La experiencia analítica desde el punto de vista del analizando. Profilaxis. Etica y psicoanálisis. Psicología y poder. Terapias adictivas. La sociedad psicologizada. Mala praxis. Una denuncia
anaclisis [anaclisis] f. (Fisiol. hum.) Decúbito, especialmente el supino. (Estar acostado hacia arriba.) aná ἀνά (gr. ‘hacia arriba’, ‘por completo’, ‘de nuevo’, ‘por partes’) + klī‑ κλῑ‑ (gr. ‘inclinarse, tumbarse’; κρεβάτι, κλίνη ‘lecho’) + ‑sis (gr.) [Leng. base: gr. Antiguo.
En gr. anáklisis ἀνάκλισις con el mismo significado desde Hipócrates, s. V a.C., reintroducido] // En psiquiatría, dependencia emocional, inclinación hacia el ser de quien se depende o que domina, en particular la primera relación objetal que establece el niño, caracterizada por la completa dependencia de éste respecto de su madre.
“–Si yo lo inquieto tanto mejor. Desde el punto de vista del público, lo que yo considero como más deseable, es lanzar un grito de alarma y que tenga, en el terreno científico, una significación muy precisa: que sea un llamado, una exigencia primera concerniente a la formación del analista.” J. Lacan

martes, 13 de noviembre de 2007

El opio

Dr. Luis Chiozza

CAP. XII

OPIO (51)

L. Chiozza, V. Laborde, E. Obstfeld, J. Pantolini

Partiendo de los desarrollos realizados en el capítulo anterior, intentaremos comprender y definir en términos de fantasía específica la interioridad que constituye la estructura del opio, su "alma" y su "carácter". Prosiguiendo este desarrollo procuraremos comprender el efecto de su "carácter" sobre el nuestro, la reacción de nuestra "interioridad" sobre la suya; la transformación de esa "doble" interioridad que, en el caso específico del opio, incluye al letargo y a las fantasías hepáticas entre sus familiares más cercanos.

Podemos decir que el opio –etimológicamente "jugo" (Krantz y Carr, 1956)– es el látex, desecado, que mana de las heridas del órgano sexual "embarazado" de la planta llamada adormidera. Pardo, de color hepático (Revista. Farmacéutica, 1890), y amargo como la hiel, contiene junto a un sustrato de sustancias vegetales farmacológicamente inertes, una familia de alcaloides presidida por la morfina, cuya proporción predomina ampliamente sobre los demás. A pesar de que la morfina deriva "oficialmente" del núcleo fenantrénico, noble antecesor de una cantidad de hormonas fisiológicas, lo específico de su acción se halla vinculado a un anillo heterocíclico pipiridínico, que denuncia su parentesco con su "prima hermana" la cicuta. Y ha de ser así, porque de acuerdo con lo que dicen los botánicos (Schmeil, 1933) acerca del fruto de otra de sus parientes, la atropa belladona -solano furioso-, el animal que muerda el ánfora que contiene su simiente ha de huir víctima de un veneno repugnante de sabor amargo y nauseabundo. Pero el opio y la morfina –que debe su nombre a Morfeo, dios del sueño– son los parientes nobles de una familia de envenenadores. Forman parte del láudano de Sydenham, quien dijo: "Yo no quisiera ser médico de no existir la morfina".

Surge el opio de una herida y suponemos que actúa farmacológicamente con parte de su estructura, o de su interioridad, restableciendo el narcisismo herido, calmando el dolor de la injuria; de ahí tal vez la intuición de Sydenham al bautizar a su láudano tomando el nombre de "laudo", que significa halago, elogio y alabanza (Krantz y Carr, 1956).

De acuerdo con la mitología oriental, Buda, para poder permanecer siempre despierto, se cortó los párpados, y de ellos, caídos en la tierra, nació la planta papaver somníferum, madre de cuyas "lágrimas" amargas –el término "lágrimas" es usado en este caso por los farmacólogos (Soler y Battle, 1951)– se constituyen los panes del opio. Gracias al opio "el imperio chino se sumió en una especie de letargo" (Granier-Goyeux, 1968).

El intento de Buda de conservar su lucidez vinculada a lo visual y de librarse de este modo del letargo y del opio, –utilizamos en este caso la palabra "opio" en un sentido en que el lenguaje popular suele utilizarla, como sinónimo del aburrimiento– nos permite reconocer la naturaleza intrínseca del letargo y su relación con lo visual-ideal (Chiozza, 1998a [1970]), simbolizada por el superyoico "ojo de Dios" que siempre vigila y nunca duerme.

La conexión entre el opio y estos contenidos ideales, a la vez valiosos y temibles por la posibilidad de su efecto destructor sobre el yo, queda dramáticamente expresada en la famosa frase: "La religión es el opio de los pueblos". Deducimos entonces que en la estructura del opio, o en la de sus alcaloides principales, "existe" de manera pre-formada, letargo. El que consume opio está creando en una transformación de la "doble" interioridad, "artificialmente" provocada, al menos una parte de ese fenómeno que denominamos letargo. Uno de los núcleos contenidos en el opio, la bencilisoquinolina, configura un antecesor común entre estos alcaloides y la tubocurarina (Litter, 1966, pág. 330). Los efectos de esta última sobre el funcionamiento muscular recuerdan al torpor –lengua de madera– que describe Cesio en el letargo, y quedan de este modo asociados a lo expresado por Litchwitz (1945, pág. 578), quien sostiene, avalado por distintas experiencias, que en los procesos de destrucción hepática los sistemas de desintoxicación toman rumbos distintos de los habituales creando nuevos compuestos, como por ejemplo la gamabutirobetaína, que tiene un efecto semejante al curare.

Si entendemos que el ocio –etimológicamente opuesto a negocio y a guerra (Meillet y Ernout, 1959)– constituye un agradable vagar de la fantasía, y un recrearse con los objetos, que emana de un eutónico funcionamiento psicocorpóreo –que podemos describir como una adecuada y armónica distancia entre un superyó visual-ideal, instintivo, representante del ello, y un yo con una adecuada capacidad "hepática" de materialización– si entendemos que esa ociosa ensoñación diurna, armónicamente integrada con los objetos materiales, constituye el producto de una adecuada satisfacción instintiva que disminuye el tono de alarma simpaticomimético, debemos pensar que el aburrimiento, que encubre el horror y la guerra con los objetos persecutorios, es la patología del ocio.

Suponemos que el opio, en cierto modo parasimpaticomimético, resultaría ser entonces una elaboración tóxica, melancólica, de un duelo primario frente a los objetos ideales persecutorios que aturden y "pudren" al yo (Chiozza, 1998a [1970]). Así, mediante el opio, cuyo genio es contrario al ser de la adrenalina, de la lucha por la vida, del stress, se intenta reinstalar el ocio perdido, ocio que podemos equiparar durante la vida diurna a la función del soñar durante la vida onírica, y que, perturbado, pasa por ser la madre de todos los vicios.

En la descripción homeopática del genio medicamentoso que el opio posee (Duprat, 1948), se subrayan especialmente los síntomas de sopor, calentura, sudoración y la búsqueda de aire fresco, agua fría y zonas frías de la cama. Esto, unido a zoopsias y otras alucinaciones terroríficas, a un contenido convulsivo-epiléptico, a un síndrome de retención del contenido intestinal y a su uso en la amenaza de aborto, demuestra más coincidencias significativas con el letargo, las fantasías hepáticas y sus contenidos prenatales.

La búsqueda del opio podría representar también, desde este punto de vista, un intento de reinstalar las condiciones de la vida intrauterina y su letargo "normal", idea que resultaría avalada por la depresión que provocan todos los alcaloides del opio sobre el centro respiratorio, cuyo funcionamiento es innecesario durante la vida embrionario-fetal, y por la acción bronco-constrictora, "asmática", de la morfina, que "remedaría" la atelectasia pulmonar fetal [Cabe recordar aquí que el opio, según algunos (Granier-Goyeux, 1968) oriundo de la villa griega de Mekoné –ciudad de la adormidera–, se llama también meconio, como se denomina al contenido intestinal del feto, por su aspecto parecido al opio].

La transformación de la "doble" interioridad que acontece cuando el opio "se casa" con el hombre, participaría pues de lo caracteres del letargo y de un dormir "fetal" (Chiozza, 1998a [1970], pág. 181), en el cual ocurren los sueños. Su carácter de verdadera transformación queda puesto de manifiesto por el fenómeno de la tolerancia o acostumbramiento, que se da tanto en el hombre como en los animales –que ocurre, según los farmacólogos (Litter, 1966), dentro de las mismas células– y cuyas condiciones son desconocidas.

Lo cierto es que si el hombre entra en contacto esporádico con el opio, esta transformación es superficial y fácilmente reversible; pero si el hombre se "acostumbra" al opio, ha de permanecerle fiel; desarrolla una adicción, una dependencia que, a la manera de un vínculo simbiótico fetal-materno, lo lleva a colocar el epicentro de su vida en el elixir, tal vez "opoterápico" que penetra por sus venas.

Si el opio, de genio vagotónico, intenta, casi siempre vanamente, reinstalar el ocio perdido frente al aburrimiento que representa lo aborrecido, horrible, horripilante (Chiozza, 1998a [1970]), no es de extrañar que su supresión brusca provoque, tanto en el hombre como en el animal, esa crisis de horror "tan espantosa" que se conoce con el nombre de síndrome de abstinencia y cuyo mecanismo fisiológico de producción también se desconoce. Se caracteriza por sudoración, midriasis, temblor, "carne de gallina", desasosiego, vómitos, hiperpnea, hipertensión arterial, y también bostezo, lagrimeo, rinorrea, anorexia, fiebre, pérdida de peso.

Los hipertiroideos, "permanentemente horrorizados", toleran muy bien la morfina; los hipotiroideos, en cambio, son muy susceptibles a ella. La acción que la morfina posee como depresora del metabolismo puede comprenderse desde este punto de vista como una acción contraria al miedo, a la reacción de alarma y a la lucha en el cotidiano campo de batalla de la vida, que muchas veces se manifiesta como hipersensibilidad, como alergia "exudativa", como fenómenos de autoagresión.

El dolor que sufre el hombre que ha ingerido opio es así, muchas veces, según los farmacólogos (Litter, 1966), dolor sin temor, y esto ya configura en la mayoría de los casos un alivio suficiente del sufrir.

El opio no calma todos los dolores; se reparte con la aspirina el campo de su acción analgésica y reserva para sí el alivio del dolor visceral y traumático, abandonando en mano de su congénere, nacida en la probeta, los dolores osteoarticulares y reumáticos; y también, pero sólo hasta un cierto punto, el dolor de la cabeza, surgido del esfuerzo conflictivo del pensar y del soñar.

La morfina calma especialmente el "dolor de corazón". Quien ingiere opio no ha de "tomarse a pecho" las cosas, y su uso como analgésico y vasodilatador coronario es útil en la angina y el infarto. Es curioso que su efecto en este sentido dependa de su anillo piperidínico que la emparienta con la cicuta, la famosa asesina de Sócrates. El noble "veneno" deshace en este caso la garra del terror que se enseñorea en el corazón del hombre y lo empuja hacia la muerte, como el "elogio" del láudano deshace el shock de la injuria narcisista en el dolor traumático.

El "dolor de corazón" es un "recuerdo", palabra que etimológicamente significa "volver al corazón" (Corominas, 1961). La enfermedad suele conformarse como una "rémora circulatoria" de los contenidos "viscerales", que no llegan a constituirse en recuerdo mientras un mayor aflujo sanguíneo "revitalizador" no facilite su reabsorción.

El significado de la acción de la morfina sobre el dolor cardíaco se enriquece, por lo tanto, si tenemos en cuenta lo que escribimos en un trabajo anterior (Chiozza y colab., 1966a, pág. 30-31): "En los fenómenos tóxicos consecuentes a la reabsorción de los productos contenidos en las partes corporales afectadas por una rémora circulatoria, podríamos ver incluso un adecuado modelo de aquellos fenómenos secundarios desagradables que aparecen a veces en el curso de un tratamiento psicoanalítico con el nombre de reacción terapéutica negativa y letargo. Y lo mismo podríamos usar este modelo en relación con el dolor implícito en el proceso de 'sobrecargar los recuerdos' (propio de la melancolía y el duelo)".

El dolor, el recuerdo, el olvido y el llorar tienen una amplia y entrañable afinidad con la morfina. En el canto IV de la Odisea relata Homero que: "...Helena, hija de Zeus... vertió en el vino que estaban bebiendo un bálsamo (nephentes) contra el llanto y la cólera que hacía olvidar todos los males; quien lo tomare... no logrará que en todo el día le surja una lágrima en las mejillas aunque con sus propios ojos vea morir a su padre y a su madre o degollar con el bronce a su hermano o a su mismo hijo" (Krantz y Carr, 1956). Este bálsamo era el opio.

Pero si la morfina evita las lágrimas, su acción sobre el dolor y el sufrimiento aparece como el producto de una supresión perjudicial al proceso del duelo, mediante el cual se restablece la salud. En el capítulo IX decíamos: "Vemos ahora que cualquiera de los líquidos fluyentes del organismo, aún siendo de naturaleza tan primaria como un catarro, un exudado o un trasudado, puede a su vez representar al llanto, puede quedar erotizado con esa libido lagrimal cuya especificidad no podemos describir todavía. Si quisiéramos utilizar un modelo propio de Freud diríamos que la libido lagrimal toma un camino regresivo hacia el núcleo común "exudativo" que la vincula con cualquier otra secreción del organismo".

En el síndrome de abstinencia no sólo encontramos lagrimeo; también se describe rinorrea y sobre todo sudoración. Cesio nos mencionó un caso de morfinomanía, tratado por él hace años, que, al abandonar la morfina y la adicción, murió repentinamente por un edema de pulmón, cuadro caracterizado por una rémora circulatoria pulmonar con extravasación de líquidos en los alvéolos pulmonares, y cuyo medicamento de elección es precisamente la morfina.

Si unimos estas consideraciones acerca de la conversión de las lágrimas en "otros exudados" con lo que hemos dicho acerca del efecto que el opio posee frente a la hipersensibilidad temerosa que puede manifestarse, "alérgicamente", como una reactivación del núcleo común "exudativo", como una "erotización" lagrimal de los órganos, podemos pensar que el opio y la morfina, más que evitar que se derramen las lágrimas, muchas veces "amargas", durante el proceso del duelo, evita sobre todo, como en el caso del edema de pulmón, el camino "vicariante" de esas lágrimas que no han podido ser adecuadamente lloradas.

Debemos finalizar aquí, y lo haremos, con una pregunta que nos surge, a modo de conclusión, cuando volvemos a recorrer el camino que nos hemos trazado durante este bosquejo, que no nos atrevemos a llamar todavía un "estudio" sobre el opio. Podemos preguntarnos si la profunda destrucción individual y social que se manifiesta en la morfinomanía, aparentemente injustificada desde el punto de vista farmacológico (Litter, 1966), se realiza mediante la acción del opio o a pesar de la misma.

Notas

(51) El texto de este capítulo pertenece a un trabajo presentado en el I Simposio del Centro de Investigación en Medicina Psicosomática (CIMP), en mayo 1969

(52) Vale la pena consignar aquí el descubrimiento reciente (véase Snyder, 1977) de que la morfina y sus derivados ejercitan sus efectos ligándose a receptores específicos presentes en el encéfalo y en la amígdala, en donde actúan también substancias morfino símiles (endorphinas) segregadas por el organismo.

(53) Comunicación personal

Libro

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Marcel Proust

... Entre los intervalos de los instrumentos musicales, cuando la mar estaba muy llena, se oía, continuo y ligado, el resbalar del agua de una ola que envolvía los trazos del violín en sus volutas de cristal y parecía lanzar su espuma por encima de los ecos intermitentes de una música submarina. Yo me impacientaba porque no me habían traído aun las cosas para empezar a vestirme. Daban las doce, y Francisca aparecía. Y durante varios meses seguidos, en ese Balbec que tanto codicié, porque me lo imaginaba batido por las tempestades y perdido entre brumas, hizo un tiempo tan seguro y tan brillante que cuando venía a descorrer las cortinas nunca me vi defraudado en mi esperanza de encontrar ese mismo lienzo de sol pegado al rincón de la pared de afuera y de un inmutable color, que impresionaba, más aun que por ser signo del estío, por su colorido melancólico, cual el de un esmalte inerte y ficticio. Y mientras que Francisca iba quitando los alfileres de las impostas, arrancaba telas y descorría cortinas, el día de verano que descubría ella parecía tan muerto, tan inmemorial como una momia suntuosa y milenaria que nuestra vieja criada despojaba cuidadosamente de toda su lencería antes de mostrarla embalsamada en su túnica de oro. ... Marcel Proust


R.D. Laing

--- Knots (Nudos) R.D. Laing (extracto) People can act very strange. At least ... I think they act very strange. And maybe other people think that I am the one who’s acting very strange. Do you know the feeling? Effective comunication is difficult to construct. There are some many knots in human understanding ... Can you unite these ones? There must be something the matter with him because he would not be acting as he does unless there was therefore he is acting as he is because there is something the matter with him. He does not think there is anything the matter with him because one of the things that is the matter with him is that he does not think that there is anything the matter with him therefore we have to help him to realize that the fact that he does not think that there is anythingthe matter with him is one of the things that is the matter with him. There is something I don’t know that I am suposed to know. I don’t know what it is I don’t know,and yet I am suposed to know,and I feel I look stupidif I seem both not to know it and not to know what it is I don´t know. Therefore I pretend I know it. This is nerve-ranking since I don’t know what I must pretend to know. Therefore I pretend to know everything. I feel you know what I am supposed to know. But you can’t tell me what it is. Because you don’t know that I don’t know what it is. You may know what I don’t know, but not that I don’t know it, and I can’t tell you. So you will have to tell me everything. Absurd, isn’t it? But very real as well. I’m sure you have had similar experiences. What can we do to better our communications? How can we avoid to feel bad? How can we avoid that other persons feel bad? if ( "true" == "false" )... R D Laing

Ronald Laing, the radical psychiatrist, psychoanalyst and psychotherapist who profoundly altered our understanding of mental illness, was the founder of just one organisation - the Philadelphia Association.

Born in Glasgow in 1927 R D Laing studied medicine at the University of Glasgow and went on to become a psychiatrist. His first experiment in changing the way people designated the mentally ill took place at Glasgow’s Gartnavel Hospital where he and colleagues radically altered the treatment regime in a long-term women's ward.

Laing moved to London to work at the Tavistock Clinic and trained as a psychoanalyst at the Institute of Psychoanalysis. Laing had for many years been engaged with continental philosophy and in a series of books published in the course of the 1960s he sought to develop what he called ‘an existential-phenomenological foundation for a science of persons’ and sought to set out a description of the experience of those labelled schizophrenic. Such people, Laing argued, suffered from ontological insecurity, a lack of faith in their own and others' reality which led them to create false self systems to fend off psychological and emotional catastrophe. Laing wanted to make madness and the process of going mad comprehensible, and to a great many people, including many of those afflicted, he did so convincingly. The discourse of the 'mad', he showed, if listened to in the right spirit could make a sense of its own. This was to be the line of thought that Laing would pursue for many years in The Divided Self (1960), Self and Others (1961), Sanity, Madness and the Family (1964) and The Politics of Experience (1967). (After this his writings became more diffuse, sometimes arguably self indulgent, but still capable of great insight). (Leer+)


Explicando a Laing

... Como libro pionero en su consideración de la esquizofrenia, y también por su carácter revolucionario y sus afirmaciones heterodoxas (pese a basarse completamente en análisis clínicos y emplear Esterson y Laing un lenguaje cuidadosamente clínico y objetivo, una tendencia no siempre presente en otros libros de Laing, como The Politics of Experience, de 1967 o Knots, de 1970). Sanity, Madness and the Family fue un libro polémico que recibió numerosas críticas. La primera y más obvia - y algo de lo que Esterson y Laing eran conscientes tras su publicación - es que, como apuntamos previamente, no se publicaron los datos del grupo de control formado por familias no esquizofrenogénicas, donde las interacciones y comunicación no estuvieran basadas enel uso de dobles vínculos y comunicaciones de doble sentido. Pese a que un grupo de control es absolutamente imprescindible para un estudio científico serio, el tiempo ha jugado a favor de las afirmaciones de Laing y Esterson en su obra, puesto que en investigaciones empíricas recientes sobre la influencia del factor familiar en la esquizofrenia, como las de Nevid, Rathus y Greene, se ha demostrado el papel fundamental de la familia en el desarrollo de una personalidad independiente.Objetividad y estilo que se repetirían en el estudio sobre comunicación y patología conjunto con Phillipson y Lee en 1966, Interpersonal Perception, un análisis de los modos de comunicación en parejas.(ontológicamente segura, diría Laing) o el recurso, por presión familiar, a defensas esquizofrenogénicas.La publicación de este libro tuvo, sin embargo, consecuencias más a largo plazo, y no sólo dentro del contexto médico, para la carrera y reputación de Laing. Algunas críticas no bien documentadas llegaron a afirmar que Laing se oponía al concepto mismo de familia, y que lo consideraba una célula de organización social enferma que aliena y destruye al individuo. A esta percepción errónea de las afirmaciones de Laing no ayudó, precisamente, su estrecha relación con David Cooper, pensador radical en lo tocante a la familia (suyos son libros con títulos tan reveladores como The Death of the Family (1971) o The Language of Madness (1978) , en los que la familia se compara a una granja donde los adolescentes son cebados como cochinillos para luego ser“sacrificados” al dios de la cruel y homogeneizadora sociedad). Así, a raíz de la publicación casi simultánea de estas obras de Cooper (que Laing consideraba radicales ya en ese momento), se identificó a Laing con las ideas extremadamente violentas y revolucionarias de su colega. La misión que Cooper se impuso en sus publicaciones eraincitar a la revolución y a la destrucción de la organización social tradicional, cargando las tintas en la familia, como origen de los males sociales, incluso en individuos aparentemente sanos y adaptados. En la obra conjunta de Laing y Cooper, Reason and Violence (1964), las partes escritas por Laing nunca son tan radicales en sus planteamientos como las de su colega, que se aproxima en ocasiones al marxismo puromás que a la práctica psiquiátrica. Así, se ha criticado a Laing por culpar a los padres de los pacientes esquizofrénicos de la aparición de síntomas en sus hijos, sin embargo, su intención en este libro con Esterson, y en otras obras posteriores, no era rechazar y demonizar la familia en sí, sino mostrar cómo la locura no es algo que surjaespontáneamente del paciente mismo, sino, más bien, como el resultado de un mecanismo de presión social. Las familias de este estudio son familias disfuncionales (lo que no significa que todas lo sean), que producen en el individuo que es tratado por locura una serie de condiciones patológicas (llamados síntomas esquizofrénicos), queno son sino una expresión patológica de la disfunción de toda la familia. Tampoco negó Laing que los esquizofrénicos tuvieran problemas para operar en su vida diaria; Laing reconoce la dura y traumática experiencia de la locura, si bien disiente en la interpretación más “clásica” de los orígenes de ésta, y prefiere buscarlos en el ámbito de la interexperiencia, es decir, en el campo de los intercambios sociales. La locura tienesu origen no en trastornos dentro de uno mismo, sino que surge de la relación entre personas (véanse Laing y Esterson 1964; y Laing, H. Phillipson y A.R. Lee 1966). ... Méndez García, Carmen (2004)



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