La experiencia analítica desde el punto de vista del analizando. Profilaxis. Etica y psicoanálisis. Psicología y poder. Terapias adictivas. La sociedad psicologizada. Mala praxis. Una denuncia
anaclisis [anaclisis] f. (Fisiol. hum.) Decúbito, especialmente el supino. (Estar acostado hacia arriba.) aná ἀνά (gr. ‘hacia arriba’, ‘por completo’, ‘de nuevo’, ‘por partes’) + klī‑ κλῑ‑ (gr. ‘inclinarse, tumbarse’; κρεβάτι, κλίνη ‘lecho’) + ‑sis (gr.) [Leng. base: gr. Antiguo.
En gr. anáklisis ἀνάκλισις con el mismo significado desde Hipócrates, s. V a.C., reintroducido] // En psiquiatría, dependencia emocional, inclinación hacia el ser de quien se depende o que domina, en particular la primera relación objetal que establece el niño, caracterizada por la completa dependencia de éste respecto de su madre.
“–Si yo lo inquieto tanto mejor. Desde el punto de vista del público, lo que yo considero como más deseable, es lanzar un grito de alarma y que tenga, en el terreno científico, una significación muy precisa: que sea un llamado, una exigencia primera concerniente a la formación del analista.” J. Lacan

domingo, 11 de noviembre de 2007

Los tumbados

¿Enfermos imaginarios o viajeros interiores?

LOS TUMBADOS, UNA ESTIRPE EN EXTINCIÓN



El científico y filósofo Blaise Pascal solía advertir que “todos los infortunios de los hombres derivan de no saber quedarse tranquilos en sus casas”. Hay personas, sin embargo, que no sólo han pasado años sin salir de casa, sino que durante todo ese tiempo, y estando aparentemente sanas, ni siquiera han dejado el lecho. Hay quien se refiere a ellos como tumbados, otros los denominan acostados y los franceses inventaron el término encamado para designar a estos sujetos.

Un tumbado, como afirma el escritor Luis Landero, “no es un holgazán, ni un neurótico, ni un simple enfermo imaginario”, sino un hombre que un buen día “opta por suspender su actividad social y se abandona espléndidamente a la inacción”[1]. Aunque el escritor sugiere en su definición una toma de decisión, como veremos, se trata más bien de un imponderable. En algunos casos, este imperativo puede durar toda la vida; en otros, a los dos, seis o veinte años el tumbado abandona la cama y sin previo aviso, como si fuese la cosa más natural del mundo, retoma su actividad anterior, durante tanto tiempo suspendida.

Landero, que en reiteradas ocasiones ha manifestado su interés por aquellos a quienes no duda en calificar de “grandes y verdaderos derrotados”, recuerda que siendo niño y viviendo en Andalucía conoció el caso de un maestro albañil, con seis lustros de experiencia profesional, el cual “una mañana, sin anuncio previo, sin razón aparente, sin el menor síntoma de enfermedad o malestar, y en perfecto uso de sus facultades mentales, había decidido quedarse en la cama indefinidamente”, y de ello hacía ya casi diez años. Nada excepcional había acontecido en su vida, ni había habido “ningún desengaño, tendencia a la depresión o conflicto laboral o doméstico”. Según describe Landero, el suceso no vino anticipado por signo alguno, sino que “la propia víctima fue la primera en quedar atónita e indefensa ante la irrupción de la desgracia”, que rápidamente derivó en “catástrofe familiar”, pues el sustento pasó a depender de lo que conseguía limosnear su mujer por las casas. Animarlo o persuadirlo a la acción resultaba inútil, y nadie lo intentaba, porque “todos sabían que aquella era una tragedia que carecía de nombre, de causa y de remedio, que le puede ocurrir a cualquiera, y que era tan inevitable como el rayo o la lluvia”. Y enfatiza Landero que “a nadie se le pasaba por la cabeza acusar al postrado de molicie o locura, ya que en última instancia se trataba de designios de Dios o del destino y como tales había que recibirlos”. Finalmente, una mezcla de condolencia y resignación era el sentimiento generalizado que se había tejido a su alrededor.

Landero narra otro caso: el de un tumbado que, pese a su estado, sufría de un “apetito montaraz”. El escritor, que lo visitó cuando todavía no había cumplido los cuarenta y ya llevaba tres años encamado, se sintió impresionado por su dignidad y postración, que no parecía propia de un descanso, sino una “última y misteriosa forma de trabajo”. El aspecto que evocaba aquel hombretón, laboriosamente echado, era el de alguien “concentrado en su tarea ciclópea y ofreciendo el formidable espectáculo de una quietud que evocaba la de Job ante un destino fatal e incomprensible”.

En su análisis de los tumbados, Landero habla de un fenómeno de carácter más bien sureño o meridional, cuya observación se correspondería con la España de la década de los años 50 del siglo pasado, y cuya casuística se daría principalmente en “familias humildes”. Y es categórico cuando afirma que “infaliblemente” el tumbado era un varón, por lo general “laborioso y de espíritu manso y ejemplar”; por eso no duda en calificar su identidad como “patriarcal y excéntrica”. Según el escritor, el momento fatídico “sobrevenía por la mañana, a la hora de levantarse” y el indicio precursor no era otro que un “silencio tozudo a los requerimientos de la esposa que lo apremiaba al desayuno”. Tener un tumbado en casa constituía todo un infortunio, aunque no exento de cierto orgullo, pues lo más impresionante de estos dramas era “el respeto y la adhesión con que los acogía la comunidad”. Desde que se producía la fatalidad y era reconocida públicamente, los vecinos acudían a acompañar a la desventurada familia, como a ofrecer “una especie de pésame y a reunirse en torno al tumbado en un acto muy parecido a un velorio sin muerto, o con el muerto vivo”.

Aunque Landero no menciona nada al respecto, puede que entre los tumbados exista un factor hereditario o una pauta de conducta aprendida. Así, según confesión propia, José Manuel Caballero Bonald ha llegado a contar hasta cinco acostados entre sus parientes directos. Aunque en este caso no estemos hablando de una familia humilde, seguro que Landero estará de acuerdo con muchas de las observaciones realizadas por el poeta y escritor gaditano, coincidentes además en el espacio y el tiempo.

En primer lugar, José Manuel Caballero destaca que no se trataba de un asunto “inconfesable”[2], o sea, una especie de trapo sucio de familia, sino que para la rama de los Bonald este fenómeno “no parecía merecer ninguna atención especial”. De tal manera, nunca hubo ningún “tipo de discordia o de reprobación”, ni “la menor objeción” hacia aquellos que habían optado por aquel estado de postración voluntaria. Durante algún tiempo, en su juventud el poeta llegó a sospechar de alguna “dolencia secreta”, hasta que descubrió que se trataba de un “imperativo hereditario, sin que mediara más enfermedad que la de una especie de atracción endémica por la cama”, a la que el propio escritor llega a calificar de “predilección familiar”.

En cambio, y a diferencia de Landero, no presenta el encamamiento como un patrón de conducta esencialmente masculino, pues Caballero Bonald cita entre sus parientes entregados a la “ocupación de acostado estable” a dos mujeres: tía Carola, que se tumbó al acabar la guerra civil, y cuya decisión “tuvo el mismo significado [...] que si se hubiese recluido en un convento”, y tía Isabela, que sólo se encamaba “por temporadas”. Habría que valorar, en este sentido, la influencia que han podido ejercer determinados factores externos —como las condiciones climáticas adversas— en las personas que han decidido permanecer acostadas por temporadas. Así, por ejemplo, al explicar el comportamiento de su segunda tía encamada, Caballero Bonald nos dice: “Un día de invierno decidió acostarse con la excusa de que hacía mucho frío en la casa. Frío hacía, desde luego, pero ella dedujo que sólo podría combatirlo por el procedimiento de no levantarse. Hay remedios peores”. Otro buen ejemplo lo podríamos tener en José Prat, uno de los principales ideólogos del anarcosindicalismo español de principios del siglo XX y autor de numerosas publicaciones. Según el testimonio de un compañero suyo también anarquista: “Los inviernos lo aterrorizaban, y acabó pasándoselos en la cama, donde continuaba escribiendo”[3].

La escritora Almudena Grandes también ha mostrado interés por la experiencia de los tumbados. Y si hemos de dar crédito a la confesión realizada por la niña protagonista de uno de sus relatos, por un lado resulta de nuevo cuestionado el carácter supuestamente masculino del fenómeno y por otro cobra fuerza la herencia familiar o la pauta de conducta aprendida como factor determinante: “Mi abuela no se levanta de la cama desde hace veintidós años. La timaron en una cooperativa donde había metido todos sus ahorros y nunca vio el piso, ni le devolvieron un céntimo. Lo de la cama nos viene de familia. Su padre se acostó después de la guerra y no se levantó más. Mi madre lleva acostada once meses, desde que mi padre se largó de casa. Me hizo la faena más grande de mi vida, pero no creas que no le entiendo”[4].

Aparte de las anécdotas, más o menos divertidas, que descubre Caballero Bonald de sus parientes acostados y de la aproximación que Landero realiza del fenómeno, ninguno de estos dos observadores —tampoco Almudena Grandes— ofrece pormenores acerca de la vida interior de aquellos que han hecho de la cama su lugar en el mundo. Cabe suponer, sin embargo, que ese estado de renuncia social, en busca de aislamiento y soledad, lejos del mundanal ruido y a espaldas del tiempo, resulte propicio para desarrollar una intensa actividad de inmersión mental y espiritual.

En su análisis de la cuestión, el propio Landero desliza la sospecha de que actualmente esta desmedida afición por la cama no reciba mayor consideración que la de una simple “curiosidad psiquiátrica”, susceptible de tratamiento. Y efectivamente, cabe suponer que cualquier clínico diagnosticará en la actitud de un tumbado uno o varios síntomas típicos de la depresión: anhedonia, es decir, acusada disminución del interés o placer en casi todas las actividades, descenso en la actividad psicomotora, alteraciones del sueño... También podríamos ver en ella el precedente inmediato o la versión occidental del hikikomori, un término que en japonés significa inhibición, reclusión, aislamiento... y es con el que se ha bautizado el trastorno que actualmente padecen cerca de 1.200.000 adolescentes nipones, que han decidido encerrarse indefinidamente en su habitación rodeados de ordenadores, videojuegos, aparatos de televisión, equipos de música y otros artilugios tecnológicos y es motivo de preocupación entre padres, psiquiatras y demás expertos[5]. Desde luego, hoy los médicos ven en la cama un gran enemigo de la salud para quienes pasen en ella más de 8 ó 10 horas diarias. No en vano, gracias a los experimentos de la NASA, se sabe que, diseñado para el bipedismo, el cuerpo humano comienza a degradarse a las 48 horas de estar tumbado. A partir de ese momento, la atrofia inicialmente muscular, afectará progresivamente a la estructura ósea y a los órganos internos, incluido el cerebro. Sin embargo, merece la pena que nos olvidemos por un momento del DSM-IV y la sintomatología clínica e intentemos desvelar algunos aspectos más de una naturaleza contraria al discurrir de los tiempos, que no es en el plano patológico donde cobra auténtica dimensión, sino más bien en su condición de figura literaria.

En realidad, la decisión de guardar cama indefinidamente no está circunscrita a la zona meridional del Estado español, y por supuesto ha sido detectada con anterioridad a la década de los 50 del siglo pasado. Así, a principios del siglo XIX el Dr. Descuret dio a conocer el caso de monsieur Boulard, un notario bibliófilo que después de la Revolución Francesa llegó a reunir 600.000 volúmenes y que en un momento dado acordó con su mujer no adquirir más libros y dedicarse en adelante a su lectura y clasificación. Durante varios meses cumplió su palabra, pero cada vez se encontraba más enfermo y triste, hasta que un buen día abandonó la tarea emprendida y se tumbó. Cabe decir, no obstante, que si el Dr. Descuret consideró a Boulard digno de figurar en su Patología de las pasiones (1844) no fue por su condición de tumbado, sino por su bibliomanía.

Por lo demás, no merece la pena insistir en la circunstancia de que esa pasión intensa por el lecho no se da únicamente en entornos familiares humildes. Ni siquiera es exclusiva de personas corrientes y anónimas. Así, es sabido que ha habido encamados célebres, como el compositor italiano Gioacchino Rossini, aunque definitivamente no es en los dominios de la música donde más tumbados encontraremos, sino en el ámbito de la literatura.

Entre los escritores puede que el caso más conocido sea el de Juan Carlos Onetti. De hecho, el gran público conoce a Onetti como aquel escritor que escribía desde la cama. Por lo visto, el escritor uruguayo tomó ejemplo de Valle-Inclán, a quien consideraba su maestro, y se pasó años entre sábanas convertido en pura literatura, reduciendo sus funciones vitales a leer, escribir, fumar tabaco y beber whisky. Incluso su perro se extrañaba cuando se incorporaba y le mordía la pernera del pantalón del pijama para que regresara al lecho. Manuel Vicent llegó a especular que Onetti “tenía tanto respeto por la muerte que la estaba ensayando desde hacía tiempo”, pero ironías aparte, lo cierto es que, como recordó Pere Gimferrer, el recogimiento de Onetti en la cama “no empañó su escritura, sino que la acrisoló, le dio su obras más intensas, algo inusual en alguien de su edad”. Así, tumbado durante años, fue como el genial fabulador uruguayo repensó a sus perezosos personajes, que inventan historias de otros personajes, para poder ver la fugaz felicidad a través de sus sueños.

Pero Onetti no ha sido el único tumbado. También Marcel Proust y Vicente Aleixandre cerraron el ciclo de su creación literaria en el lecho. Y, por su parte, tanto Unamuno como Valle-Inclán solían recibir a sus amigos acostados. Pero tampoco podemos olvidar que ha habido encamados de ficción-literaria, como Don Quijote, quien —al igual que su creador— pergeñó buena parte de sus aventuras en la cama. Aunque seguramente es Edgardo, el personaje del popular drama Eloísa está debajo de un almendro (1940), quien mejor encarna el prototipo. Enrique Jardiel Poncela lo describe como un “caballero de cincuenta y largos, de cara angulosa, gran aspecto y cuidadoso de su persona”, que lleva acostado sin levantarse de la cama, veintiún años. Aunque su creador nos dice que se distrae tirando al blanco y bordando en un gran bastidor rectangular, nos advierte que su actitud es “perfectamente digna, y en todo, en sus ademanes, pausados y armoniosos, así como en su empaque personal, denuncia inteligencia y educación exquisita”. Para su creador, tiene una “distinción innata”, lo cual no impide que, llegado un momento, “la cama le aburra, y necesite viajar”. Entonces Edgardo viaja en tren, naturalmente... sin salir del lecho. Para realizar el viaje —unas veces en el correo y otras en el rápido— de Madrid a San Sebastián, o a Galicia, se vale su ayuda de cámara, quien toca la campana al salir el tren de cada ciudad, canta los nombres de las estaciones y vocea las especialidades de cada localidad del trayecto, mientras proyecta sobre una pantalla —en realidad, la pared blanca de la habitación— vistas de los sitios principales por donde se pasa.

La cama, si nos detenemos a pensar en estos ilustres tumbados, se configura como un compendio de la institución subversiva y, a la vez, de la resistencia pasiva, es decir, como un lugar ideal del hombre que ha dimitido de la ciudad y de la república, pero al mismo tiempo como un recurso a la imaginación... un territorio privado al servicio de una intensa vida interior. Por supuesto, no estamos hablando de una vía de contemplación, ni siquiera de una experiencia espiritual individual liberadora del alma, ni intentando emparentar a los tumbados con toda una tradición mística muy extendida entre el brahmanismo y budismo, por no mencionar algunas herejías cristianas como el quietismo. Ciertamente, algunos de estos encamados célebres, parece que, a mayor precariedad del cuerpo, alcanzaron una mayor plenitud de espíritu, pero su prolongado exilio en horizontal, aún configurándose como un colofón de abandono personal a la inacción, para nada sugiere un acto de autoaniquilación psíquica o mental propia de místicos, sino más bien una actitud de dimisión social y recogimiento. La renuncia al esfuerzo físico en los tumbados, ese sustraerse a la acción y a la dependencia de las cosas externas, su exagerada pasividad, no implica suspensión de la palabra ni ausencia del entendimiento, sino todo lo contrario: es un proceso de inmersión en el que se diluye la disyuntiva entre meditación y contemplación.

Sin duda, encamarse es una forma más de enfrentarse al destino, a esa burla de los dioses que nos ha hecho efímeros, pero que a la vez han sembrado en nosotros la terrible semilla de la inmortalidad. ¿Enfermos? Puede, pero no podemos negar que, como los héroes que habitan en los extensos arrabales del romanticismo, los tumbados parecen haber dotado a la enfermedad de una dimensión aristocrática, descubriendo otra manera de estar en el mundo.



Juan Carlos Usó, en Ulises (Revista de viajes interiores), núm. 8, 2006, pp. 92-97.



[1] LANDERO, L.: “Los tumbados”, en VV.AA.: Este mundo: diez relatos y un poema, Barcelona, Plaza & Janés, 1995, págs. 99-102, y “Tumbados y resucitados”, en VV.AA.: Con otra mirada. Una visión de la enfermedad desde la literatura y el humanismo, Madrid, Taurus, 2001.

[2] CABALLERO BONALD, J.M.: “Los acostados y otras controversias”, en Tiempo de guerras perdidas (La novela de la memoria, I), Barcelona, Anagrama, 1995, págs. 92-122.

[3] PORCEL, B.: La revuelta permanente, Barcelona, Planeta, 1978 pág. 52.

[4] GRANDES, A.: “La amiga de Junior”, en El País Semanal, núm. 1.482, 20 de febrero de 2005, pág. 98.

[5] No obstante, y a diferencia de los tumbados, los hikikomori causan un enorme sentimiento de vergüenza en su entorno familiar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Marcel Proust

... Entre los intervalos de los instrumentos musicales, cuando la mar estaba muy llena, se oía, continuo y ligado, el resbalar del agua de una ola que envolvía los trazos del violín en sus volutas de cristal y parecía lanzar su espuma por encima de los ecos intermitentes de una música submarina. Yo me impacientaba porque no me habían traído aun las cosas para empezar a vestirme. Daban las doce, y Francisca aparecía. Y durante varios meses seguidos, en ese Balbec que tanto codicié, porque me lo imaginaba batido por las tempestades y perdido entre brumas, hizo un tiempo tan seguro y tan brillante que cuando venía a descorrer las cortinas nunca me vi defraudado en mi esperanza de encontrar ese mismo lienzo de sol pegado al rincón de la pared de afuera y de un inmutable color, que impresionaba, más aun que por ser signo del estío, por su colorido melancólico, cual el de un esmalte inerte y ficticio. Y mientras que Francisca iba quitando los alfileres de las impostas, arrancaba telas y descorría cortinas, el día de verano que descubría ella parecía tan muerto, tan inmemorial como una momia suntuosa y milenaria que nuestra vieja criada despojaba cuidadosamente de toda su lencería antes de mostrarla embalsamada en su túnica de oro. ... Marcel Proust


R.D. Laing

--- Knots (Nudos) R.D. Laing (extracto) People can act very strange. At least ... I think they act very strange. And maybe other people think that I am the one who’s acting very strange. Do you know the feeling? Effective comunication is difficult to construct. There are some many knots in human understanding ... Can you unite these ones? There must be something the matter with him because he would not be acting as he does unless there was therefore he is acting as he is because there is something the matter with him. He does not think there is anything the matter with him because one of the things that is the matter with him is that he does not think that there is anything the matter with him therefore we have to help him to realize that the fact that he does not think that there is anythingthe matter with him is one of the things that is the matter with him. There is something I don’t know that I am suposed to know. I don’t know what it is I don’t know,and yet I am suposed to know,and I feel I look stupidif I seem both not to know it and not to know what it is I don´t know. Therefore I pretend I know it. This is nerve-ranking since I don’t know what I must pretend to know. Therefore I pretend to know everything. I feel you know what I am supposed to know. But you can’t tell me what it is. Because you don’t know that I don’t know what it is. You may know what I don’t know, but not that I don’t know it, and I can’t tell you. So you will have to tell me everything. Absurd, isn’t it? But very real as well. I’m sure you have had similar experiences. What can we do to better our communications? How can we avoid to feel bad? How can we avoid that other persons feel bad? if ( "true" == "false" )... R D Laing

Ronald Laing, the radical psychiatrist, psychoanalyst and psychotherapist who profoundly altered our understanding of mental illness, was the founder of just one organisation - the Philadelphia Association.

Born in Glasgow in 1927 R D Laing studied medicine at the University of Glasgow and went on to become a psychiatrist. His first experiment in changing the way people designated the mentally ill took place at Glasgow’s Gartnavel Hospital where he and colleagues radically altered the treatment regime in a long-term women's ward.

Laing moved to London to work at the Tavistock Clinic and trained as a psychoanalyst at the Institute of Psychoanalysis. Laing had for many years been engaged with continental philosophy and in a series of books published in the course of the 1960s he sought to develop what he called ‘an existential-phenomenological foundation for a science of persons’ and sought to set out a description of the experience of those labelled schizophrenic. Such people, Laing argued, suffered from ontological insecurity, a lack of faith in their own and others' reality which led them to create false self systems to fend off psychological and emotional catastrophe. Laing wanted to make madness and the process of going mad comprehensible, and to a great many people, including many of those afflicted, he did so convincingly. The discourse of the 'mad', he showed, if listened to in the right spirit could make a sense of its own. This was to be the line of thought that Laing would pursue for many years in The Divided Self (1960), Self and Others (1961), Sanity, Madness and the Family (1964) and The Politics of Experience (1967). (After this his writings became more diffuse, sometimes arguably self indulgent, but still capable of great insight). (Leer+)


Explicando a Laing

... Como libro pionero en su consideración de la esquizofrenia, y también por su carácter revolucionario y sus afirmaciones heterodoxas (pese a basarse completamente en análisis clínicos y emplear Esterson y Laing un lenguaje cuidadosamente clínico y objetivo, una tendencia no siempre presente en otros libros de Laing, como The Politics of Experience, de 1967 o Knots, de 1970). Sanity, Madness and the Family fue un libro polémico que recibió numerosas críticas. La primera y más obvia - y algo de lo que Esterson y Laing eran conscientes tras su publicación - es que, como apuntamos previamente, no se publicaron los datos del grupo de control formado por familias no esquizofrenogénicas, donde las interacciones y comunicación no estuvieran basadas enel uso de dobles vínculos y comunicaciones de doble sentido. Pese a que un grupo de control es absolutamente imprescindible para un estudio científico serio, el tiempo ha jugado a favor de las afirmaciones de Laing y Esterson en su obra, puesto que en investigaciones empíricas recientes sobre la influencia del factor familiar en la esquizofrenia, como las de Nevid, Rathus y Greene, se ha demostrado el papel fundamental de la familia en el desarrollo de una personalidad independiente.Objetividad y estilo que se repetirían en el estudio sobre comunicación y patología conjunto con Phillipson y Lee en 1966, Interpersonal Perception, un análisis de los modos de comunicación en parejas.(ontológicamente segura, diría Laing) o el recurso, por presión familiar, a defensas esquizofrenogénicas.La publicación de este libro tuvo, sin embargo, consecuencias más a largo plazo, y no sólo dentro del contexto médico, para la carrera y reputación de Laing. Algunas críticas no bien documentadas llegaron a afirmar que Laing se oponía al concepto mismo de familia, y que lo consideraba una célula de organización social enferma que aliena y destruye al individuo. A esta percepción errónea de las afirmaciones de Laing no ayudó, precisamente, su estrecha relación con David Cooper, pensador radical en lo tocante a la familia (suyos son libros con títulos tan reveladores como The Death of the Family (1971) o The Language of Madness (1978) , en los que la familia se compara a una granja donde los adolescentes son cebados como cochinillos para luego ser“sacrificados” al dios de la cruel y homogeneizadora sociedad). Así, a raíz de la publicación casi simultánea de estas obras de Cooper (que Laing consideraba radicales ya en ese momento), se identificó a Laing con las ideas extremadamente violentas y revolucionarias de su colega. La misión que Cooper se impuso en sus publicaciones eraincitar a la revolución y a la destrucción de la organización social tradicional, cargando las tintas en la familia, como origen de los males sociales, incluso en individuos aparentemente sanos y adaptados. En la obra conjunta de Laing y Cooper, Reason and Violence (1964), las partes escritas por Laing nunca son tan radicales en sus planteamientos como las de su colega, que se aproxima en ocasiones al marxismo puromás que a la práctica psiquiátrica. Así, se ha criticado a Laing por culpar a los padres de los pacientes esquizofrénicos de la aparición de síntomas en sus hijos, sin embargo, su intención en este libro con Esterson, y en otras obras posteriores, no era rechazar y demonizar la familia en sí, sino mostrar cómo la locura no es algo que surjaespontáneamente del paciente mismo, sino, más bien, como el resultado de un mecanismo de presión social. Las familias de este estudio son familias disfuncionales (lo que no significa que todas lo sean), que producen en el individuo que es tratado por locura una serie de condiciones patológicas (llamados síntomas esquizofrénicos), queno son sino una expresión patológica de la disfunción de toda la familia. Tampoco negó Laing que los esquizofrénicos tuvieran problemas para operar en su vida diaria; Laing reconoce la dura y traumática experiencia de la locura, si bien disiente en la interpretación más “clásica” de los orígenes de ésta, y prefiere buscarlos en el ámbito de la interexperiencia, es decir, en el campo de los intercambios sociales. La locura tienesu origen no en trastornos dentro de uno mismo, sino que surge de la relación entre personas (véanse Laing y Esterson 1964; y Laing, H. Phillipson y A.R. Lee 1966). ... Méndez García, Carmen (2004)



Temas

Lo más importante de este blog son tu experiencia, tus comentarios Your feedback






Form View Counter
ecoestadistica.com