. En A.T. llamamos contrato de tratamiento a la creación de ese espacio abierto a la experiencia terapéutica.

Hasta aquí las condiciones previas para hacer "autenticus" a un terapeuta.

Cabe preguntarse si existe también una autenticidad en la psicoterapia, en el transcurso del proceso mismo de la terapia, diferenciada de la autenticidad del profesional que la realiza.. A mi modo de ver, la respuesta es afirmativa y tiene una serie de connotaciones que voy a ir desgranando

AUTENTICIDAD DENTRO DEL PROCESO

1.- Reconstrucción del poder personal:

El A.T. pone énfasis en devolver al cliente el poder que le es inherente como persona para que se convierta en "authentés", autor de su vida y promotor de su desarrollo.

En este sentido, la autenticidad del trabajo del terapeuta consiste en hacer fe, recuerden la acepción latina de la palabra, autentificar cualesquiera consecución o logro de su cliente, cualificar las habilidades de que hace gala y reconocer los méritos a que hubiere lugar, con justicia. Ello representa una función de apoyo, fundamental en psicoterapia; pero, en el caso concreto del A.T., si atendemos a la escuela de la Redecisión de los Goulding, es una condición previa a poder efectuar con éxito una intervención.

Por si fuera poco, las caricias, y particularmente las que Jorge Oller llama atributivas, tienen una relevancia especial, toda vez que están orientadas en esta dirección reconstructiva del poder del cliente.

2.- Configuración de la autonomía:

A lo largo del proceso, hemos de tener en perspectiva el principio de autonomía, que considera al ser humano como un sistema abierto, libre para adoptar decisiones y asumir la responsabilidad de su vida y su desarrollo personal.

Para lograr este propósito, es preciso que el cliente conozca su argumento de vida y decida qué partes deja inertes, qué desea redecidir y qué nuevas habilidades quiere desarrollar. Es decir, el cliente habrá de revisar viejas decisiones argumentales, que se consolidaron, han llegado a configurar rasgos de la identidad de su persona, pero le otorgan rigidez o dificultan su adaptación a la circunstancia actual.

En congruencia con el principio de autonomía y para hacer fe del mismo, en el interior de la sesión de terapia, el cliente se ve precisado a tomar decisiones que le conciernen en relación al proceso mismo: aceptar el contrato de tratamiento, modificarlo, aplazar un determinado asunto, etc..

3.- Aletheia:

A mi modo de ver, la terapia es un proceso de revelado similar al que ocurre con una placa fotográfica, cuando el negativo se hace positivo y la figura recupera la forma y adquiere sentido.

La "aletheia" es un proceso de descubrimiento, en cuyo seno lo que era forma pasa a ser fondo, mientras éste deviene en forma. Al terapeuta le compete estimular la exploración sea histórica, sea fenomenológica, sea conductual o existencial., para ayudar al cliente a comprender sus vivencias con la mayor precisión posible y con las connotaciones biológicas, emocionales, relacionales y cognitivas que sean adecuadas.

Un beneficio inequívoco de la terapia ha de ser que el cliente incremente su consciencia y consiga una mejor comprensión de sí mismo.

Este es un paso arriesgado en muchos momentos, tanto para el terapeuta como para el cliente, porque tal revelado no puede hacerse sin dolor. Habrá que desmontar el constructo cognitivo o emocional instalado, las "deformaciones paratáxicas" que decía Sullivan, para efectuar el revelado, una comprensión nueva, con las reestructuraciones cognitivas y las revisiones emocionales que sean precisas.

El terapeuta arriesga entrar en una fase de resistencia e incluso perder al cliente, si se precipita y va delante de él. Por su parte, el cliente se ve impelido a reconocer sus errores y rectificar, incluso su "weltanschaung".

Todo esto es muy incómodo y poco divertido, pero es necesario y es, ante todo, un ejercicio de honestidad y lealtad del terapeuta con su cliente.

4.- Reto al cambio:

4. El rol del terapeuta es también el de provocador, alguien que

propone cambios de conducta. Tal intervención puede responder a múltiples objetivos:

* aliviar tensiones
* comprobar que la persona es capaz de actuar de forma diferente
* recuperar autoestima

Los éxitos parciales son la clave del éxito general de la terapia. A veces, hay que leer con justeza en la conducta, porque la propia patología del cliente tiende a descalificar el logro, sólo porque es parcial y no obtuvo "todo" el resultado que se había propuesto.

También el terapeuta es auténtico cuando reta al cliente a que estructure un proyecto de vida, un compromiso diacrónico de desarrollo personal, que lo convierta en un verdadero "authentés" de su vida, alguien que promueve su futuro y está preparado para responder con eficacia a los emergentes.

5.- Fiabilidad de análisis:

Otro de los objetivos de la terapia es asegurar el bienestar bio-psico-social del cliente. Este estado de bienestar holístico, en el plano psicológico comienza desde el momento que el cliente, con la ayuda del terapeuta, comprende la significación de sus vivencias.

Desde nuestra perspectiva, es elemental aceptar que hay una semiótica de la conducta: las vivencias personales condensan la historia personal, tienen un valor simbólico, encierran una intencionalidad, se insertan en la dinámica de la interacción social y afectiva, etc..

El bienestar, digo, comienza cuando el cliente es capaz de ver su esfuerzo histórico de adaptación y comprende la complejidad del trabajo que se ha tomado en pro de su supervivencia psíquica. A partir del momento que la persona comprende la significación de su vivencia y desentraña su valor simbólico, la intencionalidad y la congruencia interna de una vieja decisión, se hace gracia del dolor o sufrimiento que le haya podido acarrear tal decisión.

En otro sentido, tal aletheia le permite aceptarse y reconciliarse con su poder de decidir. La persona deja de tener una lacra lacerante que lo estigmatizaba y lo condenaba a repetir como Sísifo un circuito de conducta infortunado y recupera libertad, a medida que abandona la compulsión del hábito o las servidumbres del rasgo caracterial.

La autenticidad del terapeuta en este punto es capital, porque ha de "hacer fe" y respetar, absolutamente, la autoría y congruencia de las viejas decisiones, adoptadas dentro del marco de referencias del cliente.

Los intereses, planteamientos ideológicos, creencias y valores del terapeuta no son filtro de análisis, ni deben intervenir, con objeto de poder ver la coherencia interna del cliente en todas sus decisiones anteriores, aunque estas hayan llegado a ser contraproducentes.

En este sentido, es fundamental mantener la distancia terapéutica y hacer las devoluciones que correspondan con suma delicadeza, siempre en perspectiva del afán de supervivencia psíquica que ha inspirado los pasos de nuestro cliente hasta hoy.

6.- Respeto a la singularidad del cliente:

El protagonismo es del cliente. El es quien decide, quien se pone bien o no y quien resuelve o no su problema. El terapeuta es un ayudante, que acompaña, pero no va a reivindicar méritos, aunque sí es responsable de los fallos técnicos que pudieran darse dentro del proceso.

En este punto, creo que el terapeuta ha de ser generoso en sus reconocimientos al cliente y no usurpar el trabajo de éste.

La autenticidad del terapeuta transaccional, en la medida que es una persona que se implica con su cliente, la veo también en el cuidado con que ha de formular las confrontaciones, orientaciones y aun consejos que pueden surgir en un proceso de terapia, cuidando de no invadir al cliente, ni atropellar las características de su marco de referencias.

A este respecto, un terapeuta respetuoso con su cliente ha de diferenciar, sinceramente, el saber técnico o científico del saber empírico, de su experiencia y opiniones personales que vierta. Es decir, habrá de evitar el abuso de autoridad y no camuflar bajo otros epígrafes el suministro de actitudes, opiniones o planteamientos ideológicos personales.

En resumen, es un auténtico terapeuta, el terapeuta "authentés" que ayuda a su cliente a convertirse en otro "authentés".

Fuente: http://www.cop.es/colegiados/m-00407/AUTENTICIDAD.HTM

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Marcel Proust

... Entre los intervalos de los instrumentos musicales, cuando la mar estaba muy llena, se oía, continuo y ligado, el resbalar del agua de una ola que envolvía los trazos del violín en sus volutas de cristal y parecía lanzar su espuma por encima de los ecos intermitentes de una música submarina. Yo me impacientaba porque no me habían traído aun las cosas para empezar a vestirme. Daban las doce, y Francisca aparecía. Y durante varios meses seguidos, en ese Balbec que tanto codicié, porque me lo imaginaba batido por las tempestades y perdido entre brumas, hizo un tiempo tan seguro y tan brillante que cuando venía a descorrer las cortinas nunca me vi defraudado en mi esperanza de encontrar ese mismo lienzo de sol pegado al rincón de la pared de afuera y de un inmutable color, que impresionaba, más aun que por ser signo del estío, por su colorido melancólico, cual el de un esmalte inerte y ficticio. Y mientras que Francisca iba quitando los alfileres de las impostas, arrancaba telas y descorría cortinas, el día de verano que descubría ella parecía tan muerto, tan inmemorial como una momia suntuosa y milenaria que nuestra vieja criada despojaba cuidadosamente de toda su lencería antes de mostrarla embalsamada en su túnica de oro. ... Marcel Proust


R.D. Laing

--- Knots (Nudos) R.D. Laing (extracto) People can act very strange. At least ... I think they act very strange. And maybe other people think that I am the one who’s acting very strange. Do you know the feeling? Effective comunication is difficult to construct. There are some many knots in human understanding ... Can you unite these ones? There must be something the matter with him because he would not be acting as he does unless there was therefore he is acting as he is because there is something the matter with him. He does not think there is anything the matter with him because one of the things that is the matter with him is that he does not think that there is anything the matter with him therefore we have to help him to realize that the fact that he does not think that there is anythingthe matter with him is one of the things that is the matter with him. There is something I don’t know that I am suposed to know. I don’t know what it is I don’t know,and yet I am suposed to know,and I feel I look stupidif I seem both not to know it and not to know what it is I don´t know. Therefore I pretend I know it. This is nerve-ranking since I don’t know what I must pretend to know. Therefore I pretend to know everything. I feel you know what I am supposed to know. But you can’t tell me what it is. Because you don’t know that I don’t know what it is. You may know what I don’t know, but not that I don’t know it, and I can’t tell you. So you will have to tell me everything. Absurd, isn’t it? But very real as well. I’m sure you have had similar experiences. What can we do to better our communications? How can we avoid to feel bad? How can we avoid that other persons feel bad? if ( "true" == "false" )... R D Laing

Ronald Laing, the radical psychiatrist, psychoanalyst and psychotherapist who profoundly altered our understanding of mental illness, was the founder of just one organisation - the Philadelphia Association.

Born in Glasgow in 1927 R D Laing studied medicine at the University of Glasgow and went on to become a psychiatrist. His first experiment in changing the way people designated the mentally ill took place at Glasgow’s Gartnavel Hospital where he and colleagues radically altered the treatment regime in a long-term women's ward.

Laing moved to London to work at the Tavistock Clinic and trained as a psychoanalyst at the Institute of Psychoanalysis. Laing had for many years been engaged with continental philosophy and in a series of books published in the course of the 1960s he sought to develop what he called ‘an existential-phenomenological foundation for a science of persons’ and sought to set out a description of the experience of those labelled schizophrenic. Such people, Laing argued, suffered from ontological insecurity, a lack of faith in their own and others' reality which led them to create false self systems to fend off psychological and emotional catastrophe. Laing wanted to make madness and the process of going mad comprehensible, and to a great many people, including many of those afflicted, he did so convincingly. The discourse of the 'mad', he showed, if listened to in the right spirit could make a sense of its own. This was to be the line of thought that Laing would pursue for many years in The Divided Self (1960), Self and Others (1961), Sanity, Madness and the Family (1964) and The Politics of Experience (1967). (After this his writings became more diffuse, sometimes arguably self indulgent, but still capable of great insight). (Leer+)


Explicando a Laing

... Como libro pionero en su consideración de la esquizofrenia, y también por su carácter revolucionario y sus afirmaciones heterodoxas (pese a basarse completamente en análisis clínicos y emplear Esterson y Laing un lenguaje cuidadosamente clínico y objetivo, una tendencia no siempre presente en otros libros de Laing, como The Politics of Experience, de 1967 o Knots, de 1970). Sanity, Madness and the Family fue un libro polémico que recibió numerosas críticas. La primera y más obvia - y algo de lo que Esterson y Laing eran conscientes tras su publicación - es que, como apuntamos previamente, no se publicaron los datos del grupo de control formado por familias no esquizofrenogénicas, donde las interacciones y comunicación no estuvieran basadas enel uso de dobles vínculos y comunicaciones de doble sentido. Pese a que un grupo de control es absolutamente imprescindible para un estudio científico serio, el tiempo ha jugado a favor de las afirmaciones de Laing y Esterson en su obra, puesto que en investigaciones empíricas recientes sobre la influencia del factor familiar en la esquizofrenia, como las de Nevid, Rathus y Greene, se ha demostrado el papel fundamental de la familia en el desarrollo de una personalidad independiente.Objetividad y estilo que se repetirían en el estudio sobre comunicación y patología conjunto con Phillipson y Lee en 1966, Interpersonal Perception, un análisis de los modos de comunicación en parejas.(ontológicamente segura, diría Laing) o el recurso, por presión familiar, a defensas esquizofrenogénicas.La publicación de este libro tuvo, sin embargo, consecuencias más a largo plazo, y no sólo dentro del contexto médico, para la carrera y reputación de Laing. Algunas críticas no bien documentadas llegaron a afirmar que Laing se oponía al concepto mismo de familia, y que lo consideraba una célula de organización social enferma que aliena y destruye al individuo. A esta percepción errónea de las afirmaciones de Laing no ayudó, precisamente, su estrecha relación con David Cooper, pensador radical en lo tocante a la familia (suyos son libros con títulos tan reveladores como The Death of the Family (1971) o The Language of Madness (1978) , en los que la familia se compara a una granja donde los adolescentes son cebados como cochinillos para luego ser“sacrificados” al dios de la cruel y homogeneizadora sociedad). Así, a raíz de la publicación casi simultánea de estas obras de Cooper (que Laing consideraba radicales ya en ese momento), se identificó a Laing con las ideas extremadamente violentas y revolucionarias de su colega. La misión que Cooper se impuso en sus publicaciones eraincitar a la revolución y a la destrucción de la organización social tradicional, cargando las tintas en la familia, como origen de los males sociales, incluso en individuos aparentemente sanos y adaptados. En la obra conjunta de Laing y Cooper, Reason and Violence (1964), las partes escritas por Laing nunca son tan radicales en sus planteamientos como las de su colega, que se aproxima en ocasiones al marxismo puromás que a la práctica psiquiátrica. Así, se ha criticado a Laing por culpar a los padres de los pacientes esquizofrénicos de la aparición de síntomas en sus hijos, sin embargo, su intención en este libro con Esterson, y en otras obras posteriores, no era rechazar y demonizar la familia en sí, sino mostrar cómo la locura no es algo que surjaespontáneamente del paciente mismo, sino, más bien, como el resultado de un mecanismo de presión social. Las familias de este estudio son familias disfuncionales (lo que no significa que todas lo sean), que producen en el individuo que es tratado por locura una serie de condiciones patológicas (llamados síntomas esquizofrénicos), queno son sino una expresión patológica de la disfunción de toda la familia. Tampoco negó Laing que los esquizofrénicos tuvieran problemas para operar en su vida diaria; Laing reconoce la dura y traumática experiencia de la locura, si bien disiente en la interpretación más “clásica” de los orígenes de ésta, y prefiere buscarlos en el ámbito de la interexperiencia, es decir, en el campo de los intercambios sociales. La locura tienesu origen no en trastornos dentro de uno mismo, sino que surge de la relación entre personas (véanse Laing y Esterson 1964; y Laing, H. Phillipson y A.R. Lee 1966). ... Méndez García, Carmen (2004)



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