La experiencia analítica desde el punto de vista del analizando. Profilaxis. Etica y psicoanálisis. Psicología y poder. Terapias adictivas. La sociedad psicologizada. Mala praxis. Una denuncia
anaclisis [anaclisis] f. (Fisiol. hum.) Decúbito, especialmente el supino. (Estar acostado hacia arriba.) aná ἀνά (gr. ‘hacia arriba’, ‘por completo’, ‘de nuevo’, ‘por partes’) + klī‑ κλῑ‑ (gr. ‘inclinarse, tumbarse’; κρεβάτι, κλίνη ‘lecho’) + ‑sis (gr.) [Leng. base: gr. Antiguo.
En gr. anáklisis ἀνάκλισις con el mismo significado desde Hipócrates, s. V a.C., reintroducido] // En psiquiatría, dependencia emocional, inclinación hacia el ser de quien se depende o que domina, en particular la primera relación objetal que establece el niño, caracterizada por la completa dependencia de éste respecto de su madre.
“–Si yo lo inquieto tanto mejor. Desde el punto de vista del público, lo que yo considero como más deseable, es lanzar un grito de alarma y que tenga, en el terreno científico, una significación muy precisa: que sea un llamado, una exigencia primera concerniente a la formación del analista.” J. Lacan

lunes, 26 de noviembre de 2007

Consumir juguetes /2

Desear la luna

Un niño sin juguetes ni es más feliz ni más inteligente que aquél al que se le compran juguetes indiscriminadamente. Si a un niño que vive en una sociedad desarrollada y consumista como la nuestra se le niega de manera sistemática un juguete por el hecho de que se lo anuncia en la tele, o porque no se aviene a nuestros gustos, lo que se le está enseñando no es tanto a desobeceder el mandato consumista, cosa que no entiende, como a desconfiar del entorno social, a la vez que se lo descalifica por tener un deseo “impropio”, obligándolo a plegarse al mandato paterno so pena de ser asimilado a eso mismo que se desprecia. Y así encontramos niños precozmente adoctrinados, que con cinco-seis años ya critican la forma de vestir de los demás, se burlan de los que juegan con esos juguetes “proscritos”, etc., tan adoctrinados como esos otros que precozmente nos juzgan según el coche o muñeca que tengamos o la asiduidad de nuestros viajes. El precio que pagaríamos por la defensa dogmática de unas ideas que por el momento el niño no puede manejar del todo, parece muy alto. Si de lo que se trata es de enrolar a los niños en algún ejército, habría que pensar qué clase de ejército es ése y a qué edad y de qué modo y para qué se los enrola: ante todo, habría que buscar el modo de fomentar en nuestros hijos la mayor independencia de criterio posible, atendiendo a sus necesidades internas más que a las imposiciones externas, sean éstas las que sean, concientes de que siempre de algún modo están relacionadas.


Todos los niños son ecologistas natos

Pero si bien es contraproducente oponerse por método a las modas y a las marcas, no por eso hay que renunciar a combatir la pasividad o complacencia de nuestros hijos respecto de la manipulación consumista.
En sus primeros años si se les deja, los niños se llevan todo a la boca, se arrastran por el suelo, lo tocan todo. Paradójicamente somos nosotros los que gradualmente generamos en ellos toda clase de prevenciones, ampliando la distancia entre ellos y lo que los rodea: que esto no se come, que esto no se toca, que esto ensucia, que aquí no juegues... No se puede decir que a los niños no les guste reciclar para jugar todo lo que nosotros deshechamos. ¡Son ecologistas natos! Como los antiguos, perciben el mundo como una continuidad de sí mismos y establecen un vínculo de tú a tú con todo lo que existe, inconcientes de los peligros y ajenos a las “buenas maneras”. Hay que permitirles tener su espacio y adaptar nuestro espacio a sus necesidades en la medida de lo posible, a la vez que con autoridad pero suavemente –no «laxamente»–, se les enseña a cuidar de sí mismos y de las cosas, sin avisarles demasiado pronto o demasiado ruda o groseramente de los peligros y consecuencias desagradables que encierra el tomar contacto con el mundo.


Deseo consumado, consumirse de deseo

No deberíamos interpretar la avidez del niño, ya un poco mayor, por los juguetes y productos que le ofrecen la televisión, los compañeros y los escaparates sino como una expresión más de la avidez y curiosidad del niño por lo que lo rodea. Nosotros deberíamos acompañarlo empáticamente en ese apetito desenfrenado (espiritual, y no en primera instancia material) por todo, redescubriendo en nosotros mismos esa misma avidez, nuestra capacidad de asombro, y no convertirnos en un obstáculo entre su deseo y el objeto de deseo, apagando ese deseo por medio de una prohibición, para fijarlo, a un objeto en concreto (a la larga, casi siempre, en sí mismo, poco relevante).
El entorno social, y no sólo los padres, lo moldea: nosotros no deberíamos, en principio, descalificar indiscriminadamente ese entorno social si mal que bien, más combativamente o menos, continuamos formando parte de él, pero sí servir de tamiz de las influencias y demandas o mandatos del entorno social con los que quizás no estamos muy de acuerdo, en pro de las demandas afectivas internas de nuestros hijos en función de lo que es mejor para ellos y para todos. Y disponemos de un periodo de tiempo relativamente corto antes de que el niño empiece a traer a casa el producto de esas influencias, para anclar en su interior los mecanismos que le permitirán proteger su independencia, su autenticidad y su libertad de elección.
Hay que respetar el derecho del niño a explorar y controlar su propio cuerpo, a su ritmo, a relacionarse con el nuestro y el de los otros, a respetar la que para nosotros y los otros es la distancia óptima, a explorar la naturaleza, su entono, a moverse y manejarse en el mundo, a conocer la naturaleza de las cosas, a explorar los límites, a explorar su personalidad y a poner a prueba la nuestra, a expresar sus deseos, que no a complacerlos automáticamente. La demora indefinida o no, en la satisfacción de los deseos, interponeniendo entre la demanda y la satisfacción de la demanda un diálogo (“Ah, qué bonito. Fíjate, yo tenía uno parecido... ¿Y ese otro te gusta? ¿Y por qué no te gusta?”, etc.), como bien lo explica Françoise Doltó en sus libros, es un modo de establecer el niño contacto con sus pulsiones, de conocerse a sí mismo, independizar el deseo por ese objeto concreto que despierta en él ahora su deseo del deseo en sí. Porque, como lo explica suficientemente bien la misma autora, lo que el niño muchas veces en verdad desea es más que nada, expresar su deseo que, a diferencia de las necesidades, que deben ser satisfechas realmente por una cuestión de supervivencia, puede satisfacerse de forma imaginaria. Pero la frustración sistemática, arbitraria o abusiva de los deseos resulta a la larga tan nociva para la salud como la prodigalidad sin límite.
No podemos exigirles a nuestros hijos una militancia a la que a nosotros, si cabe, nos llevó años de rodeos acoplarnos. Sí podemos incentivar su interés por lo que los rodea interesándonos no ya por la cosa objeto de su interés sino por el interés que experimenta, por su manera de interesarse, respetando su derecho a interesarse incluso por aquello que a nosotros no nos interesa. No debemos poner el acento en el objeto de deseo sino en la capacidad de nuestros hijos para desear, para conectar con sus propios sentimientos y motivaciones, y para involucrarse en las cosas de esta Tierra: como dice Françoise Doltó, el niño siempre tiene razón en su deseo aunque no podamos cumplirlo: siempre ha habido idiotas que han deseado la luna, pero de no ser por ellos, no hubiéramos llegado a la Luna. Debemos confiar en que si los respetamos, antes o después nuestros hijos sabrán como nosotros o mejor que nosotros, seleccionar.

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Marcel Proust

... Entre los intervalos de los instrumentos musicales, cuando la mar estaba muy llena, se oía, continuo y ligado, el resbalar del agua de una ola que envolvía los trazos del violín en sus volutas de cristal y parecía lanzar su espuma por encima de los ecos intermitentes de una música submarina. Yo me impacientaba porque no me habían traído aun las cosas para empezar a vestirme. Daban las doce, y Francisca aparecía. Y durante varios meses seguidos, en ese Balbec que tanto codicié, porque me lo imaginaba batido por las tempestades y perdido entre brumas, hizo un tiempo tan seguro y tan brillante que cuando venía a descorrer las cortinas nunca me vi defraudado en mi esperanza de encontrar ese mismo lienzo de sol pegado al rincón de la pared de afuera y de un inmutable color, que impresionaba, más aun que por ser signo del estío, por su colorido melancólico, cual el de un esmalte inerte y ficticio. Y mientras que Francisca iba quitando los alfileres de las impostas, arrancaba telas y descorría cortinas, el día de verano que descubría ella parecía tan muerto, tan inmemorial como una momia suntuosa y milenaria que nuestra vieja criada despojaba cuidadosamente de toda su lencería antes de mostrarla embalsamada en su túnica de oro. ... Marcel Proust


R.D. Laing

--- Knots (Nudos) R.D. Laing (extracto) People can act very strange. At least ... I think they act very strange. And maybe other people think that I am the one who’s acting very strange. Do you know the feeling? Effective comunication is difficult to construct. There are some many knots in human understanding ... Can you unite these ones? There must be something the matter with him because he would not be acting as he does unless there was therefore he is acting as he is because there is something the matter with him. He does not think there is anything the matter with him because one of the things that is the matter with him is that he does not think that there is anything the matter with him therefore we have to help him to realize that the fact that he does not think that there is anythingthe matter with him is one of the things that is the matter with him. There is something I don’t know that I am suposed to know. I don’t know what it is I don’t know,and yet I am suposed to know,and I feel I look stupidif I seem both not to know it and not to know what it is I don´t know. Therefore I pretend I know it. This is nerve-ranking since I don’t know what I must pretend to know. Therefore I pretend to know everything. I feel you know what I am supposed to know. But you can’t tell me what it is. Because you don’t know that I don’t know what it is. You may know what I don’t know, but not that I don’t know it, and I can’t tell you. So you will have to tell me everything. Absurd, isn’t it? But very real as well. I’m sure you have had similar experiences. What can we do to better our communications? How can we avoid to feel bad? How can we avoid that other persons feel bad? if ( "true" == "false" )... R D Laing

Ronald Laing, the radical psychiatrist, psychoanalyst and psychotherapist who profoundly altered our understanding of mental illness, was the founder of just one organisation - the Philadelphia Association.

Born in Glasgow in 1927 R D Laing studied medicine at the University of Glasgow and went on to become a psychiatrist. His first experiment in changing the way people designated the mentally ill took place at Glasgow’s Gartnavel Hospital where he and colleagues radically altered the treatment regime in a long-term women's ward.

Laing moved to London to work at the Tavistock Clinic and trained as a psychoanalyst at the Institute of Psychoanalysis. Laing had for many years been engaged with continental philosophy and in a series of books published in the course of the 1960s he sought to develop what he called ‘an existential-phenomenological foundation for a science of persons’ and sought to set out a description of the experience of those labelled schizophrenic. Such people, Laing argued, suffered from ontological insecurity, a lack of faith in their own and others' reality which led them to create false self systems to fend off psychological and emotional catastrophe. Laing wanted to make madness and the process of going mad comprehensible, and to a great many people, including many of those afflicted, he did so convincingly. The discourse of the 'mad', he showed, if listened to in the right spirit could make a sense of its own. This was to be the line of thought that Laing would pursue for many years in The Divided Self (1960), Self and Others (1961), Sanity, Madness and the Family (1964) and The Politics of Experience (1967). (After this his writings became more diffuse, sometimes arguably self indulgent, but still capable of great insight). (Leer+)


Explicando a Laing

... Como libro pionero en su consideración de la esquizofrenia, y también por su carácter revolucionario y sus afirmaciones heterodoxas (pese a basarse completamente en análisis clínicos y emplear Esterson y Laing un lenguaje cuidadosamente clínico y objetivo, una tendencia no siempre presente en otros libros de Laing, como The Politics of Experience, de 1967 o Knots, de 1970). Sanity, Madness and the Family fue un libro polémico que recibió numerosas críticas. La primera y más obvia - y algo de lo que Esterson y Laing eran conscientes tras su publicación - es que, como apuntamos previamente, no se publicaron los datos del grupo de control formado por familias no esquizofrenogénicas, donde las interacciones y comunicación no estuvieran basadas enel uso de dobles vínculos y comunicaciones de doble sentido. Pese a que un grupo de control es absolutamente imprescindible para un estudio científico serio, el tiempo ha jugado a favor de las afirmaciones de Laing y Esterson en su obra, puesto que en investigaciones empíricas recientes sobre la influencia del factor familiar en la esquizofrenia, como las de Nevid, Rathus y Greene, se ha demostrado el papel fundamental de la familia en el desarrollo de una personalidad independiente.Objetividad y estilo que se repetirían en el estudio sobre comunicación y patología conjunto con Phillipson y Lee en 1966, Interpersonal Perception, un análisis de los modos de comunicación en parejas.(ontológicamente segura, diría Laing) o el recurso, por presión familiar, a defensas esquizofrenogénicas.La publicación de este libro tuvo, sin embargo, consecuencias más a largo plazo, y no sólo dentro del contexto médico, para la carrera y reputación de Laing. Algunas críticas no bien documentadas llegaron a afirmar que Laing se oponía al concepto mismo de familia, y que lo consideraba una célula de organización social enferma que aliena y destruye al individuo. A esta percepción errónea de las afirmaciones de Laing no ayudó, precisamente, su estrecha relación con David Cooper, pensador radical en lo tocante a la familia (suyos son libros con títulos tan reveladores como The Death of the Family (1971) o The Language of Madness (1978) , en los que la familia se compara a una granja donde los adolescentes son cebados como cochinillos para luego ser“sacrificados” al dios de la cruel y homogeneizadora sociedad). Así, a raíz de la publicación casi simultánea de estas obras de Cooper (que Laing consideraba radicales ya en ese momento), se identificó a Laing con las ideas extremadamente violentas y revolucionarias de su colega. La misión que Cooper se impuso en sus publicaciones eraincitar a la revolución y a la destrucción de la organización social tradicional, cargando las tintas en la familia, como origen de los males sociales, incluso en individuos aparentemente sanos y adaptados. En la obra conjunta de Laing y Cooper, Reason and Violence (1964), las partes escritas por Laing nunca son tan radicales en sus planteamientos como las de su colega, que se aproxima en ocasiones al marxismo puromás que a la práctica psiquiátrica. Así, se ha criticado a Laing por culpar a los padres de los pacientes esquizofrénicos de la aparición de síntomas en sus hijos, sin embargo, su intención en este libro con Esterson, y en otras obras posteriores, no era rechazar y demonizar la familia en sí, sino mostrar cómo la locura no es algo que surjaespontáneamente del paciente mismo, sino, más bien, como el resultado de un mecanismo de presión social. Las familias de este estudio son familias disfuncionales (lo que no significa que todas lo sean), que producen en el individuo que es tratado por locura una serie de condiciones patológicas (llamados síntomas esquizofrénicos), queno son sino una expresión patológica de la disfunción de toda la familia. Tampoco negó Laing que los esquizofrénicos tuvieran problemas para operar en su vida diaria; Laing reconoce la dura y traumática experiencia de la locura, si bien disiente en la interpretación más “clásica” de los orígenes de ésta, y prefiere buscarlos en el ámbito de la interexperiencia, es decir, en el campo de los intercambios sociales. La locura tienesu origen no en trastornos dentro de uno mismo, sino que surge de la relación entre personas (véanse Laing y Esterson 1964; y Laing, H. Phillipson y A.R. Lee 1966). ... Méndez García, Carmen (2004)



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